Capítulo 27


Sasuke no había pensado demorarse mucho, tan sólo quería visitar a unas amistades, conseguir prestadas algunas monedas, enterarse de los últimos rumores sobre política...

Había estado deseando regresar a la posada desde el mismo momento en que había salido, alejándose de Sakura.

Llevaban tanto tiempo compartiendo los días que unas cuantas horas lejos de su compañía se volvían un suplicio. La intranquilidad de saber de ella, la duda de que hubiera desobedecido, aventurándose sola a salir por la ciudad; el temor de que la mano de Namikaze llegara hasta allí cuando él no estuviera presente... Empezaba a sentir un miedo constante que deseaba a apartar de su lado con todas sus fuerzas.

Cargado con un par de paquetes en las manos subió los escalones de dos en dos, medio corriendo. Se detuvo ante el dormitorio de Sakura y golpeó la puerta con los nudillos.

Esperó con una sonrisa a que la joven le abriera, pero sus llamadas no obtuvieron respuesta.

—La señora que venía con vos se halla en el patio trasero, tomando el aire.

Sasuke miró a la moza con una sonrisa y un asentimiento de cabeza, le entregó los paquetes que llevaba con la orden de que los dejara en el cuarto de Sakura. Él descendió hasta el lugar donde la mujer le había indicado, y se detuvo abruptamente cuando vio a Sakura sentada sobre un banco, bajo una frondosa sombra, charlando con una muchacha de apenas su misma edad o poco más.

Sasuke las miró fijamente; era innegable que ambas muchachas eran parientes. Hasta creyó ver algunos gestos idénticos. Pero, según Sakura, el único familiar con vida que tenía era Deidara, ¿no?

Frunció el ceño y se limitó a observarlas sin acercarse. Podía ver los rasgos de Sakura a la perfección: el modo en que se mordía el labio inferior como si dudara de algo que la otra le estuviese diciendo. Su rostro, falto de color; el modo en que se pasaba la lengua sobre el labio, en actitud nerviosa, y algo que nunca le había visto hacer: morderse las uñas.

Desde luego, lo que la joven de largos cabellos rubios le estuviera diciendo no parecía ser muy del agrado de Sakura, y él descubriría qué era y qué tramaban las dos. No sabía muy bien por qué, o quizá había llegado a conocer a quien se convertiría en su esposa demasiado bien, pero algo le decía que allí estaba pasando algo.

Conociendo la naturaleza de la fierecilla de Haruno, debía andar con cuidado.

Sakura se levantó y la otra joven la imitó. Se abrazaron y se alejaron, cada una por un sitio diferente.

—Dame tiempo a que lo acabe. Te lo acerco a tu dormitorio en un rato —se despidió la muchacha desconocida, con voz un poco más alta de lo normal, lo suficiente como para que Sasuke la escuchara con claridad.

—Ten cuidado, Temari.

Sasuke se apretó contra una pared en el momento en que Sakura pasaba a su lado, cabizbaja. ¿Por qué estaba tan desolada? ¿Qué había podido decirle la otra para que estuviera tan triste?

Chasqueó la lengua, siguiendo los pasos de Sakura con lentitud. Puede que hubiera hablado sobre el asedio y las muertes de los Haruno, y por eso se mostraba tan pensativa, como si tuviera que soportar un peso adicional sobre su espalda.

Pues no le gustaba verla así. No cuando los ojos verdes se oscurecían, perdiéndose en el pasado, cubriéndose de miedo.

El pasado era tan sólo eso: hechos que no podían arreglarse de ninguna manera, y lo mejor era mirar hacia adelante con nuevos aires, nuevas ideas, con una buena base para el futuro.

Dio tiempo a que la joven llegara a su dormitorio, y cuando él llamó de nuevo a la puerta, una Sakura nerviosa lo recibió con una tímida sonrisa.

—Vine antes, pero habías salido fuera. —Sasuke se acercó a ella y la besó con ansia en la boca. Había estado deseando hacerlo durante toda la mañana.

Sakura le correspondió de igual manera, lo necesitaba. Tenía tantas dudas y tantos temores que se sentía como un ratón a punto de ser cazado.

—¿Ocurre algo? —preguntó él, apenas separándose de sus labios. Le encantaba tenerla entre sus brazos, sentir el calor de su delicada piel, pero tenerla así sólo lograba excitarlo, marearlo como el buen whisky. El deseo de arrastrarla hacia la cama, arrancarle sus ropas... Miró el colchón con fijeza. Nunca había hecho el amor con Sakura en una cama.

Una sensación de desprecio anidó en su pecho. ¿Cómo había sido capaz de tratar así a la joven? Ella era una dama, había sido criada para convertirse en señora de... Y sin embargo, desde que la conoció aquella noche en Carrick, él se había comportado como un cretino, llevándola de un sitio a otro. ¿Con qué derecho?

—Te echaba de menos —le escuchó decir, con voz suave y sedosa. Sakura había alzado su mano para enredar los dedos en sus cabellos.

El corazón de Sasuke rebosó de emoción con aquellas palabras. Volvió a apoderarse de su boca, esta vez de un modo más lento y suave, recorriendo con su lengua cada recoveco oculto. Saboreando la aterciopelada lengua con un calor creciente que fue naciendo desde su estómago hasta el mismo músculo que se levantaba erguido entre sus piernas. Apretó sus caderas contra la muchacha, ella debía saber en qué estado lo dejaba cada vez que le mostraba su afecto o sus cuerpos se rozaban. ¿Sería siempre así? ¿Era Sakura consciente de cuánto le hacía arder la sangre?

Con las manos en la cintura de la muchacha, la apartó de sí y la vio ruborizarse bajo su atenta mirada.

—Te he traído algo —Sasuke le señaló los paquetes que la moza, Giselle, había dejado sobre una alta cajonera.

Sin desprenderse de aquel íntimo abrazo, Sakura observó lo que le mostraba. Picada por la curiosidad, y con una sonrisa traviesa, se alejó de él para cotillear las prendas cubiertas.

Sasuke sintió cómo el frío lo envolvía de repente. La necesidad de Sakura era tal que, tragando con dificultad, se excusó y salió a su propio dormitorio. No iba a aprovecharse más de ella. No. Sakura se merecía ser tratada con respeto, ser halagada. Aunque le fuera la vida en ello, se dedicaría a cortejarla y enamorarla. La convertiría en su esposa cuando estuviese seguro de que ella lo amaba de la misma manera que él.

Sakura miró la puerta, que acababa de cerrarse, y se quedó con los ojos clavados en la gruesa madera. Incapaz de concentrarse en algo que no fueran las palabras de su hermana, observó el largo vestido de manera superficial. El tejido estaba confeccionado con una seda muy suave, en tonos ocres con hilos dorados.

Tenía la cabeza tan embotada que ni siquiera se preguntó cómo Uchiha había conseguido aquello. Bien sabía que Sasuke era un hombre rico, el Laird de Untouchable, señor de Uchiha, pero hasta dónde ella sabía, el hombre no tenía nada de oro o plata encima, y las últimas monedas las había cogido ella cuando se alojaron en Lareston.

Recorrió la prenda con su mano, y entonces cayó en la cuenta de que Sasuke había salido del dormitorio.

Se acercó a la ventana y miró fijamente cómo el sol se escondía tras las verdes montañas de Arran. Estaba feliz, Temari, su hermana, estaba viva. ¡Viva! ¿Por qué entonces se encontraba con un runrún muy extraño en su estómago? ¿Por qué se le erizaba todo el vello de su cuerpo con una mala intuición?

Suspiró lacónicamente. No quería perder a su hermana, ni el amor de esta. Recordaba cuándo jugaban juntas a hacerse peinados diferentes, cuándo compartían secretos bajo las sábanas, cuándo se zambullían en el lago bajo la atenta mirada de su madre, cuándo hacían rabiar a Kizashi o discutían entre ellas, y Sakura volvía locos a todos los Haruno con sus exagerados llantos.

¿Cuándo había dejado de ser una niña?

Sus ojos se llenaron de lágrimas. No podía ignorar a su hermana, no cuando habían compartido tanto. En cambio, con Sasuke... Suspiró, temblorosa, y las lágrimas rodaron por sus mejillas; no podía renunciar a ninguno de los dos, simplemente prefería morir que encontrarse en un futuro en aquella situación.

Se retiró las lágrimas de su rostro con fuerza. Si le comentaba algo a Uchiha, él interrumpiría los planes de Temari. Pero si no lo hacía... ¿Sería capaz su hermana de ponerla en peligro por querer vengarse de Sir Nagato?

Sir Nagato. Aún no podía creer que el amigo de su padre, el vecino con el que Kizashi siempre contara para todo, fuera el responsable de lo sucedido. ¿Por qué?

Debía pensar que Nagato había sobornado a Namikaze para deshacerse de los Haruno. ¿Por qué? ¿Era Surrey tan sólo un enviado?

Y mientras todas esas conjeturas daban vueltas en su cabeza, sintió los suaves golpes de la puerta.

Se tensó. Sería Temari con la dichosa carta. ¿Y si no la abriera? No quería hacerlo, ni traicionar a Sasuke; no deseaba que John de Escocia la acusara de algo malo. Ella sólo quería vengarse de su familia, pero Sasuke tenía razón: había maneras y maneras.

Sakura apenas sacó la cabeza por la puerta, Temari le entregó la misiva doblada.

—No dejes que la vea nadie —le susurró antes de irse.

Sasuke había vuelto a salir de la habitación al escuchar los pasos en el corredor, justo a tiempo de ver cómo la pariente de Sakura le entregaba algo.

La incertidumbre se apoderó de él y esperó hasta que aquella muchacha cruzó por delante de la puerta, entonces la arrastró hasta su propio dormitorio, cerrando tras de sí. Se había prometido ayudar a Sakura, buscar las pruebas suficientes, aunque realmente ahora ya no le hacían falta porque Namikaze había tratado de matarlo a través de ella. Pero aquello era un misterio que él debía desentrañar. Era responsable de la vida de la mujer que amaba, y si alguien pretendía hacerle daño debería pasar antes por encima de su cadáver.

El sol se había escondido perezosamente, dando paso a una hermosa y brillante luna de luz plateada que bañaba la ciudad con mágicos colores.

El bullicio en la calle era constante y Sakura, lejos de disfrutar de aquel paseo, aferrada al brazo de Sasuke, se encontraba con que sus pensamientos se hallaban encerrados en aquella carta que le quemaba en uno de los bolsillos de la hermosa túnica que Sasuke le había regalado.

Quiso prestar atención a las explicaciones que el joven hacía sobre la ciudad, o cuando le señalaba las nuevas y grandes mejoras que Balliol había realizado.

Ella asentía, tratando de que no notara su indiferencia o falta de interés. Sin embargo, los nervios que se agarraban a su estómago a medida que se acercaban a los muros de Brodick, la habían hecho perder el color de su rostro. Sasuke, a su lado, se mostraba jovial y atento. A veces se detenía para saludar a alguien, palmear el hombro de alguno de los guerreros de John, o moviendo formalmente la cabeza hacia las damas que lo miraban con el deseo pintado en los ojos.

No se había dado cuenta Sakura de lo importante que era Sasuke Uchiha como guardián de Escocia para aquella gente: un vasallo de Balliol que había jurado lealtad tanto al rey como a la corona. ¿Y si lo estaba poniendo en peligro con su actitud? Jamás permitiría que él cargara con sus culpas en caso de ser descubierta.

La intranquilidad se hizo latente cuando atravesaron el portón de la entrada.

El castillo era impresionante, al menos poseía cuatro plantas y los siervos se afanaban de un lado a otro, concentrados en sus tareas.

La soltura con que Sasuke se desenvolvía entre aquellas personas desconcertó a Sakura. Estuvo a punto de caer con los primeros escalones de la gigantesca sala, pero el fuerte brazo de Sasuke que ahora le rodeaba la cintura posesivamente la estabilizó.

—¿Nerviosa? —le preguntó él con una sonrisa ladeada.

Sakura asintió, con dificultad para hablar. Aterrada era la palabra exacta. Aterrada, confundida, la sensación de no saber qué hacer o cómo actuar, de no haber tenido tiempo de pensar qué se proponía Temari, y qué ganaba ella entregando aquella nota a Saory, la reina.

Su corazón, bombeando alocadamente, le impedía escuchar las numerosas conversaciones que una gran cantidad de nobles llevaban a cabo en las instalaciones. Buscó la mano de Sasuke y se aferró a él con tanta fuerza que le clavó las uñas.

El hombre no pareció notarlo y la guio hasta una silla señorial que, en aquel momento, estaba ocupada por un hombre de espesa barba plateada.

John Balliol dedicó una sonrisa a Uchiha y se puso en pie cuando la pareja llegó a su altura.

—Sasuke Uchiha —dijo el hombre, tendiendo una mano amigablemente—. Me alegro de volver a veros. ¿Cómo fueron los esponsales de Carrick? —se interesó.

John, por supuesto, había sido invitado al gran evento. No porque Yahico y él se cayeran bien, tan sólo por el juramento dado de las Highlands. Pero John, un hombre racional y compresivo, sabía que Yahico, a pesar del respeto que ambos debían tenerse, no le hubiera agradado verle cerca de su hogar. Se había excusado con importantes asuntos que atender.

—Todo fue bien, excelencia —lo saludó Sasuke, atrayendo a Sakura junto a él—. Me traen asuntos importantes que debo discutir con vos.

—Sí, lo imagino, Uchiha. Vos sois de los que no soléis visitar por placer a vuestro Rey —paseó los ojos sobre la joven con una sonrisa amable—. ¿Debo pensar que habéis tomado una esposa tan bella sin haberme enterado?

—Sakura Haruno —asintió Sasuke—, mi prometida... de momento —se giró hacia ella con un extraño brillo en sus ojos negros—. John de Balliol, señor de las Highlands.

Sakura se inclinó hacia delante, en forma de reverencia. Estaba sorprendida al conocerlo. No se había imaginado a un hombre tan... campechano.

—Es un honor para mí estar en su presencia —dijo ella, bajando humildemente la mirada.

—El placer es nuestro, Lady Haruno. —John la observó fijamente y pasó su mirada a Sasuke—. Lady Haruno —repitió—. ¿Acaso sois del clan que fue asediado hace unos años? —Volvió a mirarla—. Conocí a vuestro padre, un hombre ejemplar. Todo Brodick lamentó lo sucedido. Gracias a Dios, los culpables pagaron por sus delitos.

«No todos» —quiso contestarle ella, pero contuvo su lengua a tiempo.

—A mi esposa le agradará conoceros. En unos minutos se reunirá con nosotros. Uchiha, pasemos a mi estudio. Os prometo que esta preciosa beldad Haruno estará tan protegida como por vos mismo. —Llamó a una joven sierva y le habló al oído, luego se volvió a Sakura de nuevo—: La doncella os mostrará vuestras habitaciones y os acompañará hasta el comedor. ¿Os parece bien, Uchiha? —le preguntó a su hombre.

Sasuke asintió. Dio un último apretón a la mano de Sakura, trasmitiéndole seguridad y confianza, y la dejó marchar junto a la sierva.