Capítulo 25


La noche envolvió el bosque en una espesa y negra oscuridad. Se había levantado un suave viento que silbaba, siniestro, entre los árboles. Era difícil ver más allá de dos metros de distancia, por lo que no era probable que alguien viera al trío que había acampado a la orilla de un estrecho riachuelo.

Kabuto había apagado el fuego hacía tan sólo unos minutos, y con la espalda apoyada en un grueso tronco cerró los ojos, dispuesto a no dormirse. Mordisqueando una brizna de hierba entre sus dientes se limitó a escuchar con atención.

A una distancia bastante prudente, habían dispuesto varias antorchas formando un minúsculo círculo, suficiente para poder observar si alguien penetraba en el campo de luz. Aquello era como una especie de trampa para moscas; en cuanto alguien se acercara a la luminosidad, ¡zas!

Sakura, sin embargo, hacía un buen rato que había caído dormida. Se encontraba recostada junto a Sasuke, con la manta cubriendo su cuerpo.

Uchiha no podía verla, pero la sentía contra él. Escuchaba la suave respiración. De vez en cuando ella temblaba, probablemente de frío. La hierba mojada se adhería a las prendas, y su humedad penetraba en el cuerpo.

Sasuke también se mantuvo en alerta. Ya habían inspeccionado antes la zona y aunque no encontraron a nadie, huellas y marcas recientes los avisaron de que un pequeño grupo no viajaba lejos de ellos. Tenían toda la pinta de ser viajeros, pero Sasuke no quería arriesgarse. Deseaba acabar con su cometido, llegar a casa... Tenía muchas cosas que hacer. Posiblemente, lo más importante hubiera sido celebrar su boda, pero en cuanto llegara a su hogar sus hombres le incitarían para tomar justas represalias contra Namikaze, y esta vez tendría que hacer algo. Estaba seguro de que Sakura sería la primera de insistir en que lo hiciera.

Yahico ya lo había advertido sobre la posibilidad de que intentara frenarle en su objetivo, pero secuestrar a Sakura, golpearla y maltratarla era algo que no podía pasar por alto. Algo que no permitiría que volviera a suceder. Ella estaba a su cargo, bajo sus cuidados, ¡y por Dios que no dejaría que nada malo le sucediera!

El momento de ajustar cuentas se acercaba, y si no tuviera la fuerte convicción de que tras Surrey se hallaba alguien muy poderoso dando las órdenes, ya hace tiempo que lo hubiera despachado. Si con ello se ganaba la enemistad de Eduardo, apechugaría con las consecuencias.

Era cierto lo que había comentado aquel día sobre su familia. Él era el mayor de los hermanos reconocidos, y por tanto fue nombrado Laird del clan cuando su padre cayó durante la última batalla, luchando por la independencia. Una guerra que, aunque no fue tan productiva como ellos hubieran querido, al menos había dejado a John Balliol como rey.

Él, como guardián, junto otros cinco hombres más, se debían al monarca. Incluso Yahico de Bruce, en su cruzada por el trono, debía admitir que tenía un pacto con Balliol, y sólo cuando Eduardo le devolviera el poder que, por naturaleza, le habían robado sería libre de adquirir sus derechos; hasta que aquello sucediera, el rey debía ser informado de lo que el resto del país se proponía. Claro que no todo el mundo estaba de acuerdo con aquello, pues de ese modo Escocia estaría dividida. Siempre habría quienes apoyaban a uno y al otro.

Pensó en Sakura, por ejemplo. Ella era partidaria de Yahico por el simple hecho de haber sido acogida por el conde de Mar, añadiendo que su mejor amiga, Konan de Mar condesa de Carrick, se había casado con él. ¿Qué pensaría la joven cuando conociera a Balliol en persona?

Los Bruce de Annandale intentaron un golpe de estado —en 1286— que fue rápidamente reprimido y, finalmente, los nobles de Escocia se dirigieron a sus vecinos ingleses en busca de consejo.

El rey Eduardo era, en aquel momento, un personaje justo y respetado; temido en muchas ocasiones. Aquel hecho pasaría a conocerse como la «gran causa». Eduardo aceptó la petición con la única condición de que los aspirantes deberían reconocerlo como Señor de Escocia. Los principales candidatos eran John Balliol, de ascendencia inglesa, y Señor de Galloway; y Robert Bruce, Señor de Annandale. Tras largas deliberaciones, Eduardo I de Inglaterra falló a favor de Balliol.

John Balliol accedió a reconocer a Eduardo como su superior, y ése fue el error más grande en el cual el hombre había sucumbido pues, gracias a ello, permitió a los ingleses involucrarse directamente en sus asuntos políticos. Sin embargo, John no era un mal hombre a pesar de su carácter débil.

Sasuke pensó en su hogar y su propia familia. ¿Cuántos hermanos eran? Por supuesto que llevaba la cuenta, como señor de Fortress of Noun Untouchable (fortaleza del nombre intocable) era consciente de todos y cada uno de los habitantes que se alojaban en sus tierras. Por otra parte, era de todos sabido que Sai Tsuchi, hijo no reconocido del poderoso Fugaku Uchiha, se había convertido en la mano derecha de su medio hermano Sasuke, por quien sentía un profundo respeto, además del amor fraternal que se profesaban.

Sai era el único motivo por el que no echaría a Kin de sus tierras. La joven, una malcriada y consentida, había nacido con la gran suerte de tener un hermano bastardo del Laird. De modo que, aunque Sasuke y Kin no fueran parientes, ambos compartían a una de las personas más importantes de sus vidas.

Por qué Kin deseó llevar una vida de lujuria y entretenimiento tan sólo Sai lo sabía. Sasuke se había negado en redondo a que sus hombres disfrutaran de la hermana de Sai, pero al final no había tenido más remedio que aceptar los deseos de ella con el pertinente permiso de su hermano. El mismo Sasuke había retozado con Kin en alguna ocasión. Era una mujer bellísima, de ojos exóticos y curvas provocativas. Dos minutos delante de ella y era imposible apartar la vista de sus generosos pechos.

Que el difunto Fugaku no amara a sus hijos no significaba que Sasuke debiera darles la espalda, y hacía años que les había otorgado los mismos derechos que a los demás herederos.

Naori era la única hermana, y ella se había trasladado a Inverness junto a su esposo: el señor de Yamanaka; unas tierras que, por otro lado, no quedaban muy lejos de Noun Untouchable. El resto cumplía con sus deberes, colaboraba con los campesinos para provisionarse durante el invierno, y entrenaba con paciencia, esperando el día en que debieran levantarse en armas.

Sasuke estaba seguro de que Sakura sería recibida con agrado, y dada su forma de ser, todos acabarían adorándola. Pero ¿qué pensaría ella cuando descubriera a una familia tan numerosa y unida? No podía evitar desear ver su cara cuando se los presentara, así como no podía impedir que el rostro angelical de su madre se le apareciera en sueños. La recordaba como una mujer cariñosa y sumisa; nunca se había atrevido a llevarle la contraria a su esposo, y siempre acataba las órdenes a pies juntillas. Fugaku Uchiha no la había maltratado físicamente, pero la indiferencia que había sentido hacia ella, terminó por llevarla a lanzarse por el alto acantilado del mar del norte, justo donde se emplazaba el hogar de los Uchiha.

Sasuke alzó la cabeza súbitamente. Una rápida sombra había atravesado el círculo de luz, apartándolo de sus pensamientos.

Tan sólo con una mano aferró el arco y apuntó. Kabuto también se había puesto en pie, y subía con la gracia de un felino por el tronco que segundos antes lo cobijaba.

Sakura se despertó como si un sexto sentido la avisara de algún peligro inminente. De pronto notó cómo una fuerte mano cubría todo su rostro, sin presionar demasiado.

—No digas nada —musitó Sasuke sobre su oído.

Él no se alejó mucho. Sus ojos estudiaron las sombras y los recovecos que las llamas formaban a lo lejos.

La flecha silbó, rompiendo el silencio de la noche, cruzando con velocidad el viento para clavarse justo en el blanco. Un débil gemido y un golpe en el suelo fue lo único que escucharon.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sakura, estirando su mano hasta tocar el fuerte brazo de Sasuke. El temor se reflejaba en el susurro tembloroso, pues era imposible ver algo que estuviera apartado de la luz.

—La comida de mañana —respondió él, después de unos segundos. Dejó el arco sobre el suelo y observó la recortada sombra de Kabuto que emergía del claro de luz. Poco después el rastreador se perdió en la noche.

—¿Cómo has podido verlo? —susurró ella. Se arrimó a su cuerpo, descubriendo que tanta oscuridad era tan aterradora como desquiciante. Si no fuera por que veía aquellas antorchas a lo lejos, posiblemente hubiera acabado loca y muerta de miedo.

Sasuke emitió una suave risa y la rodeó con fuerza, apretándola contra él.

—Es que yo puedo ver —le confesó. Hablaban bajo.

—¿Puedes ver? ¿El qué? Yo también puedo ver si miro a la luz, pero a ti no puedo verte.

—Yo a ti sí —respondió él, estrechándola un poco más.

Sasuke estaba deseando poder vislumbrar su rostro en aquel momento. ¿Se habría creído ella que podía verla? La imaginó ruborizándose hasta que las orejas se volvieran del mismo color de su cabello rosa. Sin embargo, lo sorprendió su respuesta:

—¿Qué estoy haciendo ahora? ¿Eh? ¿Me ves?

Sasuke trató de no echarse a reír, y aguantó la respiración, divertido.

—Ahora me estás sacando la lengua —aventuró.

—¡Puedes ver de verdad! —exclamó ella.

Si Sakura hubiera visto cómo los ojos negros se abrían como platos por la sorpresa se hubiera echado a reír.

En cambio, Sasuke luchaba por no partirse de risa. ¿Sería verdad que esa mujer le estaba sacando la lengua?

Buscó el delicado rostro y lo atrapó entre sus manos. La besó sobre la nariz, sobre los ojos, y fue ella quien rompió a reír.

—¿Qué? —preguntó él, sin dejar de acariciarla con los labios.

—Que eres un mentiroso, Sasuke —gimió cuando los dientes del hombre apresaron su labio inferior con delicadeza, incitándola. Le rodeó el cuello con sus brazos—. No puedes verme —terminó de decir. La boca del Uchiha se apoderó de la suya en su totalidad y sus lenguas se enredaron frenéticas, saboreando, tanteando, probando.

Desde el día del lago no habían podido tener ni un solo momento de intimidad, y cuando se encontraban a solas siempre había alguien que los interrumpía. Kabuto o Silad. De hecho, el agrio carácter que había tenido Sasuke se debía en gran mayoría a eso.

Era un suplicio verla a todas horas, y no poder poseerla ni hacerla ruborizar. ¡Ella era tan malditamente recatada frente a los demás! Y... le encantaba. Era una demostración de afecto, una confianza para con él; como una confirmación de que era tan sólo suya.

Sus cuerpos se apretaron con ansia, fundiéndose en un solo ser.

Las faldas de Sakura subieron hasta por encima de su cintura. La oscuridad que los embargaba envalentonó a la muchacha. Con osadía se colocó sobre el hombre, a horcajadas en sus caderas. Ahogó una exclamación al notar la carne ardiente bajo ella, ya estaba preparada.

Sasuke, pensando que ella se detendría, la sostuvo por la nuca y la atrajo hacia él para besarla de nuevo. La otra mano viajó por una de las largas piernas de la joven, y subió acariciando el muslo con sus dedos, hasta rozar los suaves rizos que se posaban con delicadeza sobre su vientre. La sintió húmeda y exploró con la yema de un dedo. Ella se tensó unas décimas de segundo y se inclinó hacia él, deseando que volviera a besarla.

Sasuke obedeció sin dejar de acariciar su interior, presionando delicadamente, provocando que la joven se convulsionara sobre él cuando alcanzó el orgasmo.

Sakura, con el corazón desbocado y los ojos cerrados, dejó que Sasuke la levantara un poco para poder penetrarla con su miembro. Lo sintió resbalar dentro de ella. Con timidez comenzó a moverse. Todavía tenía la agradable sensación de lo que acababa de sentir, y esas emociones se incrementaron al descubrir que si bajaba con un poco de fuerza, lograba llenarse de él.

Las manos de Sasuke en sus caderas no sólo la ayudaban a elevarse, sino que la excitaban cuando clavaba los dedos en ella.

Sakura se aferró a sus cabellos y con deleite saboreó los labios de Sasuke con sensualidad, mordiendo, marcando.

Las prisas, las ansias, las ganas de disfrutar el uno del otro, terminaron con las reservas de ambos, que jadearon en silencio cuando creyeron tocar el cielo con las manos. Dos corazones latieron unidos en la noche.

Sakura se despertó hambrienta. El olor a carne asada la hizo salir de debajo de las mantas. Entrecerró los ojos ante la claridad del día y se cubrió más en la prenda.

Observó en derredor. Kabuto se hallaba cerca de una hoguera, sobre una piedra. La saludó con la cabeza, al tiempo que le mostraba un trozo de carne entre sus manos.

Como hipnotizada, se levantó hacia él, enrollándose la ropa sobre su cuerpo. Estaba amaneciendo y el sol aún no había salido; sin embargo, en ese lado del bosque la arboleda era menos densa y la luz penetraba perfectamente.

Buscó a Sasuke con la mirada y lo vio llegar desde el pequeño riachuelo. Se había mojado los largos cabellos, y caían húmedos sobre su espalda. Se había rasurado y sus ojos negros relucieron como la noche cuando se encontraron con ella.

Sasuke sonrió al advertir el sonrojo de la muchacha.

—Tomad, Sakura —La joven cogió la carne que Kabuto le entregaba, sin importar que la grasa cubriera sus manos. Se dio cuenta de que tenía bastante hambre y, excepto por algún guiso, no había hincado el diente a un buen trozo de... ¿jabato?—. ¿Tú no quieres, Sasuke? —le preguntó ella cuando lo vio acercarse a los caballos para comenzar a prepararse.

—Ya lo hice, mujer. —Elevó los ojos al cielo—. Quiero llegar antes de que anochezca. No creo que hoy paremos a comer.

—¿Falta mucho?

Sasuke ladeó la cabeza y acabó por asentir.

—Sí, pero esta noche dormiremos en una cama. —Sasuke se colocó las espadas cruzadas sobre la espalda.

—Sí —intercaló Sakura, sin mirar a nadie—, cada cual en la suya.

Sasuke se hizo el despistado, y la observó con el deseo reflejado en su mirada. Kabuto miró hacia otro lado, ocultando una divertida mueca.

—Por supuesto —aseguró Uchiha, guiñándole un ojo.

Sakura dudó con su respuesta.

Volvió a enrojecer y le dio la espalda a Kabuto para que no pudiera verla. Estaba segura de que ese hombre estaba disfrutando de lo lindo. ¡Menuda carabina se habían buscado!