Capítulo 30
El guerrero que paseaba nervioso de un lado a otro del patio rezumaba fuerza y peligro por los cuatro costados. Con cada paso que daba, una nube de polvo se levantaba del suelo, difuminándose antes de volver a caer.
No podía entender la actitud de su amigo, y si lo había mandado llamar, obligándolo a acercarse a Brodick, sería porque debía de ser algo bastante importante.
Según Tetsu y Fū Yamanaka le informaron, Sasuke había planeado su propia muerte para tener libre acceso a la fortificación de Balliol y cumplir su cometido. Pero si hizo lo que correspondía, ¿por qué Uchiha continuaba en Brodick?
Naruto volvió a levantar los ojos hacia las ventanas de la planta superior. Habían ido a buscar a Sasuke y no debía de tardar mucho.
Los últimos rayos de sol fueron decayendo, y la noche comenzó a cernirse poco a poco sobre la isla de Arran.
—¡Brodick! —murmuró de mal genio. El lugar le inspiraba un mal presagio. Sasuke sabía la antipatía que sentía por John. No deseaba verlo ni en pintura, sin embargo, las órdenes de Sasuke habían sido precisas: presentarse en Brodick. Volvió a gruñir de nuevo.
Varios soldados lo observaban con interés, apostados contra el grueso muro gris, pero fingió no verlos. Tan sólo se limitó a pasear con firmeza sobre la arena y mirar a aquella parte de la casa donde imaginaba que Sasuke, o alguno de los grandes, se alojaba.
Su humor era pésimo y se había terminado de agriar cuando le informaron de que esa noche podría pasarla en palacio. ¡No lo haría! Desde luego, esa noche se iría a la ciudad, bebería celebrando que Sasuke había cumplido su misión y, tal vez encontrara a alguna mozuela dispuesta a pasar una noche de risas y sexo.
Naruto era un hombre muy apuesto, y junto con su carácter afable, las féminas lo adoraban y acudían a él como moscas a la miel. Era grande, fuerte y de piel bronceada. Su cabello color oro viejo lo llevaba atado con una cinta, y sus ojos azules tenían dos tonalidades diferentes; dependiendo de la luz del día, podían parecer turquesas, casi blancos como las perlas; en cambio, cuando oscurecía, se tornaban de un profundo azul de brillo acerado.
Poco a poco, los alrededores de palacio fueron iluminándose en una profusión de lámparas y antorchas que llegaban hasta la mismísima ciudad. La luna brillaba sobre el mar como un espejo en la oscuridad y una débil música flotó en el ambiente, mezclada con risas y voces lejanas.
—¡Naruto!
Se volvió al escuchar su nombre, y sonrió a Itachi en cuanto se acercó a él. Se estrecharon las manos con tanta fuerza que el ruido de carne contra carne sobresaltó a varios de los guardias.
—¡Por fin estas aquí! —lo saludó uno de los numerosos hermanos del señor Uchiha. Éste en especial, Itachi, era el segundo en el rango hereditario. En más de una ocasión habían luchado juntos, codo con codo; también se habían emborrachado varias veces, y desde luego sus escándalos en Noun Untouchable habían sido bastante sonados—. ¡Gracias a Dios! Mi hermano está que se sube por las paredes, esperando tu llegada.
—No me extraña. Lo que no sé es cómo ha aguantado tanto tiempo bajo las alas de... este rey nuestro. —No podía decirlo de otra manera. Sabía que sus palabras sonaban despectivas a oídos de Itachi, pero aquélla era su manera de expresarse, de pensar. No quería estar allí. No quería ver a Balliol y de no ser por Sasuke Uchiha, él jamás le hubiera jurado vasallaje.
No opinaba lo mismo sobre las dulces sajonas, bueno... Ni de las normandas, ni de ninguna que tuviera que ver con las de las mismas Highlands. Todas le servían a su conveniencia, que al fin y al cabo se limitaba a un par de noches seguidas pasándolo en grande. Las escocesas eran diferentes: brutas por naturaleza, cabezonas como ellos mismos, y tan deseosas de tomar el mando que daba miedo.
Siempre había sido partidario de Yahico Bruce, el único al que habría reconocido como rey.
—Vayamos dentro, amigo —le instó Itachi con una sonrisa.
Naruto hizo una mueca de asco cuando observó las puertas dobles por donde Itachi había salido. No era la entrada principal, pero su grandeza se asemejaba.
Se dejó arrastrar y cruzaron unas amplias cocinas repletas de sirvientes y cocineros, afanados por servir a los huéspedes.
En una plataforma de acero habían colocado varias fuentes rebosantes de alimentos. Venado, cerdo, patatas, pasteles, budines. El vapor que ascendía de numerosas ollas se concentraba cerca de los techos en una espesa niebla, y los ricos olores de los asados llenaban la estancia junto con el aroma de canela y vainilla; ajo, especias y cebolla.
Las tripas de Naruto rugieron alarmadas y, sin pensarlo, atrapó un muslo de pavo que portaba un criado. Fue comiendo por el camino mientras Itachi le contaba que Sasuke se había casado y que sus heridas se habían recuperado con normalidad y prontitud.
—Si ya ha hecho todo lo que venía a hacer, ¿para qué me llama? —preguntó, extrañado, queriendo sonsacarle algo. Se detuvieron antes de alcanzar la sala contigua a la cocina.
—Será mejor que sea él quien te ponga al corriente, Naruto —le respondió Itachi. Soltó una carcajada cuando el otro lanzó el hueso contra una esquina.
Fue mala suerte que la doncella que marchaba apresurada con un balde de agua, tropezara con el alargado pedazo de esqueleto y cayera con las posaderas en el suelo, derramando líquido por los cuatro costados.
La joven masculló con ímpetu, maldiciendo entre dientes.
Naruto dio un pequeño brinco al darse cuenta de lo ocurrido, y corrió hacia la doncella, levantándola del suelo con un solo movimiento. Se sintió culpable por haber tirado allí esos restos y tuvo la necesidad de decírselo a la muchacha.
—Lo lamento. ¿Estáis bien? —se disculpó, preocupado; iba a continuar con sus injustificadas excusas cuando el brillo de unos ojos verdes lo taladraron sin contemplaciones.
Naruto hubiera jurado que conocía a la moza de algún lado, pero no podía recordarlo. La estudió con interés mientras ella levantaba el balde, ahora vacío, y lo fulminaba con la mirada.
La muchacha había dejado de farfullar después de haberlo mirado.
Naruto percibió la repentina ráfaga de terror que cruzó por la verde mirada de ella, pero igual que llegó se esfumó.
Creyó que la hermosa sierva le diría algo, pero sólo se limitó a proferir amenazas entre dientes.
—Lo siento —volvió a excusarse Naruto. Itachi lo cogió de un brazo y lo sacó de la cocina—. ¿Cuándo regresa tu hermano a Noun Untouchable? —preguntó, retomando el tema que le interesaba.
—Mañana mismo. Sólo estaba esperando por ti.
—¿Y su esposa, la Haruno, cómo está? Dicen que la maltrataron antes de herir a Sasuke. —Miró hacia atrás. La sierva ya no estaba, y él se olvidó del incidente.
—Sí, eso dicen —contestó Itachi—. Mi cuñada es una mujer muy preciosa y fuerte, y muy divertida. ¿Podrás creer que Sasuke apenas le ha contado nada sobre el clan?
—Tu hermano no es hombre que hable mucho... ¿Cuándo te marchas?
—Dentro de poco. —Se acercó a Naruto con una sonrisa traviesa—. Tampoco me gusta mucho este sitio.
Llegaron hasta el corredor de la segunda planta. Naruto olvidó por completo el percance de la cocina, y deseó fervientemente que su corta estancia en la fortificación pasara desapercibida.
Sasuke estaba esperándolos con impaciencia en su recámara.
Sakura se hallaba sentada en una fuerte y elegante silla de madera maciza con base de cuero oscuro. De refilón, creyó ver a Temari corriendo presurosa hacia algún lugar de la casa.
Estaba en una sala contigua al gran salón, unas gigantes vitrinas repletas de libros adornaban el sitio.
—Si me disculpáis. —Sakura se puso en pie e inclinó la cabeza hacia Atsui, conde de Norfolk, después hacia Saory—. Voy a buscar a mi esposo.
Saory y varias damas de la corte trataban de que se sintiera a gusto entre ellas, e incluso la habían ayudado a confeccionar un par de vestidos con las últimas tendencias y con los tejidos más suaves y finos que hubiera visto nunca o hubiera llegado a pensar que existía.
Los nuevos tintes que las damas habían creado eran fascinantes, y todos esos datos los llevaba apuntados en su mente con el único deseo de poder contárselo a Konan. Esperaba que su amiga se encontrara bien en las tierras de Uchiha, ahora también las suyas, aunque también era probable que Yahico de Bruce ya hubiera pasado por allí para recoger a su esposa.
Atsui, un hombre amable, de sonrisa agradable, se incorporó a su vez, despidiéndola.
Sakura se tomó del ruedo del vestido y caminó por donde Temari acababa de desaparecer. Por el rostro de su hermana, la adivinó furiosa y la conocía demasiado bien como para no percibir que había ocurrido algo.
La encontró cerca de la alacena, donde una sirvienta le tendía una falda.
—¡Temari! Te he visto cruzar el salón, ¿ha pasado algo? —Miró las ropas mojadas que se estaba quitando—. Debes fingir que eres una sierva —miró a la que verdaderamente lo era y le sonrió con dulzura antes de volver la vista hacia su hermana—, pero no tienes por qué hacer su trabajo.
—Lo sé —gruñó—, ¡menos mal que dentro de poco marcharemos a las tierras de Surrey! —Temari despidió a la criada con un movimiento de mano—. ¡Por Dios! ¡Mira cómo me he puesto!
—¿Qué ha ocurrido?
—Un imbécil que ha pasado por la cocina. Ha debido ver gracioso tirar los desperdicios en medio del suelo. Iba cargada con agua y se desparramó por todos los sitios.
—¿Y no te has comido al pobre hombre? —bromeó, abrochando la falda de su hermana al tiempo que ocultaba una sonrisa.
—¡Ja! Al pobre hombre —repitió, enojada, recordando brevemente los ojos azules del sujeto—. Me he quedado con las ganas. Es uno de esos guerreros, tan fuerte como tu esposo. ¡Un absoluto maleducado!
—¿No se disculpó? —frunció el ceño.
Temari se encogió de hombros con indiferencia y estiró su falda limpia.
—No lo sé. Ni le presté atención —respondió, altiva—. ¿Quieres que haga que te preparen un baño, Sakura?
—¿Por qué no dejas de protegerme y cuidarme en todo momento, Temari? Voy a estar bien, y sabes que Sasuke no me quita la vista de encima durante la mayor parte del tiempo. Estoy empezando a agobiarme de estar aquí. Espero que Naruto no se demore mucho más en llegar y podamos marcharnos.
—Ahora que lo dices, encuentro algo nervioso a tu hombre. ¿Ha ocurrido algo entre vosotros?
Sakura la observó en silencio unos segundos, luego la tomó del brazo y la llevó a una esquina del cuarto.
El lugar se hallaba iluminado por dos candelabros que daban más risa que luz. Desde luego, en Brodick la iluminación no destacaba por ser de las mejores. Los corredores casi siempre estaban a oscuras, y el mismo Balliol cargaba una mecha cuando se iba de un lado del castillo al otro.
—Sasuke está confundido —le confesó en un susurro—. Siempre ha sido amigo de Carrick, y siente que su fidelidad hacia él puede estar decayendo. No es que haya dejado de apreciarle, ni mucho menos, pero me refiero al asunto político. No sé si me entiendes.
—Claro que sí, Sakura, lo comprendo perfectamente. El puesto que cubre tu esposo es muy importante, y es difícil tomar partido por la amistad de Yahico o por la lealtad que siente hacia nuestro rey.
Temari no había podido explicarlo mejor. Los últimos días, Sasuke se había sentido un tanto apagado, nervioso por la llegada de Naruto, y deseoso de escapar de allí y regresar con su gente.
La llegada de Itachi sólo había servido para perder la paciencia que le restaba.
En Noun Untouchable había corrido la noticia de que el señor Uchiha había muerto, elevando una polvareda demasiado alarmante. Los hermanos de Sasuke incluso se habían preparado para levantarse en armas y asediar las tierras de Surrey. Suerte que los enviados llegaron a tiempo de informarles sobre la farsa. Pero la propiedad ya estaba alterada de tal manera que se reclamaba la presencia del Laird con urgencia.
—He intentado convencer a Sasuke de que no te deje marchar —le dijo a Temari—. Puedes venir conmigo mientras mi esposo se encarga de ellos. Podrías comenzar una nueva vida a mi lado y...
—Sakura, no.
—Hermana, yo también quisiera ir y no tener que dejarte sola. Ahora que te he encontrado no quiero volver a perderte —no pudo evitar que su voz temblara, emocionada—. Temari, no tienes por qué hacerlo —le suplicó con insistencia.
—Sí tengo que hacerlo —afirmó rotundamente—. Saku, Saku —le acarició las mejillas con ternura—. Yo... iba a casarme —tragó con dificultad y luchó contra las lágrimas, haciendo acopio de fuerza—. Yo tenía un futuro, un sueño que compartía con Shikamaru. Íbamos a tener varios hijos a los que veríamos crecer. Una boda por todo lo alto. Una casa elegante, la más envidiada del condado. —Agitó la cabeza, perdida en los recuerdos. Aún podía ver a sus pies las cabezas ensangrentadas de su padre y de su prometido. Se habían reído a mandíbula batiente mientras su joven cuerpo era ultrajado y violado por los indeseables hombres de Nagato Uzumaki. Su vida llena de ilusiones y sueños infantiles murió esa misma noche, junto con su familia—. Déjame que lo haga, Sakura, y no me lo reproches, por favor.
Sakura se abrazó a ella con fuerza. De haber visto todas las imágenes y palabras que Temari trataba de ocultarle, el afán de venganza la hubiera cegado.
—Cuando llegue el día —musitó Sakura contra la oreja de su hermana—, Sasuke y yo estaremos allí.
Temari se apartó para mirarla entre lágrimas. Sonrió, divertida.
—Tu esposo no te llevará con él.
—Lo hará —prometió Sakura, convencida—. Lo hará.
