Capítulo 23


Sakura se acurrucó más sobre el estrecho colchón. La manta áspera rozaba desagradablemente su barbilla. Trataba de dormir, a pesar de escuchar los leves susurros que llegaban desde la mesa.

Kabuto y Sasuke seguían conversando sobre los últimos sucesos. Hablaban tan bajo que Sakura no lograba entender ninguna palabra coherente. Tampoco era que le importara mucho; desde que se había recostado, mil imágenes cruzaban por su mente sin tregua, acosándola con ferocidad en un torbellino de emociones.

Había dado vueltas a las palabras de Sasuke sobre la promesa de que se casarían pronto. Quizá el problema no fuera ese. Lo que a Sakura verdaderamente la preocupaba era haber faltado a su palabra con Kin. Le había prometido que solucionaría las cosas con Uchiha y haría que no la apartara del clan. Pero ¿por qué Diablos le habían entrado celos de repente? ¿Y por qué tenía que recordarlo en aquel momento?

Debía sentirse alegre. Su futuro esposo era un espécimen magnífico, gallardo, atractivo. Kizashi hubiera estado totalmente a favor de aquella unión.

Sakura no había amado nunca a nadie, excepto a su familia. Nunca se había sentido atraída por ningún hombre en especial, ni siquiera los jóvenes guerreros que entrenaban bajo las órdenes del conde de Mar. Era cierto que, tanto Konan como ella, habían disfrutado enormemente observándolos. Ninguna mujer habría dejado de advertir aquellos torsos desnudos brillando bajo la luz del sol. Cuerpos magníficos y pieles doradas. Parecían haber salido de un mismo molde, combatiendo en la arena del patio de armas, a sabiendas de que un par de virginales ojos los estudiaban con descaro.

A Sakura ninguno le había llamado suficientemente la atención. A excepción de sonrisas y guiños, nunca nadie se atrevió a dirigirse a ella en persona. En el condado los guerreros tenían un código de honor para con el padre de Konan, y era que ningún varón ajeno a la casa podía acercarse a las damas que la habitaban.

Nunca nadie había traspasado esa norma.

Se agitó intranquila en el catre. No podía evitar imaginar a Sasuke abrazando a la otra, besándola como lo había hecho con ella aquel día; y aunque no debería sentirse enfadada, lo estaba.

No era agradable descubrir que era una celosa, y menos cuando el supuesto idilio había sido antes de conocerse. Esa sensación, nueva en ella, era del todo odiosa. Una especie de intranquilidad constante. ¿Podría Uchiha amarla de verdad?

No era cuestión de culpar a nadie por que Sasuke ya fuera a tener un hijo. Se dio cuenta de que realmente no sabía mucho sobre su prometido. ¿Tendría más? Era guapo, fuerte, con un título demasiado honorífico. Un poco rudo algunas veces... Ningún otro hombre jamás le hubiera dicho que necesitaba un baño, aunque estuviera envuelta en capas de lodo. Pero Sasuke era encantador. La ternura con que la trataba no podía ser fingida. Era, según le habían contado Silad y Kabuto, un buen hombre: justo, honrado, enamorado de su país y sus gentes.

De repente, el adjetivo cobarde se coló en sus pensamientos. ¿Realmente Uchiha necesitaba esas dichosas pruebas, o en el fondo le daba miedo enfrentarse a Namikaze?

Siguió dando más vueltas, buscando una buena posición en la cama. Estaba demasiado blanda por algunos sitios.

Exceptuando la mecha que ardía sobre la base de la mesa, el interior de la cabaña se encontraba envuelto en sombras. Los postigos habían sido cerrados; sin embargo, el viento ululaba en el exterior, introduciendo ráfagas de aire frío por la chimenea apagada.

Sakura tardó un buen rato en dormirse y cuando lo hizo, las pesadillas comenzaron a bombardearla con fuerza. Volvió a sentir los golpes recibidos por sus captores, el miedo a pensar que la muerte la esperaba al final del camino. Las imágenes de los hombres blandiendo los Claymores bajo la luz de la luna... El rostro de Temari desapareciendo en las despensas del castillo de Haruno. Su padre gritándole furioso por haber desobedecido sus órdenes... Y ese hombre. Lo veía llegar hasta ella, moviendo los dedos de las manos como si se trataran de garras que pretendían agarrarla; su mirada oscura llena de maldad, disfrutando de lo que haría con ella hasta que llegó el otro y le rajó el cuello. La sangre invadió su cerebro, acelerando su pulso y dejó escapar un profundo alarido al tiempo que se incorporaba, cubierta por un sudor frío.

—Todo está bien, Sakura —escuchó que alguien le decía en la oscuridad. Sintió la presencia del hombre antes de que la abrazara.

En la calidez de aquellos fuertes brazos volvió a relajarse de nuevo.

Sasuke la recostó, sin dejar de frotar sus brazos y sus hombros.

—No ha sido más que un mal sueño —le dijo, rozando levemente su frente con los labios.

Los ojos de la muchacha no eran más que dos puntos brillantes en la oscuridad.

—Era tan real —gimió en un hilo de voz.

—¿Deseas hablar de ello? —La voz de Sasuke era un susurro seductor junto a su cabeza.

No podía verlo con claridad, sin embargo, su gran silueta se recortaba frente a ella.

—No —contestó con firmeza.

—¿Quieres que me recueste contigo?

—Sí. Por favor.

Se vio cogida en brazos y se aferró a los hombros de Sasuke. La colocó en el suelo como si se tratara de un pluma, y seguidamente se echó a su lado. La cubrió con su manta y dejó que Sakura apoyara la cabeza en su hombro.

—¿Estás mejor?

—Sí, gracias. —Llevaba varios días durmiendo en el suelo, y casi podía decir que lo prefería a aquel viejo y estrecho catre. Por no decir que la sensación de cosquilleo ante la proximidad del hombre le encantaba.

Ambos se quedaron en silencio durante largo tiempo. Sasuke había cruzado el brazo sobre el vientre liso de la joven de forma posesiva.

Sakura esperó a que él dijera algo más, o insistiera sobre sus pesadillas. El largo cabello del Uchiha acariciaba sus mejillas.

Cuando lo escuchó respirar pausadamente se dio cuenta de que Sasuke se había dormido.

Un poco desilusionada, cerró los ojos. Le hubiera gustado charlar un poco con él. Tal vez preguntarle sobre su vida, su infancia, sus padres.

Olvidada su pesadilla, no tardó en dormirse de nuevo. Uchiha la abrazaba y no podía pasarle nada.

El sol llegó con rapidez, y con él un nuevo día de prisión incondicional. Kabuto insistía en que debían quedarse un par de jornadas más. No debían arriesgarse a que alguien descubriera que Sasuke no había muerto y todo su plan se viniera abajo.

También acusó el cansancio de Sakura, quien acostumbraba a estar rodeada de sirvientes y ahora se veía desprovista hasta de sus propias ropas. Y el mismo Uchiha necesitaba ahorrar energía para lo que viniera después.

Ser consciente de ello no significaba que estuviera de acuerdo. El interior de la cabaña era reducido, lúgubre y oscuro. En cuanto a Sasuke, lo embargaba el tedio, comenzaba a pasearse por el lugar maldiciendo y golpeando las paredes.

Sakura había recortado la larga cola de su vestido y trataba de coser un bajo en condiciones. Entre lo poco que le gustaba la costura, y lo nerviosa que la ponía Sasuke con sus repentinos ataques de mal genio, estaba desesperándose. La luz de la llama tampoco ayudaba nada a concentrarse.

Con un bufido exagerado, Sakura apartó la costura y fulminó a Sasuke una vez más con la mirada.

El hombre se detuvo, de repente, y la miró arqueando una ceja, provocándola.

—¿Qué?

—¡Me pones nerviosa! —Le dijo, poniéndose en pie—. Encima de que aquí hay poca luz, tú no haces más que moverte todo el rato. Y si, por lo menos, fueras pequeño, pues vale, pero eres un gigante de casi dos metros que se pasa todo el rato haciéndome sombra.

—¿Y qué quieres que haga, mujer? No estoy acostumbrado a estar encerrado, sin hacer nada todo el santo día. —Y mucho menos con Kabuto. Porque si estuviera a solas con ella, seguro que habrían podido entretenerse fácilmente.

Sakura se puso las manos en las caderas. Vestía una oscura camisa de piel que le llegaba un poco más abajo de sus rodillas. La prenda pertenecía a Sasuke, pero se había apoderado de ella para dormir, y ahora la llevaba mientras terminaba de coser la falda.

—A mí tampoco me gusta estar aquí. Nunca he sido ociosa. Pero, ¿sabes algo, Sasuke? Eres insoportable. Pareces un niño con ese comportamiento. Kabuto y yo llevamos un rato armándonos de paciencia contra ti. Yo nunca había oído tantos improperios juntos, y parece que se te olvida que sigo siendo una dama. —Sakura no pasó por alto la sorpresa reflejada en los discos negros y no se amilanó por ello—. Desde que te has despertado, no has hecho otra cosa que poner pegas a todo. ¡Hasta le has dicho a Kabuto que era horrorosa la comida que ha traído!

El hombre se hallaba recostado junto a la chimenea, con los ojos entrecerrados y una expresión en su cara de estar acostumbrado a todo.

—¡Era verdad! —Contestó Sasuke—, ese puré de avena sabía a...

—Sí, a «meao» de vaca —lo interrumpió Sakura con gesto severo—, eso lo has dicho unas cien veces.

Sasuke soltó una repentina carcajada, que Kabuto acompañó desde su rincón.

Sakura, colorada de los pies a la cabeza por repetir frases que él había dicho antes, golpeó a Sasuke con el puño en el hombro, y cuando sus carcajadas hicieron temblar los cimientos de la cabaña, la joven abandonó el lugar con el mentón bien elevado.

Cuando la puerta se hubo cerrado, Sasuke perdió la diversión y observó a Kabuto, estupefacto.

—¿Ha salido sin vestirse?

—Creo que...

La puerta se abrió de nuevo. Sakura caminó hacia la mesa sin mirar a nadie y agarró su vestido. Con el porte de una reina abandonó la casa.

Las carcajadas siguieron retumbando en los oídos de Sakura durante varios minutos. ¡Había hecho el ridículo más grande de su vida! Había perdido los nervios y no pensó en que estaba semi-desnuda cuando salió.

Varios aldeanos la habían mirado sorprendidos, y algunos habían ocultado sus sonrisas con las manos.

Muy digna, ella había pasado ante sus narices con las prendas en las manos, y en cuanto dobló la esquina corrió hacia la pared del establo, que ofrecía una buena protección para vestirse con prisas.

Namikaze tragó con dificultad antes de entrar en la sala. La inesperada visita de Sir Nagato Uzumaki le causaba pavor.

Pasó al lado de dos hombres de la guardia que el mismo Nagato se encargaba de llevar a todos los sitios. Sin mirarlos siquiera, y con los ojos clavados en el grueso hombre, se atrevió a sonreírle. Una sonrisa fría, educada y temblorosa.

—Bienvenido a mi hogar —le dijo con demasiado fuerza. Su voz retumbó entre los muros del salón—. ¿Puedo preguntaros que hacéis vos aquí?

Sir Nagato lo miró con indiferencia y dejó su copa de metal sobre la larga mesa.

—Recibí vuestra misiva, Ken. ¿Qué es eso de que los franceses atacarán Inglaterra?

—Yahico de Bruce y los guardianes fueron informados delante de mí. Les quise hacer ver que estaba deseoso de que hablaran con Balliol —se encogió de hombros—. Enviaron a Uchiha a cumplir con esa misión, pero nunca llegará a su destino. De un momento a otro me confirmarán su muerte.

Sir Nagato asintió con la cabeza, entre sorprendido y satisfecho.

—¿Y cómo acabasteis con él?

Namikaze tomó aliento. Aquello no sería fácil de decir, no cuando Sir Nagato supiera que había fallado en una empresa suya de hace años.

—¿Y bien? —insistió, impaciente.

—Mis hombres secuestraron a su prometida...

—¿Uchiha se ha prometido? No he oído nada.

—Aún no se ha hecho público, y ya no se hará.

—¿Y quién es ella?

—Pues veréis... —Namikaze se alejó unos pasos del hombre y suspiró, nervioso—. Se trata de Sakura Haruno.

—¿Haruno? —Nagato se puso rápidamente de pie y caminó hacia Ken con una mirada glacial—. Me dijisteis que habíais acabado con todos esos asquerosos Haruno hace tiempo. ¿Me mentisteis, Ken?

—¡No! —El hombre negó. Sentía el fétido hedor del aliento de Nagato sobre su rostro—. Recientemente supe de la existencia de la joven. Mar se hizo cargo de ella, y os puedo asegurar que no es ningún peligro. Deidara Haruno no tardará en fallecer, pero no podía levantar sospechas...

—¿Quién? ¡Has dicho Deidara! ¿Quiere eso decir que hay otro Haruno?

La furia de sir Nagato fue palpable cuando tomó a Namikaze por el cuello y lo aplastó contra uno de los muros.

—Sobrevivieron dos —contestó, medio ahogado. Las cuerdas vocales estaban aprisionadas—. La hija pequeña de Kizashi y un pariente. Pero ahora que Uchiha ha fallecido, será fácil apresar a la muchacha y mantenerla callada.

Con rabia, Nagato lanzó a Namikaze contra el suelo.

—Te pagué una fortuna para acabar con todos. ¡Termina tu maldito trabajo o yo mismo haré que te ejecuten! Y espero que sea cierto que Balliol aún no sabe nada —escupió, furibundo.

Surrey se puso en pie. Tenía el rostro colorado, y la humillación reflejada en sus ojos hubiera sido capaz para amedrentar a cualquiera; a todos excepto al grandioso Sir Nagato Uzumaki.