Capítulo 16

SASUSAKU


—¿Embarazada? ¿Tan pronto? —Sakura se había detenido, sorprendida. Por mucho que tratara de hacer cuentas, no terminaban de cuadrarle—. ¿Yahico lo sabe?

—Sí —contestó Konan, asintiendo con la cabeza—. Pero le hice prometer que, hasta que no regresara conmigo, no le diría nada a nadie.

—¿Por qué?

La joven se encogió de hombros y trató de sonreír. Sus ojos claros se anegaron en lágrimas al observar a Sakura.

—Tengo tanto miedo de que pase algo malo —su voz se había convertido en un susurro, y Sakura tuvo que aproximar su cabeza a la de ella para poder escucharla—: Tengo la intuición de que algo no va bien, y creo que Yahico está en peligro.

—No debéis pensar eso, Konan. —Sakura le rodeó los hombros—. Él es un hombre muy valiente y fuerte —tragó con dificultad al recordar las palabras del conde de Surrey sobre la negación de los ejércitos al rey de Inglaterra. Bruce siempre estaba en primera línea de fuego. La ofensa a Eduardo se tomaría como un acto de rebeldía por parte de Escocia—. Volverá en poco tiempo, y regresareis a casa a traer un hermoso hombretón al mundo.

Las lágrimas de Konan ahora rodaban brillantes por las pálidas mejillas. Sus labios rosados resplandecían con el fulgor de las antorchas, asemejándose a un puñado de fresas. Se encontraba sola e indefensa sin la presencia de Yahico, y la calidez que todos trataban de darle no tenía semejanza ninguna a la añorada. La tristeza había hecho mella en ella nada más enterarse de la noticia, e incluso había pensado que, con la nueva situación de Sakura, lograría apartar a su amado de la cabeza el tiempo suficiente como para no preocuparse. No era así. Lo echaba de menos, y la pena pesaba en su corazón como un bloque de granito.

—¿Tan duro es, Konan?

—¿El qué?

Sakura buscó entre la oscuridad. Todo estaba quieto y en silencio.

—Amar a una persona —le respondió—. Se supone que cuando se ama no se sufre, a no ser que no seáis correspondida. Pero ambos sabéis que pronto volveréis a reuniros...

—Y mientras tanto, me como las uñas pensando en él. ¿Sabéis cuánto daría yo ahora porque me abrazara? —Agitó la cabeza—. Sakura, no podéis saberlo porque aún no sabéis lo que es amar, pero llegara algún día en que lo sintáis por Uchiha, y entonces os daréis cuenta de lo difícil que es pasar un solo día alejada de él. —Konan se limpió las lágrimas, aunque sus ojos no cesaban de llorar—. Imaginad por un momento que ahora mismo Uchiha se va. Imaginad que no está por aquí, escondido entre las sombras —fingió no ver cómo Sakura alzaba las cejas con sorpresa—. Imaginad que quizá no volváis a verlo. ¿Qué estaríais pensando en este momento?

Un sentimiento desconocido por Sakura hizo que se oprimiera su garganta con fuerza.

—No me gustaría dejar de verlo —respondió en un murmullo—. No... No. No quiero pensar en ello —dijo, levantando la cabeza y saliendo del trance en que había caído. No quería analizar lo que sentía por Sasuke. Le gustaba, le encantaba que la sorprendiera y la enfadara; adoraba las sensaciones que le producían sus labios—. Quizá algún día piense como vos.

Los siguientes días se convirtieron en una monótona rutina. Viajaban en la mañana, se detenían a comer y continuaban hasta que anochecía.

El conde de Mar siguió cabalgando junto a Uchiha a la delantera, pero ahora el joven aprovechaba, y siempre que podía se colocaba a la par de la carreta de las damas.

No hablaba con Sakura directamente, aunque no podía dejar de mirarla en todo momento. A cada día que pasaba, la muchacha se la antojaba más tierna y dulce. Y saber que debía esperar para probarla lo llenaba de ansiedad.

Ken Namikaze, a veces, escogía la montura; y otras se encerraba en su estrafalario coche. Lo malo de esto era que el hombre cabalgaba cuando Konan y Sakura también lo hacían, por lo que las jóvenes habían comenzado a desistir. Con quien sí estaba cogiendo confianza Sakura fue con Aoi. Resultaba un hombre divertido, aunque sus bromas carecían de sentido y sus falsas carcajadas llenaban el bosque. Pero la muchacha, al menos, se entretenía y, poco a poco, fue atreviéndose a preguntarle sobre temas relacionados con Surrey, que el hombre contestaba con sinceridad.

Sinceridad era lo que más le faltaba a Aoi. Quedaban sólo dos días para que ellos y Uchiha cambiaran de rumbo, y Surrey no había hecho otra cosa desde que empezara el viaje que intentar planear el asesinato de Sasuke. No debían permitir que llegara con vida ante Juan de Balliol. Era tanta gente la que viajaba en la comitiva, tantos hombres de Uchiha, siempre atentos y vigilando las espaldas de su señor, que finalmente Namikaze y sus hombres habían decidido actuar de otro modo. ¡Después de todo, Haruno estaba allí y sería la futura señora Uchiha!

Aquella noche, como de costumbre, Konan y Sakura pasearon por el interior del campamento.

Muchos ojos las observaban, pero ninguno se atrevió a molestarlas siquiera. Los hombres se envolvían en sus mantas, recostándose junto a las hogueras. Las siervas, como algunos criados, dormían en carretas o cerca de las ruedas de estas, y otros incluso debajo de los vehículos.

El verano se acercaba a pasos agigantados, y aunque por el día podían alcanzar altas temperaturas, las noches eran todavía frescas, casi frías por el húmedo ambiente que se deslizaba de las montañas, formando ligeras neblinas a ras del suelo.

Fuertes voces comenzaron a elevarse en el campamento cuando las altas llamas lamieron una pequeña estructura que montaban y desmontaban cada vez que se detenían a pasar la noche. Un armazón formado por gruesos palos dispuestos de tal manera que pudieran colgar las ollas a la hora de cocinar.

—¿Qué ha pasado? —Konan se dirigió al grupo de personas que comenzaban a reunirse allí.

Sakura estaba dispuesta a seguirla cuando escuchó el golpe seco contra el tronco de un árbol, detrás de ella. Con una tímida sonrisa se volvió, esperando encontrar a Sasuke entre las sombras. No dejaba de hacer eso y Sakura ya le había advertido que algún día le abriría la cabeza accidentalmente con una piedra por asustarla de esa manera.

Aguzó sus oídos y siguió a ciegas el ruido que el hombre iba haciendo por el sendero. Todos estaban demasiado ocupados con las recientes llamas como para advertir que Sakura se iba alejando, poco a poco, de la vista de los vigías.

—¿Sasuke? —susurró, extrañada de que aún no hubiera visto al hombre.

Se sintió repentinamente atrapada por la espalda, al tiempo que una mano fuerte y rasposa cubría sus labios con fuerza.

Se asustó al darse cuenta de que Uchiha no era quien estaba allí. No podía verlos, pero al menos había dos hombres que comenzaron arrastrarla por el bosque hasta que llegó un momento que desaparecieron los reflejos de las antorchas.

Sakura intentó gritar, y luchar con toda su fuerza, al ser consciente de que estaban secuestrándola. Mordió la mano de su agresor con tanta fuerza que pudo escuchar el ahogado lamento del hombre.

—¡Ayúdame! —susurró uno de los sujetos, aferrando la larga trenza en su mano y enrollándosela en la muñeca.

Sakura escuchó el tejido al romperse y, seguidamente, le colocaron una mordaza al tiempo que ataban sus manos con una fina soga que raspaba su carne suave.

Cada vez se adentraban más en la espesa oscuridad, y los rayos de luna no eran capaces de introducirse entre las ramas de los árboles. Sakura tropezaba constantemente con las raíces que cubrían el suelo, pero estaba tan asustada que lo único que intentaba era golpear a sus secuestradores y regresar junto a los demás.

La última vez que cayó, fue levantada por el cabello sin ningún miramiento. Golpearon su mentón con fuerza y perdió la noción del tiempo, hundiéndose en un oscuro y profundo abismo.

Durante el resto de la noche despertó varias veces para descubrir que viajaba sobre un caballo, recostada sobre la grupa, con el pecho aplastado por la gruesa manta que cubría al animal. La posición era tan incómoda que la obligaba a abrir los ojos con cierta frecuencia, pero su mente iba y venía en un mundo de tinieblas e incertidumbre.

En el campamento ya se habían hecho con el control de las llamas, y todo parecía volver a la realidad; todo excepto que Konan no era capaz de encontrar a Sakura. La muchacha ya estaba acostumbrada a que su amiga desapareciera, y ahora era ella quien escondía su secreto y se guardaba para sí el conocimiento de los encuentros secretos, tal y como Sakura hizo cuando ella se veía con Yahico.

No se preocupó al imaginar que ambos estarían juntos en algún lugar del bosque, de modo que en silencio se retiró a dormir.

Helen estaba tan profundamente dormida que no echó en falta a la muchacha, y tan sólo soltó un suspiro de queja cuando Konan se recostó a su lado.