Aquella tarde hacía más frío que de costumbre, al principio temió no ver a Aethas, pero el mago llegó a su lugar de encuentro en un destello azul. Ella estaba bastante alicaída, buscando en su mente la manera de huir sin tener que depender de la sangre. Al contrario que los demás, ella amaba la vida, soñaba con una vida normal y estaba en contra de matar para alimentarse. Pero debía fingir, ese era su día a día, su eternidad…
- Hoy hace frío – comentó Aethas
- Como todos los días… - suspiró ella
- ¿Va.. todo bien? – se preocupó
- No, pero no te preocupes… se me pasará
Él se sentó junto a ella y le tendió la mano, ella colocó su mano, enfundada en un guante de color rojo, sobre la de él, notando como sus dedos acogían su pequeña mano. Bajo su capa, sonrió con ligereza.
- ¿Sabes? Estos momentos son lo único bueno que hay en mi vida – susurró
- Me alegro de ello, yo también disfruto mucho contigo, siento que eres la única persona que me comprende. – se levantó – Quiero… hacer algo..
Ella alzó la vista hacia él sin comprender. Aethas colocó sus manos sobre el casco, tirando de él hasta retirarlo. Earelith le miró, anonadada, era realmente apuesto. Sus ojos eran verde intenso, propios de un sin'dorei, su piel era clara con pómulos un poco marcados. Sus labios eran finos, pero formaban una sonrisa preciosa. Y su pelo era rojo y largo, con una apariencia tremendamente suave.
- Bueno… di algo…! – exclamó él
- Si que eres pelirrojo! – se le ocurrió – Y jodidamente guapo
- ¿Jodidamente guapo? – se echó a reír – Estoy contento de que no me juzgues, me siento muy a gusto contigo. Estar con ese horrible yelmo todo el día es agotador. – la miró – Me gustaría verte…
- Aethas yo no….
- ¿No confías en mí? – se apenó
- No es eso… - se puso en pie y le dio la espalda – Es sólo que yo no soy como tú imaginas…
- ¿No eres una elfa? – arqueó una ceja
- Sí, si lo soy pero…
Escuchó un ruido metálico y después el inconfundible claqueteo de los huesos. Miró a Aethas, que estaba con las manos hacia delante y expresión firme, preparando ya el primero de sus hechizos.
- Ponte detrás de mí! – ordenó
Ella obedeció y se situó tras el archimago, viendo el gran número de necrófagos y magos esqueléticos que avanzaba hacia ellos. Se maldijo a sí misma, ella no era maga, ni siquiera sabía si tenía poderes como sus hermanos. Siempre había vivido bajo las alas de Lana'thel, cuando ella decidió rendirle sus servicios al Rey Exánime. Tembló nerviosa, viendo como su amigo lanzaba los primeros hechizos ígneos y calcinaba a numerosos enemigos, pero no era suficiente.
Uno de los magos lanzó un hechizo de escarcha en dirección a Aethas, logrando atinarle en un costado, el elfo cayó de rodillas, visiblemente dolorido y Earelith gritó, situándose delante de Aethas. Guiada por un instinto salvaje, extendió sus brazos y un torbellino de magia de sangre surgió de ella, llevándose por delante a todos los no-muertos.
Se agachó junto a Aethas, además de la herida del costado tenía un corte en la mejilla, el cual sangraba, un poderoso impulso creció en su interior, pero ella lo retuvo.
- ¿Estás bien? – preguntó
- Esa magia… ¿no decías que no tenías magia? – preguntó confuso
- Yo… No la tenía… - dijo confusa – Es decir, nunca antes había hecho…
- Earelith, tu magia… era..
- Aethas, hay algo que debo decirte… - susurró – Pero dejame curarte primero
Ella se quitó su guante rojo y posó su mano desnuda sobre el corte de su mejilla, su magia de sangre restauró totalmente el corte. Él la miró extrañado, para después alzar su tabardo y su armadura y mostrar la herida en su costado. Ella se fijo en su torso, sus músculos estaban marcados y tonificados, por un momento pensó en verlo desnudo y una sensación caliente creció en su vientre. De la misma manera, posó su mano fría sobre la cálida piel de él y su herida se cerró.
- Gracias – volvió a vestirse – Estás congelada…
Cogió la mano de ella entre las suyas. Su piel era blanca y sus uñas largas y pintadas de rojo. Ella retiró su mano con rapidez y volvió a ponerse el guante, bajó la cabeza, nerviosa y con pánico de que algo cambiase en aquel momento.
- Aethas, voy a revelarte algo, quiero que me escuches y esperes a que termine…. Y, por favor, no huyas…
- ¿Huir?
- Si, huir – dijo seria – Se que probablemente vayas a juzgarme de antemano, pero me gustaría ser yo, dejar de fingir por una vez… Confiar en ti…
Él asintió y tomó asiento. Ella suspiró, visiblemente nerviosa, para desatar poco a poco su capa, dejando entrever el elegante vestido rojo que portaba y, finalmente, retirar del todo su abrigo. Aethas la observó con intensidad. Era realmente hermosa, su pelo largo y rubio caía de lado recogido en una trenza, sus labios eran perfectos y gruesos, de un color rojizo y su figura era esbelta, su piel era blanca como la nieve que les rodeaba. Pero cuando se fijó en sus ojos, un atisbo de terror se instaló en su rostro, eran rojos, rojos como la sangre.
- Eres… una san'layn! – gritó él
- Aethas yo…
- Debería matarte!
- Te pedí que me escuchases sin juzgarme…! - suspiró – No soy tu enemiga… Si quisiera matarte o tu sangre ¿no crees que lo habría hecho ya?
- Eso es lo que no entiendo…. – reconoció – Lo siento, he de irme
- Aethas, por favor… - suplicó
Pero él ya no la escuchó, invocó su magia y se teletransportó a su apartamento. Se derrumbó en el sofá, totalmente confuso, llevándose la mano a su mejilla. Una parte de él lamentó no haberse quedado, ella parecía sincera, parecía… buena… y él no la escuchó.
Regresó a la ciudadela de mala gana y se dejó caer, abatida, sobre su cama. No pudo evitar echarse a llorar, por un momento había creído que Aethas era su única salida de aquel infierno, pero la luz al final del túnel se había apagado y ahora estaba en penumbras.
- ¿Por qué lloras, mi princesita? – escuchó una voz
- Hola Taldaram – dijo con pocas ganas - ¿A qué has venido?
- He llegado hoy a la ciudadela, me apetecía ver a mi hermanita – sonrió
- Bienvenido
Taldaram tenía el pelo largo y rubio y un carácter mucho más amable que Keleseth o Valanar. Era el único de sus hermanos con el que se sentía a salvo, ya que realmente él siempre se había comportado como tal. Desde que Lana'thel la había transformado en vampiresa, él había estado ahí para ayudarla, y más cuando el respeto por la vida de ella había dado lugar a situaciones peligrosas para su salud. Taldaram se encargaba de traer la sangre para ella, incapaz de clavar sus colmillos en un ser vivo, ya fuese humano o animal. Aunque por ese mismo motivo ella era mucho más débil que sus hermanos y su magia apenas estaba desarrollada.
- Hoy he hecho magia… - susurró ella ante su mirada de sorpresa – Surgió de la nada… fue… extraño
- ¿Has bebido…?
- No
- ¿Qué estabas haciendo entonces?
- Estaba con un amigo y tenía que protegerlo
- ¿Un mortal?
- Sí – reconoció
- Lith… - acarició su cabeza – No deberías enamorarte de un mortal, no va a terminar bien.
- No estoy enamorada de él, simplemente somos amigos! – rechistó ella
- Lith… - él la llamaba siempre así – Debes alejarte de él, él no te aceptará como eres y si realmente quisierais estar juntos tendrías que convertirle..
- No pienso hacer eso, no deseo esta vida para nadie… - suspiró
- ¿Sigues pensando así? – lamentó
- Tal… no sabes lo que vivo a diario… no sabes lo que él me hace… - sollozó
- ¿Keleseth? – quiso saber
- Sí… - asintió – Yo no pedí ser una san'layn, yo sólo era una joven aprendiz de mago que amaba una vida que me arrebataron y ahora… estoy condenada a una infinidad de sufrimiento, a una no-vida de tortura y a estar aquí encerrada. Yo.. no puedo más…
- Hablaré con nuestro hermano
- No, por favor… - suplicó – Si lo haces… será peor…. Cuando tú te vayas, no habrá nadie…
- Está bien, pero no me quedaré con los brazos cruzados, intentaré que la reina te deje venir conmigo.
- Gracias
