Katara

Su nombre es conocido por todo el mundo. La prodigiosa sanadora. La última maestra agua de la Tribu Agua del Sur. Enemiga de la Nación del Fuego. Líder rebelde. Pero en la oscuridad de la noche, ella no se siente ninguna de esas cosas.

Cuando cierra los ojos, es como si tuviera catorce años de nuevo y el recuerdo de aquel funesto día revive una y otra vez para atormentarla. Quizá es un recordatorio de cuanto le ha fallado al mundo. De cuánto le falló a él.

"Aang..."

Su propia voz herida y ahogada por un miedo en la garganta hace eco en su memoria, trayendo de vuelta un dolor que no se ha ido del todo y que probablemente, nunca lo haga.

Lo único que puede ver a su alrededor es el reflejo verde de los cristales en las charcas de agua que ha dejado en su desesperado intento de salvar al Avatar.

"¿De qué lo has salvado?" le pregunta por milésima vez la misma voz maliciosa en su cabeza y ella siente ganas de llorar.

Quizá ya lo esté haciendo.

Pero las lágrimas que nublan su vista no hacen lo mismo con su juicio. Katara sabe perfectamente qué hacer.

Su mano derecha destapa fácilmente el pequeño recipiente que ha cargado desde su visita a la Tribu Agua del Norte y mira su contenido con ojos brillantes. Es el agua del Oasis de los Espíritus, aquella que había estado a punto de usar para ayudar a Zuko. El líquido se desliza fácilmente entre los dedos de su mano derecha, mientras la izquierda retira lo que queda de su camisa de Aang para poder acceder a su espalda. El olor a carne quemada es casi insoportable, pero aun así se las arregla para colocar su mano en la quemadura, mientras el brillo azul que emite el agua mística ilumina su rostro.

"Aang, por favor" suplica desesperada.

Y entonces lo siente. Un latido de vida.

Incluso ahora, Katara aún duda si fue real o el producto de una dolorosa alucinación. Una esperanza inútil para su atormentada conciencia.

"Lo imaginaste" le ha dicho Sokka tantas veces que ella trata de creerle. Sabe que lo hace para tratar de tranquilizarla, para hacerla entender que ella no podría haber hecho nada. Pero es algo que siempre aparece en sus sueños y que cuatro años después aún le hace sospechar que quizá no hizo lo suficiente.

Lo que pasa después siempre ocurre en cámara lenta. La figura negra avanza velozmente hacia ella y en sus manos ve un brillo azul tan similar al suyo que por un momento no tiene miedo, aunque debería. Después de todo no es el brillo azul de la sanación, ni de la vida. Es el de la destrucción y la muerte.

Las quemaduras en sus manos arden como si la llamarada azul golpeara sobre ellas otra vez. Lo siente todas las noches. Y entonces escucha de nuevo ese sonido que se asemeja tanto a un ronroneo arrogante, dulce y enfermo.

La voz enloquecida de la princesa del fuego.

"Dámelo" le dice tranquilamente.

Katara puede ver la satisfacción en sus ojos dorados y se siente enferma. ¿Cómo puede alguien estar complacido por la muerte de otra persona?

"¡Nunca!" responde con un tono tan amenazador que incluso Azula parece dudar un poco.

Pero la sonrisa no tarda en aparecer en los labios del prodigio del fuego.

"Entonces lo haremos del modo difícil" dice en un siseo antes de que el aire a su alrededor empiece a chisporrotear y la electricidad se acumule en la punta de sus dedos, mientras Katara cierra los ojos con fuerza esperando el impacto del rayo en su cuerpo.

En su lugar, escucha el fuerte sonido del relámpago chocando con el techo de la cueva, las rocas cayendo a su alrededor y el rugido de ira de Azula.

La curiosidad la obliga a abrir los ojos para ver al viejo general de la Nación del Fuego, el tío de Zuko, parado frente a ellos con un brazo extendido y humeante. Sólo entonces Katara comprende que él los ha salvado.

"Llévatelo. Trataré de detenerlos" le dice el anciano antes de desviar la bola de fuego azul que le arroja su furiosa sobrina.

La cara de Iroh parece desfigurarse en una mueca de tristeza cuando detiene una segunda llamarada, esta vez de manos de Zuko.

Pero Katara no tiene tiempo para quedarse a ver la batalla. Ella corre lo más rápido que puede con el cuerpo de Aang a cuestas, las manos quemadas y un corazón destrozado. Mira la cascada que se abre paso a la única salida posible de la cueva y el agua que cae de ella empapa sus manos causando un alivio momentáneo del dolor. Solo tiene que escalar con ayuda de su agua control y luego salir, escapar, correr... Pero ¿podrá?

Entonces escucha algo que logra distraerla; la voz de su hermano que le grita desde afuera.

"¡Vamos Katara, tenemos que irnos!"

Pero ella no se mueve. En cambio, mira el cuerpo de Aang indecisa.

Sabe que es muy pesado y sus manos están heridas. También nota a Iroh en el fondo, siendo superado por los agentes Dai Li, y a Zuko y Azula recuperándose del ataque de su tío y acercándose hacia ella.

"No puedo dejarlo" susurra desesperada mientras se aferra a él en un abrazo. Sabe que es inútil, que probablemente morirá si se queda. Pero en ese momento, no encuentra otra opción. No la hay.

Se queda en el suelo congelada mientras miles de imágenes pasan por su cabeza, recuerdos con Aang que no puede ni quiere olvidar. Pase lo que pase sabe que no puede dejarlo morir, aunque una parte de ella sabe que ya se ha ido.

Entonces la voz de Sokka la saca de su letargo, la súplica de su hermano que por alguna razón le recuerda a la voz de su madre.

"Por favor"

Ella mira el cuerpo inmóvil del Avatar entre sus brazos y el latido que escuchó parece tan irreal ahora...

No quiere dejarlo, pero es la única manera.

"Lo siento Aang"

El grito desgarrador que se escucha en la tienda levanta a todo el campamento. Todos están preocupados, atemorizados y somnolientos, excepto uno. El alto soldado de la tribu agua del sur que parece ser el único que conserva la serenidad, se levanta y avanza a través del laberinto de tiendas y fogatas. No necesita la luz del día para guiarse, sabe exactamente hacia dónde se dirige.

Cuando entra a la tienda donde su hermana debería estar durmiendo, los gritos se han transformado en un llanto casi silencioso. Él se sienta a su lado y sin ninguna pregunta la abraza contra su pecho.

Sabe perfectamente que clase de pesadillas la atormentan y por eso susurra en su oído la misma frase para calmarla que ha usado desde aquel día.

"Katara, todo está bien. Yo estoy aquí "

Y se queda con ella el resto de la noche, alejando a los dolorosos fantasmas del pasado que la amenazan, aunque sabe que no desaparecerán. Y menos en donde están, con tantas caras familiares llenas de recuerdos reunidas por primera vez en años.

Pero deben resistir, deben ser fuertes.

Porque son la única esperanza que le queda al mundo.