Prólogo
Año de Nuestro Señor de 1292, en algún lugar de las Highlands.
El fuego lo devoraba todo sin compasión. Los gritos de terror y auxilio se perdían entre la densa capa de humo que ascendía hasta lo más alto de la montaña, mezclándose con la niebla que se arremolinaba en el suelo. Llamas rojas lamían las paredes de todas las cabañas de la aldea, consumiendo los tejados de paja y las vigas de madera vieja. Ni siquiera la casa señorial, allá en el cerro, se había librado de las lenguas ardientes que destruían todo a su paso.
Y allí era aún peor. Allí se habían concentrado los asesinos, a la espera de hundir sus claymores en alguna víctima.
La hermosa luna se hallaba justo encima, brillando en toda su plenitud, y recortando las sombras de manera grotesca; iluminando a los pobres desalmados que pretendían huir del gigantesco horno en que se habían convertido sus hogares.
Sakura cayó en el amplio portalón y enseguida notó que alguien la aferraba del vestido y la ponía en pie de nuevo. No se atrevió a volver la cabeza y continuó corriendo tras Temari.
Estaba muy asustada, no comprendía por qué la habían despertado en mitad de la noche, arrastrándola hasta allí; sólo sabía que debía seguir a su hermana hasta el depósito exterior, donde guardaban los víveres.
—¡Saku, corre! —escuchó que decía Temari.
Una viga de madera se derrumbó en el suelo del patio, y Sakura gritó. Desde su posición no era capaz de ver a su hermana; en realidad, con el humo, no era capaz de ver nada.
Se alejó de la viga que era ya pasto de las llamas. Su única opción era salir fuera, pues era el único sitio donde se podía respirar.
Vio a Mervin Haruno pasar ante ella como un rayo, y se asustó. Mervin era un hombre fiel de su padre, la persona más tranquila que ella hubiera visto nunca. Ahora llevaba un arma en la mano y un rictus cargado de ira dirigido a alguien que Sakura no lograba ver.
—¿Qué haces aquí? —Rugió su padre tras ella, tomándola con fuerza del brazo—. Te dijeron que fueras con los demás.
Kizashi se movía nervioso, su rostro era una máscara peligrosa, y sus ojos azules estaban oscuros taladrándola con ferocidad.
Sakura le observó con las mejillas surcadas de lágrimas, quiso explicarle que ella no había tenido la culpa, que había sido la viga, pero Kizashi agitó su largo cabello y la apartó contra uno de los muros cercanos a la salida.
—No te muevas de aquí —ordenó con una mirada seria que no admitía réplicas.
Sakura asintió, sin atreverse a levantar la vista hacia su cara. Los agudos golpes de los claymores resonaban en la pradera junto a los gritos de guerra y dolor.
—¡Han arrasado la aldea! —aulló Mervin, cargando con fuerza contra uno de los bandidos. Los pocos hombres de Kizashi luchaban con ahínco, sin embargo los habían pillado desprevenidos. Ni siquiera sabían quiénes eran los atacantes cuando los fuegos habían comenzado a provocar el desastre.
—¡Corre! —Sakura sintió el tirón de su mano, y suspiró aliviada al descubrir a su primo Deidara. Le hizo atravesar el portón, ocultos entre las sombras, y saltar al pequeño foso que una vez tuvo agua pero que, en aquel momento, estaba completamente seco.
—Deberíamos esperar ahí —le dijo Sakura. Estaban corriendo, cogidos de las manos.
—Acabarán con todos, prima —le gritó cuando sintió que se detenía.
—Mi padre... no morirá. —No importó lo que dijera, se dejó llevar. Atrás quedaba la luz de las hogueras y el ruido ensordecedor del edificio, derrumbándose.
—Nos esconderemos hasta que pase todo —dijo Deidara, ayudándola a subir por la pendiente. No era la primera vez que escapaban de la casa por el foso, pero en aquellas otras ocasiones solamente había sido por diversión.
Ambos se cobijaron bajo las ramas de un árbol que de día ofrecía una frondosa sombra, y observaron en silencio cómo tanto los aldeanos como los hombres del clan caían derrotados.
Mujeres, niños, los bandidos no dieron tregua alguna.
—Tengo miedo, Deidara —dijo Sakura, rompiendo a llorar. El muchacho la abrazó con fuerza.
—No te preocupes, alguien vendrá a buscarnos —susurró, tratando de tranquilizarla. Si escuchaban sus sollozos, estarían acabados—. Los hombres de Hiruzen Sarutobi no deben andar muy lejos. Intenta no gritar, Sakura, por favor.
—Mi madre y Temari y toda mi gente —sorbió ruidosamente por la nariz—. ¿Qué pasara con ellos? —Agitó la cabeza, con los ojos desorbitados—. ¡No les permiten salir! ¡Tenemos que hacer algo, Deidara! —Y aunque dijo eso, ¿qué podía hacer una muchacha de catorce años junto a un jovencito de dieciséis?
Deidara se puso en pie, repentinamente, y la arrastró por la ladera hacia abajo, rodando, hasta llegar a un pedazo de explanada.
—¡Corre! —gritó, aterrorizado.
Sakura giró la cabeza y observó las dos oscuras figuras que llegaron hasta la cima a caballo, sus siluetas se recortaban contra la luz de la luna de forma amenazante, como ángeles endemoniados saliendo de las tinieblas. Se levantó las faldas y se lanzó a la carrera todo lo que pudo. Llegó un momento en que no vio a Deidara, pero podía sentir los cascos de los caballos todavía a su espalda.
Reconocía el sitio y no dudó en arrojarse desde la gran piedra hasta el lago.
Las faldas, una vez empapadas, comenzaron a tirar de ella hacia abajo con fuerza. Por unos segundos, llegó a pensar que se ahogaría si se apartaba de la orilla; incluso sentía cómo sus pies se hundían entre la arena, y pequeñas piedras que cubrían el fondo del lago.
Las aguas heladas se clavaban en su cuerpo como miles de alfileres, y aun así no emitió ningún sonido que pudiera descubrirla. Los bandidos estaban allí, muy cerca de ella, podía oír las ininteligibles palabras que llegaban hasta el hueco de la roca donde estaba escondida.
El agua le llegaba hasta el cuello, y con las manos se aferraba a la rugosa piedra, introduciendo los dedos en las grietas para no ser arrastrada hasta las profundidades.
Un tiempo después escuchó con alivio cómo los caballos se lanzaban a galope, sus cascos se oían cada vez más lejanos y, por fin, se atrevió a salir del agua, llorando silenciosamente.
Se detuvo y aguantó la respiración, expectante, cuando se movieron las ramas delante de ella.
—¡Ayyy! —gritó Deidara en un susurro, saliendo de su escondite.
Sakura, con un sollozo y cogiéndose las pesadas faldas, llegó hasta él. El joven aún se arrancaba cardos de la ropa y aguantaba con firmeza los dolorosos aguijonazos cuando se topó con la asustada mirada de su prima.
Con un último vistazo a la ancha columna de humo que ascendía hasta el cielo de la noche, Deidara cogió la mano de Sakura y la guio por el camino, alejándose cada vez más de lo que había sido su hogar.
Ambos deseaban volver y ver con sus propios ojos lo ocurrido, necesitaban averiguar si alguien había quedado con vida, deseaban quedarse por allí cerca, que era lo único que habían conocido hasta entonces, pero también eran conscientes de que el peligro los seguía acechando.
—¿Adónde iremos, Deidara? —Los labios de la niña, que habían adquirido un tono morado, temblaban sin control. Gruesas guedejas de su largo cabello rosa se adherían a sus frías mejillas.
—No lo sé —gimió el muchacho, a punto de llorar. Le daba vergüenza que Sakura viera su debilidad, pero estaba asustado. Su prima era lo único que le quedaba para poder seguir manteniendo un poco de cordura. ¡Acababan de asesinar a todos los Haruno, excepto a ellos!
🍀 Esta historia es de Sandra Bree. Los personajes utilizados en esta historia pertenecen a M. Kishimoto. Por lo tanto todos los créditos son para ellos ya que esta adaptación esta hecha sin fines de lucro hecha de una fan para fans del Sasusaku y otras parejas.
