Y ya saben que esto no puede faltar. Estos personajes no me pertenecen, son creación de Stephanie Meyer, y la hermosa historia es de la fantástica autora hikingurl, yo solo traduzco ;)

Gracias infinitas a mi compañera de armas y amiga, Erica Castelo por ayudarme con otra traducción más, con sus consejos y correcciones de ortografía :P


Capítulo Nueve: Lágrimas

Fecha: 16 de marzo del 2003

Lugar de inicio: Refugio Whitley Gan

Destino: Refugio Blue Mountain

Total de kilómetros de viaje: 78

BPOV

Desperté sollozando.

El funeral de la abuela fue la última vez que lloré con tantas ganas. Incluso cuando estoy molesta, frustrada, nerviosa, o simplemente teniendo un mal día en general, siempre encuentro alguna otra forma de controlar mis emociones. No lloro. Pero así es como desperté esta mañana… llorando mientras dormía.

Sueños extraños me atormentaron durante toda la noche. Estaba corriendo hacia algo o alejándome de ello, siendo perseguida o persiguiendo a alguien. Una abrumadora sensación de tristeza y soledad se apoderó de mí hasta que desperté, sentándome en mi tienda sollozando por algo que estaba fuera de mi alcance.

Era temprano.

La neblina todavía envolvía el bosque circuncidante en blancura. Apenas estaba lo suficientemente iluminado para ver, pero estaba lista para seguir. Empaqué mi equipo de prisa y miré alrededor para asegurarme que tenía todas mis cosas. Mi mirada se posó en el registro del refugio en el que había escrito la noche anterior. Por solo un momento, consideré arrancar la página que llené con mis recuerdos, pero decidí dejarla. No la había firmado o puesto la fecha, y nadie jamás sabría quién es EC. Quizás era mejor solo irme—dejar este refugio usado indebidamente, el bosque húmedo y lodoso, y esos recuerdos de hace tanto tiempo.

Me fui.

El cruce de camino llegó rápidamente. Crucé corriendo, con mis sentidos alertas por cualquier sonido de tráfico en la neblina cegadora. Luego desaparecí en el bosque cubierto de bruma del otro lado.

Las horas pasan.

Camino a través de la neblina y la bruma, la llovizna y después un repentino chubasco torrencial que termina casi tan pronto como empieza. El sol finalmente aparece a media mañana antes de ocultarse detrás de más nubes. Toda la tarde juega a las escondidillas con las nubes empujadas por el viento pasando por encima.

Hay más cruces de caminos, algunos con pavimento, otros con grava, cada uno un vínculo con el mundo exterior del que me estoy ocultando. Subo por pendientes empinadas y resbaladizas, recorro cumbres rocosas, y desciendo a sombrías brechas. Casi cada kilómetro y medio contiene un claro arroyo frío que debe vadearse, unos al saltar de piedra en piedra, otros por deteriorados puentes de madera construidos por equipos de mantenimiento voluntarios, designados para proteger tanto el arroyo como al excursionista que lo cruza. Rodeo desfiladeros, camino con cautela sobre desprendimiento de rocas, y cruzo prados abiertos. Una cumbre falsa tras otra se mofa de mí hasta que finalmente salgo a un claro soleado con vistas que no tienen fin.

Algunas veces, el sendero vuelve sobre sí mismo, dirigiéndose hacia el sur durante algún tiempo antes de girar hacia el este o el oeste al eludir un obstáculo peligroso o imposible de escalar a su paso, pero finalmente, vuelve a girar hacia el norte. Dejo que me lleve al norte, siempre al norte, siguiendo el recuerdo de la canción del junco, la estrella fugaz, y esos pequeños pasos.

El día es largo, tranquilo, lento. Cada hora, encuentro un lugar—un tronco, una roca, un tocón o área cubierta de césped—donde puedo sentarme, descansar, comer y beber. Trato de no pensar en Edward o Nueva York, pero mis pensamientos, como un hámster en su jaula, dan vueltas y vueltas, trabajando furiosamente para no llegar nunca a ninguna parte. Encuentro imposible detenerlos. Finalmente, me doy por vencida y camino. Con toda mi atención en el sendero debajo de mis pies, es mucho más fácil ignorar los pensamientos aislados que reclaman mi atención.

Al final de la tarde, he terminado diecinueve kilómetros y me encuentro en el refugio Blue Mountain. Un grupo de cinco excursionistas, todos hombres, están sentados en una mesa de picnic frente al cobertizo, cada uno preparando una cena caliente en sus diferentes estufas para acampar. El aroma me llega y mi estómago gruñe en inconformidad por mi incapacidad de alimentarlo con nada más que refrigerios y comida chatarra todo el día. Encuentro un lugar al final de la mesa y saco las provisiones para mi cena y mi estufa, hirviendo suficiente agua rápidamente para la comida empaquetada de fideos de la noche antes de agregar un paquete de atún para la proteína, calorías y grasa extra.

Los excursionistas son amigables, recibiéndome con sonrisas y presentándose. Todos utilizan nombres de sendero, ocultando sus verdaderas identidades detrás de una identidad fingida, justo como lo hago yo cuando me presento como Rella. Escucho su conversación, solo tomando parte cuando se me hace una pregunta directa, y paulatinamente, me ignoran mientras como. Sin embargo, me sorprende cuando todos vuelven a empacar sus mochilas y empiezan a irse. El agradable atardecer los ha persuadido a intentar alcanzar otro refugio a unos kilómetros más allá en el sendero. Aunque me invitan a ir con ellos, me niego.

Una vez más, tengo todo un refugio para mi sola. Considero dormir en él, pero aún estoy un poco nerviosa por pasar tiempo con cinco extraños, así que en vez de eso opto por instalar mi campamento en un pequeño claro a poca de distancia del refugio. Hay suficientes árboles y matorrales para ocultarme de cualquier excursionista que llegue más tarde. También está en la dirección opuesta de la letrina, definitivamente otra ventaja.

Encuentro la bufanda, enrollada y sellada en una bolsa de plástico, al fondo de mi bolsa de ropa.

Había olvidado que la metí en la bolsa, amontonando pantalones cortos, camisetas, mallas de lana para dormir, y calcetines extra sobre ella. Frustrada porque no podía encontrar el suéter de lana con el que normalmente duermo, vacié toda la bolsa, y cayó encima de la pila. Además de la ropa que traía puesta cuando dejé Nueva York, era la única cosa que traje conmigo.

Con cuidado, abro la bolsa donde está guardada, asegurándome que mis manos estén limpias antes de sacarla. Es preciosa, una de las cosas más bellas que he tenido. Una bufanda larga y rectangular hecha y bordada a mano confeccionada con hilos de lana y seda tan fina y vaporosa que flota en el aire cuando la sacudo delicadamente para desdoblarla. Los tonos azul, melocotón y coral en el patrón florar abstracto resplandecen en la luz de la puesta de sol que entra por la puerta de mi tienda. Un intrincado flequillo anudado en cada extremo cosquillea en mis dedos al pasar lentamente su longitud por mis manos.

La doblo cuidadosamente, enrollando su longitud alrededor de mi cuello, recordando la forma en que se sintieron las manos de Edward cuando la colocó allí. Había llevado su mano detrás de mi cabeza, liberando mi gruesa trenza que estaba atrapada debajo de ella. Su mano se quedó allí mientras nos mirábamos el uno al otro, nuestros rostros cerca, nuestros labios casi tocándose. Mis ojos se cerraron a medida que me inclinaba hacia él, anhelando ese primer beso, esperándolo de él. Pero se apartó, poniendo distancia entre nosotros, y abrí mis ojos, mortificada por lo que acababa de hacer.

Las emociones cruzaron por su rostro mientras el mío se coloreaba por la vergüenza. "Bella," susurró, "Lo siento… no debí." Luego se alejó otro paso antes de volverse al artista cuya obra llevaba puesta alrededor de mi cuello y le daba su tarjeta de crédito. Ella sonrió al registrar la compra, diciéndome lo bonita que se me veía y felicitando a Edward por su excelente gusto en ropa y novia. Riendo, concordó con ella antes de tomar mi mano y llevarme a explorar el resto de la feria callejera.

Usé la bufanda toda la tarde, mientras paseábamos por los puestos de los artistas admirando las diferentes obras de arte fascinantes y artesanías hechas a mano mientras nos atiborrábamos de repostería recién hecha y golosinas exóticas. Había sido una gloriosa tarde de otoño en la Ciudad de Nueva York, soleada pero fría, con una suave brisa levantando las hojas tecnicolor de Central Park. Terminamos el día bailando con una banda callejera, observando la luna elevarse sobre la ciudad antes que Edward me llevara a casa. Hubo otro momento al estar frente a la puerta de mi departamento en el que pensé que podría besarme, pero en vez de eso me había dado un ligero besito en la frente antes de agradecerme por un maravilloso día y decirme que me vería el lunes en el trabajo. La decepción brotó dentro de mí al verlo caminar por el pasillo y entrar al ascensor, con un ligero gesto con su mano de despedida antes que las puertas se cerraran.

Más tarde, cuando colocaba la bufanda en un cajón encontré la muy discreta etiqueta del precio de $500 dólares. Edward ni siquiera había preguntado cuánto costaba, comprándola solo porque era bonita y se veía hermosa en mí. Sacudí mi cabeza, maravillándome una vez más por la diferencia en nuestro origen y crianza.

Usé la bufanda muchas veces durante el último año, en ocasiones de forma casual con jeans, otras con vestidos o faldas para el trabajo. El tamaño era perfecto para enrollarla alrededor de mi cuello o cubrir mis hombros. Una vez, incluso la había anudado alrededor de mis caderas. Siempre recibí halagos cuando lo llevaba, y Edward siempre sonreía cuando me la veía puesta. Había recuerdos maravillosos unidos a ese regalo especial.

La traía puesta el último día en Nueva York.

Fue la mañana después que Edward pasara la noche conmigo. Nos duchamos juntos, y finalmente averigüé por qué muchos de los libros de romance con los que algunas veces me daba el gusto en secreto, incluían una escena de sexo en la ducha. A diferencia de nuestra primera vez la noche anterior cuando Edward se había tomado su tiempo con caricias lentas y tranquilizadoras, masajeando mi espalda y mis hombros, besando su camino de mi cuello a mis dedos, acariciando y tocando mi cuerpo con sus talentosos dedos. A diferencia de la forma dulce en que finalmente había entrado en mí, esperando a que me relajara y me adaptara a él, mirándome todo el tiempo a los ojos mientras susurraba palabras de amor y adoración. A diferencia de esa perfecta primera vez, estaba vez había sido… diferente. Sus manos habían sido un poco más bruscas, más demandantes, necesitadas.

Aún me tocó por todas partes, con sus dedos, su boca y sus dientes llevándome a un punto donde casi estaba incoherente por el deseo. Una mano se envolvió en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia un lado mientras su boca se aferraba a la mía, su lengua invadiéndome incluso mientras sentía su otra mano deslizándose por mi vientre mojado para agarrarme entre las piernas. Deslizó dos dedos dentro de mí, su pulgar frotando círculos incluso mientras su lengua se movía conjuntamente con su mano. Mis piernas estaban débiles, temblando; su fuerte cuerpo presionándome contra la pared era lo único que me mantenía de pie. Gemidos y gritos incoherentes llenaron mis oídos, y me sorprendí al darme cuenta que era yo la que estaba haciendo esos ruidos suplicantes.

Su boca se apartó de la mía, y abrí mis ojos para encontrarlo mirándome. "Dime que esto está bien. Dime que no estás adolorida, Bella. Por favor… por favor, dime que puedo tenerte otra vez." Sus palabras suplicantes solo incrementaron mi deseo, mi respuesta en un murmullo cambió a un desesperado "Sí, Edward" cuando sus labios encontraron mi pezón endurecido.

Dos manos en mis caderas me volvieron hacia la pared, una mano en mi espalda me instó a inclinarme mientras la otra mano levantó mi pie para descansarlo en la banca de la ducha. Su voz ronca y desesperada me dijo que me sujetara y entonces entró en mí.

Olvidé mis preocupaciones sobre esa importante reunión final esperándonos más tarde en el día, olvidé todo sobre qué debería ponerme, qué debería decir, cómo debería actuar. Solo existía el aquí y ahora a medida que mi mundo se reducía a las paredes de cristal que nos rodeaban, las baldosas resbaladizas bajo mis manos y mis pies, y el aroma a limpio y herbal de mi jabón. Mi existencia, toda mi atención estaba en la sensación de Edward dentro de mí y la tensión acumulándose en la boca de mi estómago. Sus brazos me envolvían, con una mano acariciando mis pechos, rodando y apretando mis muy estimulados pezones. La otra estaba una vez más entre mis piernas, haciendo círculos, frotando, casi demandando con su insistencia que ocurriera algo. Estaba vagamente consciente de los jadeantes sonidos que salían de mis labios a medida que sentía que esa presión aumentaba cada vez más. Por un momento, fue como si todo el tiempo se hubiese detenido, como si mi cerebro ya no pensara, mis pulmones ya no respiraran, mi corazón ya no latiera, en vez de eso todo mi ser estaba inmóvil, centrado en esa parte de mí en las que sus dedos aún trabajaban de forma determinada. Su boca se movió por la parte de atrás de mi cuello, su aliento caliente soplando sobre mi piel mojada antes de sentir la aguda punzada y sus dientes enterrándose en el músculo tenso en la parte superior de mi hombro. Eso fue todo lo que se necesitó para liberar la creciente presión, explotando a través de mi cuerpo en rítmicas contracciones y un prolongado grito de irresistible placer incluso mientras un torrente de calor recorría mi pecho y mi cuello. Sentí que Edward se hinchaba dentro de mí y luego las palpitaciones de su orgasmo al mismo tiempo que yo continuaba ciñéndome a su alrededor.

Ambos respirábamos con dificultad cuando finalmente nos apartamos. Edward me dio la vuelta, rodeándome con sus brazos y atrayéndome a su pecho donde descansé mi cabeza sobre su corazón que latía velozmente. Nos quedamos así por uno largo momento, permitiendo que el agua caliente cayera en cascada sobre nuestras cabezas. Finalmente, alcanzó la botella de mi champú, vaciando una generosa cantidad en sus manos antes de empezar a pasarlas con dulzura por mi cabello y bajándolas por mis hombros y mi espalda. Su toque era delicado, casi vacilante, y me estremecí, acercándome antes de envolver su cintura con mis brazos.

"¿Estás bien?" Me susurró con dulzura. "¿Te lastimé?"

"No," le susurré en respuesta antes de levantar mi cabeza para mirarlo. "Estuvo bien. Quiero decir que me gustó, y yo… Bueno, ya sabes, supongo que tuve un orgasmo." Murmuré avergonzada.

"Sí, lo sé." Edward se rio entre dientes, con una orgullosa sonrisa de suficiencia en su rostro, complacido consigo mismo. "Pude sentirlo, y, bueno, también yo lo tuve."

"Lo sé." Me reí en respuesta. "También pude sentirlo."

Los ojos de Edward se ampliaron, y una expresión horrorizada borró la sonrisa complacida de su rostro. "Oh mierda, Bella, no utilicé condón. Oh, Dios, lo siento. Solo me dejé llevar, y no me detuve a pensar y—"

"Está bien." Traté de tranquilizarlo. "Tomo anticonceptivos, y sabes que no hubo nadie más antes que tú."

"Sí, pero aun así…" Colocando sus manos a cada lado de mi rostro, Edward me miró fijamente. "Te prometo que estoy limpio, Bella. Siempre he sido muy, pero muy cuidadoso, y no ha habido nadie más, no en mucho, mucho tiempo."

Sin saber qué decir, asentí en silencio antes de caer en sus brazos una vez más. Una diminuta parte posesiva de mí estaba muy feliz de escuchar que no hay, y no ha habido nadie más en un tiempo.

Finalmente nos separamos, terminando nuestras duchas y nuestras preparaciones para el día. Más tarde, cuando estaba en mi armario poniéndome mi nuevo vestido verde azulado oscuro y la chaqueta que planeaba usar ese día, Edward me había buscado, sonriendo al ver el color que amaba tanto en mí. Cuando agarré el collar que planeaba ponerme, él detuvo mis manos, pidiéndome que por favor, me pusiera en vez de eso la bufanda.

Hice lo que deseaba, envolviéndola y acomodándola alrededor de mi cuello, saboreando la mirada amorosa en su rostro cuando lo hacía. Fue solo esa noche, después que hui de la sala de conferencias y el edificio de oficinas donde todo había salido tan mal, que me di cuenta por qué me pidió que me pusiera la bufanda. Al estar frente el espejo del baño, el shock y la ira haciéndome temblar por la incredulidad, había levantado la mano y arrancado la bufanda de mi garganta solo para enfrentar más evidencia de su manipulación. Allí, justo arriba de la línea de escote del vestido pero oculto todo el día por los pliegues de lana y seda, estaba un moretón—un chupetón con la forma de su boca, claramente visible en mi piel.

Ahora, sentada en mi tienda, mirando esta bella pieza de vestuario en mis manos, recuerdo por qué la traje conmigo. Para recordarme que toda cosa hermosa puede tener su lado feo, que nada es permanente y todo puede cambiar. Puede que no sea capaz de controlar el caos que me rodea, pero puedo controlar cómo permito que me afecte.

Una gota de humedad cae en el dorso de mi mano, y me asomo por la puerta de mi tienda para ver si está lloviendo otra vez pero solo encuentro un cielo claro crepuscular con los vivos colores de una impresionante puesta de sol. Levantando la mano para tocar mi rostro, me doy cuenta que estoy llorando de nuevo, las lágrimas caen por mis mejillas para gotear sobre mis manos.

Ira—intensa, candente y abrumadora—recorre mi cuerpo. Ira conmigo misma, con Edward, con Jane, por mis circunstancias, por mi debilidad… por mis lágrimas. Saliendo rápidamente de mi tienda, me dirijo al refugio, agarro el registro y lleno página tras página con mi furia. La ira acumulada pasa de mi cerebro a mi mano, al lapicero, al papel. Palabra tras palabras, línea tras línea, libero mis frustraciones hasta que quedo vacía y exhausta.

Solo cuando está demasiado oscuro para ver, finalmente me detengo. Al regresar a mi campamento oculto, un pensamiento es lo más importante en mi mente: no habrá más lágrimas.

.

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Así que, ¿quién quiere matar a Edward? Hagan fila, hagan fila, no se peleen. Muchas están deseando que Jacob cumpla lo que dijo y le dé una paliza. ¿Se la dará? Ya lo veremos… Por lo pronto, queda muy claro qué tan profunda es la herida que dejó Edward. Pero Bella está dispuesta a seguir adelante, a continuar con su vida, pero… aún le faltan algunos kilómetros qué recorrer. Por cierto, Nanny Swan pregunta si este sendero existe y si es posible visitarlo y la respuesta es sí, de hecho, la autora está describiendo un viaje que ella hizo con su esposo por ese sendero, aunque queda claro por lo que ella misma describe que no es nada fácil. Creo que a muchas nos ha nacido el deseo de experimentar algo así, espero que algún día pueda hacerlo y ustedes también. Podemos anotarla en esa lista de cosas por hacer, ¿qué les parece? ;) Algunas también han mencionado si Bella podría estar dentro del espectro autista, específicamente Asperger, y la autora dice que sí, ella no quería hacerlo muy obvio y esperaba que los lectores se dieran cuenta de ello por su comportamiento y sus acciones y cuando mi querida Beta Erica le preguntó en mi grupo, a Janet le sorprendió que se dieran cuenta tan pronto en la historia, y le dio mucho gusto :) Y no solo fue Eri la que lo mencionó. Me alegra tanto que estén disfrutando de esta historia, ahora, si pudieran comentar las lectoras fantasmas andan por ahí me harían sentir más contenta y a Janet también, no cuesta nada ser agradecidas chicas, si leen, al menos digan gracias o qué les gustó de la historia. Recuerden que de ustedes depende que podamos leer más pronto los próximos capítulos.

Muchas gracias a quienes dejaron su review en el capítulo anterior: Tecupi, Angeles, Kriss21, Say's, Nanny Swan, aliceforever85, Lectora de Fics, EriCastelo, calvialexa, MassielOliva, PRISOL, somas, Dani, Tata XOXO, Merce, kaja0507, GZarandon, NarMaVeg, LicetSalvatore, Merce, Torrespera172, Sully YM, jupy, Leah De Call, Lizdayanna, rjnavajas, Car Cullen Stewart Pattinson, ori-cullen-swan, Manligrez, AnnieOR, injoa, Ali-Lu Kuran Hale, alejandra1987, JessMel, bealnum, saraipineda44, Liz Vidal, bbluelilas, tulgarita, Adriu, Mafer, Moni, arrobale, DaiiRiddle, Pam Malfoy Black, Pameva, y algunos anónimos. Saludos y nos leemos en el próximo, espero que muy pronto. Depende de ustedes ;)