Capítulo 8


—Termina de limpiar esa prenda de una vez —dijo Namikaze al vasallo, metiéndole prisa—. ¿Llamaste a Aoi? ¿Por qué no está aquí todavía?

Su impaciencia era notable, y a medida que pasaba el tiempo se tornaba en mal humor.

El aludido entró a la carrera en la recámara, frenando justo antes de chocar con el siervo.

—Lamento la tardanza, milord. Los guardianes están participando en los juegos y es un gran espectáculo.

El conde lo fulminó con la mirada.

—Necesito de tus servicios. Tú, márchate —le dijo al siervo, dándole una ligera patada en los tobillos.

—Vos me diréis —contestó Aoi, cogiendo una uva de un centro de frutas frescas. Sin duda, un generoso obsequio del Conde de Carrick.

Aoi llevaba muchos años a su servicio. Sabía prácticamente todo lo que ocurría alrededor de su señor, ya fueran problemas políticos o de cualquier otra índole. Namikaze no tenía más remedio que contar con él; era eso o quitarlo de en medio, como seguramente acabaría haciendo con el tiempo.

—Se trata de Haruno. Esta mañana he conocido a la bella hija de Kizashi, pero me han informado que hay un primo: Deidara Haruno. —Miró al sujeto fijamente—. ¡Nadie me dijo que eran dos Haruno los que aún quedaban con vida! —Abrió los brazos hacia el hombre, como si exigiera alguna contestación.

Aoi se limitó tan sólo a mirarlo con cara de no saber nada.

—Lo quiero muerto —terminó de decir Namikaze.

—¿Aquí? ¿En Carrick?

—Sí, ¡qué más da un lugar que otro! —Sacó una pesada bolsa de monedas y la arrojó sobre la pequeña mesa de madera—. Habrá otra como esta cuando acabes el encargo.

Aoi evaluó la bolsa al peso, y sonrió satisfecho.

—Será como vos digáis.

—No, espera. —Lo detuvo, rascándose la barbilla con una sonrisa ladina—. He cambiado de opinión: no quiero que muera por el momento. Dadle una paliza y dejadlo por ahí, tirado. No lo hagas tú. Busca a alguien para hacerlo, pero que no lo relacionen con mi nombre. Cuando ese sujeto haya cumplido, acaba con él.

Aoi se encogió de hombros.

—Como vos queráis.

Namikaze soltó una risilla.

Mientras el primo se hallara encamado, la muchacha estaría entretenida cuidándolo y se olvidaría un poco de intentar atacarlo. Muy tonto debía de ser para no darse cuenta de lo sucedido. Esa linda joven buscaba vengarse. ¡Pobre incauta!

En el fondo, sentía un poquito de lástima por ella, y quizá en un futuro no muy lejano podría ofrecerle su compasión.

Sonrió. Compasión no era el término que realmente tenía en mente; ni siquiera era la manera correcta de llamarlo, pero mientras estuviera montándola también podría consolarla, ¿no?

Era bella la muchacha. Hermosa y peligrosa. Quizá una buena guerrera en su cama.

De no haber estado casado, le hubiera pedido la mano a Carrick o a quien hiciera falta. Se decía que el enemigo, siempre mejor de frente y al lado, que lejos y de espaldas. Y lady Haruno lo odiaba, había podido verlo en sus ojos verdes y en la tensión de sus labios.

No sería la primera ni la última mujer que lo aborrecía, incluso su esposa lo hacía y Namikaze disfrutaba con ello. Le encantaba humillar a las féminas y verlas arrastradas sobre el suelo. Lo enloquecía saber que todas estaban dispuestas para su uso y disfrute; si no lo estaban, no pasaba nada, su obsesión por forzarlas le proporcionaba más placer del imaginable.

—También voy a necesitar a unos cuantos hombres valientes y bien entrenados. Quiero que partan inmediatamente a Inglaterra. Eduardo debe saber de la conspiración. —Debía estar al tanto, y él mismo se había propuesto enviarle la información con la traición que sus compatriotas, los highlanders, pensaban perpetrar. Necesitaba que al menos lo nombrara guardián, antes de que se desencadenara la guerra; de ese modo tendría cierto poder entre los guerreros—. Márchate ya, Aoi. Espero recibir noticias.

Sakura aplaudió cuando volvieron a proclamar campeón a Sasuke por segunda vez consecutiva.

Aquel hombre era impresionante, tanto en belleza como en agilidad. Sus gestos, su rostro, todo él era capaz de pasar de la alegría a la ira en un pequeño intervalo de tiempo, y eso lo volvía más peligroso. La forma de mirar, de estudiar los puntos del adversario, la manera de moverse con la gracia de un tigre, con los sentidos alerta.

Sakura era incapaz de apartar los ojos de él. Era un experto en la lucha y tan sólo una vez había llegado a caer al suelo en un duelo ante Asuma Sarutobi; pero, por lo demás, se podía decir que era uno de los mejores guerreros de todas las Highlands.

Los aplausos y los vítores llenaban el patio exterior, entremezclándose con los claymors al chocar sus hojas metálicas.

Los hombres lo miraban atentos, aprendiendo de sus movimientos, estudiando su posición.

Las mujeres, en cambio, no podían ocultar su admiración; le dedicaban sonrisas, alabando su cuerpo; le hacían graciosas caídas de ojos, y más de una lo piropeaba, invitándolo a pasar a un terreno algo más íntimo cuando acabara el combate.

Sakura podía incluirse también entre todas esas mujeres, sobre todo ahora que aún podía sentir aquella boca caliente sobre la suya; el sabor dulzón de sus labios, la calidez de sus manos cuando la abrazó.

¿Qué ocurriría después? ¿Intentaría el Uchiha interferir en sus planes de venganza?

¡Qué estúpida! Debía haber hecho caso a Deidara y haber sido más discreta a la hora de presentarse ante Surrey, pero bueno... Ahora ya habían sido presentados. Un poco más de tiempo y paciencia era lo único que pedía. Y fuerzas para cumplir con su cometido, así tuviera que pasar por encima de todos los guardianes. No quisiera hacerlo sobre Sasuke, pero no tenía alternativa; había jurado venganza, y nada ni nadie lograría hacerla cambiar de opinión.

Lo peor de todo era que Sasuke ya conocía sus intenciones y se sentía con todo el derecho de detenerla. Él sabía lo que Sakura se proponía y no iba a quitarle los ojos de encima hasta que acabaran los esponsales.

El Uchiha levantó el claymore al cielo, soltando un grito de júbilo. Su mirada oscura buscó la de Sakura y la encontró, observándolo fijamente.

—Viene a que le entreguéis un premio —le susurró Konan, emocionada junto al oído, al tiempo que la empujaba con ligereza contra una larga madera horizontal que hacía las veces de baranda para no caer desde las gradas.

Sakura resopló por la nariz, nerviosa. La mayoría de las miradas se volvieron hacia ella: unos ojos con envidia otros con diversión e incluso sorpresa.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó con discreción Helen, cubriéndose la boca con la mano.

—El señor Uchiha —le respondió su marido con orgullo. Acababa de formarse en su mente la imagen del enlace de Sakura con ese hombre. Una alianza inigualable e inmejorable.

Sakura se aferró a la barra de madera con fuerza y esperó a que Sasuke se colocara justo abajo, frente a ella. No era una distancia muy excesiva, por lo que la joven pudo escuchar sus jadeos después de semejante esfuerzo y destreza.

—Lady Haruno, os ofrezco mi triunfo y espero poder ser recompensado con un recuerdo vuestro.

De buena gana le hubiera arrojado algo a la cabeza. Estaba halagada, pero no necesitaba sentirse así, y mucho menos por él. Ser el centro de atención la colmaba de una timidez a la que no estaba acostumbrada.

Recordó con nostalgia cómo su padre le dedicó uno de sus triunfos y cómo su gente aplaudió durante largos minutos. Era la hija pequeña de Kizashi y siempre había sentido debilidad por ella. Nunca más pensó que algo así pudiera repetirse... hasta ese día.

Si en realidad había cogido la prenda de Konan, había sido por no volver a dejarlo en ridículo. No era tonta y era consciente de todos los ojos que estaban fijos en ella.

No podía hacer ese feo al señor de Uchiha, mucho menos si se lo pedía con una hermosa sonrisa que hacía brillar sus ojos oscuros.

Era tan complicado cuando los sentimientos se encontraban luchando continuamente... Por un lado, deseaba verlo en todo momento, quería conocerlo e incluso amarlo, ¿por qué no? Era tan guapo y atractivo, tenía un cuerpo tan perfecto... Sin embargo, el otro lado... Era dolor, traición, rabia. Ese cobarde no era digno de su amor. No estaba a la altura y no lo estaría nunca. No había movido un solo dedo, pese hacerse llamar guardián de Escocia.

Con las mejillas bañadas en color, Sakura le lanzó el pañuelo con fuerza para que llegara hasta él y Sasuke lo recogió al vuelo sin ningún problema. Seguidamente besó la prenda con los ojos clavados en la muchacha, y luego se la ató al musculoso brazo. Inclinó su cabeza hacia el anfitrión y abandonó el campo entre los halagos de sus hombres.

Varias mujeres corrieron hacia él, y una de ellas consiguió rodearle el cuello con los brazos.

Sakura apartó la mirada en ese momento. No quería seguir viéndolo. Ni siquiera tenía por qué sentir celos de ese hombre al que apenas conocía. Él podía hacer lo que le diera la gana y continuar con su vida; de hecho, es lo que tenía que hacer, pues cuando por fin Sakura cumpliera su venganza, exigiría sus tierras a Carrick y regresaría a su hogar.

Uchiha no estaba para nada dentro de sus planes. Y aunque pensaba eso, sentía un pequeño tironcito en el pecho.

Yahico Bruce de Carrick extendió una mano hacia ella, ayudándola a descender el último escalón de madera.

Todos seguían hablando de los fantásticos juegos mientras comentaban algunas posiciones o golpes maestros.

—¿Habéis disfrutado con el encuentro, milady?

Sakura se giró, descubriendo a Sasuke apoyado sobre una pared de madera, con los brazos cruzados sobre el pecho. Se había trenzado dos gruesos mechones de ambos lados de su cara y los había entrelazado tras su cabeza con el pañuelo que ella le regalara.

Tenía una pose tan varonil, y a la vez un rostro tan encantador, que Sakura sintió derretirse algo en su interior.

Se asustó. ¿Cuánto hacía que se conocían?, ¿dos días? ¿Por qué parecía como si lo conociera desde siempre?

Ella nunca había estado enamorada. ¿Sería posible que esos nuevos sentimientos que comenzaban a crecer en su pecho fueran amor? ¡Dios quisiera que no! No deseaba enamorarse de él.