Capítulo 15
Uchiha y el conde de Surrey fueron los últimos en abandonar Carrick.
Un largo desfile de carretas y animales inició el viaje con paso ligero, o más bien con la reciente prisa que le había entrado a Sasuke por regresar a su hogar.
Los carros traqueteaban peligrosamente y alguno tuvo que informar que, de continuar así, no podría seguir su marcha.
Sasuke, después de ese aviso, intentó calmarse un poco. El conde de Mar había decidido acompañarlo a la cabeza, y aunque no era un mal hombre no tenía muchas ganas de darle conversación.
Su mente se hallaba ubicada en las carretas que viajaban en el centro de la escolta, exactamente en un lujoso carruaje inglés perteneciente a Namikaze, y en el cual también viajaban las damas.
Surrey, en un acto de galantería, había ofrecido a la Condesa de Carrick que compartiera aquel ridículo vehículo de ruedas muy delgadas. El armatoste se movía tan bruscamente que parecía querer desmontarse. Aun así, la educada Konan había accedido si su madre y Sakura también los acompañaban.
Helen no se lo agradeció en absoluto. Recordaría ese largo día durante los años que le restaban de vida. Su codo había golpeado más veces la puerta que los accidentales pisotones de Sakura sobre sus pies.
Konan compartía asiento con el lord. Se había aferrado con fuerza a un tirador de bronce, al tiempo que había clavado los pies entre el asiento frontal y el suelo. Tenía el trasero como una piedra, y las piernas en tensión; aun así, no perdía su expresión amable.
Sakura había tratado de imitar a su amiga, pero no podía evitar sentirse elevada unos centímetros de la base del asiento cada vez que la rueda pisaba una piedra o cruzaba un desnivel, provocando que su pie golpeara a Helen.
Cierto que aquel carruaje era digno de reyes. El interior se hallaba forrado con un suave paño verde, y los bancos de madera estaban cubiertos por almohadones tejidos con finos hilos brillantes. En los huecos de las ventanas lucían gruesas cortinas muy efectivas para viajar en invierno, lo que no era el caso, pues estaban casi alcanzando el verano.
Era tal el agobio, que Helen y Sakura habían logrado recoger las cortinas, apartándolas hacia un lado. La brisa que entró fue muy agradecida por los ocupantes del vehículo, y de ese modo las lámparas de aceite no debieron encenderse.
La conversación había sido abandonada casi desde el comienzo del viaje. De vez en cuando trataban de comentar algo, pero a riesgo de morderse la lengua en una mala pasada de las ruedas.
El paisaje también comenzaba a cambiar, volviéndose más agreste. En breve entrarían en el bosque, y allí la luz era bastante escasa. El entorno ideal que tanto encantaba a los ladrones que moraban en las miles de hectáreas que se extendían hacia el este.
Sasuke no estaba preocupado por la seguridad, pues nadie con dos dedos de frente se atrevería a atacar a una comitiva tan grande; sin embargo, Sakura y Surrey juntos...
No sabía por qué, pero aunque fueran con la condesa de Mar y su amiga Konan, no se fiaba mucho del conde. Ese hombre no era tonto y sabía muy bien quién era Sakura y lo que quería. Y cierto que no tenía pruebas, y ni siquiera las había buscado, pero tenía la extraña impresión de que Namikaze había tenido algo que ver con la paliza de Deidara.
Esa mañana ni siquiera lo había saludado. El compromiso no era oficial, pero ya todos sabían que pronto se casaría con lady Haruno, y por lo tanto las tierras que él reclamó un tiempo atrás pasarían a ser de Sasuke. No le extrañaba que hubiera cambiado la actitud con él. Nunca se habían llevado muy bien, tenían puntos de vista bastante diferentes, pero entre ellos siempre había habido un mutuo respeto. Surrey, por poder presumir de uno de los ejércitos más grandes de las Highlands, y Sasuke por ser guardián, un título que en aquellos momentos de su vida no podía pasar por alto. Aquélla fue la primera vez que el conde lo ignoraba deliberadamente, y Uchiha ni siquiera le dio importancia al hecho. Casi lo prefirió. Ese hombre y él no tenían nada que hablar, y con seguridad el conde no se atrevería a poner un dedo sobre Sakura viajando con ellos, pero por si acaso, no fuera a quedar viudo antes de tiempo, Silad Yamanaka acompañaba a Naruto.
Se detuvieron a media mañana, y las damas aprovecharon para estirar las piernas y ejercitar un poco los músculos. Necesitaban estar preparadas para el resto de la tarde. Helen ya había planeado una buena excusa para regresar a su carreta. Puede que no fuera tan lujosa como la inglesa, pero su gruesa estructura estaba mejor preparada para soportar los vaivenes del camino sin tener que temer por su vida a cada instante.
Sakura había intentado convencer a Konan de que hablara con su padre y les permitiese ir a caballo porque, aunque tuvieran que ir junto a las carretas, no importaba; pero, al menos, irían alejadas de Surrey. El problema era que el conde de Mar viajaba en la cabecera y Konan prefería esperar a ver al hombre para comentárselo en persona.
Ella misma habría pedido permiso a Uchiha de haberle visto en algún momento, pero ni siquiera durante la comida se había dejado ver, y eso que había estado buscándolo entre los rostros de los guerreros que iban a recoger su cuenco de carne guisada.
Fue Kin, que viajaba en una de las carretas, quien la informó de que a Uchiha le llevaban la comida.
El camino por el bosque fue más lento y pesado, los paisajes siempre idénticos, un árbol, otro, otro y otro.
Cuando alguien gritó un alto en el camino, Sakura no esperó a que se detuviera el carruaje y saltó de él. Le temblaron las piernas peligrosamente, pero recuperó enseguida el equilibrio.
—Sakura, me encuentro muy mal —dijo Konan, tomándola del brazo para dirigirla contra un grueso tronco. Ni siquiera se había dado cuenta de que su amiga había saltado tras ella.
—¿Qué tenéis? —Preguntó, pero cuando la joven comenzó a vomitar se limitó a soplarle la frente—. ¡Helen! ¡Helen!
—¿Qué ocurre? ¡Ay, mi niña!
Sakura vio a Namikaze por el rabillo del ojo. El hombre se había detenido al escuchar las palabras de la condesa de Mar, y al ver el estado en que se encontraba Konan no quiso ni acercarse.
—Traed agua —ordenó la mujer a su sierva, que ya comenzaba a preparar el lugar donde dormirían las mujeres.
Empaparon un pañuelo y lo pasaron por el rostro de Konan, haciéndola sentar en el suelo.
—¡Debes de tener el estómago pegando brincos aún! —siguió quejándose Helen, con los ojos entrecerrados por el enojo.
Sakura acarició el cabello de su amiga, evitando que se le pegara a la cara. Varios hombres se habían acercado, preocupados, y miraban desde una distancia prudente.
—Estamos viajando muy deprisa —dijo Naruto, desmontando de su caballo.
Sakura se unió a la criada y entre ambas prepararon la carreta cubierta. Extendieron los almohadones y las gruesas mantas, cubriendo la totalidad del suelo.
—¿Ha sido divertido viajar ahí? —escuchó la joven que le preguntaban. Se giró levemente para descubrir a Sasuke, apoyado en la otra punta del vehículo. Llevaba un arco colgando de un hombro.
La miraba con ojos burlones y aunque su rostro no estaba serio, tampoco sonreía.
—¿Estás de broma? —Sakura entrecerró los ojos—. ¡No volveré a subir nunca más! —gruñó, buscando con la vista a Namikaze, asegurándose de que no la escuchaba—. Mira sólo cómo está Konan.
Sasuke soltó una fuerte risotada, pero no la miró a ella directamente, sino que clavó los ojos en un punto lejano entre los árboles. Sakura siguió su mirada, pero no vio nada. Buscó algún movimiento, alguna sombra, aguzó los oídos para saber qué podía estar mirando él, que le resultaba tan divertido.
—¿Qué buscas? —preguntó Sasuke, frunciendo el ceño pero sin apartar la vista de los árboles.
—¿Qué buscas tú? —respondió Sakura a su vez, cada vez más intrigada.
—Yo no estoy buscando nada. —Por fin Sasuke la observó con cara de bobo.
—¿Y qué miras por allí?
—Nada.
—¡No soy boba! Algo habrás visto cuando has mirado para allá y te has reído —dijo Sakura, ofendiéndose.
Sasuke le dio la espalda y caminó detrás de la carreta, desapareciendo de su vista.
—¡Este hombre es tonto! —exclamó, dispuesta a seguirle; sin embargo, él apareció de nuevo.
—¿No te ha dicho tu tutor que no puedo acercarme a ti? —le preguntó otra vez, observando los árboles.
—¿Y así crees que estás disimulando? ¿Por eso no me miras al hablar? —Él asintió. Estaba guapísimo.
Sakura rio con fuerza al entenderlo.
—¡No seas tan escandalosa o tendré que irme!
Sakura no pudo parar de reír por un buen rato, y por mucho que Sasuke quisiera contenerse, la risa de la dama era contagiosa. Incluso Naruto, que no sabía de qué iba el tema, los acompañó con varias carcajadas. Uchiha no tuvo más remedio que desaparecer cuando los condes de Mar se acercaron.
Sakura se sintió desilusionada cuando pasaron las horas y Uchiha no volvió a asomar por allí. Había estado escuchando las anécdotas que Surrey les había querido regalar ante la luz de la hoguera.
Había varios fuegos encendidos en el improvisado campamento, y hombres de Uchiha vigilando desde las copas de los árboles. La noche era bastante oscura y sólo algunas antorchas, diseminadas en círculo, los iluminaban tenuemente.
La joven de larga trenza rosa se incorporó del tocón que le sirvió de asiento y se despidió, ocultando un bostezo. El día había sido horrible, y todavía quedaba mucho viaje por hacer. Lo que estaba claro era que no volvería a subir con Namikaze a ese incómodo vehículo. Había descubierto que poseía un aliado mucho más cercano y menos peligroso: Aoi Rokushō, vasallo de su enemigo.
Aoi era un hombre agradable, a pesar de su aspecto rudo y algo desaseado. Seguía vistiendo el plaid, algo que decía muchas cosas de él, por lo menos eso pensó Sakura cuando ambos charlaron después de cenar algo. Fue inevitable comparar a Aoi con Uchiha. Últimamente, lo hacía con todos porque Sasuke tenía las mejores piernas que hubiera visto en la vida. Musculosas, fuertes, de piel dorada...
—¿Te retiras ya?
Sakura se tensó. Estaba oscuro y no veía nada. La voz era inconfundible, como música para sus oídos.
—¿Vas a dedicar todo el viaje a hacer de fantasma? —Sakura lo buscó con la mirada hasta que unos arbustos se movieron frente a ella.
Se recogió las faldas y miró en todas direcciones, asegurándose de que nadie la estaba vigilando.
Con paso lento se introdujo entre las ramas y, de pronto, se vio cogida al vuelo. ¡Qué manía tenía todo el mundo de cogerla en brazos!
—Chisssss —susurró Sasuke en su oído, con voz sensual.
Ella alzó la cabeza y logró ver el brillo de sus ojos negros.
—No puedo demorarme mucho. Helen se ha retirado hace tiempo y se van a dar cuenta de que estamos aquí —murmuró, presurosa.
—No hemos hablado de nuestro compromiso —dijo él. Ya la había dejado en el suelo, pero tenía las manos apoyadas en las estrechas caderas de Sakura.
—No hemos hablado de muchas cosas. ¿Es cierto que ibas a pedirme en matrimonio aunque no hubiera ocurrido lo de anoche?
—Sí.
—¿Por qué? Te dije que no me gustabas.
Sasuke la estrechó contra su cintura y, con delicadeza, le mordió el lóbulo de la oreja.
—Te dije que mentías.
Su voz, junto con su aliento, hizo que Sakura se estremeciera. El corazón adquirió más fuerza, tanto que pensó que Sasuke sería capaz de oírlo. Se aferró a los fuertes brazos de él, e intentó apartarse del deseo del hombre que se hacía más que evidente contra su falda.
—Tengo que irme... —Sasuke se apoderó de su boca, silenciando sus quejas en un largo y profundo beso que dejó a la muchacha completamente hipnotizada.
Sakura pensó que no podía respirar, el beso le estaba encantando, pero en algún momento se había olvidado de respirar y ahora no era capaz de coger el oxígeno suficiente para poder continuar con la comunión de sus labios. Alzó las manos hasta las dos trenzas de Sasuke que llevaba sueltas a ambos lados del rostro, y tiró con fuerza de ellas hacia atrás.
—¡Me ahogas! —jadeó, temblando entre sus brazos.
—Eso es lo que tú piensas —murmuró el hombre, lamiendo su garganta.
Sakura no se había dado cuenta y había dejado caer la cabeza hacia atrás, sin notar que la mano de Sasuke sujetaba su nuca con firmeza.
—¡Sasuke! —Ella le rodeó el cuello con fuerza y se apretó contra aquel cuerpo fuerte y duro, buscando su boca con ansia, deseando acariciar de nuevo su lengua aterciopelada con sabor a miel y frutos secos.
Las manos de Sasuke no estaban quietas, y tan pronto le rozaban las mejillas como enterraba sus dedos en el blando trasero. Sakura se sintió desfallecer cuando los labios se posaron sobre el escote del vestido, mordisqueando la delgada cinta que lo adornaba. Volvieron a besarse y, con una fuerza sobrehumana, Uchiha apartó a Sakura de él y la empujó para hacerla salir de entre los arbustos, justo cuando Konan llegaba hasta allí llamándola en la oscuridad.
—Menos mal que aún estáis aquí —dijo la voz de Konan—. Hay algo que he estado todo el día deseando contaros. Caminemos un poco por aquí, Saku, si no salimos del circulo de luz, nadie se atreverá a decirnos nada. ¿Ocurre algo? Os noto algo asfixiada.
—¡No! —exclamó Sakura, con los latidos de su corazón más ralentizados—. Me asusté —miró hacia los arbustos. Sasuke seguía por allí, aún podía sentirlo—. Decidme, ¿qué es eso que queréis contarme?
La oscuridad amparaba el rosado color de sus mejillas, los pezones erectos que presionaban la tela, insatisfechos por el breve contacto; el ligero temblor de sus piernas y la extraña sensación de vacío en su estómago, como si unas mariposas volaran en su interior, locas por encontrar la salida. Excitada. Aquélla era la palabra correcta para definir el estado justo en que se encontraba. Después de todo, Sasuke ya era su prometido, ¿qué había de malo en que se besaran antes de la boda?
Konan se lo iba a explicar en ese mismo momento:
