Capítulo 2
Sakura cerró la puerta y, con paso ligero, llegó a la planta superior, ascendiendo por las estrechas escaleras de piedra. Era tarde e iba con prisa. Se había entretenido más de la cuenta y una sierva había tenido que salir a buscarla al exterior.
Llevaba un ancho blusón, introducido en una larga falda de lana oscura. La prenda superior debía estar blanca, sin embargo llevaba toda la mañana intentado buscar nuevos tonos para los tintes, y ahora lucía gruesas manchas marrones.
Todavía tenía que lavarse un poco y vestirse con rapidez. Konan le había pedido que estuviera en todo momento con ella en la presentación a los guardianes de Escocia, y ella, como tonta, había aceptado. ¿Acaso nunca sabría negarse a nada? Deidara se lo había dicho muchas veces: todo el mundo acababa aprovechándose de su bondad. Pero por más que Sakura se propusiera ser más firme en sus decisiones, nunca surtía efecto. Ella era educada y amable, así la habían enseñado sus padres desde pequeña, y habían transcurrido ya demasiados años como para modificar su conducta y convertirse de repente en otra persona.
Iba tan sumida en sus pensamientos que no vio al gigante de dos metros, que le interceptó el paso tomándola de la muñeca con fuerza:
—Ven, moza, te necesito —le dijo con voz apresurada. Seguidamente la arrastró por el largo corredor, y a la mitad del camino se dio la vuelta—. Me he confundido, por aquí no es. —Y cambió la dirección, mascullando entre dientes y agitando la cabeza.
Sakura, golpeándole el corazón con fuerza en su pecho, asustada y sorprendida de verse empujada de un lado a otro, era incapaz de hablar.
Trató de mirar al hombre que la llevaba a la carrera. Su cabello largo y negro, al que tenía adheridos trozos de barro, caía sobre sus anchos hombros y espalda. Su rostro fuerte estaba cubierto de una barba espesa y descuidada que había crecido sin control, y su plaid estaba desgastado y sucio.
—Soltadme, por favor —le dijo en un hilo de voz. No conocía al hombre de nada. Es más, se asemejaba a un animal salvaje, de esos que vivían en los riscos.
—¿Qué? —El gigante se detuvo y la miró con el ceño fruncido durante unas décimas de segundo. Unos límpidos ojos negros la observaron fijamente—. ¿Os hago daño? —La soltó de la muñeca y, repentinamente, entrelazó sus dedos fuertes con los de ella. Otra vez volvió a continuar con su marcha hasta que, por fin, ingresaron en una de las alcobas.
La soltó al tiempo que señalaba la enorme cama.
Sakura se tensó, dilatando sus verdes ojos con temor y escondió sus manos tras la espalda, aún con la sensación de que los dedos de aquel bruto seguían sujetando los suyos.
La puerta se hallaba abierta, y ella se quedó lo más cerca posible de ésta por si tenía que salir huyendo.
—Cosedme el broche del plaid —dijo el hombre con voz ronca. La muchacha se atrevió a mirar sobre la cama, y descubrió con alivio la hermosa prenda estirada—. En unos minutos debo bajar a reunirme con el conde y el maldito broche está flojo —habló sobre el hombro, y cuando Sakura miró hacia él, lo vio frotándose el cuerpo con un paño que humedecía en un cuenco grande de madera destinado a aquel uso.
—Debo ir a por mis cosas de la costura —le dijo con voz temblorosa. Era consciente de estar junto a un desconocido, de aspecto desastrado y peligroso.
—¡No hay tiempo para eso, mujer! —El hombre cruzó la cámara como una exhalación y, después de rebuscar en un pequeño talego de piel, sacó lo necesario para coser.
Sakura tomó la aguja entre los dedos; la sorpresa se reflejó en sus ojos verdes, que brillaron chispeantes.
—¿Todos los guerreros llevan esto, mi señor? —No pudo evitar que su voz sonara divertida.
El gigante la miró con una sonrisa y una chispa de burla en sus ojos oscuros.
—Normalmente, yo me encargo de mis propias cicatrices... —dejó la frase incompleta y siguió con la tarea de lavarse.
Los dedos de Sakura temblaron, nerviosos. ¿Aquel hombre se cosía las heridas con aquello? Tragó con dificultad y, sin decir más, se sentó sobre la alta cama y trató de centrarse en la costura. De hecho, estaba bastante concentrada cuando él se soltó el viejo plaid, dejándolo caer al suelo, seguido de un amplio y sucio blusón.
Abrió los ojos como platos, observando la desnudez de aquel individuo. Su rostro le decía que era un hombre ya mayor, pero aquel cuerpo era tan perfecto que jamás hubiera imaginado que alguien pudiera ser así. Vio varias cicatrices que no eran muy exageradas.
El hombre se hallaba de espaldas a ella, por lo que se atrevió a mirar sin disimulo. Tenía los hombros anchos y fuertes, los músculos se marcaban en sus brazos y en los costados de la espalda. Tenía muy buen trasero y piernas musculosas. Su piel era dorada y brillante, tersa y firme. ¿Sería tan dura como parecía?
Se puso nerviosa y pronto sus mejillas adquirieron el tono sonrosado de una muchacha virgen que ve por primera vez a un hombre como Dios lo trajo al mundo.
Sin prestar mucha atención a la costura, arrancó el hilo de un solo movimiento y volvió a extender la prenda donde estaba.
Le echó un último vistazo, incapaz de apartar los ojos de él, y se escabulló a su propio dormitorio sin despedirse siquiera. Sería muy bochornoso si alguien la encontraba en aquella recámara, con aquel hombretón.
—Sakura, ¿dónde estabais, muchacha? —Helen la esperaba en el dormitorio, un tanto impaciente—. Me habían dicho que ya subíais y llevo un rato aquí, esperando.
La condesa de Mar vestía majestuosamente y lucía una pequeña tiara de rubíes en lo alto de la coronilla.
Entre Helen y una sierva la ayudaron a desvestirse para ponerle el hermoso vestido verde que Konan le había regalado.
—Me he perdido —mintió, evitando que nadie se enterara de lo ocurrido—, esta casa es muy grande.
—Bien, quedaos quieta. Ya es muy tarde para hacerle un peinado muy elaborado —le dijo Helen a la sierva—, trénzaselo y adórnaselo con mis perlas. —La mujer se giró, buscando el joyero que había traído consigo.
Bajaron con unos minutos de antelación, y cuando Sakura llegó hasta Konan, ésta la abrazó, susurrándole al oído:
—Creí que no vendríais, que os habríais echado atrás.
—¡No! Ya os contaré —le dijo con una amplia sonrisa. Ellas eran desconocidas para la mayoría del clan Carrick, y para muchos otros clanes que se habían reunido allí. Era normal que estuviesen atacadas de los nervios.
Yahico Bruce, Conde de Carrick y Señor de Annandale, se acercó a ellas y, tras disculparse con Sakura, se llevó a Konan hacia la larga mesa de madera que presidía el enorme salón.
Los huecos de las ventanas estaban cubiertos con espesos tapices que protegían de la luz del sol, pero sobre todo: del frío de las Highlands. Escudos e insignias decoraban las paredes de piedra en un intento por hacerlo más acogedor.
Sakura sonrió a Konan, infundiéndole ánimos y valentía, y cogió a Helen del brazo pues parecía que estuviera a punto de desmayarse.
