Aqui os traigo el tercer capítulo de Sangre y Fuego:

Regresó a aquel lugar durante varios días y cada uno de ellos obtuvo el mismo resultado, nada… Aethas no había vuelto a aquel lugar, la evitaba. Earelith suspiró, hubiese sido mejor que la matase, que acabase con ella y con su sufrimiento allí mismo y no la indiferencia que el archimago estaba demostrando. ¿Y si Taldaram tenía razón? ¿Y si ella sentía algo por él?

Los últimos días había vivido tranquila, con la presencia de su hermano, pero Taldaram debía volver a marcharse y ella sabía lo que la esperaba. Al llegar a su habitación, Keleseth la aguardaba, recostado sobre la cama de ella.

- Fuera de aquí! – dijo seria al entrar

- ¿En serio quieres echarme? – rió burlón

- Esta es mi habitación, tú tienes la tuya. – se impuso

- Vaya vaya… La gatita saca las uñas, pero ahora no está nuestro hermano mayor para cuidarte.

- Se cuidarme yo sola!

Keleseth la miró desafiante, para después echarse a reír. Earelith parecía una frágil muñeca de porcelana, tan pura y dulce, sin un solo atisbo de maldad, lo que lo volvía loco. Su deseo se vio intensificado cuando se mudaron a la Ciudadela de la Corona de Hielo, donde pasó de sólo observarla a poseerla de todas las maneras posibles, aunque sabía que ella lo odiaba. Al principio utilizaba sus poderes para moldearla a su voluntad, pero después se dio cuenta de que le daba más morbo obligarla a cumplir sus deseos. Pero desde hacía unos meses ella se mostraba todavía más distante y ahora sentía algo nuevo en ella.

- Vete, por favor – repitió

- Sabes perfectamente que no me iré sin antes satisfacer mis apetitos – sonrió, pasándose la lengua por los labios

- Tienes bastantes vampiresas en las Salas Carmesí que seguramente estén más que dispuestas a complacerte.

- ¿Y tú crees que me iría con cualquiera? – se echó a reír – Un príncipe como yo no espera más que a una princesa en su cama y tú eres la única.

- Mira Keleseth, que sea princesa de sangre no quiere decir que sea tu maldito juguete! – gritó – Y no pienso dejar que..

Él sujetó la mano que ella había alzado en señal de amenaza y bajó su brazo con fuerza, haciéndole daño.

- Deja ya de gritar – dijo poniéndose serio

- Pues vete…

Él resopló, intentando mantener la calma, y la empujó con fuerza contra la pared, pero ella se defendió y le empujó con todas sus fuerzas, haciendo que él cayese al suelo. Los ojos rojos de él se intensificaron, llenos de ira, pero ella utilizó su recién conocida magia de sangre para apartarlo de nuevo de ella. Sorprendido, aunque todavía más furioso, utilizó su magia contra ella. La magia de Keleseth era mucho más poderosa, por lo que ganó terreno a la de ella, hiriéndola de gravedad en el abdomen. Earelith cayó al suelo, jadeando, pero se levantó como pudo cuando vio que él se acercaba. Keleseth le propinó una fuerte bofetada en el rostro, para después clavar sus colmillos en el cuello de ella, succionando su sangre.

Sus uñas trataban de arañarle, pero apenas tenía fuerzas. Notó como él la despojaba de su ropa interior y la alzaba en sus brazos, penetrándola con fuerza, sin importar que a ella le doliese, mientras seguía drenando su sangre. Cuando hubo terminado, la depositó con delicadeza sobre la cama y acarició su pelo, ella estaba lívida, por la falta de sangre.

- Siento haberme comportado así, pero era necesario… - susurró antes de besarla e irse.

Habían pasado varias semanas desde la última vez que la había visto y aquella espina seguía carcomiéndolo, necesitaba saber más, necesitaba verla otra vez…

Llevaba toda la mañana en una interminable reunión acerca de la manera de vencer de una vez por todas a Arthas Menethil, el príncipe de Lordaeron que se había convertido en el rey Exánime. A pesar de ser joven, Aethas era miembro del consejo de los seis, uno de los dirigentes del Kirin Tor. Era el único heredero de su familia, los poderosos Atracasol, y había conformado así una nueva facción, repleta de magos que se habían afincado en Dalaran y en el Bosque Canto de Cristal.

Notó un intenso dolor en la cabeza, un sentimiento extraño que le invadió de pies a cabeza. Por lo que, una vez finalizada la aburrida reunión en la que no avanzaron nada, regresó a su apartamento, despojándose del yelmo. Su pelo rojizo cayó sobre sus hombros, pero el dolor no amainó

"Ayuda…" – escuchó en su mente

Guiado por su instinto, se teletransportó al Bosque Canto de Cristal, donde solía ir a entrenar. Al principio creyó que su mente le jugaba malas pasadas, pero después vio un pequeño bulto, cubierto de nieve. Retiró la nieve con cuidado, encontrándose con el rígido cuerpo de la elfa.

- Earelith… Earelith! – la llamó

- Ae…thas… - habló con dificultad

- ¿Qué haces aquí?

- He huido…

- ¿Huir? ¿Por qué? – se extrañó

- Por esto…

Le dolía mover su cuerpo, la falta de sangre y el frío hacía que sus músculos y articulaciones estuviesen rígidas, aún así, se forzó a mover su brazo derecho y retirar su capucha, mostrándole al mago el enorme cardenal morado que cubría su mejilla y parte de su cuello.

- Por la Fuente del sol! – exclamó horrorizado - ¿Cómo puedo ayudarte?

- Mátame… por favor

- No puedo hacer eso… - susurró – Te sacaré de aquí.

La cogió con delicadeza en sus brazos y, sin importarle nada en aquel momento, se teletransportó a su apartamento, donde la depositó con cuidado sobre su cama. Con sumo cuidado, le quitó la capa, fijándose de nuevo en el enorme moratón que lucía en su rostro, totalmente en contraste con su piel clara, ahora de un ligero color grisáceo. A la agradable temperatura del apartamento, ella pareció desentumecerse. Aethas se fijó en su mano, cubierta de sangre escarchada y quiso revisarla, pero ella se negó a que la tocase.

- Estás sangrando…

- Sí, tengo una herida en el abdomen – reconoció

- Deja que te cure

- No puedes… - dijo en un susurro

Aethas se sentó junto a ella y alzó su cabeza sobre él, acariciando, con su mano desnuda el rostro de ella. Un profundo sentimiento de tristeza y compasión se apoderó de él. Se fijó en los ojos rojos de ella, ahora de un color apagado. Era tan hermosa…

- Perdona por haberme ido… - susurró

- Es normal, es normal que no quieras estar cerca de un monstruo… - sollozó

- No me parece que lo seas… - reconoció – Monstruo es quien te ha hecho esto…

- ¿Cómo sabes que no fue un accidente?

- Porque se ve perfectamente la forma de una mano en tu cara… - apretó la mandíbula, lleno de rabia - ¿Quién fue?

- Keleseth… - dijo con expresión de asco

- ¿El príncipe de sangre?

- Sí… - su voz sonaba cada vez más débil – Pero logré huir… y ahora al fin moriré, libre de él…

- Yo no quiero que mueras – dijo de pronto

- ¿Por qué?

- No lo sé… - dijo confuso – Por favor, dime como puedo ayudarte

- No…

- Earelith, por favor!

Él la miró suplicante y ella dio un largo suspiro.

- Sangre… - pronunció por fin – Ve a una cocina, o algo así… pide sangre, lo más fresca posible.

- ¿Si bebes sangre… te curarás? – quiso saber

- Si

- Entonces bebe de mí – la alzó

- No…

- ¿Por qué no?

- Porque yo no bebo sangre humana, ni de un ser vivo… - le cortó

Él la miró confuso, según lo que había leído, los san'layn bebían sangre, cuanto más fresca mejor, especialmente de seres humanoides, transformando únicamente en vampiros a los sin'dorei, sobre los cuales recaía la maldición. Pero ella acababa de decir que no bebía de un ser vivo, ni mataba. ¿Cómo era aquello posible? En cualquier caso, si no bebía, moriría, y él no estaba dispuesto a permitirlo. La alzó en sus brazos y la giró hacia él, ella gimió de dolor y el mago vio la herida en su abdomen, además de la mordedura en su cuello, ambas con un color violáceo.

- ¿En el cuello? – preguntó

- Aethas… no… - sollozó

- Hazlo… - la instó

La alzó algo más, pues ella era bastante bajita para ser una elfa y la apoyó sobre su hombro, dejando su cuello al descubierto y sujetándola para que no se cayese. Pero ella trató de alejarse de él.

- Hazlo, por favor. – pidió

Por fin, ella obedeció y él sintió un dolor agudo en su cuello, a medida que ella clavaba sus colmillos en su piel, sin embargo, la apretó fuerte contra él, hasta que ella, ya con más fuerza, lo empujó, haciéndole caer sobre la cama. Earelith cayó al suelo de rodillas, todavía con el sabor de la sangre de él en los labios. Horrorizada por lo que acababa de hacer, se limpió la boca, mientras sus heridas se curaban a gran velocidad. Aethas estaba ahora sentado en la cama, observándola, mientras que con su mano tapaba el lugar donde ella le había mordido.

- ¿Por qué me has obligado? – sollozó ella

- Porque de lo contrario ibas a morir… - la tranquilizó

- Pero… te he hecho daño… he bebido tu sangre! – dijo nerviosa

Él se levantó y la cogió entre sus brazos, tratando así de calmarla. Notó como ella temblaba, aterrada, cuando él rodeó su cintura con sus manos y la atrajo hacia él. Poco a poco ella fue cediendo y dejando caer sus brazos, para después alzar su mano derecha y colocarla sobre la herida de él, haciendo que sanase. Cuando se separaron, él la miró extrañado.

- ¿Nunca te habían dado un abrazo? – preguntó

- Haaacía mucho tiempo que no.. – reconoció – Ha sido… extraño, pero agradable

- Earelith, te propongo un trato… - su mirada se volvió seria

- Te escucho

- Quiero que me facilites toda la información sobre Arthas y la plaga para poder terminar con él de una vez por todas – dijo firme – A cambio, podrás quedarte aquí, a salvo conmigo.

- Te ayudaré a terminar con el rey exánime y con todos los que le sirven, especialmente con los san'layn – dijo con cierto rencor – Una vez que eso suceda, ¿dejarás que me vaya?

- Si es lo que deseas, sí