Capítulo 18
Sakura no se movió de su rincón en toda la noche. Se había sentado con la cabeza apoyada en el ángulo de las paredes, sin apartar los ojos de la desvencijada puerta. O al menos, de dónde creía que estaba situada, porque la oscuridad en el interior era total y sólo sus ojos relucían como brillantes. Cada vez que notaba que sus parpados se cerraban, cabeceaba ligeramente y volvía a tratar de escuchar los sonidos procedentes del exterior.
Había perdido la noción del tiempo a lo largo de aquella larguísima noche. De lo único que era consciente era del frío que penetraba en sus huesos.
Para no dormirse, trató de recordar cosas buenas, cosas que quizá no volviera a tener o a compartir, ahora que comenzaba a perder la esperanza de que la encontraran. Pensó en Uchiha y en su sonrisa traviesa. Evocó la primera vez que lo vio, confundiéndolo con un hombre mayor. Todavía podía sentir cómo se ruborizaba al visualizar desnudo su cuerpo de músculos duros.
La puerta se abrió, entre crujidos de madera, y uno de los sujetos penetró en la cabaña portando una antorcha.
Sakura se cubrió los ojos, cegada momentáneamente. No le dio tiempo a enfocar la vista cuando fue levantada con brutalidad por un hombro. Los dedos de su agresor se clavaron en su carne hasta llegar al hueso, produciéndole un dolor espantoso.
Sakura gritó y el hombre la soltó, encaminándose hacia una de las paredes para dejar la antorcha colgada de una argolla de acero.
La habitación estaba más sucia de lo que Sakura había creído en un primer momento.
—¡Desnúdate!
—No. —Sakura agitó la cabeza y caminó hacia atrás, chocando con el rincón. Su mente había entendido perfectamente aquella orden y había respondido por inercia.
El sujeto se frotó las manos contras los muslos, y con una sonrisa perversa caminó hacia ella.
—¡No! —volvió a gritar la joven, apartando las manos que querían tocarla. El hombre estaba jugando con ella, pinchándola con un dedo en la cintura, con otro en la espalda, en la mejilla, en el cuello...
Sakura lo empujó, pero él ya estaba preparado para ello. Agarrando el escote de la joven, lo rasgó en dos, dejándolo completamente abierto hasta un poco más abajo de la cintura.
La muchacha se cubrió los senos con las manos. El vestido era muy ajustado para que hubiera admitido alguna camisola, por lo que bajo la prenda se hallaba desnuda.
El hombre rugió con ferocidad, observando con ansia la cremosa y pálida piel que brillaba bajo la llama de la tea. Sus ojos obsesivos se detuvieron en la cintura estrecha, en su abdomen liso y blanco, y en el gracioso ombligo.
—¡Tenemos que irnos, nos siguen!
El segundo hombre asomó sólo la cabeza desde la puerta.
—¡Espera fuera! —le ordenó el de dentro.
—He dicho que nos vamos —insistió, golpeando con el puño el marco de la puerta.
Sakura, cubriéndose como podía, los observaba en silencio. Estaba muerta de miedo, a merced de aquellos dos locos. Todo sucedió tan deprisa que los ojos verdes de Sakura reflejaron la sorpresa y la crueldad de sus captores.
El hombre que se hallaba aún en la puerta caminó hacia el que amenazaba a Sakura. Sacó un cuchillo de unos quince centímetros de largo y, de un solo movimiento, rebanó el cuello del hombre. Observó a Sakura con serenidad.
—¿Estáis bien?
—Sí —logró musitar ella, con la boca seca, sin poder apartar los ojos del cadáver. La sangre seguía saliendo a borbotones de su garganta destrozada, y el potente olor a herrumbre llenó el lugar.
—¡Quítale sus ropas y póntelas! —dijo el hombre sin dejar de mirarla.
Ella negó con la cabeza. No podría ponerse las ropas de ese hombre, no; ni siquiera se atrevía a tocarlo.
El sujeto se guardó el arma, y él mismo se inclinó sobre su compañero, arrebatándole la manta.
—Si quieres viajar con ese vestido, a mí me da igual, siempre que a ti no te moleste ir enseñado los pechos. —La mirada del hombre estaba clavada allí, justo donde ella tenía las manos colocadas.
El vestido era de una sola pieza, de escote cuadrado y ajustado hasta un poco más abajo de las caderas, que era donde comenzaba a ampliarse un poco. Las mangas eran largas y estrechas, acabadas en unos puños amplios y holgados. Rodeando la cintura había una cenefa de unos diez centímetros y caía por delante de la falda, entre las piernas, hasta llegar al bajo. Ahora toda la parte delantera había quedado abierta y no había modo de arreglarlo. Vio cómo el hombre salía, quedándose en la puerta, dándole la espalda.
Sakura suspiró, temblorosa. No podía viajar así. Bastante preocupada estaba por su vida como para estar pensando si llevaba la ropa bien puesta.
Llegó volando una camisa oscura de tela muy áspera que, al menos, parecía limpia. Cuando Sakura levantó la mirada para agradecerle al hombre, éste había vuelto a darle la espalda.
Ella aprovechó para despojarse del vestido y ponerse el descolorido plaid del hombre. Por lo menos, abrigaba mucho más que las ropas que ella había tenido puestas.
La manta le llegaba hasta debajo de las rodillas.
El hombre de la puerta se dio la vuelta para observarla con interés. Se acercó hasta ella, pero Sakura no se atrevió a mirarlo a los ojos, ni siquiera cuando él volvió a sacar el cuchillo que aún tenía rastros de sangre.
Sakura cerró los ojos con fuerza, y rezó a Dios. Sintió un ligero tirón en la cabeza y esperó a que el dolor fuerte llegara. No llegó y Sakura, soltando el aire que había guardado, abrió los ojos cuando el hombre ya salía por la puerta. Todavía estaba con vida. Suspiró.
Con el corazón latiéndole como un poseso en su pecho, se quedó quieta.
—¡Vámonos! —gritó él desde fuera.
La muchacha tragó con dificultad. Podía intentar escaparse de nuevo, pero el hombre que estaba ahí era un asesino, y el que se hallaba a sus pies, semi-desnudo, era el primer muerto que ella veía.
Saltó sobre el cadáver con cuidado, todavía temerosa de que pudiera levantarse.
Sakura sintió el ligero cosquilleo en sus mejillas y en el cuello. Al llevarse las manos hacia allí fue cuando, con horror, se dio cuenta de que la trenza había desaparecido. Su cabello no estaba.
—Por tu bien, será mejor que no le hables a nadie de lo que ha ocurrido aquí —dijo el hombre que estaba esperándola en el exterior. Sus ojos eran dos pozos oscuros e insondables.
Sakura asintió bajo la cruel mirada. Vio cómo el hombre lanzaba su trenza a la hoguera, de la que sólo quedaban cenizas y restos de ascuas; algunas aún brillando con el potente rojo del fuego.
¡Estaba viva e intacta! ¿Qué más daba si le había cortado su preciosa cabellera? Una vez, hacía mucho tiempo, había estado a punto de quemársela. Temari y ella habían estado jugando a encender delgadas pajas, arrimándolas a la hoguera del salón. En un descuido, el cabello de Sakura habría prendido pero todo había quedado en un susto. Ella había llorado porque sabía que su padre siempre hablaba de su cabello. Aquel día Kizashi la había abrazado durante mucho tiempo, e incluso la había acompañado mientras una de las siervas, armada con unas tijeras, se lo intentaba arreglar.
—No te preocupes por tu hermoso pelo, Sakura. El cabello siempre crece, es una de las pocas cosas en este mundo que siempre tienen arreglo.
Aún era de noche, pero ya comenzaba a clarear con las primeras luces de la aurora. Sasuke y Tetsu estaban agachados tras unos espesos arbustos, observando la cabaña envuelta en sombras. Habían dejado los caballos un poco más atrasados, con Yamanaka cuidando de ellos. El rastreador se hallaba en algún árbol, con su arco bien dispuesto, esperando a ver salir a los ocupantes de la cabaña o la señal de su señor.
Habían comenzado a dar vueltas cuando la lluvia apretó. Por fin habían encontrado aquel lugar. El único de los alrededores en el que habían encendido una hoguera. ¿Por qué la habían prendido en el exterior si había una cabaña? Eso era lo que más le extrañaba a Sasuke, que no apartaba los ojos de allí.
En el interior del edificio también había luz, y esperó ver a Sakura salir de un momento a otro. Deseó que aquéllos fueran los hombres que la habían retenido.
A medida que pasaba el tiempo, la preocupación crecía. ¿Quién podía odiarla tanto como para querer hacerle algo malo? ¿Y si era por él? ¿No sería una treta de Namikaze para no llegar a tiempo de avisar a Juan?
¡Al diablo Juan, Surrey y el mundo entero! Él sólo quería recuperar a Sakura y llevarla con él. Ni siquiera quería pensar en cómo lo estaría pasando la joven. Debía estar aterrada. «Ella es fuerte» —repitió la mente de Sasuke con rotundidad.
Vio salir primero a un hombre. Desde allí, tan sólo se podía percibir la silueta. El hombre se detuvo, y al poco salió otro. Debía de ser un jovencito, por su aspecto delgado y fibroso. El primer hombre cogió en vilo al muchacho y lo subió a la grupa de un animal.
Sasuke esperó la salida del tercer hombre, había tres caballos, tres hombres.
¡Mierda!
Se incorporó, gritando, corriendo hacia los jinetes al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.
Uchiha se detuvo a medio camino, preparando el arco.
—¡Sasuke! —escuchó el grito de Sakura, llamándolo. Los caballos ya se habían puesto al galope.
Sasuke no tenía blanco. Volvió a correr tras ellos, que fueron acortando las distancias. Podía escuchar los cascos entre los árboles, pero hubo un momento en que debió desistir por falta de aliento.
Se inclinó sobre sus rodillas, jadeando.
—¡Yamanaka! ¡Tetsu! —gritó, regresando hacia la cabaña.
Los hombres no tardaron en llegar, con los animales, hasta su altura.
Sasuke colocó el arco sobre la montura al tiempo que sacaba dos largas hojas de acero para colgarlas cruzadas tras su espalda.
—¿Eran ellos? —preguntó Silad Yamanaka.
Sasuke asintió, y esperaron a que se acercara el pariente de Silad que había ido al interior del edificio.
—Hay un hombre muerto ahí dentro, y también encontré esto —lanzó el desgarrado vestido de Sakura al suelo, frente a los pies de Sasuke.
El hombre se inclinó, tomando la prenda con una mano y clavando los dedos con fuerza hasta formar un puño cerrado con parte del tejido.
—¡Vamos! —Con una furia cegada por la rabia, montó en su caballo y abrió la marcha.
