Capítulo 19


Sakura no dejaba de mirar atrás, esperando ver de un momento a otro a Sasuke. Lo había reconocido entre las sombras, y una nueva llama de esperanza iluminó sus ojos verdes.

Se sujetaba con fuerza a las crines del animal para no caer. Había intentado cogerse a las riendas, pero el sujeto que guiaba su montura le había golpeado las manos al tratar de hacerlo.

El hombre llevaba a los caballos a la carrera, mientras su mente trazaba los últimos detalles del plan. La vista comenzó a jugarle malas pasadas cuando los primeros rayos de sol empezaron a filtrarse por entre las ramas de los árboles, haciendo brillar las hojas oscilantes. Tenía la sensación de ver sombras que se movían continuamente, corriendo de árbol en árbol. Se detuvo en un claro. No era un lugar muy amplio.

—Puede que nos veamos en otra ocasión —susurró el bandido con frialdad.

Sakura levantó la mirada hacía él, atónita. ¿Significaba eso que la dejaba marchar?

Los cascos de los caballos se acercaban con velocidad, y con una precisión tan aterradora que el malhechor no perdió ni un solo minuto en contemplaciones. Con fuerza cruzó el rostro de la joven con el dorso de la mano, haciéndole perder el equilibrio de su montura.

La muchacha se desplomó, rodando hasta el suelo, donde su cabeza chocó contra algunos troncos. Trató de abrir los ojos, pero un fuerte y lacerante dolor le impidió pensar con normalidad. Podía ver las patas del caballo muy cerca de ella, moviendo la tierra de manera peligrosa.

El hombre la miró una sola vez antes de instar a su caballo a subir una pendiente rocosa. Ya tenía elegido el lugar donde se colocaría, y con un ligero temblor de manos sacó la reluciente ballesta de la saca que colgaba de la montura.

El arma era una joya especial por la que había pagado muchas monedas. La ballesta tenía un tamaño más reducido de lo normal, y sus puntas estaban trabajadas delicadamente.

Apuntó sin dejar de observar a la Haruno, que seguía tendida en el suelo. Sólo deseó no confundirse. Tenía una percepción más o menos clara de quién era el Uchiha, y su deber era no fallar.

Sasuke fue el primero en llegar. Desmontó de su animal sin siquiera frenarlo antes, y recorrió la zona con sus ojos oscuros, indagando en cada sombra y cada árbol. Con prisa llegó hasta la joven, arrodillándose junto a ella.

Sakura tenía los ojos cerrados. Su rostro se hallaba cubierto de moratones y un ligero corte cerca del labio sangraba débilmente. El cabello rosa se había cubierto de hojas secas y briznas de hierba.

Sasuke acarició con suavidad la cabeza de la muchacha enterrando sus dedos en la corta y desigual cabellera.

—Sakura, por favor, háblame —suplicó él, acercando sus labios a los de ella. Le rozó la boca, las mejillas, la frente.

Ella entreabrió los ojos y le regaló una sonrisa de alivio. Apenas fue una línea pintada en su magullado rostro.

—Sabía que vendrías a buscarme —murmuró con voz temblorosa.

El hombre le pasó un brazo tras la delgada espalda, y la acercó contra su duro pecho en un abrazo cargado de emociones.

—Nunca hubiera dejado de hacerlo —dijo él con los ojos empañados.

La flecha cortó el aire, silbando con potencia. La punta reluciente penetró en la carne traspasando las gruesas ropas. Un ligero sonido que hizo que Sasuke levantara las cejas, con asombro e incredulidad. Trató de sonreír a Sakura para tranquilizarla, pero su boca no dibujo más que una triste mueca. Se desplomó sobre ella.

Tetsu cruzó con velocidad el claro, en pos del atacante.

Silad Yamanaka y Fū, su pariente, corrieron a prestar ayuda al Uchiha y a la joven, que luchaba por salir de aquel cuerpo que la aplastaba.

Sakura boqueó al ver la flecha clavada en el costado de Sasuke. La herida sangraba con abundancia, tiñendo las ropas al tiempo que las empapaba. Ella tembló, aterrorizada, e intentó despertar al gigante gritándole en el oído.

Sasuke no se movió. Su cuerpo seguía estando allí, pero la mente, la realidad, su conciencia, todo había desaparecido para dejar paso a la nada. Al vacío.

Apartaron a Sakura a pesar de que ella gritó y luchó por seguir sujetando la inerte mano de Sasuke.

—¿Cómo os encontráis, lady Haruno? —preguntó Silad con la voz de alguien que está acostumbrado a ver esas escenas dantescas.

Ella rompió a llorar, con la vista clavada en Sasuke. Habían recortado la flecha con una hoja estrecha después de haberle desprovisto de la camisa. Entre Fū y el rastreador rasgaron la prenda con la que envolvieron al hombre, tensándola bien sobre la herida. Trabajaban con velocidad.

—Se pondrá bien, ¿verdad? —preguntó Sakura a través de las lágrimas. Sólo deseaba acercarse a Sasuke y abrazarlo.

—Es un hombre fuerte —se atrevió a contestar Silad—. Vos, ¿cómo estáis?

Ella movió la cabeza, abriendo y cerrando la boca. No se encontraba bien. Se arrodilló junto a un árbol cercano y vomitó la bilis amarga; lo único que tenía en el cuerpo.

Silad no hizo ningún intento de acercársele, y apartó su vista de ella hasta que Sakura se incorporó, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—Pero ¿se pondrá bien? —insistió.

Yamanaka se encogió de hombros. Él no podía saberlo con exactitud. Lo normal era que esas puntas estuvieran cargadas con algún veneno.

—A un par de horas de aquí está Lareston. Es una aldea bastante grande —dijo el hombre, que apretaba la improvisada venda. Uchiha gimió.

—¿Será prudente moverlo de aquí? —Sakura, un poco más tranquila, se acercó hacia el herido. Su rostro había perdido todo el color, tornándose ceniciento.

—No lo es —afirmó el rastreador—, pero su vida corre peligro. Se puede desangrar aquí, o por el camino, o quizá puede que lleguemos, y en Lareston tenga más posibilidades de salvarse.

La muchacha se dejó caer junto a Sasuke y le pasó los dedos sobre la áspera mejilla. Llevaba al menos dos días sin rasurarse y, con la sucia barba, comenzaba a recordarle a cuando lo había conocido. Le estudió fijamente, queriendo grabar en su mente el rostro de la persona que, poco a poco, se había ido convirtiendo en un pilar muy importante para ella. Ahora ya no estaba segura de si la ternura que la embargaba era de preocupación y compasión, o del dolor de pensar que podía perderlo para siempre. Y no quería perderlo. No podía hacerlo.

—Por favor, ayudadnos —rogó ella, levantando la cabeza de Sasuke para colocarla sobre sus piernas con cuidado.

Tetsu regresó a los minutos, con una expresión desolada en su joven rostro. Por sus rasgos, todos comprendieron que el atacante había logrado escapar.

—Me acercaré a Lareston —dijo el rastreador, montando en su caballo—, iré buscando un sitio donde Uchiha pueda recuperarse. ¿Sabréis llegar hasta allí?

—Sí —asintió Silad—. Kabuto, no le digas a nadie sobre nuestras identidades.

Hacer el camino les llevó mucho más tiempo del necesario. Sasuke no recuperó la conciencia; aun así, se quejaba continuamente. Iba amarrado a su caballo de tal modo que se moviera lo menos posible para que la herida aguantara sin sangrar.

Sakura cabalgaba a su lado, retirándose las lágrimas que bajaban rodando por sus mejillas de cuando en cuando. Lo miraba una y otra vez, estudiando sus gestos, esperando que abriera sus ojos burlones y le dedicara una de sus sonrisas traviesas, pero Sasuke no recuperaba la consciencia y ella se desesperaba por minutos.

Lareston, más que una aldea, era una ciudad. Había crecido notablemente y los edificios se alzaban orgullosos sobre una enorme pradera. La mayoría eran construcciones bajas, de una sola planta, a excepción de la calle principal donde se levantaba la iglesia y un par de edificios.

La gente iba y venía, recorriendo las calles, esquivando a los bueyes que tiraban de grandes carretas cargadas de los víveres que sustentarían a muchos ese invierno. El ambiente era bullicioso y casi festivo. Mercaderes gritando al ofrecer sus mercancías, niños corriendo con espadas fabricadas en madera, haciendo trotar sus imaginarias monturas.

El grupo avanzó lentamente. Muchos ojos se iban posando en ellos. Los animales caminaban despacio.

Sakura se cubrió las piernas desnudas ante las miradas atentas que se clavaban en ella.

—Es una mujer —escuchó que susurraba alguien.

Sakura bajó la mirada, tratando de pasar desapercibida. Cuanta menos gente supiera que estaban allí, y quiénes eran, mejor para todos; sobre todo para Sasuke, que necesitaba recuperarse.

Kabuto les salió al encuentro para dirigirlos hacia una zona más alejada. La posada apenas tenía dormitorios libres, sin embargo, el hombre había conseguido un lugar donde Sasuke pudiera recuperarse sin llamar la atención. Se trataba de una pequeña casa cuadrada construida con adobe y tejados de madera cubiertos de paja.

El interior no era ninguna maravilla y había sobre el suelo varios jergones extendidos, además del estrecho catre, una mesa rectangular con varias sillas viejas y una chimenea de piedra donde una olla negra colgaba de unas cadenas dispuestas a tal efecto.

—Es lo único que he podido conseguir. Le he prometido al dueño una generosa propina —se disculpó Kabuto.

Sakura no estaba muy interesada en el lugar, sólo se hallaba preocupada porque Sasuke se encontrara bien en aquel raquítico colchón de lana.

—Hay un pozo fuera, cerca del establo —le dijo Kabuto, comenzando a cortar los ropajes de Uchiha—. Necesito esto con agua.

Silad cogió el recipiente que le ofrecía y salió de allí. Sakura se estrujó las manos, nerviosa. No soportaba ver a Sasuke tan quieto.

—Señora, debería buscar entre las cosas de él. Quizá guarde algo de oro.

Sakura, al menos, se sintió útil mientras registraba las pocas pertenencias de Uchiha. La mayoría de las cosas que guardaban eran armas: un cuchillo, el arco, dos espadas de acero, un escudo, una manta y una pequeña saca que contenía un diminuto monedero y los útiles de la costura que Sakura usara cuando le cosió el plaid.

—Apenas lleva unas monedas —informó ella, entrecerrando los ojos. Con eso apenas les llegaría para nada.

—Tetsu, encárgate de vender el caballo que traía a la señora, y de paso intenta averiguar a quién perteneció, o si alguien lo reconoce.

Sakura observó a Kabuto con interés. El hombre, posiblemente, era el más mayor de todos. Su cabello, la totalidad cubierto por hebras plateadas, lo llevaba recogido en varias trenzas de diferentes tamaños. Sus manos arrugadas y ajadas trabajaron sobre el cuerpo de Sasuke con la máxima concentración.

—Señora, sujetadlo con fuerza de los hombros.

Sakura se colocó en la cabecera del catre y apoyó sus manos donde el hombre le había indicado. Tragó con dificultad cuando vio la afilada hoja de una daga introduciéndose junto a la punta clavada en la carne de Sasuke.

El herido gritó, queriendo incorporarse. Sakura luchó contra él, apoyando todo el peso de su cuerpo. Fū la ayudó, tratando de inmovilizarlo.

Los gritos de Sasuke hicieron temblar la pequeña construcción. Kabuto había comenzado a sudar, pero no había apartado la hoja y seguía hurgando hasta lograr retirar la flecha en su totalidad.

—Todo va a ir bien —susurró en el oído de Sasuke con voz temblorosa. Tenía el corazón completamente desgarrado al ver sufrir al hombre. Todo estaba ocurriendo por su culpa. De no haber ido a salvarla, él estaría perfectamente.

—Lave la herida con esto, señora. —Kabuto le dio un paño humedecido y ella obedeció al instante. Al menos, Sasuke parecía descansar y no volvió a quejarse por un buen rato.

Sakura se recostó en el suelo, envuelta en su manta, tal y como había visto que hacían los hombres. Tan sólo Tetsu y Kabuto se quedaron cuidando del enfermo mientras el resto descansaba. Una de las veces que despertó, descubrió que la luz de la luna penetraba por una de las ventanas abiertas. El ardor febril inundaba el lugar, cargando el ambiente de un espesor extraño. El hedor de la enfermedad y el calor de las brasas que chispeaban en la chimenea era insoportable.

Sakura se pasó las manos por la cara, ahogando la exclamación de dolor al tocarse los golpes. Había estado tan preocupada por Sasuke que no había comenzado a sentir sus propias heridas hasta ese momento. Se palpó el rostro con suavidad. Por un ojo veía mal, nublado y turbio. Estaba hinchado y de un tono violeta oscuro. Sabía que debía de estar horrible. La cara desfigurada, vestida como un hombre, el cabello a la altura del cuello. Si al menos pudiera gesticular sin sentir ni un solo dolor... Agitó la cabeza. Entre las sombras vio a Kabuto acercándose a Sasuke con un paño entre sus manos.

—¿Cómo está? —susurró ella, incorporándose pesadamente.

—Ahora mismo se encuentra a merced de la fiebre. Rezaremos para que la infección no se extienda más allá de la herida.

Sakura se acercó a Sasuke. Tan sólo una pequeña lámpara sobre la mesa iluminaba débilmente el lugar.

Los dos Yamanaka y Tetsu dormían sobre los jergones.

El rostro del Uchiha se hallaba inexpresivo. Tenía los ojos cerrados y sus mejillas habían adquirido un tono sonrosado. Se hallaba desnudo, cubierto tan sólo por el vendaje que rodeaba su pecho, un hombro y todo un costado. Una manta áspera lo cubría hasta la cintura. A pesar de estar postrado en cama, enfermo y rebosante de debilidad, su cuerpo seguía siendo amenazante, y su rostro hermoso.

Sakura le tocó la frente, ardía.

—Vuelva a recostarse, señora —la animó Kabuto.

—Prefiero quedarme aquí —dijo, acercando una silla hasta el catre de Sasuke. Deslizó su mano entre la del hombre, y aferrándose a los grandes dedos se quedó allí, sin despegar los ojos de él. Vigilando su respiración, con temor a que si apartaba la vista de allí, él muriera.