Capítulo VIII

Quizás se caiga entero el universo, pero no tengas miedo

(Por ti estaré - Cepeda)


Al abrir los ojos sentí el brazo de Edward acorralando mi cintura.

—Buenos días— murmuré, no obtuve respuesta. Traté de zafarme, pero era inútil, era como peso muerto encima de mí. Al estirarme sentí el efecto de la mañana en Edward. De repente un calor me invadió.

—Isabella— advirtió Edward conociendo mis intenciones.

Una cosa era cierta, llevaba meses sin tener relaciones con mi esposo y esto acabaría hoy.

Pegué mi cintura lo más que pude para empezar a moverme lentamente.

—Isabella— repitió Edward, pero su volumen iba disminuyendo. Tomé su mano y la coloqué sobre la parte baja de mi estómago.

—Al carajo— exclamó él obligándome a girar para quedar frente a frente.

—¿Quieres? — es que si yo estaba ya a mil ahora estaba peor. Asentí.

Empezamos una danza de besos que terminó conmigo encima de él.

Me ayudó a quitarme la camiseta para que yo bajara sus pantalones y dejara al descubierto su miembro más que dispuesto. Edward me jaló hacia él para volvernos a besar mientras introducía su mano dentro de mi ropa interior, poco a poco empezó a introducir sus dedos dentro de mí.

—Ay— gemí antes sus movimientos.

—Mierda— él siempre disfrutaba de inundar mi cuello de besos.

Yo misma tomé su miembro entre mis manos mientras lo acomodaba dentro.

—No dejes de mirarme— pidió Edward, lo miré fijamente mientras empezábamos un vaivén de movimientos lleno de gemidos por parte de ambos.

En un punto él tomó uno de mis pezones entre sus dientes.

—Sigue— le pedí, sonrió mientras tomaba el otro. Mierda, este hombre me iba a volver loca.

Nuestros movimientos nos llevaron eventualmente al clímax juntos. Cerré con fuerzas mis ojos mientras un estallido de estrellas los inundaba.

Terminé recostada sobre él, aún me temblaban las piernas.

—Si todo esto para que vaya a la iglesia, lo has logrado— reí. Lo besé lentamente hasta que nuestras lenguas se encontraron.

—¿Qué hora es? —le pregunté cuando me abrazó, aproveché en cubrirnos con la sábana.

—Aún tenemos tiempo, pondré la alarma para las 9— los primeros rayos del sol se asomaban.

—¿A qué horas llegaste? —pregunté.

—Creo que eran las 3— respondió él, luego me dio varios besos sobre mis cabellos.

—Estoy echa una bruja— le dije tratando inútilmente hacerme un moño.

—Isabella, eres lo más bonito que he visto nunca— me amarré a su cuello para quedar frente a frente.

—Calla, no me mientas tan descaradamente— Edward negó con la cabeza.

—Yo no te miento, al resto del mundo tal vez sí, pero a ti no— sonreí.

Tomamos una ducha juntos una hora antes de irnos.

—Isabella, acá compartimos armario, decide rápido— me pidió sentándose detrás de mí en la cama.

Observé detenidamente las prendas que tenía, terminé eligiendo un vestido rosa que me quedaba a la altura de las rodillas con un par de zapatos abiertos. Al probármelo me di cuenta que hacía mucho tiempo no me vestía así.

—¿Se ve bien? — preguntó Edward, él traía unos pantalones beige con una camisa celeste.

Antes de poder responderle escuché los pasos de Jasper pasando por delante de nuestra puerta.

—Jasper, cámbiate. Nos vamos a la iglesia a tratar de salvar tu sucia alma— le dijo Edward abriendo nuestra puerta.

Edward y yo nos encargamos de preparar el desayuno, él hizo el jugo de naranja mientras yo calentaba pan.

—Acabo de llegar— dijo Jasper mientras bajaba las escaleras, debía reconocer que un buen baño hacia lucir a Jasper bastante decente.

—Tómalo como tu penitencia por no haber entregado lo que te pidió James a tiempo— Jasper rodó los ojos.

—Tu socio me odia, me da tareas que son imposibles de realizar en un día— fue el turno de Edward de rodar los ojos mientras yo reía.

—Lo haces por la experiencia, no tiene por qué ser justo— contestó Edward.

—Me pagas como practicante Edward y trabajo como asociado— se quejó.

—Por lo menos te pagan, a mí no me daban ni las gracias. Agradece al sindicato de trabajadores— con esto se zanjó el tema.

—¿Trajiste las chequeras? — Jasper asintió mientras las sacaba del bolsillo de su saco.

—Toma— eran dos, reconocía la mía porque mi tapa traía letras doradas.

—Cárgala siempre, sé que no te gusta, pero puede ser útil— asentí antes de meterla a mi bolsa. Las otras dos las introdujo en su bolsillo, la cara de Jasper me dio risa.

—Ni lo sueñes, tu sueldo de practicante debe alcanzarte— dicho esto empecé a reír.

Jasper limpió todo hasta que el carro llegó a recogernos.

—Isabella, me dicen que hay periodistas, entramos por el lado opuesto— negué.

—Ya es momento que nos dejemos de ocultar, este es mi pueblo y vamos a estar acá por bastante tiempo— lo vi pensativo.

—Está bien— Jasper se pasó el camino entero quejándose del colchón que tenía lo que hizo que Edward lo sujetase fuertemente del cuello.

—Si tan poco te gusta puedes encontrar tu propio piso y dejar de hacer el mal tercio— era evidente que nada de esto se podía tomar en serio porque Jasper siempre soltaba una risa cuando lo enervaba.

La iglesia estaba abarrotada por ser domingo así que a la entrada mi hermana nos esperaba para indicarnos los sitios que había reservado, íbamos de camina cuando nos cortaron el paso varios fotógrafos.

—Nuevamente, no hay nada que comentar— entre todos reconocí al hombre que había visto en la feria.

—Él ya ha estado aquí— Edward lo miró furioso.

—Sí sé quién es, se llama Felix, trabaja para el diario de los Vulturi— tomé su brazo antes de saludar a mi hermana, la vi centrar la mirada en quien venía detrás de mí.

—Mucho gusto Alice— dijo él ofreciendo su mano.

¿Qué demonios pasaba acá? Giré para encontrarme con Edward viéndome, estaba pensando lo mismo que yo.

—Vamos adentro—

Los cuarenta minutos que duró la misa fuimos objeto de miradas de muchos, tanto así que Jasper empezaba a saludarlos a cada uno como si los conociese.

—Ven para acá— le ordenó Edward al momento de terminar.

—A mí me encanta socializar— se excusó este, mi madre quien no lo dejaba de mirar estalló en carcajadas.

—Este chico es un payaso andante— dijo ella.

Luego de que Jasper dejara encantada a mi madre nos dirigimos de regreso al departamento.

—¿De regreso a la cama? —preguntó Edward, asentí emocionada.

Terminamos echados, él trabajando con la laptop y yo leyendo mis clases.

—No te creerás esto— me dijo volteando la pantalla.

Era una invitación para una exhibición de arte, no entendí lo que se refería hasta que vi la dirección. Ambos nos echamos a reír.

—Señor Edmund…—empezó a decir imitando mal mi voz, le di un golpe en el brazo.

—Cállate, me intimidaste bastante. Te bajaste de tu auto todo amo del mundo y yo estaba sola esperando el bus— Edward abrió la boca totalmente ofendido.

—¿Te recuerdo quién besó a quién primero? —preguntó, negué mientras escondía en su cuello mi rostro de vergüenza.

—Déjalo amor, por favor— Edward me sostuvo de la cintura.

—No tienes nada que avergonzarte, me encanta cuando tomas el control— dijo besando mi cuello, le sonreí. Eso último siempre me lo decía.

—Deberíamos ir— comenté, Edward me miró extrañada.

—¿En verdad quieres ir? — asentí.

—Entonces aceptaré, te la mandaré por correo— a los segundos sentí la vibración encima de la cama, entré de curiosa y me encontré con todos los correos que tanto Edward como yo intercambiábamos no hacía mucho.

Abrí un correo en blanco.

Señor Cullen, se ve usted extremadamente guapo con sus lentes de intelectual y sus pantalones grises.

Pulsé 'enviar' antes de continuar con mis lecturas. A los minutos Edward estalló en carcajadas, tomó mi mano por debajo de las sábanas y la besó.

—Te amo Isabella— le sonreí en respuesta.

Nuestra noche del domingo culminó mientras veíamos una película abrazados en el sofá.

—Que solo me siento— dijo Jasper saliendo de la cocina y tirándole a su hermano una palomita de maíz. Reí.

—¿Acaso no sales con alguien? —pregunté, Jasper negó efusivamente.

—Solo habla por videollamada todos los días en el almuerzo misteriosamente— dijo Edward. Enarqué una ceja, Jasper negó y desapareció rápidamente de la escena.

—Mi madre dice que Rosalie saldrá el próximo fin de semana, quiere que almorcemos con ella— me alegré por ella.

—Sería genial si se animase a venir a visitarnos— Edward rodó los ojos.

—Isabella, no somos un hospicio. Jasper se irá ni bien encuentre algo importante que lo mantenga lejos, luego seremos solo nosotros— me dijo.

—¡Te escuché! —gritó Jasper.

—Esa era la idea— me acomodé en el pecho de Edward para disfrutar del resto de la película.

La semana siguiente estuvo llena de amanecidas donde me tocaba estudiar para mis exámenes, a veces junto a Edward otras sola porque él había regresado de la ciudad. En una de esas noches interminables mi hermana abrió videollamada conmigo.

—Estoy en exámenes— le expliqué cuando cuestionó el rostro desmejorado que traía.

—¿Cómo estás? — le pregunté, la vi desaparecer unos segundos. Regresó con una revista.

—La llevó una amiga a la escuela, apareces con Edward caminando cerca a su empresa— reconocí mi vestimenta inmediatamente.

—Que no suene superficial, pero a Edward lo acechan siempre. ¿Algo nuevo? — Alice pareció dudar.

—Dímelo, me puedes contar cualquier cosa— le aseguré, luego de unos segundos la vi tomar valor.

—Me gusta un chico— quedé sorprendida, mi hermana nunca me había dicho eso.

—¿De tu escuela? —pregunté. Ella negó.

—Es de por acá— eso no me cuadraba, Alice no salía tan a menudo.

—¿Y sabe que te gusta? — ella asintió.

—Es increíble Bella, empezamos a hablar no hace mucho, pero te aseguro que estamos en la misma sincronía— sonreí.

—Me parece estupendo Alice, pero tómatelo con calma, no me gustaría que te hiriesen— le dije, supe que mis palabras habían entrado y salido de sus oídos con una velocidad impresionante al ver su rostro ilusionado.

—Cualquier cosa me dices, no soy la experta en relaciones de la familia, pero soy tu hermana— Alice rió.

A la mañana siguiente me tocaba abrir la librería así que me dividí entre terminar de estudiar y atender, la combinación me sentó tan mal que me escondí unos segundos en el cuarto de atrás.

—Bella, tómatelo con calma— eso viniendo de Mike adquiría un significado chistoso.

—¿Quieres? — me tendió su porro, negué.

—Gracias igual— le dije parándome para salir al mostrador.

Me mantuve activa hasta que tomé el bus para llegar a clases con anticipación para poder repasar.

Te irá estupendo hoy, estoy de regreso más tarde.

Sonreí al leer el mensaje de Edward, guardé el teléfono y saqué mis apuntes.

El examen estaba complicado, debía redactar casi todo sobre las diferentes lecturas exponiendo argumentos coherentes. Al cabo de tres horas me sentí satisfecha con lo que había escrito, dejé el examen en el escritorio y me despedí. Necesitaba tomar algo caliente.

—¡Edward! —chillé emocionada cuando lo vi parado delante de su carro con una bebida caliente en las manos, honestamente me sentía un poquito más feliz por lo último.

Disfruté de la sensación del chocolate descender por mi garganta.

—Ahora…. Tengo que decirte algo— comentó ni bien arrancó el auto. Lo vi cavilar unos segundos.

—Debo viajar a Corea por unos días— traté de ocultar mi rostro lo mejor posible, me sentía como hacía menos de un año cuando lo veía entrar y salir de nuestro hogar con una maleta, con fecha de ida, pero nunca de regreso.

—¿Cuántos días? —pregunté.

—Casi una semana, estaré de vuelta el sábado temprano. Te daré el alcance en Washington.

—¿Cuándo te vas? — doblé para estacionar bien el auto frente al departamento.

—En unas horas— abrí la puerta del auto para subir.

Vivíamos en un primer piso así que caminé poco para llegar. Edward me dio el paso para entrar.

—Isabella…. ¿podrías decir algo?

Giré mi rostro —¿No vayas? — cuestioné.

—No tiene sentido que diga algo Edward, tienes que hacerlo. Simplemente regresa lo más pronto posible.

Dejé mi mochila en la sala de estar y tomé una ducha.

Mientras el agua tibia recorría mis huesos mi mente me llevó a los peores momentos de nuestro matrimonio. Yo molesta gritándole que siempre me dejaba plantada para todo, él regañándome por no entender que su trabajo era así; al final ambos durmiendo cerca al otro pero a miles de kilómetros de distancia. Un terror se apoderó de mí.

¿Tenía miedo de no estar con él o tenía miedo a estar sola? Traté de desaparecer mis pensamientos pesimistas y salí de la ducha con mi mejor sonrisa.

—Claro Tanya, necesitamos eso y los files de la última adquisición. Además, el prototipo ya debería haber llegado, chequea eso—

Edward debió ver como mi sonrisa desaparecía porque colgó el teléfono.

—Isabella, no dejemos escalar esto— tiré la puerta de nuestra habitación mientras me dirigía a la cocina. Puse pan a calentar y me senté a esperar.

¿Tanya? ¿En serio, Tanya? Mi princesa interior estaba a dos segundos de incendiar el mismísimo palacio con un fósforo y bebida.

—¿Podemos hablar? —preguntó Edward dejando su maleta a lado del mueble.

El sonido del horno me hizo pararme.

—No creo que tengamos nada que decirnos. Te vas hoy y regresas el sábado— me limité a decir. Al sacar mis panes del horno me quemé con la bandeja.

—¡Auch! — Edward tomó el otro mantel y me ayudó a balancear la caída.

—Échale agua— me dijo, dejé correr agua sobre mi mano, poco a poco se formaba una mancha naranja.

—Si todo está claro y no tienes nada que decirme me iré entonces. Descansa, Isabella— le hice una mueca mientras lo veía salir hacia la sala de estar.

Esperé para escuchar la puerta cerrarse y probablemente venirme abajo…. Pero no pasó. Salí a ver, estaba apoyado en la pared.

—Me gustaría que me avisaras con tiempo de qué te vas, no deberías desvanecerte así nada más— le dije, no grité, solo quería conversar.

—Lo sé, es una emergencia sino me quedaría. He hecho muchos cambios en mi vida para que veas que nuestro matrimonio es una prioridad para mí, pero mi trabajo siempre estará ahí— dijo en el mismo tono que yo.

Nos quedamos mirando como siempre hacíamos antes de envolvernos en los brazos del otro.

—Estoy entendiéndolo, no es sencillo. Siempre vi regresar a mi padre de noche para reunirse con nosotras y cuando te vas me siento … extraña, en realidad todo se siente extraño— Edward fue el que caminó hacía para tomar mi rostro.

—Yo también me siento extraño cuando no estoy contigo, pero vamos a hacer esto bien. Sé que no te agrada que viaje con Tanya, pero es parte de mi equipo, no hay nada más que una relación profesional. Ella es muy protectora de su trabajo y a veces se toma obligaciones que no le corresponden, pero he dejado muy en claro cuál es tu lugar en mi vida— mi mente y mi cuerpo parecieron relajarse, no volveríamos a lo de antes; me negaba rotundamente que mis temores nos volvieran a separar.

—Todo va a estar bien, esta semana se pasará volando— le aseguré.

Nos fundimos en un dulce beso, lo acompañé hasta la entrada.

—Avísame ni bien aterrices— le pedí. —Te llamaré durante el día, recuerda que hay una diferencia de horario de casi 12 horas. Te amo Isabella— sonreí.

—También te amo— antes de cerrar divisé a lo lejos a la seguridad personal que Edward siempre dejaba a cargo, cerré con seguro y corrí a cenar.

Aún me quedaban un par de pruebas así que me dediqué a estudiar envuelta en mi cobertor.

Mientras atendía en la librería un mensaje me llegó, era de mi madre.

Estoy preparando el almuerzo, ven a almorzar a la casa.

Era evidente que Edward les había dicho, tenía la pésima costumbre de buscarme compañía cuando no estaba en el país. Al cabo de un par de horas mi turno terminó, esperé a Sam unos minutos para que tomara la posta.

Al llegar encontré a mi madre en el porche.

—Si no te hablo tú ni te acuerdas— rodé los ojos, había estado acá hace menos de dos días.

—Dramatizas— me limité a decir. Acompañé a mi madre a la cocina.

—¿Cómo te fue en el geriátrico? — ella sonrió. —Bastante bien, hoy temprano jugamos bingo. No gané…. Nunca lo hago en realidad— reímos.

—¿Tú cómo estás? Recibí una llamada de tu esposo diciéndome que viajaría— dijo. Asentí.

—Tiene trabajo en Corea del Sur, estuvimos a escasos segundos de estallar en otra batalla campal— confesé. Mi madre se giró dejando su cucharón sobre la mesa.

—Cariño, a veces tus 22 años salen a flote. En un matrimonio necesita haber comunicación— me dijo. Ella tenía razón, ella siempre tenía razón.

— No solo prima el amor muchísimo a la otra persona, sino amarla mejor— mi madre salió a atender al jardinero que acaba de tocar el timbre.

Mi princesa miraba, a través de la ventana de castillo, con desaprobación. Embarcarme en un matrimonio tan joven traía sus desventajas, debía sopesarlas y empezar a cambiar lo necesario.

¿Acaso siempre era así? No dudaba de mi amor por Edward, también tenía claro que él era la persona para mí. Me sentía bien con él, me traía paz, emoción, amor, amistad… todo lo que ocasionaría una sonrisa en mi rostro. Eso era Edward para mí, pero tampoco podía olvidar de un momento para otro lo desdichada que había sido meses atrás, tal vez parte de mí aún guardaba algo de rencor porque él no lo intentó un poco más o porque calló tanto como yo.

—Bella, tu problema siempre será guardarte las cosas en tu maraña de pensamientos— dijo mi madre al entrar.

—¿Hacemos buena pareja? — pregunté de repente, mi madre se sentó al frente mío.

—Es… peculiar. Él se mueve, tú también lo haces y viceversa. Es como una sincronía que yo no entiendo, pero yo no soy parte de tu matrimonio. Ahora, físicamente, ambos se ven lindos en fotos, en videos, en revistas… pero no todo lo que brilla siempre será oro. Si te casaste pensando que habías llegado a la cumbre de tu felicidad, siento reventar tu globo, pero es solo el inicio de tu vida. Nunca consideré que quisieras esto—

—Yo tampoco lo pensé, pero a pesar de todo, lo volvería a hacer. No por la boda, sabes que hubiese sido feliz con una ceremonia pequeña, sino por él. Cuando me lo propuso estaba tan emocionada que salté hacia sus brazos y no pensé en el futuro, lo importante era que nos amábamos y tendríamos un futuro juntos—

Mi madre tomó mis manos sobre la mesa.

—Bella, no debes sentirte mal por amar o por ser amada pero no pierdas lo que eres. Te vi complaciendo siempre a su alrededor para encajar cuando tú eres suficiente, sentí que dejaste de ser tú, por eso me molestaba verte tan pendiente del resto— asentí.

—No pasará de nuevo mamá, seré siempre yo. Con sus defectos y virtudes, pero siempre yo, él lo sabe también— mi madre sonrió.

—Ahora, debemos tener todo listo para almorzar las tres, tu hermana tiene poco tiempo hoy—

Alice llegó corriendo para bañarse antes de sentarse con nosotras.

—Están a punto de elegir a quién dirá el discurso, al parecer estoy en el bolo. Crucemos los dedos. Mamá necesito más estampillas para las solicitudes de universidades— lo último llamó mi atención.

—Con mis notas accedo a la ayuda económica. Bella, debes ayudarme a escribir mi carta de presentación— me pidió.

—Dalo por echo, lo redactamos juntas. ¿Cuáles son tus opciones? —cuestioné.

—¿Sinceramente? Cualquiera que me ofrezca una beca y que esté en este estado de preferencia— hice una nota mental para averiguar sobre ese tema.

—Ahora mi sueño sería la Universidad Estatal de Washington, tiene un programa de diseño de interiores increíble, pero debo pisar tierra— confesó algo triste.

Mi teléfono sonó volviéndome a la realidad, podría ser Edward.

—Hola— saludé feliz cuando supe que era él. Si no me fallaban los cálculos eran alrededor de las 3 de la madrugada.

—Siento no haber llamado antes, acabo de llegar al hotel. ¿Cómo estás? — preguntó.

—Tranquila, ¿tú? — Edward rió.

—Evitando que Jasper se meta en problemas, pésima idea traerlo. Isabella, ¿puedo pedirte un favor? Siéntete libre de negarte— esperé.

—Requieren de nuestra presencia en una cena benéfica, usualmente mi madre iría, pero ha caído con una infección espantosa. Es importante para nosotros y…— lo corté.

—No te preocupes, yo puedo suplirla— Edward pareció aliviado.

—Tiene un pase más, estoy segura que tu hermana estaría encantada de ir. Es el viernes en la noche, irá contigo Bree, trabaja en mi equipo y es de mi entera confianza— me aseguró.

—Ahí estaré, ¿estarás de regreso el sábado? — pregunté.

—Sí…. Te extraño mucho— sonreí.

—Yo también así que apura, he dejado nuestra serie a la mitad para no cometer traición— eso lo hizo reír.

—Gracias, no esperaría menos de ti. Iré a descansar, en unas horas vienen a recogernos— me avisó.

—Dulces sueños entonces, te amo—

—También te amo—

Al entrar mi hermana me miraba atenta.

—Tú y yo nos iremos el viernes en la noche a un evento en la ciudad— le dije, Alice saltó de alegría. Ella sabía que la dejaría escoger lo que quisiese de mi armario.

Para poder librar mi viernes tuve que tomar turnos extras en la librería así que llegaba más cansada de lo usual a mis clases.

—Bella— Jessica tocó mi brazo, me estaba quedando dormida.

—Gracias— tomé un poco de agua y saqué mi lapicero para apuntar lo principal.

El día viernes esperé pacientemente que Alice llegase para irnos, mis padres nos acompañaron para despedirnos.

—Cuídense— nos dijo mi madre.

Me di con la sorpresa que una pareja nos esperaba en la sala de estar.

—Buenas tardes señora Cullen, señorita Swan. Mi nombre es Bree, él es Riley. Hoy las acompañaremos a la cena— estrechamos nuestras manos.

—Todo lo que pidió está en las habitaciones, a las 7 saldremos. Cualquier cosa que necesiten no duden en pedírnoslo—

Me sentía abrumada y algo nerviosa, pero ver que todo seguía en su sitio me tranquilizó un poco.

No era una cena elegante así que un conjunto falda color blanco y saco de cuero debía ser acertado, junto con botines altos y una caferena de cuello alto.

—¿Señora Cullen? —abrí la puerta para encontrarme con Bree, sus rulos perfectamente armados resaltaban al igual que sus ojos chocolates.

—El señor Cullen me pidió que le entregase esto— le agradecí. Me senté a la cama cuando lo abrí, era una caja pequeña que traía un par de perlas.

Decidí llevar el cabello sujeto en una cola de caballo para que mis perlas se notaran. Quedé satisfecha por como me veía así que fui en búsqueda de mi hermana. Ella se veía increíble envuelta en un vestido sencillo con cuello metálico.

—No te pongas nerviosa Bella— me dijo Alice mientras bajábamos las escaleras.

De camino para allá Bree se entretuvo conversando sobre los asistentes, reconocí a ciertas personas y ella me aseguró que me sentaría junto a ellas.

—¿Habrá reporteros? —pregunté. Riley asintió.

—Si usted desea hablar con alguno de ellos nos avisa, en caso contrario todos saben que la familia Cullen concede contadas entrevistas— le sonreí en respuesta.

Mi celular vibró, era un mensaje de Edward.

Gracias por hacer esto Isabella. Estoy a punto de embarcarme de regreso. Te amo.

Llegamos unos minutos antes de empezar. Quedé conmovida al escuchar hablar a una actriz sobre su experiencia en el ámbito del tráfico de infantes, luego de ella le siguieron otras mujeres que mostraban estadísticas, pronósticos y cada uno era más aterrador que el anterior.

—Que tragedia— exclamó la que reconocí como Victoria Laster, esposa de un senador.

Lo siguiente era escuchar a un grupo de mujeres conversar frivolidades sin sentido.

—¿Señora Cullen? — levanté mi vista hacia Bree.

—Hemos recibido invitaciones para unas cuantas…— negué con la cabeza.

—Agradéceles, pero declina amablemente— ella asintió.

—Bella, tu esposo y tú siempre tan… herméticos— sonreía ante la descripción de Victoria, otra mujer prestó atención a nuestra conversación. En segundos nos volvimos el centro de la mesa, mierda.

—No he venido para ventilar nuestra vida privada— contesté. Victoria pareció tomarlo a mal.

—Sea mala o buena publicidad al final del día es eso… publicidad— asentí. Usualmente lo dejaría morir por la paz, pero esta vez no.

—Edward no necesita de la publicidad para hacer negocios, su trabajo habla por sí solo— era puya directa a la realidad de Victoria que necesitaba continuamente de los reflectores para permanecer relevante.

—No podrás negar la curiosidad que siempre han provocado ustedes dos— comentó una amiga de ella.

—Mantenemos un perfil bajo, en realidad la familia siempre ha sido así— tomé un sorbo de la copa de champagne.

—Disculpen, iré a depositar nuestra donación— tomé mi chequera de la bolsa junto con un bolígrafo. Me disponía a pararme cuando Victoria volvió al ataque.

—No te vayas aún querida, a todas nos gustaría saber cómo Edward y tú se conocieron por lo menos— Bree y Riley podían salvarme de los reporteros entrometidos, pero de las fieras esposas de magnates no me salvaba ni el mismísimo Dios.

Sonreí antes de empezar y volver a tomar asiento.