Capítulo IV
No me sigas confundido, en este juego voy perdiendo
(Sodio - Danna Paola)
—El señor Cullen no está listo aún, no recibirá visitas.
Había sido criada dentro de la religión, pero a la pelirroja que estaba delante de mí quería que se la llevase el puto tornado.
—Soy la señora Cullen, ya he tenido suficiente con todas las personas que están ocupando mi departamento. Le advierto claramente que estoy a un segundo de botarlos a todos de un escopetazo. Su único trabajo ahorita es acomodar a mi familia en las habitaciones de invitados.
La pelirroja me dio una sensación extraña, esta estúpida no solo protegía a su jefe y era evidente, pero de ese tema me ocuparía más tarde.
—Muévete.
Con mi tarjeta desbloqueé el acceso a la habitación. Al entrar supe inmediatamente que estaba encerrado en el armario, intenté abrirlo, pero le había echado pestillo desde adentro el muy perro.
—Abre la puta puerta Edward o te juro que empezaré a tirar cada uno de tus tragos.
Al no escuchar respuesta abrí el minibar del pasillo.
—Va uno.
El vidrio reventó chorreando todo el líquido sobre la alfombra persa que había escogido yo, estaba hecha de hilos rodeados de un metal precioso; apostaría mi alma que aún la seguía pagando.
—Van dos.
Después de que el siguiente vidrio reventase lo escuché levantarse.
—Abre o va la tercera, te lo juro.
Me dispuse a sostener la botella con mis dos manos, porque esta sí pesaba, cuando solo le sacó el seguro a la puerta. Tuve que estirar las piernas para poder cruzar.
—Pelirroja, esto limpio. ¡Ahorita!
Grité lo más fuerte que pude. Edward estaba parado sosteniéndose del cajón que tenían todas sus corbatas. Traía los ojos rojos y un aspecto poco saludable.
—¿Buen momento para decirte lo caliente que me pones?
Me acerqué lo suficiente para saber que estaba borracho, le di una cachetada de reversa. Edward se tomó la cara.
—Bastaba con que dijeses que no Isabella.
Miré el desastre que era el armario, atiné a tomar una camisa y un saco que estaba separado.
—Métete a la ducha, en veinte minutos saldremos.
Tomé su rostro entre mis manos.
—Contigo o sin ti.
Le advertí, salí con cuidado y dejé todo estirado para que lo tuviese a la mano. Ahora tocaba encargarme del segundo desastre en mi lista. Al pararme en el inicio de las escaleras identifiqué a todo el grupo de trabajo que tenía Edward, honestamente hubiese sido bueno prestar atención cuando me los presentaron.
—¿Quedo claro nuestra charla anterior?
El silencio dijo que sí.
—Quiero saber como vamos con la organización del velorio y del funeral.
Una pequeña chica regordeta se abrió paso.
—La señora Esme aún no lo decide, nosotros estamos preparados para ambos; también ha sido enviado ya el comunicado oficial del Corporativo y el de la familia.
—Llámenla y me la pasan. Alguno de ustedes comuníquese con el centro de rehabilitación de Rosalie para pedir un pase especial, a toda costa.
—Limpien su agenda de hoy y la de mañana. Ni bien tengan a Esme me la pasan.
Prendí la televisión para encontrarme a las cadenas más importantes de este país hablar una sarta de teorías sobre la muerte de Carlisle. No lo permitiría.
Revisé el reloj, tendría el tiempo justo para cambiarme, pero primero iría a ver cómo estaban mis papás.
Mis padres estaban alistándose junto con mi hermana.
—Bella, esta gente es insufrible. Si no gritabas nadie iba a hacer nada.
Dijo mi padre, asentí. —¿Cómo está Edward?
—Está bañándose, ¿los atendieron bien?
Mi padre negó. —No es necesario, estamos de pasada. Esta habitación es suficiente.
Cuando entré Edward estaba sentado abrochándose los puños. —Utiliza los gemelos que te regaló tu papá, los dorados.
Entré a mi armario, tomé un vestido negro y un saco del mismo color. Mientras me cambiaba el espejo me mostró como Edward me miraba, aparté rápidamente mis ridículos pensamientos y continué. Cepillé mis cabellos y saqué un par de lentes oscuros.
Fui directo al velador buscando un reloj fino, seguía ahí.
—¿Estás listo?
Edward negó. —No quiero ver a nadie Isabella.
Me senté junto a él. —Lo sé, pero tu familia le importa a este país así que haz tu mayor esfuerzo. Tu madre aún no ha decidido sobre varias cosas, seguramente espera que tú lo hagas.
Tocaron la puerta.
—Señor Cullen…
Esa pelirroja gritaba plomo por todo el cuerpo que se cargaba. Me paré delante de Edward.
—Buen momento para follarte a tu asistente. Le he mentido a todos diciendo que seguimos casados.
Edward me quedó mirando.
—No es mentira cariño. Si los papeles nunca llegan a tu abogado es como si siguiésemos en proceso. Tu anillo está junto al mío en mi velador.
Le tiré el suyo, cuando lo sujetó se lo colocó en el anular.
Edward abrió la puerta. —Tanya, es la última vez si quiera que te atreves a dudar de la autoridad de mi esposa en su propio hogar.
Tomé su brazo para bajar dejando a la pelirroja con la palabra en la boca. Todo su equipo se quedó quieto hasta que llegamos al primer piso.
—Nuestras condolencias señor.
Dijo uno de ellos, Edward asintió.
—Tenemos que manejar tres líneas acá. Por un lado, deben encargarse del Corporativo, no descuidemos a los clientes importantes; estaré fuera de esto por unos días así que de todo lo verá James. En segundo está la prensa, no la quiero cerca a nadie de mi familia menos investigando ni inventado cuestiones que no les incumbe. Por último, mi madre está indispuesta así que todo pasa por mí o por mi esposa primero. No han tenido el gusto de conocerla seguramente, les prometo que ella es la simpatía y el carisma del matrimonio.
Rodé los ojos, ni en momentos así podía evitar sacar ese humor suyo.
—Está el auto listo. ¿Desea que vaya con usted para…?
Ay Tanya, Tanya… tenía ganas de clavarte esos tacos tuyos en la espalda.
Edward negó. —Lo veremos al llegar en el despacho, me acompañará mi esposa y su familia en el auto.
Mis padres y mi hermana estaban en la sala de estar. Al entrar todos se pararon.
—Edward, lo sentimos muchísimo— dijo mi padre estirando su mano, Edward no dudó en tomarla.
—Lo sé, muchas gracias por estar acá.
En el auto reinó el silencio durante todo el trayecto, era extraño ver mirar a Edward a la nada; siempre que entraba al auto traía una laptop sobre sus piernas o su teléfono que nunca paraba de sonar.
Cuando llegamos a la mansión los primeros rayos alumbraban el día, era imposible que el tiempo pasase tan rápido. Parte de equipo estaba ahí, la sala principal lucía vacía, estaba todo listo para que el cajón se colocase al medio.
—Seguramente está en su habitación
Edward asintió ante mi premisa. Subimos ambos para encontrar a Esme sentada en la esquina de su cama, dejé a Edward entrar solo.
—Madre…— Cerré su puerta con cuidado para darles algo de intimidad. Me senté a esperarlos en un sillón, me abracé a mi misma por el hambre que sentía.
Las últimas horas me daban un dolor de cabeza tremendo. Cuando la avioneta nos esperaba supe que no había vuelta atrás. Seguramente era una tonta, pero sentía que él me necesitaba o tal vez yo quería que me necesitase …. Simplemente mi princesa había dejado a todo su pueblo en jaque para salir montada en un caballo con un armazón para proteger al dragón de la historia, ¿dónde mierda se veía eso? Que estúpida princesa que no entendía su papel en la historia…pero este dragón se veía y se sentía distinto por eso había salido corriendo la vez anterior, me quedaba una sola hora más y volvía a perder el corazón.
—Toma
Levanté el rostro para encontrarme con mi hermana que traía un plato con bocaditos y una butifarra.
—Gracias— Empecé el proceso de engullirme todo lo más rápido posible.
—Esto es de locos, nunca había subido al segundo piso— Alice empezó a recorrer los pasadizos.
—La primera vez que Edward me trajo entré al cuarto de Rosalie pensando que era el baño, ambos tienen el mismo tamaño.
Mi hermana menor se quedó mirando a través de la ventana.
—Esa mujer es peligrosa.
No necesitaba si quiera mirar para saber de quién hablaba.
—No estoy en la capacidad de reclamar.
Me limité a contestar. —Bella, eres probablemente la persona más inteligente de esta familia, pero te faltan lentes. Me gustó la versión de ti que vi hoy, cuando se trata de a quien amas sacas las garras.
¿Dónde quedó mi hermana pequeña que deseaba jugar siempre al té?
—No tienes que bajar ahora, te buscaré dentro de un rato si gustas.
Edward salió, por sus ojos pude ver que había llorado junto con su madre.
—Estaré en mi despacho.
Nuestras miradas se cruzaron cuando él iba ya en la mitad de la escalera, inmediatamente giré el rostro. Supe que se quedó unos segundos más pero luego continuó su camino.
Junto con Alice nos dedicamos a ayudar en el patio común donde también se recibirían a varios amigos de la familia Cullen. Mis padres tomaban asiento conversando entre ellos, cuando me acerqué de reojo vi a Edward en el despacho de su padre, hablaba con varios de su equipo.
En esos momentos todo lo que había echo para llegar acá lo sentía inútil, nacía de mi inminente cariño por Carlisle, pero a Edward lo sentía lejano.
Me acerqué a la puerta principal para ver la entrada de varias coronas de flores, casi todas se veían hermosas.
—¡Isabella!
Rosalie corrió a mis brazos, venía junto con un señor mayor.
—Vamos arriba.
Cuando este hombre nos quiso seguir lo detuve. —Desde acá me ocupo yo, sírvase.
En su habitación Rosalie empezó a llorar.
—No estuve aquí para él.
Se lamentó varias veces mientras yo escogía su ropa. La puerta se abrió mientras yo estaba en su armario.
—Rose
Tanya entró como dueña en casa para abrazarla. Pude ver el rostro de Rosalie de incomodidad.
—Lo siento muchísimo, he hablado con tu hermano para pedir que se te extienda el tiempo de salida. Tal vez incluso den por terminado tu tratamiento.
La familiaridad me resultada extraña. De reojo pude ver que Rosalie me miraba.
—No creo que esto esté bien, cuando regrese quiero tener todos mis sentidos alerta. Lo conversaré con mi madre y te aviso.
Recién ahí Tanya se giró con sorpresa a verme.
—Disculpe, no sabía que estaba usted acá… Señora Cullen
Estábamos jugando a las mentiras acá, desde aquí ella podía oler mi mayor mentira; pero no, no convertiría esto en un campo de batalla por un hombre.
—No hay problema, te he dejado todo listo Rosalie. Me avisas si necesitas algo.
Lo único que tenía claro es que debía descansar, sentía una piedra gigante en mi frente. Tomé una botella de agua de la cocina y me dirigí hacia la habitación que antes ocupaba Edward, era probablemente la más diferente de todas. Mientras que la mansión tenía un aire señorial feudal, su habitación tenía mapas y partituras por todos lados.
Me desvestí hasta quedarme en ropa interior y me adentré en el cobertor más suave de toda la historia, solo quería que Morfeo me llevase y me dejase en mi castillo donde la princesa descansaría en paz.
El sonido de unos dedos tocando la madera me levantaron.
Edward me miraba sentado en el sillón justo al frente de su cama.
—¿Te pasa algo?
Negué. —Solo estoy cansada, han sido varias horas de viaje y no había dormido mucho. ¿Qué hora es?
Edward revisó su reloj. —Casi las diez de la noche. Aún siguen viniendo, mañana el funeral será a las 11 de la mañana.
No tenía nada más que agregar.
—Me imagino que maquina tu cabeza, pero sabes que me es difícil leerte Isabella, ¿alguna pista?
Preguntó apoyando su rostro en su mano derecha.
—Solo es cansancio Edward… sabes que no disfruto de los lugares tan repletos.
De repente tocaron la puerta.
—Edward
La voz de Tanya ocasionó electricidad en mi espina dorsal, esta mujer había llegado para quedarse y yo estaba de ida. Edward ni se inmutó.
—Mi esposa y yo estamos follando, regresa más tarde.
Lo siguiente que iba a salir de mi era una sonora risa, pero me contuve, Edward esbozó una sonrisa de victoria.
Me sorprendió que no siguiese hablando. —Hoy no estás tan parlanchín.
—No tengo ánimos, envidio tu capacidad de dormir tan tranquilamente. No lo he hecho en varios días, mi padre empeoró hace dos semanas y he estado acá desde entonces, ayer simplemente no se levantó.
Instintivamente me levanté de la cama para acercarme a él.
—No he sentido lo que tú sientes ahora Edward, pero tu padre estaba orgulloso de ti, siempre lo decía. Tienes su fortaleza para salir adelante ante cualquier cosa.
Me senté en la esquina de la cama, estábamos más cerca. Edward traía un pequeño rasguño en su ojo derecho.
—¿Qué te pasó acá?
Toqué el lugar. Edward cerró los ojos. —Me corté con un vidrio— se limitó a contestar.
—¿Qué tengo que hacer para quites esa tristeza de tu mirada Isabella?
Esta vez fue su turno de tocar mi rostro, odiaba sentirme tan débil a su tacto. Estábamos muy cerca él uno del otro.
—Son sentimientos míos, se me pasarán.
—Nunca me dejas entrar a tu mente, ni si quiera hoy— me dijo alejando su mano, no habían pasado ni segundos, pero ya lo extrañaba.
—En mi mente las frecuencias se cruzan y no se entienden, no te pierdes de mucho en realidad.
Edward sonrió. —Me pierdo de todo cuando no te entiendo— lo vi poner distancia entre nosotros, aunque aún podía sentir tensión entre nosotros.
—Batallé muchísimo cuando no quisiste vivir acá cuando nos casamos. Me gusta esta casa, tal vez un poco grande pero no puedes negar que las vistas son hermosas— dijo mientras tocaba sus mapas cartográficos.
—¿Cómo llegaste? — preguntó de repente. Fue mi turno de reír.
—Llamé a ese chico que te prepara la avioneta… ¿Quil? Mi madre gritando casi saca una risa de mí, nos subimos lo cuatro y mi papá alquiló un coche para llegar a tu casa— Edward se giró repentinamente. —Nuestra casa Isabella, esa propiedad es tanto mío como tuya— negué.
—Es tuya únicamente, debes hacerlo tu hogar, cambiar las alfombras que nunca te gustaron y las cortinas también; estoy segura que encontrarás ayuda— mi entonación final me delató.
—¡Eureka! — cerré los ojos. Dios, sentía muchísima vergüenza.
Volvieron a tocar la puerta justo en ese instante. —Volveremos a esto— dije levanto su dedo señalándonos a ambos.
—Vístete, he pedido que preparen la cena en el salón de este piso, tus padres y tu hermana deben estar esperándote.
Inmediatamente me alejé para alcanzar mi vestido negro.
—Es que yo por ese culo tuyo mato.
Dijo muy cerca a la puerta, lo primero que encontré fue una almohada que se la tiré. —¡Edward! — grité, aunque mi entonación no mostró del todo mi molestia. Este levantó las manos —Pensaba que la clave para un matrimonio exitoso era la comunicación— cerró la puerta al salir, no quise ver quien lo había llamado esta vez.
Tal como había dicho Edward mi familia estaba a punto de empezar a cenar cuando llegué.
—Bella durmiente
Reí ante el ápodo que me daba mi padre.
—Cariño, yo sé que está mal, pero acabo de conocer a la mismísima Martha Stewart. Me quedé helada cuando al vi entrar.
Mi papá regañó a mi madre con la mirada, esta ni se dio por aludida.
La cena estuvo deliciosa en todos los sentidos, luego de eso mi padre me avisó que ya se retirarían.
—¿Te esperamos o te quedarás?
Preguntó mi madre directamente.
—Yo los alcanzo más tarde.
—Buscaremos a Esme y a Edward para despedirnos entonces.
Justo Alice se paró a lado mío. —¿Has visto a Rosalie? — le pregunté.
—Estaba abajo conversando con un chico creo.
Me despedí de ellos arriba y bajé en su búsqueda. La hermosa Rosalie yacía sentada afuera del salón principal mirando al jardín.
—¿Quieres que te pida la cena?
Ella negó. —Mejor hazme compañía, te estuve buscando antes.
—Estuve descansando, no pensé que habían pasado tantas horas.
—Mi hermano estuvo encerrado en el despacho atendiendo llamadas de algunos socios. ¿Cómo se pueden preocupar por el dinero en un momento así? Mi padre los ha visto crecer a muchos de ellos.
Comentó molesta. Puse mi brazo alrededor de ella.
—¿Quién diría que justo ahora nos llevaríamos bien?
Rosalie rió. —Sé que te di un mal rato al principio, pero se siente extraño dejar de ser el centro de la vida de tu hermano para darle paso a una persona que no conocía y él es tan protector contigo que te quiso meter en una burbuja para que nada te tocase. Clásico de Edward. — terminó diciendo antes de rodar los ojos.
—¿Cómo te va en Forks? —preguntó.
—Bastante bien, estoy de vacaciones ahorita, regreso una semana después de Navidad a la universidad comunitaria, recuperé mi anterior trabajo en la librería de los Newton y me he enfocado en estudiar. ¿Qué vas a hacer cuando termines tu tratamiento?
—Pensaba en estudiar, me saqué el diploma en modelaje, pero no es en verdad lo que deseo. Buscaré rendir mi examen de clasificación nuevamente para ver en donde soy aceptada, no quisiera que Edward moviese sus hilos para conseguirme una universidad.
—Me encanta eso Rosalie, podrías tomar una charla vocacional para ver qué te gusta.
—También te visitaré, te aviso con tiempo para que me lleves a los sitios turísticos de Forks… o bueno por lo menos a la playa.
Rodé los ojos, se estaba burlando de mi pueblo.
—Tú y tu hermano tienen un odio desmedido hacia mi pueblo.
Rosalie negó. —A Edward le da pánico los lugares cerrados, ¿no te has percatado que le sudan las manos cuando se ve encerrado en un sitio? Siempre toma las escaleras y cuando entra a un ascensor cierra fuerte los ojos. Cuando mi papá recién inauguraba el edificio Edward subía y bajaba por el ascensor hasta que se quedó encerrado en medio de dos pisos, desde ahí lloraba siempre que tenía que entrar,
—Eso no lo sabía yo— debía admitir algo de molestia, Edward no temía en comentarme todo… casi todo.
—Entonces la única que le tiene animadversión al pequeño pueblo de Forks eres tú.
La acusé. Ella asintió.
—Pero lo haré por respirar aire puro y porque eres básicamente la única amiga que tengo.
—Después de Tanya— agregué sin pensarlo. Rosalie negó.
—No sé qué busca, pero no lo encontrará acá— una ráfaga de viento cruzó.
—Vamos adentro, sino tu esposo se va a poner a buscarte como loco…. de nuevo— no comenté al respecto.
Rosalie y yo estuvimos juntas conversando con diferentes personas. Mi madre tenía razón, había muchísimas personas de televisión acá, además de políticos muy influyentes. Alrededor de la medianoche Esme se nos acercó.
—Ya se ha ido la última persona— hasta ese momento no había podido hablar con ella a solas.
—Esme… lo siento muchísimo, estoy para lo que necesites— era imposible pensar que esta mujer era la misma que me había echo la vida a cuadritos meses atrás pero como decía mi padre, el rencor solo envenenaba el alma.
—Gracias Isabella, aprecio muchísimo que toda tu familia nos acompañe en estos momentos.
Me dio un beso y se dirigió hacia la habitación que Carlisle había utilizado en sus últimos días. La vi irse con entereza en el cuerpo, pero no podía ocultar el dolor que sentía.
—¿Te acompaño a tu habitación? — Rosalie negó. —Iré con ella mejor, nos vemos mañana—
Tenía muy claro que Edward estaría en el despacho, al tocar la puerta me fijé que estaba abierta.
Estaba Edward, la pelirroja y dos personas más. Me apoyé en el marco de la puerta.
—¿Vas a terminar ya? — lo vi cerrar su laptop. —Mañana continuamos, muchas gracias—
Les di espacio para que saliesen. Entré por mi abrigo. —Ahora está nevando, mira—
Me acerqué a donde estaba sentado él, nevada espantosamente.
—Te veo con mejor semblante, lo que hace el sueño— me dijo, asentí.
—Tu madre y tu hermana se han ido a descansar, debemos hacer lo mismo— Edward se quedó mirando fijamente el temporal.
Yo no me había atrevido a acercarme al cajón que yacía en medio de la sala principal porque no me agradaba así que cuando Edward avanzó yo me quedé detrás, se quedó meditando un rato hasta que cerró el mismo la ventana que permitía ver su rostro.
—Me despediré, ahora vuelvo— besó mis cabellos antes de irse. El gesto me sorprendió, hace tiempo que no compartíamos tanta intimidad.
Me estaba quedando dormida parada cuando sentí un par de tacones atrás mío.
Tanya Denali se colocaba su abrigo y abría su paraguas.
—Buenas noches, señora Cullen.
Tal vez fue el mero cansancio, pero noté que de alguna manera había ganado una batalla sin hacer nada, me golpeé mentalmente. Este era un juego en el que no participaría.
Edward regresó justo cuando ella salió, él regresó al despacho para tomar un paraguas, la abrió antes de salir.
—Vamos, te estas quedando dormida cariño—
Me abracé a su brazo mientras intentaba no caer en el proceso. Ya en el carro me senté a un lado hasta que me quedé dormida.
—Isabella, hemos llegado. Despierta.
No tengo claro como llegué, pero ya en la habitación entré para ducharme, no podía dormir sin bañarme por más sueño que tuviese. En mi clóset me coloqué un pijama a cuadros que tenía, me trencé el cabello y me eché. Usé la almohada que Edward nunca utilizaba para ponerla en medio de los dos, ahí iba la protesta de una princesa que no le daría más espacio. Lo escuché reír cuando salió de la ducha.
Ahí perdí la batalla contra mi cansancio.
Ni bien abrí los ojos a la mañana siguiente un pánico recorrió mi cuerpo.
—¿Qué hora es?
Pregunté, cuando me volteé Edward estaba sentado con su computadora abierta y varios files regados en la cama.
—8 de la mañana, sigue durmiendo si deseas— me sentí desubicada, Edward se retiró sus gafas de lectura.
—Isabella, todo está bien. Estás un poco grogui— asentí. Me senté en la cama para estirarme mejor.
—¿Sigue nevando? — cuestioné. —Cuando me levanté ya no, ¿quieres que les pida el desayuno? — negué.
Desaté mi trenza para poder cepillarme bien.
—Creo que tus padres ya se levantaron, discúlpame con ellos, pero debo hacer algunas llamadas— no me sorprendió así que me vestí lo más cómodamente posible para bajar.
Al pisar el último escalón el aroma del chocolate recién echo inundó mis fosas nasales. Todos estaban poniendo la mesa cuando entré a la sala.
—Bella, ve por los cuchillos cariño. Buenos días— dijo mi mamá. —Buenos días— caminé hacia la cocina para traer todo lo que necesitaban, todo estaba tal cual lo había dejado yo. En realidad, casi todo estaba igual.
Mi padre regresó con las tazas de chocolate en la mano, mi hermana traía atrás bizcocho.
—¿A qué hora llegaron anoche? — preguntó Alice.
—Por lo menos a la una de la madrugada, me caía de sueño— les comenté.
Mi madre empezó a relatar sus preparativos para la feria que estaba organizando, no faltaba más de una semana así que todo estaba siendo guardado para cuando regresásemos.
—Considero que hoy en la noche podemos regresar ya, ojalá Edward nos preste su avioneta para llegar más rápido— mi madre abrió los ojos como plato, solté una risa.
—Nadie piensa en mis nervios, ¿acaso? — mi papá rodó los ojos.
Edward bajó al rato los escalones.
—Disculpen, buenos días— iba a seguir de largo pero mi madre lo detuvo.
—Toma desayuno con nosotros— mi padre estaba a dos segundos de sacar su escopeta… si la tuviese consigo.
—Muchas gracias— contestó antes de tomar un sorbo de chocolate. Evidentemente se sentó a mi lado, Edward cuando se trataba de mi padre se mantenía con pinzas.
—Ayer conocí a tu tía Mery, muy amable ella— comentó mi madre, Edward asintió.
—Es muy simpática, mi madre vivió con ella muchos años mientras que mis abuelos estaban de servicio —relató.
—Está muy delicioso todo— dijo él antes de tomar un segundo bocado del bizcocho.
—Me disculparás haber utilizado …— Edward la interrumpió —Para nada, todo lo que cocinas es riquísimo— mi madre soltó una sonrisa risueña. Mientras que yo rodaba los ojos, solo él podía hacer sentir a mi madre en las nubes.
Mi hermana y mi padre empezaron a conversar para aligerar un poco el ambiente hasta que el timbre que sonaba cuando el ascensor de abrió sonó.
—Con permiso—
Por el otro lado vi de reojo como entraba a su oficina seguido por varias personas.
—¿Siempre es así?
Preguntó mi madre. Iba a contestar, pero mi padre intervino.
—Ya no es problema de Bella, ergo tampoco nuestro.
Me quedé callada porque esta princesa elegía sus batallas con cuidado.
Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer (quien publicará en Agosto 'Sol de medianoche')
Saludos.
