Capítulo 14


Sasuke Uchiha estaba tan furioso que sus hombres lo notaron en el mismo momento en que desmontó de su caballo.

Un muchacho joven aferró las riendas y se llevó el caballo junto a los demás. Sasuke apenas lo miró y caminó con paso firme hacia la orilla del río.

Era tal su enojo que hubiera cogido al conde de Mar por el cuello y lo hubiera lanzado desde la almena. «Tenía que haberlo hecho», se repitió un par de veces más, hasta que sus instintos, bien entrenados, escucharon unos pasos tras su espalda. De haber ocurrido algo así en cualquier otro sitio, Sasuke ya se hubiera lanzado contra el intruso, pero allí, en su campamento, sólo se hallaba su gente.

No se giró, aunque agitó la cabeza para que quien estuviera tras él supiera que sabía de su existencia.

Naruto sonrió; sin embargo, esperó a que Sasuke fuera el primero en hablar. Por mucha confianza que tuviera con Uchiha, nunca se había atrevido a dirigirle una palabra mientras estaba enfadado. Era bien conocido el genio que gastaba el hombre cuando las cosas no salían como él las había planeado.

Pero Sasuke siguió sin hablar. Se inclinó hacia el agua y sumergió las manos, mojándose las anchas mangas de la amplia camisa. Por una fracción de segundo pensó en ese mismo gesto hecho por Sakura el día anterior, mientras comían. ¡Maldita fuera! ¿Por qué no podía sacársela de la cabeza? Había visto mujeres más hermosas que ella, más... más... ¿Por qué demonios no se le ocurría otra cosa?

Estaba pensando en provocadoras, pero Sakura lo tentaba siempre. Daba igual que la joven le sonriera o le regalara una de sus severas muecas. Que sus ojos lo enfrentaran con desfachatez y soberbia o lo miraran, agradecidos.

Intentaba provocarlo de diferentes modos, pero Sasuke tenía la libido muy por encima de todo eso. Y después de aquella tarde, ¡Dios! Con un esfuerzo terrible la habría dejado marchar, pero sólo quería abrazarla un poco más. La calidez del estrecho cuerpo sobre el suyo, el aroma que desprendían los enredados cabellos, le producían una extraña sensación: como si hubiera estado esperando toda la vida para proteger a aquella mujer. La sentía cerca, y podía leer en sus ojos, en sus mejillas; casi podía adivinar por su expresión lo que pensaba en cada momento.

Puede que al resto de la gente lograra ocultarle su gran resentimiento, su impaciencia por vengarse, el dolor que reflejaban sus ojos verdes... Pero a él no.

Y en ese momento en que la había besado, el instante en que sus dedos rozaron la piel desnuda de su pierna... El trasero sobre él... La hubiera tomado allí mismo, sobre el banco. Sólo de recordarlo, su frente se cubría con perlas de sudor.

Suspiró y se sentó sobre el suelo, con los ojos clavados en las aguas del río. En el centro del canal había enormes pedruscos, que el agua saltaba provocando diminutas cascadas. Más allá, la pradera lucía húmeda y verde, brillando bajo los últimos rayos de sol.

—Me voy a casar con Haruno —dijo Sasuke por fin, observando a Naruto sobre el hombro.

—Bien. —Se acercó a él y tomó asiento a su lado—. Pensaba que esperaríais a llegar a casa.

—Eso pensaba yo. De hecho, tendré que formalizar el compromiso en casa.

Naruto era un hombre tan grande como Sasuke. Muy jovial y alegre. Valiente como pocos, y más loco que una cabra. Loco, por no decir temerario. Naruto no temía a la muerte; se reía de ella. Varias veces había estado a punto de sucumbir, pero aún estaba en pie, y ganando.

—Me parece bien —agitó la cabeza—. No entiendo que...

—¡Me ha prohibido que me acerque a ella hasta que no pida su mano! ¡A mí! —rugió—. Ya le he dicho que me voy a casar con ella y... la respetaré hasta que sea mi esposa, pero no poder acercarme ni para saludarla... ¡Es absurdo!

Naruto no se atrevió a reír. ¿Uchiha estaba enfadado porque no podía acercarse a la beldad pelirosa?

—Creo que a Yahico le pasó algo similar —murmuró Naruto, lanzando un puñado de tierra sobre un solitario esparrago que asomaba de entre la tierra—. Por lo menos, no tardaremos más de dos semanas en llegar.

—Dos semanas a vosotros. Yo tengo que pasarme primero a ver a Balliol. —Sus ojos despidieron fuego por unos segundos—. Quiero que la vigiles.

—De acuerdo. ¿A quién? ¿A tu prometida? —Ahora sí soltó la carcajada que había estado guardando—. ¿Tan enamorado estás?

—¿Qué? —Sasuke alzó una mirada perpleja, encontrándose con la de su amigo. Al principio no entendió la frase. Ni siquiera pensaba en el amor, ¿pero cómo decirle que esa joven, que parecía tan dulce e inocente, estaba empeñada en asesinar a Namikaze o en hacer cualquier locura por hacerle confesar?

—¿La amas? —repitió Naruto, ahora más serio. Nunca había visto a su amigo enamorado, ni siquiera había advertido que le atrajera más una mujer que otra. Cierto que con la señorita Haruno se lo veía más animado.

—No. Creo que no —se encogió de hombros—. Me gusta. Es bonita y tiene un buen cuerpo. Es una moza saludable y me dará buenos hijos. Supongo que el amor llegará poco a poco.

—¿Y por qué quieres que la vigile?

Sasuke se rascó la barbilla, pensativo. ¿Por qué quería vigilarla? ¿Para proteger a Namikaze?

Quería que ella no agrediera a nadie; él era guardián de Escocia y no iba a permitir aquello pero, ¿era ese el motivo? ¿Por qué? Si el Conde de Surrey falleciera en aquel momento, poca gente lamentaría su muerte; él no lo haría, desde luego. Entonces, ¿a quién quería proteger?

Ni el mismo podía entenderlo.

—Porque sí —respondió tajante—. Sólo será cuando yo no esté cerca. ¿Lo has entendido?

Naruto abrió la boca y la cerró con fuerza, apretando los dientes con un golpe seco.

—¡¿Quieres que viaje junto a las carretas?! —se ofendió.

—Hay un buen motivo —le explicó. Sus ojos ahora brillaban divertidos, disfrutando del sufrimiento de Naruto—. Los condes de Mar ahora viajarán con nosotros, y Surrey ha insistido en acompañarnos. Me desviaré con él para reunirme con Juan, pero en el trayecto deseo que mi hombre más leal y el de más...

—Vale, no intentes hacérmelo más fácil. Y luego, cuando te largues, me ocuparé de que lady Haruno te olvide con facilidad.

Sasuke ensanchó una sonrisa que abarcó toda su cara y negó con la cabeza.

—No te he contado la segunda parte del plan —rio—. En cuanto Namikaze no esté, regresaré y la llevaré conmigo...

—¿La vas a llevar contigo? —repitió con incredulidad.

—¡Ajá! Necesito una mujer y ella será mi esposa, ¿no?

Naruto se encogió cuando Sasuke apoyó una mano sobre su hombro y, con un ligero movimiento, se incorporó.

—Esto deberíamos planearlo mejor, ¿eh? —le dijo el muchacho, estirando su mano para que lo ayudara a levantarse—. ¿Qué te cuesta esperar un poco más? ¿Llevarte a tu prometida? Eso es lo más estúpido que he oído nunca... —Naruto echó a andar tras de Sasuke—. ¿Por qué no llamas a Kin? Es menos peligroso.

—Yo no quiero a cualquier mujer, Naruto. —Sasuke se volvió hacia él y sus ojos brillaron de deseo—. La quiero a ella.

El joven se quedó en el sitio viendo cómo Uchiha se acercaba a sus hombres.

—Y dice que no la ama —musitó con extrañeza—. Al menos he logrado apaciguar tu enfado —dijo más para sí mismo que para Sasuke.

—Lady Haruno. Por favor, concededme dos minutos de vuestro tiempo, os lo suplico.

Sakura se dio la vuelta en el inicio de la escalera al escuchar aquellas palabras. Sus ojos verdes viajaron sobre el hombre joven de cabellos dorados que la observaba con una mirada llena de arrepentimiento, así como los gestos de su cara.

Sakura entrecerró los ojos cuando reconoció al hombre y lo miró, elevando orgullosamente el mentón.

—Os recuerdo —le dijo con voz severa—, vos fuisteis quien me obligó ayer a...

—Sí, y lo siento. Necesito disculparme con vos. Mi nombre es Silad Yamanaka y me temo que ayer unas fuerzas oscuras se apoderaron de mi voluntad.

—¿Fuerzas oscuras? Yo más bien diría que vos os caisteis en el barril de cerveza.

Silad sonrió, divertido, con ojos chispeantes.

—Entonces ya no estáis enfadada, ¿verdad? —Dio unos pasos hacia ella hasta quedar uno frente a la otra. Sakura debía levantar la cabeza, como casi siempre que se acercaba algún guerrero. Eso no significaba que todos los escoceses fueran grandes y enormes; los había de todos los tipos: altos, bajos, delgados, gordos... —Soy vecino de Uchiha. Uno de mis parientes se casó con la hermana de Sasuke y eso nos convirtió en aliados.

—¿Habéis venido a disculparos porque Uchiha os lo ha dicho?

Silad asintió y negó al mismo tiempo, arrancándole una carcajada a la joven.

—Estáis disculpado, entonces.

—No volverá a suceder nunca, os lo prometo. —Silad juntó los talones, y por unos segundos se cuadró sobre los hombros—. Si algún día vos necesitáis de mí, podéis contar conmigo para cualquier cosa.

—Yamanaka, muchacho. Te estaba buscando. —Un hombre alto y desgarbado, de rostro huesudo, llegó hasta ellos. Regaló una pequeña reverencia a la mujer y palmeó el hombro del más joven—. Te necesitamos junto a las monturas antes de que se nos haga muy tarde. Será una comitiva bastante larga la que viaje.

—Estaba a punto de ir hacia allí, tan sólo estaba disculpándome con lady Haruno.

—¿Lady Haruno? —Aoi se giró para estudiarla fijamente. De modo que esa muchacha era en quien pensaba Namikaze—. He oído que un pariente suyo se encuentra mal.

Sakura asintió.

—Deidara se recuperará dentro de poco. Viajará más tarde, cuando se encuentre bien del todo. ¿Conocéis a mi primo?

Aoi sonrió, satisfecho, mostrando una hilera de dientes amarillentos y grandes.

—Sí, nos hemos visto alguna vez. —Tomó la mano de Sakura y se inclinó hacia ella formalmente—. Mi señor me comentó que vos erais muy hermosa, pero creo que se quedó corto.

—¿Su señor? —Sakura pestañeó graciosamente—. ¿Quién es?

La muchacha había esperado que fuera un Yamanaka, un Carrick o incluso un Uchiha...

—Ken Namikaze, conde de Surrey.