Capítulo 6 SASUSAKU
Los guardianes de Escocia se hallaban reunidos en el gran salón, y aunque los sirvientes se afanaban por servirles jarras de cerveza y vino, ninguno de ellos parecía interesado en la bebida. Todos estaban expectantes, con los ojos clavados en Sasuke Uchiha.
—¿Estáis completamente seguro de eso, muchacho? —Yahico se atrevió a romper el repentino silencio—. ¿Balliol lo sabe?
—Yo debería ser quien se lo dijera, pero preferí consultarlo antes con el consejo.
—De modo que los franceses pretenden atacar a Eduardo —repitió Sarutobi, feliz de la vida—. Balliol sería un loco si pretendiera enviarnos para apoyar a los ingleses.
—Tenemos un tratado con ellos —le hizo notar Bruce, golpeando la mesa con los puños cerrados para llamar la atención de algunos hombres que comenzaban a elevar la voz.
—¡Al diablo con el pacto! —Contestó Sasuke, ganándose la lealtad de sus compatriotas—. ¡No pienso dejar que mi pueblo luche en esta guerra!
La mayoría de los presentes estaba de acuerdo. Negarle los ejércitos a Eduardo lo convertiría en un blanco fácil de conquistar.
—O luchamos contra los franceses, o en caso contrario esperamos las represalias de Eduardo.
—Yo tampoco llevaré a mi gente a proteger a nadie. Ésta no es nuestra guerra —dijo otro de los hombres.
—Si no acatamos las órdenes, estaremos poniéndonos en contra de nuestro rey, Juan de Balliol —se quejó el conde de Surrey, tratando de ocultar la ira que sentía.
Yahico se tensó ligeramente. Era oír aquel nombre en boca de Namikaze, y toda su furia se expandía por su cuerpo. Cualquier cosa por llevar la contraria a Juan le divertía, aunque no podía dejar de pensar en la clase de venganza que tomaría Eduardo contra ellos. Con un poco de suerte, si los franceses conquistaban Inglaterra y hacían abdicar al rey... De todos modos, fuese de la forma que fuese, esa conversación llegaría a Juan antes de lo que tardaba una piedra en hundirse en una charca. No podían olvidar que Namikaze contaba con la confianza de Eduardo. Aún no era Guardián de Escocia, pero pronto lo sería. El hombre jugaba a dos bandos.
—De acuerdo —asintió Yahico, observando a Sasuke fijamente—, deberíais darle la noticia a Juan y nuestra posición en este asunto.
El Uchiha asintió con la cabeza.
—¡Cuánto más pronto vayáis hablar con él, mejor! —insistió Namikaze.
—¡No! —bramó Yahico, y su voz resonó en el salón con fuerza—. Primero celebraremos mis esponsales y luego partirá. Surrey, si tenéis tanta prisa, partid vos. Ahora, señores, si nos disculpan... Sasuke y yo tenemos varios asuntos que aclarar.
Los guardianes salieron del salón, murmurando en silencio la postura que acababan de adoptar. Todos ellos seguros de que Eduardo volvería a intentar conquistar Escocia cuando se deshiciera de los franceses. Preferían mil veces morir luchando por su país que defendiendo a esos estirados.
Sasuke tomó asiento en uno de los largos bancos y Yahico lo imitó, tendiéndole una jarra de cerveza.
—Deberás hacer que Juan firme un tratado con Francia —susurró Yahico, recorriendo el salón con la vista— y, sobre todo: vigilar tus espaldas. Surrey es capaz de hacer cualquier cosa con tal de impedir este encuentro. Es más, imagino que correrá a Eduardo para avisarlo.
—Esto será el principio del fin —le avisó Sasuke, asintiendo con la cabeza—, deberíamos prepararnos.
—Y cruzar los dedos para que los franceses ganen la guerra.
Sasuke se encogió de hombros, haciendo una mueca de indiferencia.
—Eso es lo de menos. O nos ataca Eduardo, o lo hacen los otros.
—Sí, tienes toda la razón. —Yahico bebió un largo trago de su bebida y soltó un suspiro cansado—. Quisiera pedirte un favor: Necesito entrevistarme con algunos clanes cercanos a la frontera para conocer sus posturas y nuestra respuesta. Quizá pase un par de semanas fuera, y quisiera que Konan no estuviera sola aquí.
—Yo no puedo demorarme mucho por estos lugares. Debo regresar a mis tierras...
—Lo sé, amigo —le palmeó el brazo con afecto—. ¿Te llevarías a mi futura esposa y a la dama que la acompaña? En cuanto finalice, yo mismo iré a recogerlas. Aquí no las siento seguras en mi ausencia.
—No te preocupes por eso, Yahico. En mi hogar estarán como en el tuyo propio... o mejor.
—Eso de mejor... —se echó a reír, divertido—, como Carrick no hay ningún otro sitio.
—Lamento discrepar. —Sasuke se tomó su cerveza—. ¡Qué más quisieras tener mi fortaleza! —bromeó.
El sol lucía esplendoroso en lo alto del cielo, acariciando con sus rayos los altos muros de la fuerte construcción de Carrick. Las nubes se mecían perezosamente con una ligera brisa que nacía de los riscos, trayendo el aroma salado del mar.
—¿Has logrado averiguar algo? —susurró Sakura junto al oído de Deidara.
Estaban en el patio exterior desde hacía un buen rato. Los guardianes habían salido todos, excepto Carrick y Uchiha.
—Poca cosa. Aquel de allí es Surrey.
—¿Cuál? —Sakura lo buscó con la mirada—. ¿Cuál?
—El único que lleva calzas, si hasta viste como ellos —le dijo entre dientes.
Sakura le descubrió al segundo y se estiró el pesado vestido, demorándose en las caderas.
—Luego nos vemos, Deidara. —Se levantó la falda, dispuesta a alcanzar al hombre, pero Deidara le sujetó el brazo—. ¿Qué haces? Suéltame.
—¿Qué pretendes, Sakura? No puedes desafiarlo abiertamente.
—¡Y no pienso hacerlo! Tan sólo voy a comenzar a acercarme, dejaré que tome un poco de confianza.
—No me gusta esto, Sakura. Si descubren lo que pretendemos, nos cortarán la cabeza... o algo peor.
Sakura lo miró, arqueando una ceja.
—¿Algo peor que cortarnos las cabezas? ¡Como no bailen sobre nuestras tumbas! Suéltame, Deidara, voy a presentarme solamente. ¡Aún no voy a matarlo! —Alzó demasiado la voz porque varias cabezas se volvieron a mirarla.
—Habla del cordero —explicó Deidara, con una sonrisa, a los que aún parecían interesados en ellos—; debe cocinarlo.
—¿Y cómo lo hará si no lo mata antes? —preguntó un hombre de aspecto robusto—. Decidme, bella dama, dónde está ese animal, que yo mismo os ahorraré el trabajo.
Sakura dejó que su primo se quedara charlando con él mientras ella caminaba, ligera, para no perder al conde de vista.
Lo observó, escondida tras un puesto de frutas, sin notar que un par de hombres jóvenes se habían girado para admirarla a placer. Estaba ligeramente inclinada sobre una ristra de ajos, su trasero pegado a las faldas en una postura que llamaba la atención de todo aquel que pasara.
Ella era ajena a todo eso, estaba preocupada porque, al fin, iba a conocer al hombre que había asesinado a su familia. Por fin, en sus pesadillas podría ponerle cara.
No era un hombre muy alto. Sus cabellos eran rubios, con gruesos mechones plateados. Y aunque su cuerpo tenía trazas de guerrero, no portaba esa fortaleza que cualquier guardián poseía. Era un tipo más bien espigado, de rostro delgado, nariz aguileña, y cuya frente estaba cubierta de numerosas arrugas.
Sakura se pasó la lengua sobre los labios en actitud nerviosa. De buena gana le hundiría una daga en el mismísimo cuello.
Miró en derredor, evaluando la situación con ansia. Había demasiada gente. ¿Acaso se habían puesto todos en movimiento en el momento en que ella se había escondido a mirar? Frunció el ceño.
Armándose de valor, y dejando la mente totalmente en blanco, bajó la cabeza y se lanzó contra el conde, haciéndolo caer sobre un gran charco de barro y excrementos de gallinas. Ella también perdió el equilibrio y se encontró tumbada sobre el grueso cuerpo de Namikaze, con los pies metidos en el barro.
El hombre se giró en un acto reflejo, agarrando una piedra de peligrosa punta al pensar que alguien lo estaba atacando.
Sakura levantó la vista y lo miró, asustada. Ese hombre iba a golpearla si no se apartaba a tiempo. De pronto se vio izada y aplastada contra un duro pecho de hierro.
—¿Os encontráis bien, lady Haruno? —preguntó Sasuke Uchiha, buscando sus ojos con preocupación, y haciéndola casi girar en el aire.
Ella lo miró con las mejillas enrojecidas, una mezcla de sorpresa y miedo se reflejaban en los discos verdes que eran sus ojos; sin embargo, enseguida se recuperó de la impresión ¿Se habría dado cuenta el gigante de lo ocurrido? Su rostro tomó un tono rojo al tiempo que asentía con la cabeza.
Namikaze también se puso en pie y los observó con el ceño fruncido. Sus ropas estaban embarradas, con una sustancia pegajosa adherida a sus calzas, pero no parecía notarlo.
—Estaba distraída —respondió Sakura, luchando por apartar las manos de Uchiha de sus caderas—. Estoy bien ya. ¡Soltadme! —gritó. Pero ¿por qué tenía que haber aparecido el hombre justo en ese momento?
Sasuke la soltó sin dejar de mirarla, taladrándola con aquellos ojos negros que parecían penetrar en su interior, con una expresión muy seria y desconcertante.
