Capítulo 10


Aún no había amanecido cuando unos ligeros golpes en la puerta despertaron a Sakura. Salió de entre los cobertores, cubriendo a Konan con ellos y, en silencio, llegó hasta la puerta, tanteando en la oscuridad.

Sasuke Uchiha esperaba, portando un macizo candelabro. En las sombras, su rostro se veía preocupado y serio.

Ella lo miró sorprendida, cubriéndose los pechos con los brazos, donde la fina camisola se ajustaba a su cuerpo. El largo cabello rosa caía tras ella como una suave manta de armiño acariciando sus caderas.

—Tienes que acompañarme, mujer. Deidara ha sufrido un accidente.

—¿Un accidente? ¿Qué ha pasado? —preguntó nerviosa, con un débil jadeo.

Sasuke se escondió más entre las sombras del corredor, instándola a que lo siguiese.

—Cúbrete, te llevaré con él.

La joven obedeció con rapidez, colocándose una liviana túnica. Ni siquiera se paró a pensar que el hombre pudiera estar mintiendo; había demasiada seriedad en sus ojos para eso.

—¿Qué ha ocurrido? —insistió, intentando adaptarse a las rápidas zancadas del hombre.

El corredor se hallaba frío y débilmente iluminado por varias antorchas. Allí las corrientes de aire eran bastante fuertes y producían un extraño silbido que perduraba durante varios segundos, en largos intervalos. Los tapices que cubrían los huecos de la ventana detenían el fuerte viento que se había levantado, agitándose con energía.

—Alguien lo atacó. Una pelea justa, el agresor falleció.

—Pero ¿Deidara está bien?

—Se recuperará.

—Espera —jadeó ella, agarrándose con fuerza del brazo masculino—, vas muy deprisa.

—Lo siento. ¿Quieres que te cargue en brazos? —le preguntó, deteniéndose para mirarla. La verdad es que la joven se hallaba sofocada, corriendo tras la enorme figura de Sasuke.

—¡Claro que no! —contestó, alzando orgullosamente el mentón.

Descendieron a la planta inferior y fueron a una pequeña sala, contigua a las cocinas.

Varios siervos dormían sobre unos jergones junto a los fogones. Ninguno se movió cuando Sakura y Sasuke pasaron junto a ellos.

Sobre un estrecho catre yacía Deidara, mientras una sierva lavaba las heridas del hombre.

Sakura ahogó una exclamación al no reconocer a su primo. El joven tenía el rostro hinchado y varios moratones en sus hombros desnudos. En la cabeza tenía una brecha de unos ocho centímetros, cubierta de sangre seca, que había estado goteando sobre la almohada hasta hacía poco. Alguien se había ensañado bien con él. Sus ropas estaban rotas y embarradas, y sus manos dejaban ver unos pequeños cortes sangrantes.

—¡Deidara! —exclamó Sakura, acercándose a él y retirando a la sierva hacia un lado. Con sus manos recorrió el rostro, indagando finalmente en la abertura que tenía en la cabeza.

—Necesita que le suturen —dijo la criada, escurriendo un paño—. Ha perdido bastante sangre y se encuentra muy débil.

—Hazlo entonces —contestó asustada, quitándole el lienzo de la mano para limpiar ella misma a Deidara—. ¿Por qué está dormido?

—Perdió la conciencia hace unos minutos. Estaba agotado.

Deidara se encontraba en un estado lamentable. Su cuerpo inerte no respondía a los cuidados. Estaba totalmente indefenso.

Sakura se inclinó sobre él, llamándolo con suavidad, y sacudiéndole los hombros. El muchacho por fin abrió los ojos con esfuerzo y tardó unos segundos más en poder enfocar la vista sobre ella.

—¿Cómo estás, Deidara? ¿Qué ha ocurrido?

Él se agitó, intranquilo, cerrando los ojos de nuevo.

—Me atacaron por la espalda. No recuerdo muy bien. Estaba a punto de retirarme cuando alguien me golpeó en la cabeza —sus palabras forzadas sonaron ásperas—. Siento cómo si se me fuera a partir en dos.

—Fue una suerte que no perdieras el sentido —comentó Uchiha, observándolos.

—Sí —murmuró el otro, abriendo los ojos, tratando de mirarlo—, pude defenderme por un buen rato. ¿Han cogido a quien lo hizo? ¿Qué es lo que pretendía?

Sasuke frunció el ceño, extrañado, y se inclinó un poco hacia él. Aquel movimiento le dejó prácticamente el pecho pegado a la espalda de Sakura.

—Tú mismo lo mataste.

Deidara negó con la cabeza, quejándose al hacer aquel movimiento.

—No puedo recordarlo —acabó diciendo—. No, creo que no lo hice.

Sakura estrujó el paño con ambas manos, reclinándose hacia la nuca de Deidara, pero se detuvo cuando sintió una dureza en su trasero. Por el rabillo del ojo descubrió que Sasuke seguía tras ella, y gracias a Dios no se había dado cuenta de ese detalle porque seguía hablando con Deidara, tremendamente interesado en sus palabras. O al menos eso aparentaba. Sakura se incorporó del todo, simulando un bostezo, y se apartó de la cama para observar al paciente desde otro ángulo menos peligroso.

Con una distancia prudente entre el hombre y ella, continuó con los cuidados de Deidara sin dar importancia a la repentina reacción de su cuerpo.

Como una ráfaga de aire fresco recordó a la dulce Temari: su hermana mayor. Nunca habían existido secretos entre ellas, por eso Sakura sabía con pelos y señales lo que ocurriría la primera vez que se acostara con un hombre.

Un día que Temari venía de recoger flores y entraba en el salón, distraída, había soltado la cesta en cuanto vio a su prometido, que había llegado ileso de una batalla, lanzándose entre sus brazos. Habían reído por un buen rato antes de perderse en un beso de cuento de hadas delante del mismísimo Kizashi.

Esa noche, Temari perdió su virginidad y había corrido a contárselo a Sakura a la mañana siguiente.

Con miradas furtivas, Sakura estudió a Uchiha: fruncía el ceño, por lo que había algo en el relato de Deidara que no le encajaba. Sin embargo, los ojos negros ardieron sobre los suyos cuando capturó su mirada una de las veces.

Sakura se ruborizó violentamente, aún seguía con la sensación de tenerlo pegado a la espalda, y si las circunstancias hubieran sido diferentes era muy posible que se hubiera recostado con gusto contra ese ancho pecho. Su corazón comenzó a coger tal velocidad que incluso hubo un momento en que creyó que explotaría. Estaba sudando, y eso que el frío se adhería a los gruesos y tristes muros de piedra, produciendo ligeras corrientes de aire por entre sus oscuras y profundas grietas.

Se tocó la frente con disimulo, comprobando que su temperatura no hubiera subido mucho.

Sasuke era perfecto. Guapo, grande, fuerte. Poseía un hermoso cabello azabache que, dependiendo de cómo incidiera en él la luz, se volvía del color negro azulado. Su mentón recto, su boca provocativa, sobre todo cuando sonreía divertido, y se le formaban unas graciosas arruguillas junto a las comisuras, las mismas que se dibujaban en el borde de sus ojos: unos bellos discos negros, semejantes al carbón. Las cejas rectas y elegantes; las pestañas, espesas. En verdad, nunca había conocido a nadie tan guapo ni tan interesante como aquel guerrero, señor de Uchiha. Tampoco es que fuera un hombre simpático, y si no, que se lo preguntaran al crío del día anterior que había huido despavorido.

Con ella, sin embargo, era diferente: aprovechaba cualquier excusa para burlarse o perseguirla, y buscaba su mirada entre los demás. Era como si hubiera entre ellos una extraña atracción mutua.

La sierva rasuró parte de la cabeza de Deidara para limpiar bien la herida y dejarla dispuesta para coser el boquete. Sus manos temblaron nerviosas bajo la atenta mirada de Uchiha.

Sakura les dio la espalda al ver la aguja introduciéndose en la carne, e intentó ocultar una fuerte arcada con la mano. Sasuke le rodeó los estrechos hombros con un fuerte abrazo y la sacó de cuarto para que no escuchara —si se producían— los gritos que Deidara porfiaba en no soltar.

—¿Quién lo encontró? —le preguntó ella en un débil murmullo. Deidara era su familia, la única que tenía, y sentía pánico de sólo pensar que pudiera pasarle algo.

—Fueron algunos de los centinelas de Yahico, que volvían de su turno de guardia. Pero después de hablar con tu pariente, ya no estoy muy convencido de que se tratara sólo de un robo.

—¿A qué te refieres?

—¿No lo has oído? —Sasuke agitó la cabeza hacia la alcoba.

—¿Cuándo habéis estado hablando? —Como él asintió, Sakura se encogió de hombros con una sonrisa de disculpa—. No estuve escuchando, lo siento.

«Claro, no lo hacía porque, en ese momento, su mente calenturienta estaba pensando en algo totalmente erótico.» Su primo malherido sobre un viejo colchón de lana, y ella soñando con perderse entre los fuertes brazos del guardián. Seguramente Dios la castigaría por esos pensamientos impuros."

Sasuke la soltó, situándose ante ella con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido.

—¿Estás dormida todavía?

Ella se restregó los ojos con ambas manos y asintió con la cabeza. Estaba muerta de sueño, estaba muerta de vergüenza por sus oscuros y ardorosos deseos, y estaba paralizada, con los ojos clavados en los del hombre.

—Mañana se casa Konan y he prometido estar con ella. —Miró hacia la cámara donde Deidara estaba siendo cosido—. Pero no puedo dejar a mi primo aquí, solo.

—Alguien se quedará con él —respondió Sasuke, susurrando para no despertar a los pobres empleados. Ellos también tenían un día muy duro por delante.

—Ejem... Pueden pasar —dijo la voz de la sierva desde el hueco de la puerta, tratando de no ser muy indiscreta.

Ambos jóvenes regresaron de nuevo, y Sakura corrió hacia la cama donde Deidara había caído en un sueño profundo.

—¿Mi señor? —La silueta de una mujer joven apareció por la puerta, envuelta en las sombras.

Sasuke se volvió hacia ella, tensando la boca. Sakura, en cambio, la estudió con atención durante unos segundos y luego trató de centrarse en su primo.

—Kin, ¿qué estáis haciendo aquí a estas horas? —dijo el hombre, acercándose a ella.

—Os estuve esperando en la alcoba, pero vuestro vasallo me dijo que estabais aquí —respondió la muchacha de largos cabellos negros, que enmarcaban una hermosa cara de rasgos exóticos, ojos grandes y rasgados del color de la noche, y labios carnosos y seductores. Su voz era ligeramente áspera y atractiva a un tiempo.

Sakura la observó de reojo mientras fingía estar pendiente de la cubeta del agua.

—No debíais haber bajado —la regañó Sasuke con sequedad—. ¿Cuándo llegasteis del campamento?

—Hace un par de horas, mi señor. —La muchacha paseó su mirada sobre la sierva y sobre Sakura con una sonrisa provocativa, y acabó enfrentado al hombre con las manos en las caderas—. Anoche tampoco quisisteis que os acompañara —le susurró, acercándose a él con descaro.

Sakura abrió los ojos como platos e intento ignorarlos. La tal Kin estaba tratando de seducir a su señor delante de ella. Claro que, por otro lado, no debía de ser la primera vez que Uchiha y aquella joven compartieran algo más que una conversación, eso saltaba a la vista.

—Uchiha, fuisteis muy amable por informarme de mi primo. No tiene ningún sentido que os quedéis perdiendo el tiempo aquí —le dijo Sakura con voz apagada, tensando la espalda.

Kin deslizó su mano por una de las de Sasuke, y Sakura se giró para no verlos. Sabía perfectamente que ella no tenía ningún derecho sobre aquel hombre. Eran apenas unos desconocidos, aunque no pudiera apartar de la mente el beso que el hombre le había robado. Entonces, ¿por qué sentía que sus venas se inflamaban con el repentino deseo de tomar los negros cabellos de Kin y barrer el suelo con ellos?

—Tenéis razón, lady Haruno. Creo que será mejor que me retire. —Sakura no vio cómo Sasuke giraba la mano y atrapaba a Kin de la muñeca con fuerza, para arrastrarla hasta el exterior, con el rostro sombrío—. Que paséis buena noche.

—Igualmente —susurró tan bajito que él no la escuchó.

Sakura se quedó durante unos largos minutos observando el lugar por donde el hombre se había marchado, en compañía de la mujer. ¿Quién sería esa descarada que se había atrevido a bajar a buscarlo? ¿Le había estado esperando realmente en su recámara?

Estaba dolida... Aquella mañana, Uchiha la había besado, le había dedicado el triunfo de los juegos y ahora... Se marchaba con otra delante de sus narices. ¡Canalla! Nunca más dejaría que volviera a aprovecharse de ella. Nunca.

—¿Te has vuelto loca, mujer? ¿Cómo se te ocurre venir a buscarme? —La encaró Sasuke con una dura mirada, cargada de frialdad—. ¿Cómo te has atrevido? Debería castigarte por esto.

—Lo siento, mi señor, no quería molestaros. —Kin había perdido toda la fuerza que minutos antes había sentido frente a la otra dama—. Pensé que podríais necesitar compañía.

Sasuke la aferró del brazo con fuerza. Estaba muy enojado y ni siquiera deseaba ocultarlo. Kin era una de las rameras del campamento. Nunca le había dado motivos para pensar que las cosas pudieran ser diferentes entre ellos. Él era el señor de un clan, guardián de Escocia.

—Mañana en la mañana partirás. Y nunca más volverás hacer una locura de estas o yo mismo me encargaré de acabar contigo. ¿Me oyes bien, mujer?

—Sí, mi señor, pero esta noche...

—¡Aléjate de mi vista! Mis hombres se hallan aún en el salón, ve a buscarlos.

Kin asintió, regalándole una triste mirada que él no pareció advertir.

Sasuke, furioso, anduvo hasta su recámara, maldiciendo a Kin y a la locura que la hubiera embargado y, sobre todo, la maldecía porque se sentía explotar, porque estaba terriblemente excitado, y si se hubiera consolado con ella ni siquiera le habría importado, pero no era a ella a quien deseaba. Era a Sakura.

Sí, la deseaba. No podía evitarlo.

Hacía un rato, nada había sido intencionado; se había sorprendido tanto como ella cuando la joven se había inclinado, apoyando las nalgas contra su miembro. Es cierto que no se había apartado, pero sólo para no avergonzar a la muchacha. Ella había sabido salir airosa del paso, y él había fingido no haberse dado cuenta, pero ya en el corredor, observándola tan bella y etérea, la piel suave y cremosa de su pequeña cara, y los labios tan sonrosados y apetecibles...

Sí, la deseaba a toda ella. Quería perderse entre aquellos delgados brazos y jugar entre sus piernas, lamer cada pizca de su cuerpo, beber cada aliento que respirara. Deseaba colmarla de un placer que haría que los ojos verdes lo miraran, desbordados de pasión, tal y como lo habían hecho esa mañana después de haberla besado.