Capítulo 35


La semana paso con una calma relativa. Por un lado Kin puso el grito en el cielo cuando descubrió que el Haruno la llevaría hasta Inverness, sin embargo, partió hacia allí.

La despedida de su hermano Sai fue muy emotiva. Sakura fue la primera vez que vio a su esposo tan emocionado. Emocionado y preocupado, Sai le había confirmado que era cierto. Su corazón se apagaba con cada latido, con cada pena... con cada alegría.

Kin amaba a su hermano, Sakura no podía negarlo, pero no por ello se dejó engañar como los demás. Sus lágrimas de cocodrilo no eran más que pura fachada en un intento porque Sasuke cambiara de opinión. Quizá con la macabra idea de que Sai recayera en ese preciso momento debido a las fuertes emociones.

Sakura sabía lo que eso supondría. Una culpa constante para Sasuke. Pero Sai era fuerte y luchaba por mantenerse en pie. Ni su rostro ni su cuerpo hablaban de enfermedad.

Por otro lado, los condes de Mar regresaron a su hogar con la firme promesa de volver. La tristeza de que sus protectores se marchaban tan lejos, se vio compensada con la llegada de Deidara que repentinamente partió al día siguiente con Kin.

Sakura se propuso recorrer todas las casas de la aldea para presentarse y ofrecer ayuda. En Haruno, su madre lo hacía siempre, todos la habían adorado. Sakura quería parecerse a ella. Estar pendiente de su esposo y sus hijos mientras estuvieran en casa, ayudar a su gente y compartir sus risas, sus peleas, sus chismes. Apoyar a Sasuke y que sintiera que ella estaría allí siempre, decidiera lo que decidiese. En el campo político, claro, porque en lo demás quizá debieran luchar un poco. Ambos eran muy cabezones y a veces sus ideas discrepaban, pero hablando con coherencia y razón, Sakura acababa convenciéndole de casi cualquier cosa.

Los nombres y las caras de todo el clan se acumulaban en su cabeza, sobre todo cuando añadían: «soy primo de tu esposo», «soy el sobrino de Fulanito de Tal, y Menganito de Cual». No eran todos parientes directos, había esposas y esposos que venían de otros clanes, nómadas que después de recorrer varios lugares habían acabado instalándose en Noun Untouchable.

Había contado al menos siete hermanos de Sasuke legalmente reconocidos. El menor era un encanto. Un varón de quince años que entrenaba con los guerreros y tenía el sueño de convertirse en arquitecto. Era muy charlatán y divertido. Se parecía muchísimo a Sasuke, pero diez años más joven. Naori era la única hija y estaba a unida al clan Yamanaka. Decían que hacía visitas esporádicas sin avisar. Era la única que no vivía allí. Itachi era el hermano que iba detrás de Sasuke y después otros cuatro que apenas se dejaban ver el pelo, excepto en las comidas.

Los almuerzos y las cenas eran muy divertidos en el gran salón. Los Uchiha contaban anécdotas que vivían y escuchaban y todos acababan disfrutando entre risas de las veladas. Alguno se escabullía de vez en cuando por haber quedado en ver a alguna damisela. Sakura estaba encantada. Siempre se enteraba si a Itachi le gustaba esta moza o aquella, y le encantaba pincharle, algo en lo que Sasuke la apoyaba.

No habían vuelto hablar de la cala de los acantilados, pero a Sasuke no se le olvidaba la conversación y de vez en cuando le recordaba que la llevaría a la playa. Nunca encontraba tiempo, pero Sakura sabía ser paciente.

Casi todas las tardes al ponerse el sol pasaba a visitar a Sai. Su vivienda era una de las más céntricas de la aldea.

Siempre lo encontraba detrás de un gran escritorio con documentos pulcramente ordenados. Unas veces Sakura lo ayudaba, y se sentaba a su lado y otras le daba conversación. Le pedía que le hablara de los Uchiha cuando eran pequeños y del pueblo. Sai estaba encantado de recibirla. La dulce muchacha no había tardado en penetrar en su corazón desde el momento en que se la presentaron. La sinceridad en los ojos verdes, la sonrisa honesta y franca que siempre pintaba su boca...

—... y seguramente que esta noche vayan todos a cenar. Podíais ir Sai. Será muy divertido...

—De verdad que no, mi señora...

—Sakura —le interrumpió. Lo hacía cada dos por tres hasta que Sai desistiera y la tuteara. Después de todo eran familia.

—La señora Ayame me invitó y yo le dije que sí —prosiguió como si no la hubiera escuchado —Solemos comer juntos. Aunque... —se calló abruptamente y todo quedo en completo silencio.

—¿Qué os pasa? ¿Por qué os habéis callado? —preguntó Sakura observándole.

Sai agitó la cabeza.

—¡Estoy harto de que me traten como si fuera un enfermo!

—¿Quién hace eso? ¿La señora Ayame? —Sakura frunció el ceño—. Pues a mí no me lo pareció cuando ayer os dijo «apartad de ahí, patán so bruto». —Sai la miró con una sonrisa en los labios.

—¿Estabais atenta?

—¡Pues claro! —rio, moviendo los ojos traviesamente—. Es normal. Ella está sola, vos... también.

—Sois... mala —dijo, bromeando. Se quedó pensativo y asintió—: Pero sí. Ayame me trata como si fuese un chiquillo...

—¡No digáis tonterías! —Se rio Sakura—. Os estáis volviendo viejo.

—Chiquilla, ¿qué puedo ser, diez años mayor que vos? —Sai soltó una carcajada. Sakura no hacía más que tomarle el pelo, y él disfrutaba siguiendo sus juegos.

Pero aquellos diez años eran como veinte o más. Sus movimientos eran lentos y cansados. Su respiración demasiado sibilante cuando hacía algún esfuerzo. Sin embargo, allí, en aquel momento, se lo veía tan fuerte y vigoroso que nadie hubiera dicho que estaba enfermo.

—¿Y ya habéis terminado de recorrer las lindes? —preguntó Sai, cambiando de tema. Sakura supo que por muy bien que se llevaran, todavía no había confianza para que él le contara sobre sus amoríos con la señora Ayame.

—Casi toda. —Ella se encogió de hombros— ...como Sasuke no deja que me acerque al acantilado, eso me lo perderé. ¿Sabéis por qué no le gusta a mi esposo ese lugar?

Sai asintió y se cruzó de piernas. Se cubrió con la manta cuando ésta se echó a un lado con el movimiento.

—Su madre se lanzó desde allí.

Sakura abrió los ojos con horror, y Sai pasó a relatarle que se había suicidado por no considerarse amada. Le contó sobre el antiguo laird que prefería las batallas y el jolgorio antes que a su propia familia.

Estaba Sakura digiriendo todo aquello cuando Sasuke entró como un rayo en la casa, y apoyando las manos en el respaldo de una alta silla, clavó los ojos en Sai:

—Se acerca un ejército de al menos doscientos individuos —dijo—. He enviado hombres a que me traigan los datos exactos.

Sakura se levantó, mirándolo:

—¿No pueden ser la comitiva de su excelencia? Quizá hayan decidido venir...
—dejó de hablar cuando Sasuke negó con la cabeza.

—No puedo estar seguro. Es lo que pensé.

—¿No han enviado a ningún emisario? —preguntó Sai, extrañado.

Sasuke volvió a negar.

—¿Cuándo llegarán?

—Tres días, cuatro a lo sumo.

Sakura se acercó a Sasuke y le tomó la mano con fuerza. Él le devolvió una mirada oscura cargada de preocupación.

—¿Y no tienes ni idea de quiénes pueden ser? ¿Amigos? ¿Yamanaka? —insistió Sakura.

—Quién sabe. Pero amigos que viajen con un ejército tan grande... —Hizo una mueca negativa con los labios—. Por si acaso, voy a enviar hombres al extremo norte, y varios en busca de la comitiva de la reina.

Sai asintió. No era una buena señal que un ejército tan grande no enviara a un emisario para ir abriendo camino.

Naruto paseó furioso bajo el estrecho claro de luz. No podía quitarse las palabras de Temari de la cabeza y sentía que le iba a estallar en cualquier momento. ¡Por Dios! ¡Nagato un asesino! ¡Ja! Pero ¿a quién se le había ocurrido esa idea tan extravagante? Nagato, ni más ni menos.

Golpeó con fuerza un canto rodado y éste chocó contra el tronco de un grueso árbol, produciendo un sonido seco como el quiebro de una rama. Varios pájaros abandonaron su nido con prisas.

Nagato era una persona buena, tranquila. Desde siempre había evitado problemas y conflictos. Era el hermano de su madre y, cuando ella falleció, se hizo cargo de él.

Habían compartido risas y preocupaciones. Lo había obligado a leer y a escribir. Lo había acogido de la misma manera que lo hubiera hecho con un hijo. Era totalmente inconcebible la idea de que él fuera quien mandó aquellas muertes. ¡No!

Ni siquiera el aspecto de Nagato era amenazante, ni su amabilidad, ni su talante. Naruto ni siquiera lo recordó enfadado alguna vez, y de ser así, lo hubiera escondido tras una fachada de paciencia y educación.

No tenía ni idea de dónde había sacado esa arpía esas ideas, pero lo averiguaría. No pensaba dejar las cosas así.

Su tío tenía derecho a defenderse de las graves acusaciones que se vertían contra él.

¡Si es que no tenía lógica! El ejército que Nagato poseía era porque Sasuke y él habían insistido mucho, debido al gran número de bandoleros que últimamente asaltaba las propiedades. Casi todos los hombres de su caballería eran mercenarios contratados en las tabernas o en los puertos, por lo que Nagato ni siquiera entrenaba a su propio ejército. ¡Odiaba la guerra!

Cuando Naruto contaba con diecisiete años, Nagato le ofreció la posibilidad de entrenar con los mejores: Balliol, Carrick, e incluso Eduardo. Sin embargo, uno de los clanes más antiguos que no solía entrar en disputas, a pesar de contar con los mejores guerreros, fue el de Uchiha.

El mismo Fugaku Uchiha lo había enviado a entrenar con sus hijos, acogiéndolo como su pupilo. Había estado codo con codo con Sasuke, Itachi... Se consideraba uno más de la familia.

Fugaku Uchiha murió y Sasuke se hizo cargo de todo el clan con la ayuda de su medio hermano bastardo. Naruto pudo haberse marchado, sin embargo su afán de lucha y superación lo convirtió en un Uchiha más, y Nagato lo había sabido entender perfectamente.

Ahora seguían viéndose de vez en cuando. Naruto aprovechaba siempre que podía para pasarse por sus tierras y saludarlo. Era sangre de su sangre.

Se frotó el rostro, presionando la frente con dos dedos. Por otro lado... ¿Por qué la Haruno iba a mentir? ¡Si le hubiera dicho cualquier otro, ni siquiera lo hubiera cuestionado! Pero, ¿Nagato?

Con paso firme atravesó el campamento, andando directamente hacia la joven.

Temari lo vio venir y se encogió debajo de la gruesa capa que cubría su cuerpo. El rostro del hombre era como una fría mascara de movimientos imperceptibles.

—Escuchad. —La tomó del brazo y la hizo levantarse del tocón sobre el que se hallaba sentada. La llevó entre las sombras, alejándose de las miradas de los demás hombres—. Nagato está sólo a medio día de aquí. —Ella se encogió y su labio inferior comenzó a temblar. A Naruto le hubiera encantado gritarle a la cara para que se diera cuenta de lo equivocada que estaba, sin embargo los ojos verdes lo miraban, aterrados. Como si él fuera un asesino o criminal, un monstruo. Le dolió porque nunca le había dado muestras de comportarse de forma grosera—. ¿Os apañaréis sola en las tierras de Surrey hasta que regrese?

Temari hizo acopio de valor y elevó el mentón con altivez.

—¡No me hacéis falta, Uchiha! Y de haber sabido que Nagato era vuestro tío... nunca...

—¿Lo conocéis? ¿Habéis hablado con él alguna vez? —Sin darse cuenta, Naruto le apretó el brazo más de lo debido, y ella, con una mirada furiosa, se deshizo de sus manos.

—La pregunta es: ¿hace cuánto que vos no lo veis? —Temari cogió aliento y se alejó otro poco de él—. Nagato ha frecuentado la casa de mis padres en bastantes ocasiones los últimos años. ¿Por qué vos no habéis ido nunca?

Naruto la observó con ojos dilatados, intentando averiguar si eran ciertas las palabras de la muchacha. Nagato con Haruno. No era amigos, pero tampoco enemigos.

—¿Qué pruebas tenéis de ello? ¿Vos lo visteis personalmente?

Temari asintió.

—Él dio la orden para que nos llevaran a las mazmorras de Surrey.

—¿Os llevaran?

—Sí, había varios siervos —se encogió de hombros—, nos separaron y no supe qué pasó con ellos.

Naruto se cubrió la mano con la boca, en actitud pensativa. ¡Por mucho que Temari dijera era incapaz de creer!

—Hablaré con él.

—¿Y os contara toda la historia? —La muchacha intentó sonreír con cinismo, pero los fríos ojos azules de Naruto se lo impidieron. Dio un paso atrás. Si antes había tenido miedo al hombre por su corpulencia, ahora sentía pánico al saber qué clase de sangre corría por sus venas. Él arqueó las cejas—. Decidle que Namikaze ha confesado. —Temari se apretó más contra su capa y asintió—. Os esperaré aquí.

Naruto miró la oscuridad del cielo con indecisión. Si forzaba al caballo, podría estar de regreso en Surrey justo cuando llegara la comitiva.

—Espero que os portéis bien —le dijo con un frío glacial en su voz—. ¿Sabéis usar el cuchillito que guardáis en la bota?

—¿Queréis probar? —Los ojos verdes brillaron con decisión, ocultando el miedo que sentía.

—No. Guardad fuerzas para cuando regrese.

—... si regresáis. —Temari le dio la espalda con altanería, y se acercó a una de las hogueras que recién alguien había atizado.

Naruto la siguió con la mirada, todavía pensando que Temari no tenía ningún motivo para mentir.

Azuzó a la bestia todo lo que pudo. No quería perder ni un solo momento pensando que Temari bien podía haberle hecho una jugarreta al alejarlo de ella y las tierras de Surrey.

Todo el camino iba exponiendo los pros y los contras que acusaban a Nagato. No hallaba razón. Tampoco la encontró en las tierras de Nagato, pues tanto él como su ejército habían salido hacia Fortress Noun Untouchable. ¿Por qué y para qué?

Naruto preguntó a varios de los siervos. Muchos conocían la amistad que de Uzumaki había tenido con los Haruno. ¿Por qué él no conocía esa amistad?

De regreso hacia Temari, supo que quizá las palabras de la joven encerraban mucha verdad. Pero si Nagato había marchado con todos sus hombres hacia Noun Untouchable, ¿sería que lo andaba buscando a él? ¿O a Sakura Haruno?

De todos modos, aún seguía sin poder creerlo hasta que no hablara con su tío. Y pensaba hacerlo, desde luego que lo haría.