Capítulo 12
Sakura regresó a la fiesta un par de horas después. Deidara estaba mucho mejor, e incluso insistía en levantarse, pero ella se había negado. Junto a la columna vertebral del hombre había crecido un extraño bulto que, por momentos, se hacía más grande.
Alexia, más conocida como la hechicera, confirmó que la hinchazón había sido debido a una buena patada que le habían dado en la espalda y, en pocas palabras, dijo que no veía ningún mal en Deidara, por lo que al día siguiente podría levantarse.
Sabía que el joven debía de estar aburrido, y Sakura se hubiera quedado un poco más con él si no hubiera intervenido en la conversación con Kin, entre otras cosas, porque el muy testarudo le daba la razón a Uchiha.
Al final, Kin y Deidara había terminado medio discutiendo; y Sakura, cansada de escucharlos, los había dejado a solas.
La idea de que Sasuke fuera a tener un hijo la apartó de su mente con velocidad. No es que le importara, sin duda no era el único señor que engendraba bastardos, pero tampoco debía olvidar quién era Kin, y para qué fin acompañaba a los hombres en el campamento. Claro que lo cruel era que Sasuke le hubiera pedido que abandonara todo lo que Kin conocía, y ahí era donde la joven ramera le había pedido ayuda. No quería que la apartaran del clan.
Sakura se maldijo cuando vio a Uchiha: de espaldas a ella. ¿Por qué le había dicho a Kin que trataría de convencerlo para que no se tuviera que ir? Pero ¿qué le importaba a ella? ¡Maldición!
Había mucha gente en ese lugar, y casi todos más altos que Sakura. Hombres y mujeres entonaban una conocida pero antiquísima canción de batalla al tiempo que comenzaban a bailar como si de repente hubiesen pisado cardos. Ella quiso salir de allí, evitando que Sasuke la viera; sin embargo, se sintió empujada de un sitio a otro hasta que alguien la tomó de la cintura. Se giró, tratando de soltarse, e incluso luchó por desasirse, pero se vio de lleno metida en una alegre danza de la que quería escapar.
El hombre que la intentaba guiar era joven, apenas un muchachito que recién comenzaba a salir del nido. Su cabello era rubio dorado, de un tono bastante llamativo. Su aliento apestaba alcohol. Su cuerpo era grande y firme.
—¡Soltadme, por favor! —le gritó Sakura, aporreándole con el puño cerrado en el hombro. El joven no debió escucharla ni sentirla porque la elevó y dio media vuelta con ella en volandas.
Sakura atizó las espinillas del fervoroso bailarín con una patada, y cuando éste la soltó, aprovechó para intentar escabullirse. Su intento fue en vano. El muchacho no cejó en su empeño, y otra vez la atrapó de la cintura por la espalda, al tiempo que la alzaba entre risas.
—¡Suéltame! —gritó con pavor, intentando hacerse oír entre tanto barullo. Movía las piernas en todas direcciones, tratando de liberarse como fuera. Los brazos en la cintura la aplastaban, impidiendo incluso que respirara con normalidad.
—¡Déjala en paz, muchacho! —dijo alguien.
Sakura volvió a retorcerse, estirando las piernas hacia el suelo.
—¡Que me bajes!
Por respuesta, recibió una risilla, y Sakura lo golpeó con su propio cuerpo.
—¡Suéltala ahora mismo! —tronó la voz de Sasuke, que se había acercado hasta el exaltado joven. Las personas más cercanas guardaron silencio, expectantes, todos deseando que hubiera un poco de juerga, algo donde poder estrellar los puños para luego beber alcohol hasta caer dormidos en algún lugar del castillo.
La postura de Uchiha atemorizaba. Había abierto ligeramente las piernas en posición de ataque, y su rostro se había convertido en una máscara cruel y fría.
Las cosas se sucedieron tan rápido que Sakura no tuvo tiempo de gritar de nuevo. No supo cómo, pero voló por encima del Uchiha, cayendo contra un robusto pecho que parecía preparado para amortiguar su caída. Quien la hubiera empujado no había tenido ninguna consideración con ella; sin embargo, el hombre que la ayudaba a ponerse recta sobre sus dos pies tenía una mirada muy amable y considerada.
Sakura, con rapidez, trató de mirar hacia atrás, pero los hombres habían creado un círculo alrededor de Sasuke y el muchacho de cabellos de oro.
—Espere aquí, Lady Haruno —le dijo el hombre que había detenido su caída. —Uchiha no tardará en venir.
Ella lo miró, nerviosa, pero a cada momento volvía la cabeza para poder observar algo.
—¡Pero vayan ayudarle! —dijo, ansiosa por saber que estaba ocurriendo. Alzándose la falda con ambas manos regresó al corrillo formado sobre todo por guerreros.
Con una furia que no sabía de dónde nacía, se abrió paso entre dos hombres que tan sólo la miraron de refilón antes de volver al centro su atención. Por fin, ella pudo mirar.
Sasuke era más fuerte, mucho más fuerte, y aun así no utilizaba su energía con el joven. Se limitaba a esquivar sus golpes ebrios y sin puntería.
Aliviada, soltó un suspiro, se había pensado que los amigos del rubio habían intervenido y había podido ver a Sasuke junto a Deidara, compartiendo catre.
Observar la tranquilidad con que se movía Sasuke logró relajarla. Era como, si de repente, se sintiera protegida porque tenía a alguien que cuidaba de ella. Y Uchiha, lo único que hacía en ese momento era abochornar al pobre muchacho que no lograba alcanzarlo con los puños.
Sasuke lanzó al joven la última mirada de desdén, y cuando éste tropezó, cayendo al suelo, cruzó sobre él de una zancada. Se acercó hasta Sakura con preocupación. La muchacha llevaba todo el cabello revuelto sobre la espalda, y su corona de flores había desaparecido entre la multitud. Su rostro estaba rojo del esfuerzo, y lo miraba con una muestra de agradecimiento.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó, estudiando sus rasgos detenidamente. Estaba bellísima. Le recordaba a la elegancia de las gacelas jóvenes. Esbelta, sin llegar a ser alta, y de curvas perfectas. El escote cuadrado era más bien recatado, aun así dibujaba sus senos de forma muy sugerente; unos senos que subían y bajaban, agitados por lo ocurrido. El color blanco y la plata le conferían la apariencia del hada del lago. Una leyenda inventada para los más pequeños.
—Sí —dijo ella, con una voz tan rota que Sasuke pensó que se iba a echar a llorar de un momento a otro.
Le tendió la mano.
—¿Quieres que salgamos de aquí? —Ella se aferró a él como si su vida dependiera de eso, y Sasuke la guio hacia algún lugar donde no hubiera tanta gente alrededor. Se detuvo un poco para colocarle una mano sobre la estrecha cadera y hacer una señal a Naruto, avisándole que se retiraba.
Ella dejó caer ligeramente su peso sobre él, y los pensamientos de Sasuke ardieron en el infierno.
—¿Te han hecho daño, mujer?
Ella agitó la cabeza, y varios mechones rozaron su rostro, adhiriéndose a sus mejillas donde brillaba alguna lágrima.
—Me asusté —respondió con voz temblorosa—. No podía ver nada y sólo quería salir de allí.
Sasuke la estrechó contra su cuerpo por una milésima de segundo, antes de soltarla y tomarla de la mano. Atravesaron un arco de piedra e ingresaron en un patio rectangular. Junto al muro exterior había bancos de piedra sobre un suelo de mármol blanco. Era uno de los lugares preferidos de Yahico. Allí, ambos se habían reunido en multitud de ocasiones para conversar o trazar algún plan contra Balliol.
—El muchacho había bebido más de la cuenta, y estoy seguro de que mañana no va a recordar nada. Sólo tendrá una buena resaca —le explicó. La notaba más tranquila.
—No sé cómo el alcohol puede volver a los hombres tan tontos o tan fuera de control —replicó ella, pasando del temor al enojo. Sus ojos verdes brillaron, llenos de indignación.
Sasuke asintió con una sonrisa.
—Ya se ha casado tu amiga, ¿cómo te sientes?
Ella se encogió de hombros.
—Aún no he tenido tiempo de asimilarlo.
Él se movió, inquieto.
—Es cierto, estuviste muy entretenida con Surrey. —Sasuke se mordió el labio, deseando no haber mencionado al hombre. No era momento de montar una escena de celos que, por otro lado, le habían estado quemando toda la tarde. Para colmo, la muchacha había desaparecido poco antes del gran festín y no había vuelto a verla hasta el momento en que el joven Yamanaka la había levantado del suelo.
Ese chico siempre le había hecho gracia, y hasta le caía bien, pero al ver la forma cómo trató a la dama de cabellos rosas, que últimamente se colaba en todos su pensamientos, había deseado romperle todos y cada uno de sus huesos.
No lo hizo, no por falta de ganas, sino porque hubiera sido injusto para Yamanaka.
—No lo he matado todavía —bromeó, sonriendo traviesa al hablar de Namikaze. Caminó hacia uno de los bancos—, ¿pensabas que no cumpliría mi promesa? ¿Por eso no dejabas de mirarme?
—¡Ja! ¡Mirarte, yo! —Soltó Sasuke, frunciendo el ceño y siguiéndola con los brazos cruzados sobre el pecho—. ¡Tú lo has soñado!
—¿Vas a decirme que no me mirabas?
—¡Claro que no te miraba! —Exclamó con una enorme sonrisa—. Observaba a Surrey.
Sakura arqueó las cejas y lanzó una carcajada.
Aquel sonido fue música celestial para los oídos de Sasuke. Fue tan natural y espontánea que se metió en cada rincón de su mente, embargándolo de algo desconocido hasta ahora. Unos sentimientos que comenzaban a sorprenderlo.
El hombre la miró fascinado, ella agitaba suavemente los hombros entre risas. Sus ojos, de un tono verde esmeralda, bailoteaban en las cuencas; y sus labios entreabiertos mostraban una perfecta dentadura de piezas blancas y pequeñas. No pudo resistirse: acercó sus labios a los de ella, deseoso de probarla de nuevo. La había pillado por sorpresa, pero Sakura le respondió con la misma ansia que él, como si lo hubiera estado esperando. Sasuke la aplastó más contra su pecho. Enredó sus dedos en el largo cabello, apretándola contra su boca. Estaba hambriento y ella era el exquisito bocado del que él deseaba alimentarse. Sus labios descendieron hacia el suave cuello, donde el pulso femenino latía a mil por hora. Mordisqueó el dulce hueco bajo el lóbulo de la oreja, y sintió cómo ella se aferraba con fuerza a sus hombros cuando un escalofrío de placer atravesó todo su cuerpo.
—Te deseo, mujer —le susurró, lamiendo su oído provocativamente. La sostenía en brazos a su misma altura, pero Sakura ni siquiera había sido consciente de ello—, dime que sí, por favor —siguió rogando entre besos.
Sakura abrió unos ojos redondos como platos, y antes de que pudiera negarse, Sasuke atrapó de nuevo sus labios. La sintió luchar débilmente y dejó que el cuerpo de Sakura se deslizara sobre el suyo hasta llegar al suelo. Sasuke movió las manos sobre la estrecha cintura hasta que tomó el redondeado trasero de ella entre las manos.
—Dime que sí —volvió a susurrar contra su boca. Se sentía explotar de deseo. Se sentó sobre el banco, arrastrando a la joven consigo, sentándola sobre sus piernas. Ella le rodeó el cuello, jugueteando con sus cabellos, perdida en sus besos.
Sasuke sin apartarse, logró introducir una mano bajó la falda del vestido y sus dedos ascendieron lentamente sobre el muslo desnudo, haciendo que la suave piel de Sakura vibrara ante su contacto.
—¡No! —lo detuvo ella, jadeante, parándole la mano con las dos suyas. Le suplicó—: No, te lo ruego.
Cuando Sakura quiso levantarse de las piernas de Uchiha, él no se lo permitió; en cambio, la abrazó con fuerza. No sentía ningunas ganas de dejarla marchar. No así, en el estado en que él se encontraba.
