3.

Esa tarde cambió todo para siempre.

El tiempo pasó una vez más. Los días, las noches. Las cosas mejoraron lentamente en el tiempo, pero no era como antes. Las charlas eran breves, pocas y secas. Ya no había miradas de complicidad, ni comidas cargadas de información, chusmerios, o hasta amistosas discusiones. Todo eso había desaparecido.

Fue la primera vez que sintieron como era ser un trío a la antigua. Cada una dormía en su habitación. Al despertarse, comenzaban sus labores y no se veían en todo el día. Cenaban separadas, y mediante auxiliares se pasaban notas y apuntes; algunos con más insistencia que otros, cuando intentaban señalar el error ajeno. Pero ya no había pasión.

—No deberíamos decir esto en voz alta.

—¿Por qué no?

—Los dioses...

—Saben que hablamos con ella. Que la confronté -sola, porque no tuviste el valor de ponerte a mi lado mucho que digamos - y jamás entendió lo que quise decirle; se lo tuviste que decir tú. Eso es muy grave, Sofi, lo sabes.

—Sí, significa que no estamos en armonía, que piensa diferente de nosotras.

—Más que eso. Significa que nunca podrá ser una de nosotras. Lo dejó bien claro. Jamás va a cambiar, ni va a abandonar nada de lo que dejó en el Santuario. ¡Los dioses bien saben que estoy en lo correcto, hermana! Nadie puede nacer y pertenecer a dos órdenes por igual. Ella es una extensión de la diosa Atenea, pero nada más; fue ofrendada, y no más que eso. No se convirtió. Su corazón está en otro lado.

Cuando Déspina terminó de decir todo eso, Sofía bajó la mirada y se cubrió la boca, entre la angustia y la sorpresa.

—Es muy duro lo que dices.

—A mi también me duele, pero es la verdad en la que nos expuso. Ahora debemos hacer algo al respecto, o las cosas comenzarán a empeorar — se cruzó de brazos — ¿Qué crees que deberíamos...?

—Destierro.

La rubia se quedó helada ante la determinación en la voz dulce de su interlocutora.

—¿... cómo?

—Destierro, Déspina, hay que sacarla de aquí —frunció el ceño — . No puede tener más este lugar como su hogar.

—Pero, ella ya no es más de Atenas... no puede...

—Abdicó de su Cloth para venir hasta aquí por sus estrellas. Abdicará a ser Oráculo por ser desleal — la morocha cerró los puños sobre su falda, indignada, apretando los labios —. No es justo. Yo también quisiera desposarme, conocer el amor; pero yo sí cumplí con mis mandatos, y aún así, ella...

—Sofía...

—Déspina — la miró, saliendo de sus propias emociones — , dices que no tiene a dónde ir, pero si tiene. Los brazos de su amado. Ella no será más que una mujer que ama a un hombre con poder. Y si aquel no puede cuidarla, ya no es nuestro asunto — frunció el ceño con fuerza — . Thais ya no es digna, hermana.

—Entonces...

—Entonces, sí, la desterraremos en nombre de Apolo — miró hacia el cielo nocturno desde la sala en la que estaban — . Y será la próxima luna llena, para que Artemisa vea la decisión que hemos tomado, para honrar este suelo sagrado. Le exigiremos que vaya hasta el Templo de Apolo, se arrodille en la Piedra y acepte el abandono voluntariamente, con todo lo que eso significa.

—Va a negarse, te lo digo de antemano.

—No puede hacer nada. Si nos hace daño, los guardias que ella formó se encargarán de llevársela. Si los mata a todos, será una paria con las manos manchadas en sangre. No, no le conviene. Se irá pacíficamente, con rabia, pero sin hacer más que eso.

—Sofía... me preocupa que estés tan segura.

La morocha la miró seria, en silencio. Su expresión fue inscrutable.

—Thais nos duele porque es una chica muy transparente, y nos ocultó esto bajo nuestras narices. Porque es así de honesta con sus emociones sé cómo va a reaccionar. Y como nos sigue queriendo, no nos considera el enemigo. En Atenas entrenan a los soldados para matar rivales. Nosotras no lo somos.

Frunció el ceño.

Nosotras somos la justicia que ella no quiere ver.

Thais, por alguna razón, no pudo volver a dormir.

Le recordó a su infancia, cuando apenas pegaba un ojo por las noches, fuera por sus miedos o por el dolor de su cuerpo. Se hubiera sentido confortada con aquella vieja sensación, irónicamente, sino fuera porque había algo que la inquietaba enormemente.

Y es que, al conciliar el sueño, esa noche se había enfrentado a la vieja Tríada, algo que jamás le volvió a ocurrir desde que ellas estaban gobernando Delfos. Fue la misma visión que tuvo en el templo, cuando le revelaron su destino: Un cuarto vacío con miles hilos de plata alrededor. El propio palpitaba frente a ella, más brillante que la gran mayoría, con un mensaje críptico que la dejó en vela, intentando descifrarlo.

¡Mi señora, mi señora! ¡Auxilio!

La pelirroja sobresaltó en la cama, para comprobar que estaba saliendo el sol y que la mañana se avecinaba. Corrió hasta la puerta, al ver que esta era golpeada con fuerza y prisa. Al abrir, encontró la mirada desorbitada de una auxiliar, acompañada por dos guardias.

—¡Es terrible, mi señora! — los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas y empezó a llorar con fuerza.

—¿¡Qué pasó!?

—¡Venga por favor!— insistió uno de los hombres enmascarados.

Salió descalza y con su ropa de dormir, olvidándose del decoro. Su cabello estaba enmarañado y tenía una ojeras que rodeaban sus ojos. Al caminar por el pasillo, notó una pequeña muchedumbre llena de sollozos en diferentes lugares: los cuartos de Déspina y Sofía.

¡Que desgracia!

¿¡Por qué pasó algo así?!

¡Justo ahora!

Un impulso de terror en el corazón la hizo correr hacia el cuarto de la primera, empujando a todo el mundo. Las personas dentro se apartaron, cediendo el lugar. Rodeaban la cama de la rubia quien yacía con los ojos abiertos en un gesto de dolor, enredada con las sábanas.

—¡DÉSPINA!

Se lanzó sobre su cuerpo y tocó desesperada, probando en las muñecas y la yugular. Luego fue hasta el pecho de la joven, buscando latidos que nunca encontró.

—Señora...

—¡CÁLLENSE! ¡No puedo escuchar!

—Se-señora... ella...

—¡Cállense! ¡Cállense!

Apretó el cuerpo menudo y entrecerró los ojos, aceptando la realidad. Comenzó a sollozar hasta que terminó en llanto amargo. Luego de unos minutos, se sentó en la cama de un sobresalto, como recordando algo. Y lo recordó. Recordó el sueño.

"Oda a las tres que ahora son una"

Empujó a todos en su torpe corrida para llegar a la otra habitación. Sofía tenía los ojos cerrados, se hallaba en posición fetal y semidesnuda. Las auxiliares que la rodeaban salieron del cuarto para contemplar a la pelirroja caer de rodillas en el suelo, golpeando el piso hasta que se quebró en dos.

—¡¿POR QUÉ?!

Se mordió la boca hasta sangrar. Su cosmos se encendía y se apagaba como una flama inestable, gritando entre los llantos que la ahogaban. La última vez que había experimentado esa rabia y ese dolor, había sido separada de su abuela; y su nombre era aún Niamh.

Ahora, adulta, se había agregado un nuevo sinsabor: la culpa.

—Fui yo, fui yo... — susurró entre sollozos — Es mi culpa. ¡Es mi culpa! ¡Es mi culpa!

Sus gritos retumbaron como ecos desgarradores por todo el Templo. Cerró los ojos, odiándose, odiando todo. Deseó morirse también, porque era imposible. Imposible. Las doncellas, en pánico silencioso, no sabían cómo acercarse para ayudarla.

¿Cómo iba a enfrentar ese dolor, esa carga, ella sola?

Las piras funerarias ardieron frente a los ojos cubiertos de una gasa negra. Cada fuego brilló en la pupila gris del único oráculo que quedaba en esa Era.

Era un día gris y triste, silencioso. La pequeña población del Templo de Apolo rodeaba en semicírculo aquel rito. Los hombres con máscara quedaron más abajo, y sólo las mujeres pudieron avanzar hacia donde ardían los cuerpos envueltos con los óbolos en sus rostros, vestidos de ceremonia. Lo único que había tomado la sobreviviente de aquello había sido un collar dorado de Sofía y un brazalete plateado de Déspina, que tenían un solo objetivo.

"Cuando este duelo de siete días termine, quiero que el herrero me haga una lauréola con la fundición de estos metales" En el proceso, también entregó sus pendientes. La orden de Thais fue clara, y nadie se la cuestionó.

Dos noches antes, y cuando pudo recobrar la compostura, Thais se encargó de vestir y arreglar a las difuntas, trasladándolas hacia la entrada del Templo. Una vez recostadas en una mesa alta con la ayuda de los enmascarados, pidió por el médico del pueblo más cercano, para que pudiera revisar los cadáveres. Así, el hombre supo el motivo de los decesos: ambas tenían, en la nuca y tras la rodilla, pequeñas picaduras de color morado. Habían muerto por alimañas mientras dormían.

"Al menos no sufrieron totalmente el veneno. Despiertas hubiera sido una agonía más larga; pero no pudieron despertar para pedir ayuda. Una pena."

Más larga. Pero había sido una agonía. Morir sin poder hacer nada para evitarlo. Por unos insignificantes bichos, salidos de la nada.

A lo lejos, el pueblo entristecido dejaba ofrendas y rezos, cargados de dolor y buenos deseos. Al cerrar los ojos, Thais los sentía; cosmos latentes de todas esas personas que no habían despertado como ella. Podía sentirlo todo. Era tan molesto...

"Si supieran que es mi culpa, no pedirían por mi alma... "

¿Enserio?

De repente, todo desapareció a su alrededor. Ella seguía vestida de luto, con su vestido y velo negros, pero ya no había más nada, siquiera las piras. Algo brilló a su lado; una luz plateada e intensa, que tenía forma apenas visible de un rostro femenino.

¿Tan arrogante eres que piensas que esto fue tu causa?

"¡S-señora Artemisa!"

Sin inclinaciones, odio esas cosas— la mujer de ojos brillantes y tiara de cornamenta de ciervo la enfrentó, sosteniendo el arco como un bastón; apenas podía distinguirse algo de su destello — Dime por qué sigues lamentándote.

"Mi señora, mis hermanas... ellas ya no están, y fue mi responsabilidad" la diosa la miró con un gesto agrio ". Porque estuve en falta, y yo..."

Hermano me pidió que compartiera con su Voz mi postura al respecto de todo esto — la cortó como si no hubiera dicho nada, mirando hacia adelante — . Y me lo pidió porque quizás tenga más significado para ti — La miró — . Hay una sola cosa que odio más que a los hombres, y es la vanidad que genera deslealtad entre las hijas de Apolo. No me pertenecen, pero me encargo de que sean dignas de él.

Thais bajó la mirada.

¿Aún sigues pensando aquello?

"No puedo pensar en otra cosa. Mi corazón las llevó a la muerte, y por eso..."

Joven hembra, no nos referimos a ti. Así que cuida lo que dices. Ahora veo con algo de pena tu existencia, ya que deberás cargar con todo sola. Pero tu Destino así está marcado— se calló un momento y se encogió de hombros, restándole importancia a su dolor —. A mis ojos, eres peculiar.

Lo que pareció un parpadeo y un respiro la devolvió al frío de la realidad. Se contempló quieta, donde la habían llevado sus pies. Al levantar la vista, notó como las piras comenzaban a apagarse, al consumir todo lo que había dentro de ellas. Las miró, sin embargo, extrañada.

¿Por qué la diosa le había dicho eso?

Amor mío,

Tiemblo de rabia al no saber como calmar tu dolor. Leí repetidas veces las cartas que me has enviado en estas noches, con todo lo que ha pasado, y por eso me urgió la necesidad de mandarte mis palabras de inmediato. Disculpa si esta nota llega en horarios inapropiados.

No puedo darte una respuesta, pues no sé que más que tú. Los dioses no actúan con racionalidad humana. A veces, sus motivos escapan de nosotros, como ocurrió contigo hace algunos años. Toda mi sabiduría y experiencia no sirvieron para nada en ese momento ¿recuerdas? Y ellos saben que quise hacer lo imposible para evitarlo. Eché sobre mí mil culpas y responsabilidades. Pero simplemente debía ocurrir; yo no tenía nada que ver en ese cuadro, y darme cuenta de ello hizo que me apenara aún más. Por eso te entiendo: tu desconcierto hoy, fue el mío en ese entonces. Ahora sabes lo que sentí.

Algún día te harán saber qué ocurrió. Llora a tus amigas en paz, con el ofrecimiento de mi abrazo infinito. En pocos días haré una visita protocolar para dar mis condolencias, y allí podremos hablar más tranquilos.

Pero sabe una cosa, Thais: siempre tendrás en mi nuestro pequeño paraíso para que puedas descansar.

A tus pies,

Sage de Cáncer"

Sage no se sonrojó esa vez al terminar de escribir. Dejó la pluma en el tintero y cruzó los dedos entre sí, pensativo, releyendo sus palabras una y otra vez. A su alrededor, cientos de misivas a medio hacer lo rodeaban, inconclusas. Sí, esa sería la definitiva. Fue así como la doblo y la lacró.

Cáncer sospechaba fuertemente que había pasado. Pero no era tiempo de argumentarle a su amada, sino de consolarla. Ahora se sentía más sola que nunca y, hasta que se recuperara, debía acompañarla en ese momento tan duro.

Pues él, además de saber que Thais se iría a Delfos en el pasado, jamás la vio acompañada en aquella Providencia. Siempre la vio como un Oráculo solitario, llevando sobre sus hombros todo el peso de semejante investidura. Ahora, pensó, se convertiría en una regente en igualdad de condiciones a él, con el poder absoluto.

Lo que aquellas chiquillas hicieron para recibir la furia de los gemelos celestiales, era algo que se llevarían a la tumba. Pero la realidad le había revelado que, una vez más, sus predicciones en Star Hill habían sido las correctas.

La Tríada, que residía en una sola, cambió la historia.

Y esa nueva historia dio lugar a la Matriarca de Delfos.