Capítulo 21
Ken Namikaze, Conde de Surrey, atravesó el grueso portón, seguido de Aoi.
Varios siervos habían acudido a recibirlo en la galería, pero para el caso que el Conde les hizo, podían haberse ahorrado la molestia.
Ken era inglés de pies a cabeza. Siempre había adorado el poder y la fortuna, sin importar el modo de alcanzarlo; incluso su educación era totalmente diferente de la de los bárbaros escoceses: sus amigos y vecinos.
Que ahora todos se negaran a respaldar a Eduardo lo dejaba en una posición bastante peligrosa. Desde luego, cuanto más tarde se enterara Balliol, mejor para todos. Aun así, él estaba dispuesto a enviar a sus hombres para enfrentar a los franceses. No quería recibir represalias de Eduardo cuando podía ganar tanto en este asunto.
En cierto modo lo lamentaba por su hermana, Saory Namikaze, esposa de Juan de Balliol. Bueno, tampoco lo sentía mucho, la verdad. Escocia acabaría siendo de los ingleses por más impedimentos que pusieran, y Balliol ya había reinado a pesar de que ni siquiera le perteneciera el trono.
Con Uchiha muerto, y su misión sin cumplir, las cosas serían mucho más fáciles para hacerse con el poder absoluto. Ni Yahico, ni nadie. Tan sólo él.
Namikaze se detuvo en el salón común, con los ojos entrecerrados al descubrir a Atsui.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó, despidiendo a Aoi con la mano. Sus pasos resonaron con fuerza entre los gruesos muros de piedra. Era bien sabido que ambos hombres se caían como una patada en el estómago.
Atsui Bigod, cuarto conde de Norfolk, era medio hermano suyo. Nunca se habían llevado bien, y pocas veces se habían tratado directamente; sin embargo, Atsui y Suiren, esposa de Namikaze, eran amigos desde la infancia, y eso lo convertía en un asiduo al castillo de Surrey.
Atsui le sonrió con frialdad, al tiempo que se acercaba a él.
—Yo también me alegro de verte de nuevo, hermano. Si llegas a tardar un día más, posiblemente no nos hubiéramos encontrado. Esta noche regreso a Norfolk.
Namikaze lo miró, cruzándose de brazos. A veces Atsui pensaba que no era más que un estúpido, siempre pensando en sus intereses, y puede que en el fondo llevara razón. Si no, ¿por qué aún no le había reclamado a Atsui que fuera amante de su esposa?
Claro que Surrey lo sabía. Era consciente de ello desde el primer día. Sabía que Suiren y Atsui se veían, sin importar siquiera que los siervos comentaran. De hecho, se hubieran casado si él no hubiera interferido. Pero para él había sido muy importante unirse a Suiren; ella era una mujer admirada y con familiares bastantes poderosos.
Que Namikaze era un cornudo lo sabía todo el condado, por no hablar de la mayoría de los ingleses que lo compadecían.
Se pensaban que él era tonto, pero no era así. ¿Qué más daba si los demás lo veían como una víctima? Muy pronto se ganaría un nuevo título, y después viajaría a España en busca de esposa. Por supuesto, debería deshacerse primero de la actual.
—¿Y a qué se debe tu visita, Atsui? —Namikaze caminó hasta la silla señorial y después de sentarse, se cruzó de piernas, observándolo—, ¿o sólo estás de paso?
—¿Hace falta tener una excusa para visitar a mi hermano?
—¡Atsui! He tenido un viaje muy largo. Los esponsales de Carrick fueron agotadores —agitó la cabeza con insolencia—. Una panda de aldeanos insufribles, sin ninguna educación. ¿Sabes lo que es soportarlos continuamente?
—Puedes alojarte en Inglaterra. Te lo he dicho muchas veces. Eduardo te dará un condado y lo sabes. ¡No puedo explicarme qué le ves a este lugar tan inhóspito!
«¡Que mi esposa está más lejos de ti, imbécil!»
Namikaze sonrió pero no contestó.
La poca luz que entraba por unos pequeños arcos, cerca del techo, no era suficiente para iluminar el salón. Las mechas ardían día y noche, provocando negras sombras contra las paredes, y buenos escondites para oídos curiosos.
Namikaze no podía ver a Suiren, pero sabía que estaba oculta cerca de allí.
—¿Qué tal el viaje de regreso, hermano? Los rumores han llegado hasta aquí antes que tú. —Atsui también cogió una silla. Vestía una túnica bordada de seda y un pantalón corto. Un chaleco de piel de nutria, protegiéndole la espalda y el pecho. En las piernas llevaba varias bandas para colocar las armas, pero en aquel momento carecía de ellas—. Dicen que se llevaron a una mujer.
—Es cierto. Lady Haruno fue secuestrada.
—¿Haruno? —Repitió Atsui—. No la conozco.
—Yo tampoco la conocía hasta ahora. Es la hija pequeña de Kizashi...
—¿No era el jefe de las tierras que deseabas?
—Sí, ese es. —Namikaze se puso en pie—. Ahora es prometida de ese estúpido de Uchiha —se encogió de hombros con una cruel sonrisa—. En cuanto fallezca el hombre, la invitaré a pasar una temporada en mi casa. Te avisaré para que la conozcas.
—¿En cuanto fallezca? —Atsui alzó las cejas, interrogante, pero Namikaze no le contestó.
—Voy a subir a descansar y a divertirme un rato con mi adorable esposa. Como comprenderás, hace mucho que no la veo.
No vio cómo Atsui apretaba los puños con fuerza contra sus caderas, aunque sí podía adivinar que sus palabras no eran del agrado de su medio hermano. Con una sonrisa de burla salió del salón, en busca de Suiren.
Iba a ser muy divertido hacerla gritar, estando Atsui en casa. Poseer a Suiren sólo por hacerlo rabiar se había convertido en algo bastante habitual. Tanto Atsui como su esposa se arrepentirían de haberlos encontrado sin su presencia.
Nada le daba más placer que hacer daño a su hermano, a su medio hermano, al que todos los ingleses tenían en alta estima.
—Por supuesto que lo reconocí, Kabuto —asintió Silad, dejando varias prendas sobre la mesa—. Es un hombre de Namikaze.
—¿De Surrey? —Sakura se giró hacia el Yamanaka con el ceño fruncido.
—¡No gritéis tanto, Haruno! —Avisó Kabuto, cerrando los postigos de las dos únicas ventanas de la vivienda—. No debemos dejar que nos descubran ahora. Sasuke está bastante indefenso en este momento.
La muchacha se cubrió los labios con una mano. Kabuto tenía razón. Se acercó hasta él.
—Pues hagamos correr el rumor de que ha muerto —les susurró, con ojos preocupados—. No podemos dejar que se acerque a nosotros. —Caminó hacia Uchiha, que respiraba con normalidad, y sintió ganas de golpearlo hasta hacerle daño. ¡Surrey! Ella ya le había avisado de que el hombre no era trigo limpio, pero como el señor Guardián de Escocia necesitaba pruebas... ¡Pues toma pruebas! Ahora estaba tendido en la cama porque Namikaze así lo había ordenado.
—¿Dónde crees que vas, muchacho? —preguntó Kabuto a Silad, que ya caminaba de nuevo hacia la puerta.
—Voy hablar con él —miró a Kabuto, encogiéndose de hombros—, quizá a matarle —terminó de decir con tono amenazante.
—¡No seas estúpido! ¡No podemos actuar así! Además ella lleva razón. Será mejor que le hagamos llegar la noticia de que Sasuke ha muerto. Desde luego, Surrey se pondrá bastante contento.
—Pero no lo entiendo bien —se atrevió a interrumpir Sakura, girándose hacia ellos—. ¿Por qué Surrey quiere ver muerto a Uchiha? ¿Para que no se case conmigo?
Tanto Kabuto como Silad la miraron con extrañeza.
—Que yo sepa, nada de esto no tiene nada que ver con vos —respondió Kabuto—. El conde no quiere que Sasuke y Balliol se reúnan, eso es todo. Vos os encontrabais en medio.
Sakura abrió los ojos como platos y negó con la cabeza.
—Namikaze acabó con mi familia. Mi primo Deidara sufrió un accidente bastante feo en Carrick y yo fui secuestrada... No creo que no tenga nada que ver con...
—No tienes pruebas de ello —dijo la voz ronca desde el catre.
Sakura se volvió a Sasuke con ojos furiosos y las manos en las caderas.
—¿Aún insistes en esas pruebas? ¿Te parecen pocas? —extendió el dedo hacia él, señalándolo—. ¡Mírate!
—No iban por ti, Sakura. Vienen a por mí. Son asuntos de estado.
—¡Ja! —bufó ella sin creerlo. Estaba totalmente convencida de que Surrey la seguía a ella, que eran sus tierras lo que quería y Sasuke, simplemente, estaba ahí.
El hombre trató de incorporarse y se mareó un poco en el intento. Kabuto corrió a ayudarlo. La fiebre aún persistía, aunque por lo menos el sopor no era tan fuerte como en otros momentos.
—Sakura, debes creerme. Tan sólo te han utilizado para llegar hasta mí —le tendió la mano para que se acercara—. Lo siento mucho, de verdad. Ven aquí —la llamó.
La muchacha fue acercándose poco a poco, hasta que él tiró de su mano. Para estar convaleciente, el hombre tenía bastante fuerza todavía. Los músculos de sus brazos se marcaron duros.
Sakura se vio prácticamente aplastada contra su pecho. Él ya no estaba tan caliente como hacía unos minutos.
Un extraño cosquilleo nació de su estómago, poniéndola nerviosa. Pasaba siempre que sentía el cuerpo del hombre tan cerca del suyo.
—Envía a Tetsu y a tu pariente a mis tierras —ordenó Sasuke al Yamanaka con voz cansada y ronca, hablando sobre el oído de la muchacha—, que informen de mi fallecimiento —se volvió hacia Kabuto—. Debemos hacer que la noticia llegue hasta Surrey.
El hombre asintió.
—¿Y yo? —Preguntó Silad, abriendo los brazos—. ¿Qué hago después?
—Muchacho, conviértete en la sombra de ese hombre, pero no lo mates —acarició la mejilla de Sakura distraídamente. La miró con fijeza durante unas décimas de segundo, para luego volver la vista sobre Silad—. Ése es mío.
—Preocúpate de recuperarte —murmuró Sakura, clavando su mirada en los turbios ojos oscuros—, aún estás muy débil.
—¿Tan mal está la herida? —preguntó él, buscando a Kabuto. Éste se encogió de hombros al tiempo que negaba con la cabeza.
—Las has tenido peores.
—Eso es lo que creía —se apoyó en el hombro de Sakura, y echó las piernas hacia un lado para posarlas en el suelo.
Las sabanas se deslizaron hasta el suelo, y el Uchiha quedó completamente al descubierto y desnudo... A excepción del vendaje que le rodeaba el pecho y un hombro, se encontraba como su madre lo trajo al mundo.
Sakura apartó la vista, ruborizada, por lo que no vio la sonrisa de Sasuke. No era la primera vez que lo veía sin ropa, aunque debía admitir que sólo había sido de espaldas.
Sakura alzó la vista al techo, pasándose la lengua por los labios. De haber estado sola con el hombre, no habría sido tan bochornoso como estaba siendo en ese momento.
—Necesitas un baño, Sakura —le dijo Sasuke—. Alcánzame las ropas, por favor.
La muchacha levantó la nariz, ofendida. ¿Cómo se atrevía a decirle eso? ¡Claro que necesitaba un baño! Ella y todos.
Llevaba varios días sin poder lavarse en condiciones. Nunca se había sentido tan sucia en toda su vida, pero Sasuke no era el más indicado para hacérselo notar.
La muchacha se apartó de él y le lanzó la ropa a la cara.
—¡Levántate si quieres! —Le gritó—, pero, por si no te has dado cuenta, es de noche, estás herido y hay un tipo fuera que está buscándote para rematarte. Además... tú también hueles mal.
Sasuke arqueó las cejas ante el arrebato de Sakura y le sonrió con dulzura.
—Sólo tengo que aliviarme, mujer. Volveré a recostarme enseguida. ¿Serías tan amable de acercarme mis armas? A ser posible, no me las tires a la cara.
Eso es lo que más estaba deseando hacer. No lanzárselas, pero sí propinarle un buen porrazo en la cabeza para que perdiera el sentido. A veces, el hombre se volvía tan soberbio o graciosillo que era mejor mantenerlo callado.
Silad se marchó de allí, obedeciendo las órdenes. Kabuto se acercó hasta la puerta para estar vigilante y que no pudieran ver la sonrisa de su cara.
Sakura estaba muy preocupada por su señor, y eso decía mucho de ella. Valiente, terca... Una buena Uchiha.
A brazos llenos, la joven llevó todas las armas hasta el catre y las dejó caer al lado de Sasuke. Él aprovechó su cercanía para tomarla del brazo y colocarla entre sus piernas abiertas. Sakura no se atrevió a mirar hacia abajo y lo encaró, aún enfadada.
El hombre pasó las manos por el rostro de Sakura con suavidad, palpando la mejilla aún hinchada, y observando el ojo morado con el ceño fruncido. Luego, los dedos recorrieron los cabellos hasta acabar masajeando la nunca femenina.
Sakura se sintió en el cielo y se inclinó hacia adelante, permitiéndole que continuara ejerciendo aquella presión en su cuello. Sin darse cuenta, comenzó a ronronear igual que hiciera un gatito ante un tazón de leche.
—¿Te dolió mucho? —escuchó que le preguntaba. Aunque hablaba bajito, pudo percibir cierto matiz de ira en su voz.
—Ya no lo recuerdo —mintió ella, apenas moviendo los labios. No quería hablar, tan sólo deseaba que aquellas manos siguieran relajándola, tal y como estaban haciendo.
—Te prometo que mañana nos daremos un baño. Ahora te voy a pedir otro favor. —Ella levantó la cabeza y Sasuke la besó ligeramente en los labios—. Quítate esas ropas y quémalas.
Sakura soltó un suspiro y asintió.
—Ésa es otra. Silad me acaba de convertir en ladrona. —Caminó hasta la mesa donde estaba la ropa que habían robado de las cuerdas, y comenzó a mirar el vestido. Era una túnica muy amplia de pecho y con la cintura muy estrecha. Sus mangas eran largas, acabando los puños en grandes ondas, y la falda tenía una cola que arrastraba por el suelo. La dueña de aquella prenda la echaría en falta enseguida. Se notaba que el tejido era suave y de buena calidad.
Sasuke observó durante un buen rato cómo estudiaba la prenda, y con mucho esfuerzo comenzó a vestirse él. Kabuto se acercó a ayudarlo, siempre pendiente de prestarle sus servicios.
—Pagaremos esa prenda y te quitaremos el cargo de conciencia —bromeó Sasuke con un jadeo.
Ella asintió y elevó la prenda. No pensaba en el coste del vestido, sino en que lo reconocerían en cuanto saliese a la calle con él puesto.
—Ahora tenemos un motivo para buscar a Surrey, ¿verdad? —insistió Sasuke, levantando la cabeza hacia ella. No le gustaba verla tan triste. Enfadada, bromeando, riendo, cualquier cosa menos esa expresión tan llena de pena en su rostro.
Sakura lo miró con rapidez, como si hubiera dicho la palabra mágica, y asintió con una sonrisa.
—¿Lo has oído? Esos hombres...
—Sí —asintió—. Que no abra los ojos no significa que esté sordo. —Sasuke se miró los pies descalzos, y aunque Kabuto le entregaba las suelas él las apartó—. ¿Estamos en Lareston?
Su hombre asintió, girándose hacia la puerta.
—Voy a salir mientras la señora se cambia. ¿Os acompaño?
—Sí, espera —Sasuke caminó hacia él, despacio. Cada movimiento que hacía era una ráfaga de dolor que cruzaba su costado. Se agarró a Kabuto. Se volvió hacia la muchacha, guiñándole un ojo—, vuelvo enseguida.
—Gracias —contestó Sakura, viéndolos salir por la puerta.
Se apresuró a quitarse la ropa, arrojándola sobre las brasas de la chimenea.
Se lavó un poco con la escasa agua que quedaba en un balde.
El vestido pertenecía a una mujer más alta, la larga cola se enrollaba en sus pies si no la pateaba hacia atrás al caminar, y las mangas cubrían hasta las puntas de sus dedos. Realmente, la prenda era incómoda. Era tan ancha en el busto que, en cuanto se inclinaba o movía un poco, sus pechos quedaban prácticamente a la vista.
Se terminó de alisar la falda en el momento en que Sasuke regresaba. En su rostro se mostraba la debilidad.
—Mucho mejor —dijo Uchiha, estudiándola, tratando de sonreír. Sus labios no hicieron más que una desdibujada y triste mueca. Caminó de nuevo hacia el catre y Sakura corrió a ayudarlo antes que se desplomara en el suelo.
—¿Cómo te encuentras?
—Todavía no tengo fuerza suficiente para nada —admitió, tumbándose—. ¿Te tumbas conmigo?
Sakura se ruborizó y negó con la cabeza.
—Ven. —Trató de cogerla con la mano, pero ella se alejó con rapidez. Sasuke dejó caer la cabeza sobre la almohada, miró al techo y sonrió—. Lo estás deseando, tonta.
—¿Qué? —Ella lo miró, frunciendo el ceño.
—Si no puedo hacerte nada, ya te he dicho que no tengo fuerzas.
—Entonces, mírame —le dijo Sakura sin dejar de observarlo, no podía evitar sonreír como una boba—. Puedo leer en tus ojos cuando mientes.
Sasuke soltó una ronca carcajada y la miró, alegre.
—Me parece que no voy a ir —le dijo, guiñándole el ojo bueno tal y como él había hecho antes.
