Capítulo 17
El aviso de que pronto reiniciarían la marcha llegó con un potente y agudo chillido del cuerno que retumbó en el bosque, haciendo que los pájaros levantaran el vuelo, asustados. Multitud de hojas cayeron de las ramas, brillando como el oro al atrapar los primeros rayos del sol. El cuerno era un instrumento que los vikingos habían llevado hasta allí. Los irlandeses habían adquirido el hábito de utilizarlo antes de entrar en batalla, y ellos le daban el mismo uso para todo. Daba lo mismo que fuera para dar una noticia buena que una mala. Un nacimiento o un funeral.
Todos terminaban de prepararse para continuar el camino. Todos menos Konan, que después de haber esperado nerviosa el regreso de Sakura, comenzó a preocuparse. Deambuló por el campamento, haciendo tiempo para que llegara. Al oír el cuerno terminó por comprender que, o bien Sakura cabalgaba con Uchiha, o mucho se temía que podía haberle sucedido algo. Rezó para que no fuera esto último. Si algo le ocurría, se culparía de ello toda la vida.
Konan, cuando se asustaba se enfurecía, y mientras trataba de encontrar a su amiga hacía una larga lista de todas las cosas que le diría: la llamaría insensata o despreocupada, o mal amiga por hacerla padecer todo aquel sufrimiento.
La gente comenzaba acomodarse en las carretas como bien podían. Al haber desacelerado la marcha, había quienes lo hacían caminando junto a los vehículos.
Konan estaba a punto de ponerse a gritar si Sakura no aparecía en aquel mismo momento. Naruto entró en su campo de visión en el instante en que bajaba de su caballo para charlar con alguien, y ella no se lo pensó dos veces. Se alzó las faldas del vestido hasta por encima de las rodillas y subió sobre el animal en un abrir y cerrar de ojos.
Se armó un barullo tras ella. Las voces de varios hombres gritándole, incluso Helen la llamaba con la sorpresa reflejada en su voz. Ignoró a todos y lanzó al corcel hasta la cabeza de la comitiva. Debía asegurarse de que Sakura viajaba con Sasuke, ¡qué diablos! Le iba a gritar como una posesa y la castigaría sin volver a hablarle durante una temporada.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó alguien al ver al jinete que se acercaba en una loca carrera.
La figura de una mujer, experta en caballos, con los cabellos volando tras su espalda como un manto azulado atrajo la atención de todos los presentes. Era una amazona soberbia, y su belleza arrebatadora. Muchos alabaron la suerte de Yahico por tener una esposa así.
Sasuke también la admiró, era innegable que era muy hermosa, y también que estaba muy enamorada de su amigo.
Vio a la joven detener a la bestia frente a él, y cuando el animal comenzó a elevarse sobre las patas traseras le quitó las riendas hasta que el bicho quedó quieto.
—¿Os habéis vuelto loca, lady Konan? —le dijo, furioso. Si algo le ocurría a la condesa estando bajo su protección, sería su perdición—. ¿Dónde creéis que vais cabalgando así?
—¡Decídmelo vos! —Gritó ella, buscando ansiosamente con la vista a su amiga—. ¿Dónde está Sakura?
—¿Sakura? ¿Qué le ha pasado? —preguntó el conde de Mar, que también lucía su enojo con el ceño fruncido.
—¿No ha pasado la noche con vos? —Konan enfrentó a Sasuke, elevando el mentón, desafiante. Uchiha no había tardado ni dos segundos en subirse a su caballo, y eso dejaba en desventaja a la muchacha.
—No —negó Sasuke. Su rostro furioso de hacía unos segundos era ahora de sorpresa, incredulidad y preocupación—. ¿Cuándo fue la última vez que la visteis?
Konan lo observó con los ojos dilatados por el pánico.
—Konan, ¿dónde está Sakura? —insistió su padre.
—Desapareció anoche —murmuró con voz rota—. Pensé... pensé... —tragó con dificultad al mirar a Sasuke. Éste asintió. Entregó las riendas del corcel de la joven al conde de Mar, y lanzó su montura al galope hasta llegar a las carretas.
No estaba. Sakura no estaba.
Uchiha revolvió el campamento entero, mandando varias patrullas en busca de señales. Él sólo ordenaba, y además a gritos. Recorrió varias millas a la redonda acompañado de varios hombres.
Naruto era incapaz de decirle algo en aquel estado. Su amigo parecía estar a punto de sufrir un colapso de un momento a otro. Puede que fingiera que era un guerrero, y que su corazón no era más que una piedra en cuestión de amores; sí, puede que quisiera disimularlo, sin embargo sus ojos negros eran los de un loco. Su cuerpo soportaba una fuerte tensión, y su rostro era un cuadro de las emociones más complejas. Terror mezclado con furia; ansiedad con serenidad.
—Han encontrado algo —dijo un jinete que llegaba desde el sur. El sujeto hizo girar su caballo, incitando a Sasuke a que lo siguiese.
Naruto y él lo siguieron a galope tendido. Las mantas escocesas se agitaban al viento, mostrando las fuertes piernas que quedaban descubiertas hasta los muslos; de calzado usaban gruesas suelas que aseguraban con largas cintas que iban desde los tobillos hasta las rodillas, rodeando los contornos de las pantorrillas.
Los tres hombres grandes y fuertes llegaron a la zona que un vigía ya estaba inspeccionando.
—Aquí hay marcas de caballos. Son tres y se dirigen hacia allí —señaló hacia lo más profundo del bosque.
—Naruto, debes hacerme un favor: haz que los Condes, y en especial lady Konan, lleguen bien a casa. Envía a Yamanaka y a su pariente; manda también un rastreador y que me alcancen. —Miró al sujeto que le había informado en un primer momento—. Vendrás conmigo.
—Esto retrasará tu llegada a ver a Balliol —advirtió Naruto.
—Dime algo que no sepa.
—Surrey dice no haberse dado cuenta de nada, y no falta ninguno de sus hombres.
—¿Lo habéis comprobado? —le gruñó con los labios apretados. Las venas de su cuello parecían hierros de lo tensas que estaban.
Naruto asintió, aunque no estuvo seguro de que Sasuke lo hubiese visto.
—Tomaron el camino cerca del campamento —volvió a decir el vigía que, sobre el suelo, seguía estudiando las plantas y las marcas de la tierra levantada por los cascos de los caballos—. Aquí cogieron monturas. —Se mesó una sucia y larga barba cuando miró a su señor, levantando la cabeza—. Los asaltantes se limitan a posesionarse de todo lo que pueda venderse o comerse —se encogió de hombros—. Yo diría que estos tienen cierta experiencia.
—Averigua si alguien vio o escuchó algo —dijo Sasuke, agitando ligeramente las riendas y mirando a Naruto—. En cuanto lleguéis, envía a mi hermano a las tierras de Surrey, ¡hasta que no aparezca Haruno no quiero que lo perdáis de vista!
—¿Qué tiene que ver ese hombre con tu prometida? —preguntó Naruto con extrañeza.
Sasuke lo miró por unos segundos, pero no le respondió.
—Tu nombre era Tetsu, ¿verdad? —se dirigió al otro.
El aludido asintió, sorprendido de que Uchiha conociera su nombre. Sasuke tenía buena memoria y había visto a ese joven en el campo de entrenamiento. Posiblemente tuviera apenas los dieciocho años, como el Yamanaka. Sasuke ya tenía veintiséis.
—Vayámonos. —Ambos azuzaron los caballos, dejando a Naruto mirándolos con envidia. Naruto adoraba estar metido en todo, había nacido para divertirse, para jugar, para pasarlo bien destrozando ingleses con su hacha de guerra. Maldijo a su suerte, que lo obligaba a quedarse a proteger a la condesa de Carrick. ¡Mierda, le acababan de hacer responsable de la comitiva!
—¡Me debes varias, Uchiha! —gritó, malhumorado, y el suave viento se llevó el eco de su voz entre los árboles.
Sakura observó el interior de la cabaña con olor a rancio y orín. La humedad se filtraba por todas partes y hacía mucho frío. Tembló. La noche se la venía encima y ni siquiera le habían dejado una manta o algo parecido para cubrirse.
Su estómago rugía por no haber comido durante todo el día, y estaba asustada. Los hombres que se hallaban fuera no estaban siendo nada amables, y en cuanto se le ocurría preguntar algo, la abofeteaban y disfrutaban con ello. Sus mejillas hinchadas aún ardían después de haber intentado escabullirse de ellos.
Debería de tener algo de fuerza, pues había viajado sobre un caballo desde que se la llevaron la noche anterior, y aunque en un principio la habían arrojado sobre el animal, finalmente la habían dejado cabalgar junto a ellos, sin dirigir las riendas por supuesto. Pero estaba agotada y hambrienta, ronca de gritar, dolorida por mostrar su osadía, y asustada porque sabía que la muerte la esperaba al final del camino.
¿La encontrarían? ¿Por qué tardaban tanto? Sakura no tenía ninguna duda. Konan al menos la habría echado en falta, y su amiga no iba abandonarla, ¿verdad? ¿Y Sasuke? Seguro que él no tardaría en aparecer. Se agarró a esa fe ciega, entregándole un voto de confianza. Era guardián de Escocia y, por tanto, su protector.
Quiso llorar pero ya tenía los ojos secos, y de su garganta sólo salían ruidos roncos y ásperos que lo único que hacían era producirle un terrible dolor.
Se ubicó en un rincón de la cabaña. Era una vivienda de un solo ambiente, que tan sólo poseía una chimenea de piedra, medio derruida y vacía de leña. Estaba pendiente de los sonidos que llegaban del exterior, donde una fina llovizna caía débilmente sobre el tejado. Al menos era una estructura sólida, pero temía que, de seguir lloviendo, sus agresores también quisieran compartir el edificio.
Sus ropas se hallaban sucias y el calzado embarrado y mojado.
Se agachó en su rincón, con los ojos clavados en la puerta, y una piedra de forma puntiaguda en la mano. Sería inútil luchar contra los hombres, pero no moriría sin defenderse.
