Sangre y Fuego
Este será el primer fic que publique con temática de World of Warcraft. Combino personajes existentes (propiedad de Blizzard) con OC, no sigo el Lore al 100%, digamos que al 60 o así xD (o menos). Está escrito en tercera persona desde el punto de vista de Earelith, la protagonista.
Una historia de amor y magia, de recuerdos olvidados en el tiempo y de superación. Y sí, también un toque de vampirismo
Prólogo:
Su vida era un infierno...
En la mayoría de los libros que había ojeado, el infierno se describía como un lugar cálido, donde las llamas ardían con fuerza y los demonios atormentaban a los que tenían la desgracia de caer allí. Pero el infierno para Earelith era aquel edificio siniestro y gris, asentado en aquel lugar frío... Donde el rey de aquel lugar no era tan cruel como los demonios con los que habitaba en las Salas Carmesí...
Ella había muerto hacía años, y los recuerdos de un pasado dorado habían caído con ella por aquella terraza, rodando por la nieve; hasta que las poderosas y oscuras alas del mal habían caído en picado sobre ella, convirtiéndola en lo que era ahora, una vampiresa, una san'layn... Y sumiéndola en la terrible oscuridad...
Capítulo 1.
Corrió todo lo que sus piernas y aquel largo vestido se lo permitieron, quería huir de aquel lugar, irse lejos. Sumida en sus pensamientos perdió de vista el frente y cayó por las rocas. Se llevó la mano al costado, por suerte las piedras no habían dañado su piel, por lo que no había pérdida de sangre, pero el dolor se hizo patente en tan sólo unos segundos.
- ¿Estás bien? – preguntó una voz masculina.
Ella alzó la vista, sorprendida por la presencia de alguien más en aquel recóndito y frío lugar. A través de su capucha pudo ver a un hombre, un elfo dadas sus largas orejas, aunque todo su rostro estaba oculto por un yelmo plateado con incrustaciones violetas. Él le tendió una mano enguantada y ella titubeó.
- No voy a hacerte daño, sólo voy a ayudarte – dijo él
Aún desconfiada, ella aceptó su mano y él la ayudó a ponerse en pie, tirando de ella sin dificultad alguna. El dolor de su costado se intensificó, por lo que ella se llevó de nuevo la mano al lugar dañado.
- ¿Te has hecho daño? – quiso saber él
- No es nada – le restó importancia
- ¿Te persigue alguien? – observó
- No
- Parece como si estuvieses huyendo de algo, o de alguien… - la soltó – Perdona que me inmiscuya, pero no es común ver a nadie por aquí.
- Entonces… ¿qué haces tú aquí? – respondió irónica
- Vengo a entrenar aquí, precisamente porque nadie viene nunca – dijo en tono jovial – Soy mago, puedo llevarte a alguna parte, si deseas.
- No.. gracias – respondió aturdida
- Perdona mis modales, me llamo Aethas – se presentó
- Vale
- Normalmente ahora tendrías que decirme tu nombre…
- ¿Por qué? – dudó
- Porque acabo de presentarme, es lo normal
- Me llamo Earelith – dijo con simpleza
- Encantado de conocerte, Earelith – sonrió – Dime, ¿puedo ayudarte en algo?
- No, la verdad es que he de irme.
Antes de que él pudiese decir nada, ella había desaparecido. Earelith suspiró hondo, su aroma suave pero varonil la había vuelto totalmente loca, despertando en ella su sed. Apoyó sus manos en la nieve, intentando controlarse a sí misma, los temblores invadieron su cuerpo, agitándolo con violencia pero, finalmente, logró calmarse. Se puso en pie y, con pesar, decidió volver a casa.
No pudo olvidarse de él, de su aroma, del calor de su cuerpo… Como solía hacer, se escabulló de la ciudadela y caminó hasta la frontera con el Bosque Canto de Cristal, aunque esta vez descendió con más cautela, evitando despeñarse como el día anterior. Lo observó desde la distancia, el mago estaba practicando diferentes técnicas mágicas. En cuanto percibió su presencia, se detuvo y la miró.
- Hola Aethas! – saludó ella
- Vaya, te acuerdas de mi nombre – se extrañó
- Quería disculparme por mi comportamiento de ayer, no tenía un buen día
- No hay problema
- ¿Te molesta si me quedo aquí un poco? No te molestaré
Él asintió y regresó a su entrenamiento, mientras ella le observaba. Iba totalmente tapado, pero su silueta quedaba marcada por aquella armadura plateada, parecía joven y bastante musculoso para tratarse de un mago. Él estaba concentrado en sus hechizos, pero no le disgustaba la presencia de la misteriosa elfa. Ella lo miraba fascinada, sus técnicas arcanas e ígneas le recordaban tanto a un tiempo pasado, a un tiempo mejor.
Sus encuentros se sucedieron de la misma manera durante días y luego semanas, y después meses. Ella siempre observándole en silencio mientras él entrenaba. Se habían acostumbrado a la presencia del otro, a pequeñas conversaciones banales sobre el tiempo o la magia. Pero Aethas decidió que quería saber más sobre ella, oculta siempre bajo aquella gruesa capucha negra. Sabía que era una elfa por sus orejas y parecía ser joven pero, aparte de su nombre, no sabía nada más sobre ella.
- Hoy he estado practicando comida y bebida de maná, ¿te apetecería compartirlo conmigo? – ofreció
- De acuerdo…
Tomó asiento cerca de él, mientras el mago preparaba una mesa con refrigerios variados, ofreciéndole a ella un vaso relleno de un líquido rosado. Ella lo saboreó, estaba delicioso. Hacía mucho tiempo que ella no probaba comida, no al menos desde que había muerto. Pero sus papilas gustativas reaccionaron de inmediato, despertando de aquel letargo. Notó el sabor dulce de los rollitos de maná, la acidez del agua de fresa y menta.
- ¿Te gusta? – preguntó él
- Está delicioso, eres un buen cocinero – rió
- Tienes una risa muy bonita – observó él - ¿Vives en Dalaran?
- No, vivo en Corona de hielo
- Ah, ¿en los Campos del torneo Argenta?
- No exactamente – dijo nerviosa - ¿Y tú? ¿Vives en Dalaran?
- Sí, en un pequeño apartamento junto al mercado de magos.- hizo una pausa – Un día, si te apetece, podría llevarte y mostrarte la ciudad.
- Aethas… apenas te conozco
- Bueno, eso puede arreglarse enseguida – bromeó - Tengo 24 años, como ya has visto soy mago, especializado en el fuego, aunque ahora practico la parte arcana, mi color favorito es el rojo. Me gusta la lectura, aunque odio las biografías de magos viejos y aburridos, y me encanta viajar, y lo mejor de ser mago es hacerlo gratis! Te toca
- Yo no sé si… - suspiró – Lo intentaré… Que yo recuerde tengo 21 años, también me gusta el color rojo – retiró un poco de su capa, mostrándole un fragmento de su vestido, de color rojo intenso – No practico la magia ni tampoco viajo demasiado. - suspiró - Debo parecerte una persona aburridísima.
- No, en absoluto - sonrió - ¿Llevas siempre esa capucha?
- ¿Y tú ese yelmo? – se defendió
- Sí. La gente del Kirin Tor no me tomaría en serio si muestro mi rostro
- ¿Tan feo eres? - bromeó
- Se nota que no has estado nunca en Dalaran, la mayoría de los magos están bastante entrados en años, si me viesen sin el yelmo pensarían que soy un estudiante más y no un archimago.
- Así que eres archimago… - sonó interesante
- Sí- rió - ¿Y quieres saber otra cosa? Soy pelirrojo! – se echó a reír – Si Rhonin llegase a enterarse se deprimiría, se tiene muy creído su papel de gran mago pelirrojo! – la miró - ¿Y tú?
Ella metió la mano en su capucha y tiró de un mechón de su largo pelo, sacándolo al exterior con cuidado para mostrárselo.
- Rubia! – exclamó Aethas – Te imaginaba con el pelo castaño
- ¿Y me imaginas guapa o fea? – le picó
- Con esa voz y esa risa tienes que ser preciosa. ¿Y tú a mí?
- Te he preguntado si eras feo y no me has respondido, quien calla… otorga
El día terminó pronto y los dos nuevos amigos se despidieron, regresando cada uno a su hogar. Aunque Earelith no estaba segura de poder llamar hogar a aquel lugar. Se desprendió de su capa negra, alisando su vestido rojo con cuidado, no quería que nadie notase que había salido.
- ¿Otra vez de paseo, hermanita? – escuchó a sus espaldas
- Hola Keleseth – saludó sin ganas
El elfo de cabello azabache se acercó a ella por la espalda, pegándose a ella para inhalar su pelo.
- Hueles a vida… Veo que has tenido un buen paseo
- Estoy harta de que vosotros seáis los únicos en poder salir – replicó – A mi también me apetece aire fresco.
- A mí me apetecen otras cosas… - dijo con insistencia.
Sin dar o pedir explicaciones, empujó a la elfa contra la pared, él era más de una cabeza más alto que ella y también más ancho y fuerte, por lo que ella tenía pocas opciones de defenderse y, a fin de cuentas ya estaba acostumbrada. Keleseth era su hermano, pero no hermano natural, sino hermano en la sangre. Tanto él como ella y sus dos otros hermanos, habían sido transformados en san'layn por la mismísima Lana'thel, la reina de sangre, por lo que eran considerados príncipes y princesa de sangre. Su poder era mayor que el del resto de san'layn, ellos eran más puros y también más poderosos. Pero de los tres, Keleseth sentía una malsana obsesión por ella.
Keleseth lamió el contorno de su oreja desde la parte superior, bajando hasta su cuello, donde rasgó la piel de ella con sus colmillos, lamiendo la sangre que brotaba de su herida. Deslizó sus manos hasta la parte de adelante del cuerpo de ella, acogiendo la curvatura de sus senos entre sus manos, apretándolos con suavidad. Ella notaba la intensa erección de él presionando contra su espalda. Cerró los ojos con fuerza, deseando que aquello terminase pronto.
- Relájate y disfruta, hermanita… - susurró
- ¿Acaso tengo otra alternativa? – suspiró ella
- No, pero podrías actuar como si esto te gustase…
La giró con rudeza y la apoyó sobre la cama, de espaldas a él, izando su vestido y retirando con dos de sus largos dedos su ropa interior, para introducirse dentro de ella, embistiéndola con fuerza. Ella gimió de dolor, notando como él la sujetaba, oprimiendo su seno derecho con su mano, mientras ella se apoyaba con ambas manos sobre la cama.
- Hoy será rápido preciosa, nos esperan para cenar- susurró él
Su tormento siguió durante diez minutos más, notando las embestidas y los ruídos de placer que emitía el elfo, mientras ella sólo luchaba por apoyarse en la cama. Notó como él llegaba al clímax y se retiraba de su interior, quitando su peso de encima de ella. La giró hacia él y la besó, alzando después su cabeza.
- La próxima vez podrías correrte para mí, ¿no crees?
Ella no respondió, le torció la cara mientras él se vestía y se marchaba, dejándola sola. Earelith apretó los puños hasta hacerse heridas en las palmas de las manos con sus uñas e ir a darse una ducha, necesitaba lavarse después de aquello. Pero, lo que más necesitaba era huir de aquel lugar, huir de los san'layn y, sobre todo, huir de él.
