Capítulo 20
El tiempo pasó con pasmosa lentitud hasta que por fin la claridad del día hizo su aparición con pereza.
El estado de Sasuke no había cambiado un ápice en toda la noche. La fiebre jugaba con él, subiendo repentinamente y descendiendo en picado hasta quedar helado y tiritando bajo la manta.
Fū y Tetsu habían salido temprano a merodear por la ciudad. Silad y Kabuto se hallaban sentados, frente a la mesa, en silencio.
Sakura estaba en una silla, cerca del gigante; había apoyado la cabeza y los brazos sobre las piernas estiradas de Sasuke, y aunque tenía los ojos cerrados hacía unos minutos que se había despertado. No se atrevía a moverse, a sabiendas de que la espalda le dolería por la posición.
Al cabo de un rato Kabuto e Silad comenzaron a susurrar, y Sakura no tuvo más remedio que incorporarse, estirando cada músculo de su cuerpo, masajeándose el cuello y llevando los hombros hacia atrás todo lo que pudo.
—Deberíais haberos recostado —dijo Kabuto, observándola con pena—. Al final acabareis peor que Sasuke.
El hombre estaba preocupado. Sakura había pasado más de la mitad de la noche observando a Uchiha. Había visto cómo ella le susurraba al oído y se emocionaba ante sus palabras. Y lo peor de todo era que no había descansado lo suficiente. Era una joven esbelta, pero no muy alta. Su cuerpo era demasiado pequeño para llevar tanto tiempo en pie.
Nunca se había fijado en ella antes de enterarse de que sería su señora. Imaginó que sería muy bonita, de no tener la cara tan desfigurada y su cabello hecho una masa revuelta de tonos rosados, con las puntas desiguales. Sobre la nariz, ligeramente respingona, tenía varios arañazos que pronto se convertirían en pequeñas costras. Sin embargo, aquellos ojos verdes eran los más vivaces que había visto en mucho tiempo; en realidad, sólo había visto esa expresión en la mirada de su pequeña. Y hacía tanto tiempo que Lucrecia había desaparecido...
Vestida así, con la manta un poco más arriba de los tobillos, realmente parecía un muchachito de no más de catorce años. Era capaz de apostar a que la joven salía a la calle y engañaba a más de uno.
Sakura miró al herido postrado en la cama y negó con la cabeza.
—Peor que él no lo creo —se inclinó sobre el hombre, comprobando la temperatura de la frente contra su mano. Después de constatar que aún seguía con fiebre, se unió a ellos.
—¿Podríais reconocer al hombre que os hirió? —preguntó Silad, con los codos apoyados sobre la base de la mesa y la barbilla en sus manos. Tenía el cabello rubio recortado sobre la nuca, curvándose hacia fuera.
Sakura asintió, recordando la oscura mirada del que había asesinado ante ella.
—¿Eran ladrones? —preguntó la muchacha, sintiendo curiosidad. Hasta aquel momento ni siquiera se había preguntado qué era lo que querían esos tipos cuando se la llevaron a la fuerza. Había dado por sentado que eran simple bandidos que pedirían al menos un rescate a cambio.
—No lo creo. Uchiha tiene la misión de hablar con nuestro Rey y... —Kabuto se encogió de hombros arañando la mesa con la uña, haciendo un ruido bastante desagradable—. Alguien está empeñado en que Juan no reciba la visita de mi señor. Esto no ha sido más que una argucia para no cumplir con su cometido.
—¿Y si Sasuke no logra ver a Juan?
Kabuto alzó las cejas y frunció los labios con disgusto.
—El conde de Carrick le envió a él expresamente. Alguien está empeñado en que mi señor no cumpla con las órdenes —repitió.
—Pero si la persona que quiere impedirlo cree que Uchiha ha muerto, cesará en su empeño, ¿verdad? —preguntó Sakura, pensando con rapidez.
Kabuto la miró con sorpresa, extrañado de que no se le hubiera ocurrido a él.
—Supongo que sí. De todos modos, el señor está más muerto que vivo.
—¡No! —exclamó Sakura, poniéndose en pie. Comenzó a humedecer los paños que Kabuto había colocado en un balde de metal, y sentándose cerca de la cabecera de Sasuke, se empeñó en bajarle la fiebre. ¡No quería que dijeran eso ni en broma!
Silad hizo girar su silla para mirarla de frente.
—¿Escuchasteis hablar a vuestros captores? ¿Dijeron algún nombre?
Sakura intentó recordar. Cuando los había oído hablar era porque se dirigían a ella, pero entre ellos no hablaron de nada ni de nadie en particular. Negó con la cabeza.
—¿Por qué os golpearon? —insistió.
La joven se encogió de hombros.
—Supongo que por todo. —El labio inferior comenzó a temblarle ligeramente.
—¿Os ultrajaron? —se atrevió a preguntar él, antes de que ella rompiera a llorar. Sin embargo, Sakura no lloró. Cierto que sus lágrimas bañaban sus ojos y brillaban con fuerza, pero ella sostenía la mirada de Silad con firmeza.
—No lo hicieron —contestó Sakura, tragando con dificultad el nudo de su garganta.
Como la muchacha apartó la vista para centrarla en el Uchiha, Silad dejó de interrogarla.
Poco más tarde regresaron los otros dos hombres portando fruta fresca, leche y un cuenco grande de arroz.
Al menos, entre todos, se apañaron para comer y compartieron la mesa igual que lo hicieran en familia.
Sakura nunca había estado rodeada de tantos hombres. Si Kizashi levantara la cabeza, le daría un síncope. Y si el conde de Mar hubiera estado presente, la hubiera recluido en un convento.
El dolor de su cabeza, en general, había disminuido bastante al tomar una extraña infusión que Kabuto la había obligado a beber.
—Os veis horrible, Lady Haruno —comentó Silad, limpiándose la boca con la parte superior del brazo.
Sakura le regaló una mueca al tiempo que lo observaba con el ojo medio cerrado. Su cuenca verde brillaba, chiquitita, sobre un fondo acuoso y ensangrentado. Se pasó la mano por su cabello corto, sucio y revuelto.
—Gracias. Normalmente, me suelen decir cosas bonitas pero, ¿para qué nos vamos a engañar, verdad? —su sonrisa tembló.
—Sigues estando preciosa —dijo la voz ronca del herido en un fuerte susurro—. Y quien diga lo contrario, miente.
Todos giraron la cabeza hacia él. Sasuke no había abierto los ojos, pero parecía estar escuchando.
Las mejillas de Sakura adquirieron de inmediato un tono rosado y algo en su interior vibró al escuchar la voz del gigante. Se incorporó, emocionada, acercándose hasta él. Le acarició la cara con la mano. Todavía estaba muy caliente.
—¿Quieres comer algo, Sasuke? —le preguntó, acercándose a su oído, sintiendo el fuego que su piel desprendía.
El rostro sereno del hombre lo hacía parecer más joven. Su piel estaba blanca en comparación con el color tostado que normalmente tenía.
Él levantó la mano, buscando la de ella, y entrelazó sus dedos, apretándola con fuerza. Volvió a quedarse dormido.
La joven lo miró unos minutos más, e ignorando a los demás, posó sus labios sobre los de Sasuke. No obtuvo respuesta.
Sakura regresó de nuevo a su sitio.
—Estaréis deseando regresar a casa —comentó Silad, mirándola fijamente.
Sakura se encogió de hombros con indiferencia. Ese gesto provocó que la mejilla latiese de dolor. Hizo una mueca.
—Si tuviera un hogar, os respondería afirmativamente; pero hace muchos años que lo perdí todo. Mi casa, mi familia... —se rozó la mejilla con delicadeza y sonrió al muchacho de cabellos dorados—. ¿Y vos? ¿Dónde se encuentra vuestro hogar?
Silad clavó los ojos en el techo durante unos segundos, como si estuviera visualizando su casa.
—Vivo en una pintoresca aldea entre las colinas de Padraig y Craig Dunain. En Inverness.
—Para ser más exactos: en el castillo —rio el otro Yamanaka, que escuchaba en silencio.
Silad le dedicó una amplia sonrisa, cargada de orgullo.
—¿Eres el señor de Yamanaka? —preguntó ella, abriendo mucho los ojos.
—¡No! —Los parientes se echaron a reír. Silad fue quien contestó—: Tengo la mala suerte de ser el pequeño de tres hermanos. Debería asesinarlos para convertirme en Laird —se encogió de hombros—. Los amo demasiado para hacer algo así; antes prefiero cortarme los dedos de una mano que dañarlos. —La miró—. Lady Haruno, ¿habéis estado alguna vez en Inverness?
Ella negó.
—No, nunca, pero mi padre sí me habló del lago. Decía que era impresionante y hermoso.
—Ness. —Silad se rascó la cabeza—. Queda algo alejado de la aldea. Es un lugar que seguro os encantaría; sobre todo ahora, que los días comienzan a volverse más cálidos. Debéis convencer a Sasuke de que os lleve.
—Y dejarla cerca de ti —volvió a decir la voz de Uchiha—, olvídalo, muchacho.
Los Yamanaka rompieron a reír de forma escandalosa.
—¿Te mueres o no te mueres? —le preguntó Silad entre bromas.
Sasuke abrió los ojos con lentitud. Su mirada turbia recorrió el lugar sin prestar mucha atención. Sentía unos extraños escalofríos que acababan en la punta del cabello. La boca estaba pastosa y el costado le ardía con cada respiración.
—Si estás esperando eso, te vas a cansar, muchacho —murmuró tan suave que apenas fueron capaces de entenderle—. Dadme agua, por favor.
Sakura ya se había levantado para ayudarlo.
Sasuke quiso incorporarse, pero su cuerpo no respondía como él deseaba. Dejó que Sakura lo ayudara para beber un sorbo de agua. Luego volvió a recostarse, cerrando los ojos. El solo hecho de mantenerlos abiertos le provocaba dolor. Sin embargo, deseaba verla.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó ella, pasando los dedos por su frente.
Sasuke trató de enfocarla con los ojos entrecerrados. Veía todo muy borroso. Tuvo que parpadear varias veces para comprobar que realmente su vista no estaba tan mal. Retuvo el aliento, observando a la joven con un rostro indescifrable: entre sorpresa y rabia.
—No esta tan mal como parece —dijo ella al ver que Sasuke no articulaba ni una palabra. Sus ojos ónix hablaban por él.
Y es que no podía decir nada. ¿Quién era tan salvaje de golpear así a una mujer? ¡Ni a un animal se le infligía tal castigo!
Levantó una mano hacia ella, pero a mitad de camino la dejó caer sin fuerzas sobre el colchón.
Sakura se inclinó hacia él, enterrando su rostro desfigurado contra su cuello como si estuviera avergonzada de su propio aspecto.
Sasuke sabía que ella estaba llorando. Quizá no lo hubiera hecho antes, por vergüenza, por estar sus hombres presentes, pero notó sus lágrimas calientes cayendo sobre él; los ahogados sollozos que trataba de ocultar.
—¿Podéis salir, por favor? —pidió el Uchiha, buscando a Kabuto con la vista.
Todos abandonaron la vivienda.
Sasuke se movió un poco en el colchón. Era demasiado estrecho, aun así consiguió recostar a Sakura junto a él.
Ella siguió llorando por un largo tiempo, como si lo necesitara. Se había aferrado a su cuello, y aunque en aquella posición la herida le tironeaba un poco, no dijo nada.
¡Mataría a la persona que le había hecho tal daño!
Sakura no tardó en dormirse, Sasuke tampoco.
Uchiha pasó el resto del día entre la realidad y la oscuridad, debatiéndose entre las sombras. Igual parecía estar lúcido como perdía el conocimiento.
A última hora de la tarde, cuando el sol volvía a esconderse de nuevo, Sakura se atrevió a salir de la cabaña en compañía de Silad para tomar algo de aire.
Se agradecía la fresca brisa que se deslizaba desde las montañas, todo lo contrario del ambiente cargado que inundaba el interior.
Kabuto había vuelto a limpiar el vendaje de su señor, colocándole un horroroso ungüento que olía a mil demonios y otra vez descansaba.
Silad resultó ser un joven muy entretenido, que supo ganarse la amistad de Sakura; en cierto modo, le recordaba a Deidara: jovial y alegre. De seguro que si su primo se hubiera enterado de su desaparición, a esas horas ya estaría buscándola.
—No creáis que rechazo vuestro brazo —le dijo Sakura, observando alguna de las chozas. Varias tenían pequeños espacios que formaban patios donde dejaban barriles y cajas vacías—. Creo que la gente nos miraría.
La muchacha quiso echarse el cabello sobre el rostro, para que los pocos que la observaban no fuesen tan descarados. Sólo consiguió revolverse la corta melena. De todos modos, apenas quedaba gente por allí.
—¡Es cierto! Debemos conseguiros ropas menos masculinas —contestó Silad, deteniéndose entre dos viviendas. Con una sonrisa perversa observó la ropa tendida que colgaba de una soga atada a dos árboles.
—¡No! —exclamó Sakura, tratando de sujetarle por un brazo antes de que alguien los viera.
—Avisadme si vienen —susurró el hombre con mirada divertida.
—Silad Yamanaka —susurró ella, medio gritando—. No seré cómplice de...
Silad la ignoró y ella se calló para no llamar la atención.
Sakura miró a ambos lados de la calle con preocupación y vergüenza. ¡Ella no era ninguna ladrona!
Miró justo en el momento en que un jinete desmontaba. El corazón comenzó a golpear violentamente en su pecho al reconocerlo. ¡Estaba allí! ¡Su captor estaba allí!
Se lanzó en pos de Silad, ocultándose de la vista del malhechor. Seguramente estaba allí para averiguar qué había pasado con Uchiha. Después de todo, Lareston era la aldea más cercana.
