Capítulo 1
Año de Nuestro Señor de 1295 (tres años después)
Sakura terminó de guardar las pertenencias de Konan de Mar en el lujoso arcón que el conde de Carrick había enviado. Rezaba para que nadie se diera cuenta de que Konan había cruzado los muros para encontrarse con su prometido.
Si Helen, la madre de Konan, se enteraba de lo ocurrido, las castigarían a las dos y las encerrarían en la torre hasta que sus ánimos se calmaran, lo que no les estaría mal empleado, a una por desobediente y a la otra por encubridora. ¡No estaba bien visto que los prometidos se vieran lejos de las miradas de los mayores! Pero Sakura tenía un pequeño problema: no sabía decir «no». Una sencilla palabra que era incapaz de pronunciar. Tampoco es que le pidieran cosas muy descabelladas pero, si alguna vez llegaba ese día, ¿sería capaz de negarse?
Los tiempos eran muy difíciles, y la lucha por el trono de Escocia incesante. La corona pertenecía al clan de Carrick; sin embargo, habían tenido que cederla a un pariente lejano: Juan de Balliol.
Yahico Robert Bruce, el prometido de Konan, lo encontró totalmente injusto, como la mayoría de los highlanders que habían esperado que reinara él. Había entrenado y adquirido conocimientos como para declararse rey de Escocia. A su juicio, se impidió que la rama de su familia tomara el lugar que les correspondía en el trono.
El día que murió la madre de Bruce, Marjorie, hija de Niall de Carrick, él heredó el condado, convirtiéndose así en el señor de Carrick que, por otro lado, su abuelo Robert Bruce V, señor de Annandale, le cedió también su señorío. Desde aquel día, tanto Bruce como su padre se unieron a la causa de Eduardo I de Inglaterra contra Balliol.
Poco después fue cuando Bruce conoció a la hermosa Konan, una joven saludable, de diecisiete años. Comenzaron un romance secreto a pesar de que ambos provenían de buenas familias, pero siempre con el temor de que algún enemigo de Carrick interfiriera en el noviazgo. Sakura había sido protagonista de muchos de los encuentros de los dos tortolitos. De eso había pasado ya un año.
—¿Habéis acabado, Sakura? —preguntó Konan con su dulce voz, ingresando en el dormitorio. Se la veía radiante, con las mejillas sonrosadas y el cabello revuelto con briznas de heno y paja—. Mi señor sugirió salir con las primeras luces del alba. ¡Estoy tan nerviosa! ¡No puedo creerme que, en apenas una semana, nos casemos por fin!
—Ya pensaba que nunca llegaría el día —refunfuñó Sakura, cerrando la tapa del arcón con un golpe seco. En el fondo, ella también estaba feliz; el condado de Carrick quedaba próximo a lo que un día fue su aldea, y aunque ahora aquello estaba desolado, confiaba en encontrar a algún familiar con vida. Necesitaba encontrarlo.
Deidara ya había hecho varios viajes hacia las tierras Haruno, sin éxito, y aunque Hiruzen Sarutobi y los demás guardianes de Escocia decían haber dado caza a los asesinos, ejecutándolos sin ningún miramiento, se habían escuchado rumores de que un hombre muy poderoso había estado tras ello. Sin embargo, al no encontrar pruebas suficientes, lo habían dejado en libertad. No lograron hallar a Kizashi ni al resto del clan que moraba en el castillo.
Sakura estaba convencida de que encontraría las pruebas necesarias, así tuviera que sacarlas de debajo de las piedras. Y cada día que pasaba se alimentaba un poco más su odio y su sed de venganza hacia Ken Namikaze, conde de Surrey. El asesino de su familia. Y por mucho que quisiera a Konan, no podía decirle que no se fiaba de los guardianes ni de su futuro esposo.
—¡No os quejéis! A mí se me ha hecho más largo que a vos. —Konan se sentó sobre la cama y la miró con ojos divertidos—. ¿A que no sabéis que he oído, Sakura?
La muchacha, intrigada, se acercó a ella, expectante. Se habían hecho muy buenas amigas desde que llegara, junto a Deidara, rogando protección a Domhnall I, Conde de Mar. Ella misma se había ofrecido para servir a Konan, quien tan sólo era un año mayor, y a raíz de aquel día su amistad fue floreciendo como las rosas en primavera.
—¿Qué habéis escuchado, Konan?
—Mi padre quiere buscaros esposo. No me miréis así, Sakura, me ha prometido que el hombre tiene que gustaros. ¿Sabéis qué significa? —Sakura negó, agitando la cabeza y mirándola con sus hermosos ojos verdes a través de las largas y espesas pestañas, con asombro—. Que podréis elegir como yo lo hice.
—No habéis tenido mucha elección, que digamos.
—Tampoco la he necesitado. Desde que Yahico se cruzó en mi camino, no he tenido ojos para nadie más. ¡Es tan guapo y tan listo! Aprendió todos los idiomas de su linaje y de la nación; domina el francés gálico y normando, y el latín. —Se frotó las manos, emocionada—. ¿Os cuento un secreto? —Bajó su tono de voz al tiempo que acercaba su cabeza a la de Sakura. Varias briznas doradas cayeron sobre el colchón—. Yahico también sabe inglés, pero finge desconocer el idioma.
—¿Por qué? —preguntó, haciéndose la distraída, aunque el tema le interesaba bastante.
—¿Por qué va a ser, tonta? Porque yo sé que algún día reclamará el trono.
—¿Se convertirá en rey de Escocia? —le preguntó con sorpresa, a lo que Konan asintió afirmativamente. ¡Ojalá sus palabras fuesen ciertas!
—Es un secreto, Sakura, no debéis contárselo a nadie. Mi señor confía en mí.
—Os lo prometo. De mi boca no saldrá ni una palabra, podéis contar conmigo.
—Lo sé. ¡Estoy tan feliz que no sé si podré dormir algo esta noche!
—Yo sólo deseo que se acabe todo. Todas estas guerras injustificadas...
—Por culpa de los ingleses y su obsesión por nuestras tierras —dijo Konan con los dientes apretados y una mirada cargada de desdén—. Algún día nos dejarán en paz, pero mientras eso ocurre, yo me casaré con Yahico Bruce, señor de Carrick. ¿No es maravilloso?
—Sí, maravilloso —repitió en un susurro—. Será mejor que os cepilléis el cabello antes de acostaros.
Sakura extendió su jergón cerca de la puerta. Siempre comenzaba acostándose allí, pero a medida que pasaba la noche, corría a compartir las mantas junto a su amiga. El suelo de piedra era demasiado duro y frío, y eso no la dejaba olvidarse de su familia. Claro que eso era lo que deseaba: no olvidarse de ellos; pero, en mitad de la noche, despertaba con la angustiosa sensación de haber salido de un lago helado. Cuando Konan se casara no podrían volver hacerlo nunca más.
Fue un viaje bastante pesado y lento. El grupo era grande y con demasiados carros que dificultaban la marcha. Los mejores guerreros del señor de Carrick, dirigidos por él mismo, todos entrenados para la batalla, eran la escolta.
Durante las noches los hombres se reunían alrededor de las fogatas y contaban historias que hacían estremecer a los más valientes.
Helen, Konan y ella compartían un carro cubierto con lonas, y desde allí escuchaban en silencio las suaves conversaciones que mantenían los hombres, siempre y cuando ninguno tomara demasiado «agua de la vida», como llamaban al whisky, para entrar en calor. El alcohol, viajando por las venas, robaba la voluntad de todos, y las voces se elevaban un tercio más de lo normal.
El sitio era bastante incómodo para las tres. El frío, en forma de una suave neblina que descendía hasta el suelo, penetraba entre las lonas, acompañando a las damas durante todo el viaje. Había sido una suerte que, al menos, esperaran a que llegara la primavera para viajar, pues los inviernos en las tierras altas podían ser muy crueles, e incluso devastadores.
Sakura era consciente de que probablemente conociera a Ken en las tierras de Carrick. A él, y a todos los guardianes de Escocia con quien Bruce tenía una estrecha relación. Mientras Juan de Balliol y Eduardo no asistieran a los esponsales, mejor que mejor, y al parecer ninguno de los dos lo haría. Las rencillas entre los Carrick y los Balliol nunca habían sido discretas, y siempre había clanes que tomaban partido por unos o por otros. Al menos, Balliol mantenía una tregua con Eduardo, rey de Inglaterra, y de momento las disputas habían cesado. Los highlanders sabían de sobra que aquello no duraría mucho.
Las humillaciones, los intentos de conquistar las tierras escocesas, la obligación de ceder la corona, los asedios injustificados... Algún día todo estallaría como la pólvora y los highlanders no tendrían más remedio que volver a levantarse en armas para defender sus tierras.
