Capítulo 3
Sasuke Uchiha se lavó la cara después de acabar de rasurarse. Se giró y buscó a la muchacha con la vista. Debía de estar perdiendo facultades si no la había escuchado abandonar la cámara.
Con firmeza, se acercó hasta el plaid y soltó un suspiro de alivio al ver que el broche estaba cosido.
Qué lástima que la moza se hubiera marchado así; le hubiera gustado al menos agradecérselo, y desde luego pensaba hacerlo. Había visto su hermosa y pequeña cara en forma de corazón; sus labios del color de las frambuesas, y los ojos grandes y ligeramente rasgados de la misma tonalidad que el lago Ness: verdes y profundos.
Últimamente, Yahico Bruce encontraba a las mejores siervas de la región, y él llevaba mucho tiempo alejado de las mujeres. Cierto que, durante las campañas, siempre iban rameras con ellos, pero Sasuke ya se conocía a la mayoría, y no es que fuera un hombre al que no le gustara repetir, sino que pensaba que frecuentar siempre a la misma mujer podía ser perjudicial para alguien como él.
Si se enamoraba de una furcia, estaba claro que respondería como con cualquier otra; por eso evitaba todo lo posible que una mujer invadiera sus pensamientos. Cuando llegara el momento de unirse a alguien se daría cuenta o, en caso contrario, su familia le metería prisa.
Con la próxima boda de su amigo, todos se habían vuelto más quisquillosos, incluso sus hermanos menores, que no paraba de preguntarle cuándo se casaría él. Y tenía que hacerlo. Era el señor Uchiha, y debía desposarse, pero esperaría un poco.
Aún no estaba muy convencido con la alianza de Eduardo I. Durante todos esos años había aprendido a no confiar en los ingleses lo más mínimo. No podía olvidar que ellos habían sido la causa de que muchas familias quedaran destrozadas.
Tal vez no faltara mucho para el desenlace, aún no había podido informar a Bruce de sus pesquisas con los franceses. Estaba deseando saber cómo se tomaría la noticia. Desde luego, del mismo conde dependía que la batalla final aconteciera antes de lo esperado.
Se pasó la mano por el rostro, se había quitado al menos diez años de encima. Con su edad, tampoco era tan mayor como para no perseguir a una moza como la que le acababa de coser el broche. Y ahora, ¿por qué su cuerpo reaccionaba ante esos pensamientos? Desde luego, llevaba mucho tiempo falto de compañía femenina.
Se colocó, sobre una camisa holgada, el gran manto de suave lana. La prenda consistía en cuatro o cinco metros de tela de largo, y unos dos metros de ancho, que se envolvía alrededor de las caderas, dando calidez y sencillez de movimiento. La manta se sujetaba a la cintura con un cinturón, y el exceso de género, encima y por debajo, se plisaba. Ese plaid en particular denotaba distinción por la suavidad de la lana con que se había tejido. Los colores marrones o verdes se apreciaban como una especie de camuflaje, sobre todo para los highlanders de los páramos, donde el paisaje estaba mayormente compuesto de vegetación seca. Por último, se prendía con un broche sobre uno de sus hombros.
Recogió dos gruesos mechones que había trenzado de ambos lados del rostro y los unió por detrás, evitando que el cabello lo molestase en cualquier momento.
Bajó al salón con prisa; aun así, buscó con la mirada, sin verla, a quien le había salvado, reparando su ropa.
No era de los últimos en llegar. Sarutobi ya estaba allí y lo saludó con una palmada en el hombro.
Sakura recorrió la estancia con la vista porque tenía previsto escapar en cuanto viera llegar al gigante de aspecto desaliñado. No había caído entonces porque su desnudez le había bloqueado los sentidos y, luego, mientras conversaba con Helen, no había vuelto a pensar en él hasta ese momento en que observaba los plaids de los guardianes; y fue cuando se acordó de que, con los nervios y las prisas, no había podido anudar el cordón que unía al broche con la prenda y temía que éste cayera de un momento a otro.
Llegó incluso a ponerse de puntillas, pero no logró verlo. Quizá se había quedado en su alcoba por no tener más ropa dispuesta.
No sintió pena por ello, aunque sí cierto temor de volver a encontrárselo. Helen también la había advertido de que no debía andar sola por la casa durante los esponsales; los hombres solían ingerir grandes cantidades de alcohol y primero actuaban y luego preguntaban.
Comenzaron las presentaciones y Sakura comenzó a relajarse. Observó, admirada, cómo los guardianes se acercaban a los prometidos, rindiéndoles pleitesía.
Todos eran guerreros: altos, fuertes, grandes. Todos con el cabello largo sobre los hombros. ¡Cobardes todos! Ninguno de ellos se había atrevido acusar a Namikaze. ¿Por qué? ¿Porque tenía una estrecha relación con Eduardo?
Sakura soportaba todo eso en silencio, guardando en su corazón su resentimiento. Ya llegaría el día... Ahora debía ser paciente.
Descubrió al sujeto que temía encontrarse justo en el momento en que éste se inclinaba hacia Konan. Lo reconoció por su apostura.
Debido al silencio, pudieron escuchar el débil sonido que hizo el broche al caer y que rodó durante unos largos segundos por el suelo de piedra. El hombre fue rápido y con una mano sujetó la prenda sobre el hombro, bromeando con sus compañeros.
—¡Te hace falta una esposa! —rio uno de los guardianes, divertido.
Sakura se escondió entre las sombras, ocultando una sonrisa bajo el fruncido ceño de Helen.
Mucho más tarde, aquello se convirtió en una graciosa anécdota, y los hombres rieron con ganas; no así el hermoso guerrero que, con mirada asesina, buscaba a alguien entre los rostros de las siervas.
Sakura se mantuvo semioculta toda la noche, evitándolo a propósito. Todavía asombrada al descubrir que el desastroso hombretón era en realidad el hombre más guapo que hubiera visto nunca. ¡Un guardián!
Con la barba, no había podido apreciar el rostro varonil de rasgos de granito, la fuerte mandíbula, los labios carnosos. E incluso sus ojos negros, enmarcados por elegantes cejas, eran dignos de admiración. Sin embargo, su aspecto seguía siendo peligroso, muy peligroso.
