Capítulo 33


La noche cubría el firmamento y la hermosa esfera plateada, acompañada por cinco estrellas brillantes refulgiendo con intensidad, eran testigos de la serenidad que se vivía en la aldea.

El aire murmuraba entre las ramas de los arboles. Una lechuza ululaba desde una vieja encina y los grillos cantaban a ras del suelo.

Las olas rompían feroces contra las piedras del acantilado y su eco viajaba en la noche llenando el ambiente con de su humedad salada y pegajosa.

A pesar de la espesa negrura, varios puntos de luz titilaban en las calles de la población. Algunas hogueras en los patios traseros de las viviendas o las lámparas tras las ventanas de los hogares, centelleaban alumbrando el camino exacto a seguir.

Sakura se había quedado sorprendida por el comportamiento de Sasuke. ¿Sería posible que no la hubiese visto?

Descendió del oscuro corcel y distraídamente le acarició el lomo. Pensaba en lo que estaría sucediendo en ese momento en el interior de la casa y un escalofrío de miedo recorrió su espina dorsal.

Observó la vivienda sin decidirse acercarse. ¿Qué le diría Sasuke si la viera por allí, de noche y sola?

Estaba en sus tierras, debía sentirse tranquila porque hasta allí no iba a llegar nadie.

La aldea estaba bien protegida. Los arqueros vigías se pasaban la noche pendientes de cualquier movimiento extraño, tanto por tierra como por mar.

Noun Untouchable era muy importante por la buena ubicación con el mar del norte, donde los bucaneros no hacían más que intentar entrar en el país por allí.

Al oeste de la aldea habían construido un fuerte de solida piedra, con grandes empalizadas custodiadas por la mayoría de la guarnición. Era una academia militar donde mostraban las distintas formas de utilizar las armas. Los guerreros estaban repartidos en ambos lados, entre el castillo y la academia, de ese modo ni la aldea ni las demás construcciones estaban descuidadas a los ojos de Uchiha.

Estaba sorprendida por lo que había encontrado en aquellas hermosas tierras. Pero sobre todo, admirada.

Hasta el momento en que llegó a la aldea, siempre había imaginado que su esposo poseía fortuna. En primer lugar porque de no haber sido así el conde de Mar jamás hubiera dado su aprobación al matrimonio. Pero nunca se le hubiera ocurrido imaginar, que poseyera tantas riquezas. ¡Mucho más que las expectativas que el conde hubiera exigido!

Y le admiraba. Sasuke podía ser rudo en algunas ocasiones, pero Sakura notaba como él trataba de contenerse, al menos ante ella.

Era un hombre que con la mirada lo decía todo. Un claro espejo que reflejaba sus emociones. Si estaba alegre o tranquilo lo hacía sentir. Si por el contrario estaba enojado... su mirada penetrante era angustiosa. Sus ojos se volvían puro hielo.

Sasuke Uchiha era un hombre justo. Su gente le adoraba, le sentían uno más entre ellos. Uno más de la gran familia. Y Sakura había aprendido a quererlo no por obligación, sino porque le amaba. Apenas un mes atrás le preguntó a Konan que si era tan doloroso el amor. «¿Qué sentiríais si Uchiha se marchara y no volvierais a verlo?» Ahora lo sabía. Querría morir.

Sakura se acercó vacilante hacia la entrada. Todo el enojo que había sentido fluir durante la tarde, desapareció convirtiéndose en ceniza, evaporándose para dar pasó a una cruel sensación de angustia. Buscó su montura entre las sombras encontrando dos pequeños puntos brillantes donde deberían estar los ojos. Entendió que su esposo no la hubiera visto pues el animal se hallaba bajo un lustroso charco de sombra.

Antes de arrimarse a la fría pared, observó el tejado de la casa por un instante. En la oscuridad, la sombra abullonada que se recortaba se asemejaba a la copa de un árbol pequeño. Todos los tejados de las casas eran así, de aquella forma la aldea podría pasar desapercibida en la noche como si se tratara de un bosquecillo.

—Comprendes lo que quiero decir, ¿verdad? —la voz de Sasuke llegaba apagada a través de la puerta que él había dejado entreabierta al entrar.

El corazón de Sakura no paraba de latir con fuerza.

—No entiendo por qué —escuchó a Kin con altanería.

—¿A qué estás jugando, Kin? —Sasuke bajo la voz. Su enfado era más que evidente y Kin... una loca por intentar sobrepasar los límites.

—Por favor, mi señor, ¡no podéis hacer esto! ¡No podéis echarme! —suplicó la mujer cambiando de táctica.

—Mañana por la mañana tendrás tus cosas preparadas. Partirás hacia el monasterio de Inverness —sentenció Sasuke.

—¡No, mi señor! —Rogó Kin—. Sai se pondrá mal. Él no ha querido deciros nada pero está enfermo y me necesita a su lado.

—¡Mientes! —gritó encolerizado. Sakura que se hallaba muy cerca de la puerta dio un respingo asustada ante el potente tono de voz de Sasuke.

—Estoy diciendo la verdad, mi señor. Sai está mal del corazón pero no desea que os enteréis. No quiere preocuparos con sus problemas. Si me echáis de aquí, Sai morirá.

Lo siguiente que Sakura escuchó fue el estrangulado grito de Kin y el sonido de algún mueble al caer. Sin pensarlo terminó de abrir la puerta en el momento que Sasuke, con las piernas ligeramente abiertas y una mirada asesina en sus ojos negros, se acercaba con la gracia de un felino que apunto está de cazar a su presa, hacia Kin. Sobre el suelo se hallaba una mesa volcada.

Era como si Kin hubiese querido jugar al ratón y al gato tras el mueble y Sasuke lo hubiera apartado de un manotazo.

—Mientes —volvió a decir entre dientes.

—¿Sasuke? —lo llamó Sakura suavemente.

El hombre se volvió sorprendido.

—¡Mi señora! —Kin corrió hasta ella como si de ese modo estuviera a salvo de las intenciones de Sasuke—. Os suplico...

—Mi esposo ha dicho que irás al monasterio y así será, Kin. —Sakura tragó con dificultad cuando clavó los ojos en los de Sasuke—. Aquí no hay cabida para las dos.

Sasuke no dejó de leer aquel mensaje en su mirada. Su Sakura... cómo la amaba. Sintió deseos de abrazarla, de enterrar su cabeza en la suave curva del cuello femenino y cerrar los ojos por un par de semanas seguidas, después de haberla dejado a ella satisfecha, claro.

—¿Y qué pasará con mi hijo? —insistió la mujer entre falsos sollozos. Los ojos secos.

—Cuando llegue el momento se te informara —continuó Sakura mirándola a ella—. Lo que has hecho está muy mal. Mi padre posiblemente te hubiera castigado con azotarte ante la aldea. Es muy grave la falta que has cometido, Kin. Y no puedes excusarte anteponiendo la enfermedad de alguien...

—Os ruego... digo la verdad. ¡Sai no está bien!

—¡Ya hemos hablado suficiente! —Atajó Sasuke fulminándola con la mirada por última vez—. Mañana a primera hora partirás.

Ahora sí, Kin rompió a llorar de forma escandalosa, pero Sakura y su esposo salieron sin mirar atrás.

Para una muchacha como Kin, encerrarse en el monasterio donde «Los hermanos del sagrado caminar» llevaban un riguroso voto de silencio, sería el castigo más grande que le pudieran imponer.

—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —Preguntó Sasuke pasando un brazo por los estrechos hombros de su esposa—. ¿Y por qué has salido sola a estas horas?

—¿Por qué? ¿Es peligroso?

—En la noche no puedes salir. Debes estar en nuestra casa.

—¿Y tú donde estarás, cariño? —le preguntó traviesa. Su rostro sin embargo se veía de lo más serio.

Sasuke soltó un suspiro al cielo.

—Siempre que pueda, contigo. ¿Quién te ha dicho que estaba aquí? —repitió.

—No lo sabía —contestó—. Yo misma venía a solucionar lo que estaba ocurriendo con Kin. Llegaron hasta mí ciertos comentarios, que vos, señor mío, ha prohibido mencionar en la casa.

Sasuke se llevó una mano a la boca para ocultar la mueca divertida. Sus ojos también brillaron traviesos, pero no quería que pensara que se estaba riendo de ella.

A pesar de la oscuridad, Sakura le observó bizqueando sin entender dónde estaba la gracia.

Cuando Sasuke estaba enfadado, los músculos de su cara se tensaban en una fría mascara sin expresión ninguna.

Cuando se sorprendía, el brillo de sus ojos negros crecía con intensidad, al igual que cuando lo consumía la pasión y entonces su mirada se volvía profunda, seductora. Sin embargo, cuando bromeaba, fingía que el tema no iba con él, y... se volvía tan gracioso como en ese momento.

En seguida se puso serio. Después de lo que había sucedido con Kin y de enterarse de lo de Sai...

—No deseaba que en tu primer día tuvieras que escuchar lo que esta mujer ha ido contando por mis tierras. —Se encogió de hombros, cogió las riendas de su caballo y caminaron hasta el corcel de Sakura cuando ella le señaló donde estaba.

—¿En qué piensas Sasuke? Te has quedado un poco... extraño.

—No. Estoy cansado. Llevo todo el día de un sitio para otro. —No pudo ocultar su mayor motivo de preocupación—. Nadie me ha dicho que Sai este mal.

Sakura acarició la mano de su marido y le vio la triste mirada, aunque él se apartara un poco para alzarla sobre la montura.

—¿Y no has hablado con él?

—Si estuvimos juntos hace un buen rato. Tenemos problemas en la mina y hemos tratado de buscar soluciones. —La miró levantando la cabeza hacia ella—. Supongo que había algunos temas que no hemos querido tocar todavía. —Se subió sobre la bestia y ambos iniciaron el regreso a casa—. Mañana tendré que hablar con él.

—¿Comprenderá que envíes a su hermana con los monjes?

—Sai es un hombre justo. Kin necesita un castigo, y como tú bien has dicho, mi señora, en otros lugares la hubiesen apedreado o algo mucho peor. Imagino que encima sale ganando.

—No sé qué decirte —respondió ella tratando de imaginarse encerrada en un monasterio junto a hombres con fama de locos. Porque otra cosa no tenían los «Hermanos del sagrado caminar», nada más que la locura por una búsqueda extraterrenal.

Los monjes eran estudiosos del universo y creían en las piedras mágicas, en las runas escritas con sangre, en los portales entre mundos paralelos. De hecho, el monje más anciano de todos, era un viejo druida de edad indefinida que paseaba con su larga barba blanca, sus hábitos de color crema y hablaba todos los idiomas conocidos. Se decía que era la persona más inteligente del país y hasta él acudían viajeros desde todos los lugares del mundo en busca de consejo y magia.

Sakura había escuchado la existencia de esta orden desde que tuviera uso de razón. Recordaba que siempre que hacia alguna de sus travesuras Kizashi la amenazaba con enviarla al monasterio. Llegó a sentir terror por ellos sin siquiera conocerlos.

Desde luego no la gustaría estar en el lugar de Kin.

—¿Por qué crees que Sai te haya ocultado lo de su enfermedad?

—No lo sé. No estoy seguro que sea cierto. Creo que la boca de esa mujer está llena de veneno.

Sakura asintió con la cabeza y clavó los ojos en el portón de la entrada.

—¿Te ha confirmado... si... es hijo tuyo?

—Después de todo lo que ha ido soltando, ahora no se puede retractar. —Se encogió de hombros con indiferencia—. Imagino que nunca lo sabré a ciencia cierta. ¿Has comido algo? Estoy tan hambriento que soy capaz de comerte entera.

Sakura rio cuando se encontró con los ojos de Sasuke que otra vez brillaban divertidos. No pudo evitar que sus mejillas se tiñeran sonrosadas.

Pero Sasuke no estaba ni divertido, ni contento, ni alegre, sin embargo bastante de lado había dejado a su esposa durante todo el día, como para encima estar enfadado o con mala cara ante ella. Sakura, por Dios, era una bendita. ¿Qué mujer permite que su marido la abandone nada más llegar a casa?

Sasuke la cogió de la mano y sin detenerse la guio hasta el dormitorio. Cerró la puerta con un pie y la abrazó tan fuerte que Sakura pensó que la aplastaría. Se dejó abrazar con paciencia, porque el fuerte cerco presionaba sus costillas de una manera incomoda. Pero sabía que Sasuke la necesitaba. Necesitaba aquel abrazo. Un contacto que trasmitiera todas sus emociones, el amor más bonito que puede haber entre dos personas. El calor del afecto.

Un abrazo no solo de posesión, también de entrega. Dos personas en un mismo centro, en un solo cuerpo.

El corazón le Sasuke latía con fuerza.

—Debes perdonar no haber estado contigo en todo el día. —Le encerró el pequeño rostro entre las manos y la besó en la punta de la nariz—. Tus protectores —levantó la vista a sus ojos—, ¿se retiraron?

Sakura sonrió y agitó la cabeza.

—Acabamos de pasar ante ellos hace menos de cinco minutos. Estaban en la sala pequeña. Pero no creo que se hayan molestado. Creo que te han visto con cara de prisas.

—¿Es cierto? —preguntó él arqueando una ceja. Sakura asintió y él se pasó las manos por el cabello—. Estoy más cansado de lo que pensaba.

—Voy a decir a Matsuri que te llene la tina esa tan graciosa que tienes ahí.

Sasuke rio.

—¿La has probado?

—No. Me quedé durante horas observándome en el espejo con todos mis vestidos. ¡Es una maravilla!

—¿Te gusta de verdad? —Los ojos negros se encendieron.

—¡Me encanta! —Salió de la habitación. Sasuke la escuchó hablar con alguien y regresó con una sonrisa en los labios—. ¿De dónde sacas tantas cosas extrañas? He descubierto objetos que no sé ni para lo que sirven.

—Pues todos tienen su utilidad. Ante todo soy práctico.

—Y raro. —Sakura pasó a la cámara contigua y prendió varias mechas más en los candelabros que pendían de los altos pies.

Sasuke no comprendía porque no podía dejar de observarla. Trataba de quitarse el broche y sus dedos se habían enredado con solo escucharla hablar. La vio cruzar la habitación de un lado a otro. Encendiendo luces, atizando la chimenea...

—¿Te puedes estar quieta ya, mujer? Parece que te has puesto nerviosa.

—¿Yo? —Ella se sonrojó y dubitativamente se le acercó—. Es solo que te he echado tanto de menos hoy que...

Sasuke rodeó la estrecha cintura y con facilidad capturó sus labios acercándola a su pecho. Sabía tan dulce y era tan suave, que deliraba con ella en brazos. La lengua femenina entraba en su boca con descaro, provocándole, mordiéndole el labio inferior, jugando.

Sasuke enredó sus dedos en los cabellos de ella. Presionaba el cuero cabelludo y Sakura perdía las fuerzas por momentos. Ya estaba a punto de cogerla en vilo cuando escuchó los sonidos provenientes del corredor. Besó la frente de su esposa y la apartó con desgana.

—Vienen con el agua.

—¿Qué? —Ella lo miró pestañeando, como si la costara salir del trance.

Las doncellas se detuvieron ante la puerta abierta y Sasuke levantó el brazo en señal de que podían pasar.

—¡Uf, que calor! —dijo Sakura abanicándose con las manos. Sus mejillas daban fe del calor que tenía.

—¿Apago el fuego, milady?

—No, no, gracias Hotaru —respondió Sakura avergonzada de que la doncella la hubiera escuchado. Esperó a que las sirvientas pasaran a la sala del baño y se volvió hacia Sasuke—. ¿Deseáis que os bañe, mi señor? Lo prefiero a tener que coser...

Los ojos de Sasuke brillaron peligrosos con una firme promesa.

Temari hincó el diente a la manzana y observó la luna, abstraída con su forma y con las sombras.

Habían llegado hacia unas horas a la única posada de aquel pueblo. La última posada del viaje antes de alcanzar las tierras de Surrey, y como en aquella ocasión las camas escaseaban.

Temari era afortunada al compartir habitación con las damas de Saory, pero esta vez los cuartos eran tan pequeños, que Temari dudaba de que las dos damas se apañaran juntas.

Esa noche iba a pasarla en el pequeño campamento que la escolta montaba. De saber que era ella la única mujer, jamás se habría acercado a ellos, pero gracias al cielo, Saory viajaba con muchos sirvientes y sirvientas.

Sin embargo, quien le preocupaba realmente era Naruto, el guerrero que Uchiha le había asignado. Era cierto que el hombre se le acercaba lo necesario, sobre todo después de haberlo despachado con cajas destempladas las dos primeras veces que se le acercó en un plan más sensiblero. ¿Acaso se pensaba que ella era tonta y que estaba falta de hombres? Lo último sí, pero eso no le importaba ni al tal Naruto, ni a nadie. Los hombres. ¡Puagh! Unos puercos, unos cerdos siempre pensando en lo mismo, siempre humillando a las mujeres que estoicamente debían soportar sus modales groseros.

Siempre que pensaba así, su cuerpo se relajaba y se quedaba a gusto consigo misma, sin embargo ahora no era así.

Ahora cada vez que pensaba algo de un bruto, acababa la frase diciendo, «pero a Naruto no le he visto hacer eso o decir eso...» Y últimamente, el nombre de Naruto se repetía con insistencia en su mente. ¡No entendía por qué! ¡No le gustaba! Los hombres con aquella corpulencia, con esos músculos duros en los brazos... tenía que reconocer que el cuerpo de Naruto estaba bien, muy bien. Pero a ella no le gustaba porque era demasiado grande.

—Es hermosa, ¿verdad?

—¿Qué? —Temari se incorporó veloz y se alejó de la voz masculina. Con alivio descubrió que era él quien le había hablado.

—Lamento haberos asustado. —El guerrero apoyaba el hombro en el mismo árbol donde Temari había tenido la cabeza antes de sobresaltarla—. Me refería a la luna, es hermosa.

—Si vos lo decís. —Ella se encogió de hombros y continuó mordiendo su manzana—. ¿Queréis algo?

—Lo de siempre. —Lo de siempre era el momento en que ambos se juntaban y fingían una conversación entre esposos. Como la mayoría de las veces Temari no le contestaba, no hablaban de nada, tan solo se quedaban cerca uno del otro.

No tan cerca como Naruto hubiera querido pero tampoco le preocupaba. Le gustaba la moza a pesar del veneno que su boca y sus ojos verdes despedían. Le encantaba ver cómo contoneaba las caderas cuando caminaba por algún lado.

La había estudiado tanto tiempo durante todo el viaje, que había podido averiguar varias cosas de ellas. Era preciosa, y eso no hacía falta que nadie lo dijera. Pero tenía muy mala leche, sobre todo con el género masculino, y por aquí es por donde iban sus pesquisas de momento. Esa mujer había sido maltratada, golpeada, tal vez violada por algún hombre.

La forma en que su cuerpo se tensaba cuando algún desconocido se acercaba a ella, la manera de guardar distancias, o el odio con que miraba.

Pero Naruto era un hombre paciente que sabía escuchar. Tan solo Temari debería aprender a tener confianza en él y estaba seguro de que lo lograría.

Temari esperó a que Naruto se apartara y volvió a sentarse consciente de los varios ojos que los observaba. Los centinelas estaban atentos de todo, incluso de lo que no debían.

—¿Sabéis el tiempo que estará su excelencia en Surrey? —preguntó el hombre tratando de buscar la conversación. Cada día lo intentaba con diferentes cosas, hasta el momento nada había dado resultado.

—Una semana como mucho —respondió.

—¿No lo sabéis con exactitud?

—Pues no. Depende de lo que diga Saory. Quizá le apetezca venirse mañana mismo. —Se encogió de hombros y lanzó el corazón de la manzana hacia el lugar donde descansaban los caballos. Se lamió los dedos y le buscó con la mirada—. ¿Creéis que yo tengo que saber todo?

—Pues eso me dijeron —respondió con el ceño fruncido. Su reacción no había tenido nada que ver con la respuesta de Temari, sino con el asomo de aquella lengua de terciopelo chupando los dedos con inocencia. Inocencia o no, Naruto está loco por derribar aquellas murallas.

—¿Es importante saberlo? —le preguntó con su acostumbrado desdén.

—De vital importancia —respondió Naruto asintiendo levemente—. Será el momento del ataque.

Tal y como Naruto había esperado, Temari se giró a él más interesada que nunca. Podía ver en los ojos verdes como había captado su atención.

—¿Del ataque? —susurró acercándose a él de manera inconsciente—. ¿Le vamos atacar? —Se echó a reír chasqueando los dedos y se alejó de él zarandeando el trasero.

Naruto la miró estupefacto y caminó tras ella.

—¿Por qué no me creéis? ¿Acaso pensáis que bromeo?

—¿Y no es así? —preguntó ella sobre el hombro.

—Son órdenes de arriba —señaló Naruto hacia arriba y Temari se detuvo levantando la cara al cielo.

No se dio cuenta de que los ojos azules de Naruto la recorrieron con avidez estudiando su expresión.

—Me refiero a Uchiha —terminó de decir sin intentar siquiera acercarse a ella. La luz de la luna se reflejaba en el hermoso rostro bañándola con una aureola plateada.

—¿Estáis hablando en serio? —Su voz se había vuelto seria—. ¿Por qué a mí no me dijeron nada?

—A lo mejor no confían en ti. —Naruto se encogió de hombros con indiferencia—. Yo no estoy muy seguro de fiarme de ti. No sé si a la hora de la verdad, me apoyarías o lucharías contra mí.

—Lucharía contra ti —respondió—, ¿me lo contarás?

—No lo sé. Depende.

—¿De qué? —Temari se estaba poniendo en guardia otra vez.

—De lo que me des tu a cambio. —La muchacha le dio la espalda y caminó hacia el lugar donde dormían las siervas—. Me puedes dar una carta, o un regalo. —Naruto fue elevando la voz para que le escuchara—. Sí, en realidad me vale cualquier cosa.

Pero esa noche no sería porque Temari ya no le escuchaba.