Capítulo 36


—¡Te maldigo, Deidara Haruno! —Kin profirió gritos a diestro y siniestro. Su voz estridente flotó en el tupido bosque de Inverness.

—No sois la primera en maldecirme, señora. —El hombre ató su montura al grueso palo horizontal que habían clavado contra una de las paredes del patio del monasterio.

Las enredaderas y el denso follaje ocultaban la piedra rojiza de la edificación. Tras el edificio se oía el rumor de las aguas del molino.

Un monje cubierto de pies a cabeza salió a recibirlos con un pequeño libro de tapas de cuero en sus manos, señal de que había estado leyendo recientemente.

Un par de hombres que viajaban junto a Deidara se quedaron en el patio con la mujer, mientras él penetró en la fresca galería con el religioso.

Le entregó el mensaje que le diera Uchiha de su puño y letra.

El monje frunció los labios con disgusto, y a través de una de las vidrieras de tono amarillo estudió a la muchacha con el ceño fruncido.

A Deidara le hubiera gustado saber en qué pensaba. Sin embargo, no se atrevió a preguntarlo.

Por fin el hombre asintió y mandó llamar a alguien. Una mujer de cuerpo rollizo y rostro sonrosado lo recibió con una sonrisa.

—Soy la hermana Rose. —La mujer evitó tocar al Deidara cuando le extendió una mano.

El joven sacó bajo el cinturón la pesada bolsa que tintineó en el balanceo. La depositó en la blanca palma de la mujer.

Ella sopesó la cantidad de monedas y, seguidamente, la introdujo entre sus hábitos.

—La muchacha estará bien aquí —le aseguró.

—Verá, hermana. Mis hombres y yo necesitamos pasar la noche antes de regresar, ¿sería posible...?

—¡No! —Ella agitó la cabeza como si hubiera escuchado un sacrilegio—. Hay una abadía abandonada a unas millas de aquí —le señaló la dirección—. También un poco más hacia el oeste se hospedan el clan Yamanaka. —Con descaro comenzó a empujar a Deidara hasta que lo sacó del monasterio.

Kin esperaba con un hatillo de ropa sobre el suelo.

—¡Te odio! —le gritó al Haruno.

Deidara se detuvo ante ella con una mirada severa.

—Espero que vuestra estancia sea un placer. —Aspiró adrede la fresca brisa de las amapolas rojas, que nacían entre verdes enredaderas de espino, e hizo una graciosa mueca—. Sólo espero que no os aburráis en demasía.

—Eres un hombre cruel, Haruno —le dijo ella, levantando el mentón con altanería—. Seguro que estaré mejor que vos.

—Eso espero —asintió él. Kin lo detuvo, aferrándose a la manga de su camisola.

—Por favor, no me dejéis aquí —le imploró con voz ronca y angustiosa—. No me dejéis aquí, ¡os lo imploro, Haruno! Llevadme con vos.

Deidara la miró, contrariado. Kin seguía intentando mostrar su altivez a pesar de luchar con las lágrimas. Era muy bella, bellísima, y de gran fortaleza. Una de esas personas que no se dejan vencer porque creen que nadie puede ser mejor que ellos; y luego, en el fondo, todo eso no es más que una tapadera para ocultar sus verdaderos sentimientos.

La larga cabellera oscura caía hasta sus caderas en una profusión de gruesos bucles enredados. Y sus ojos exóticos, brillantes, le devolvían la mirada con un orgullo aplastante. Su figura, arrebatadora, como la de una princesa guerrera.

—Lo lamento, señora.

—Me mantendré apartada de su pariente, pero... Por favor. —Deidara la ignoró, girándose hacia su montura—. Podría acompañaros —insistió—. ¿Qué deseáis a cambio, Haruno?

Él se volvió con rostro serio. Su mirada la recorrió con lentitud de arriba abajo, deteniéndose en las caderas y en su delgada cintura, hasta llegar a los cautivantes ojos de ella.

—No tenéis nada que ofrecerme —escupió.

—¿No os gusto? —Se acercó a él hasta pegarse a su pecho. Deidara no se movió, su corazón en cambió tomó fuerza.

—¿Por qué hacéis esto, señora? —le preguntó con tono tan agradable, ronco y sedoso a la vez, que Kin se apartó ligeramente para observarlo con curiosidad. El rostro de Deidara era indescifrable, sus ojos color cielo eran cálidos y atractivos.

Ella apartó su mano del hombro de Haruno donde segundos antes la había puesto para intentar provocarlo. Ahora se arrepintió de haberlo tocado.

—¿A qué os referís? ¿A intentar seduciros? —Deidara asintió—. ¿Y qué otra cosa puedo hacer? —Kin dio varios pasos atrás—. Es lo único que poseo.

—¿Y la dignidad? ¿Dónde la dejasteis?

Kin tragó el nudo que oprimió su garganta. Jadeó.

—Mi dignidad murió el mismo día que nací, Haruno. —Con furia se limpió las primeras lágrimas que rodaron, sin embargo, fingió una risa cargada de cinismo—. ¡No es fácil ser la hija de una de las rameras del laird y no seguir sus pasos!

—Pudisteis elegir. Imagino que después de lo que Sakura me contó, podríais haber recurrido a vuestro hermano sin tener que... ensuciaros de ese modo.

Ella asintió. Sus ojos se oscurecieron.

—Podría. —Enarcó las bien delineadas cejas—. Pero esto —se señaló—, es lo que todos esperaban de mí.

Kin enderezó los hombros, recogió su hatillo y caminó con porte regio hacia la puerta.

—¡Eh, Haruno! —Lo miró sobre el hombro. Deidara no se había movido del sitio, con los ojos fijos en ella—. Dile a tu prima que no se preocupe. El bastardo no es de su esposo. —Sin esperar ninguna muestra de agradecimiento, Kin pasó junto a la hermana para luego escuchar cómo se cerraba la puerta con un golpe seco.

Deidara subió sobre su montura y abandonó el monasterio y a la mujer que tantos problemas les había causado a Uchiha y a su prima.

Se detuvo en mitad del camino, mirando hacia atrás. Esperando encontrarla una vez más.

Naruto llegó hasta la cabecera de la comitiva. No había dormido en toda la noche y sus ojos a duras penas se mantenían abiertos.

Habló durante un rato con Atsui de Norfolk. Ni siquiera deseaba creer que Nagato estuviera realmente involucrado en las matanzas, pero había una persona que no tendría más remedio que confesarlo. Namikaze hablaría si deseaba un juicio justo, de lo contrario él mismo acabaría con aquél.

Naruto sentía los ojos de Temari pegados en su espalda. Ella viajaba junto a las damas de su excelencia en la primera carreta. Evitó mirarla hasta el momento justo en que bajaron el puente levadizo de las tierras de Surrey. Entonces sí volvió la cabeza hacia atrás y la encontró aferrada con las dos manos a su vestido, como si eso pudiera salvaguardarla de algún peligro. Su rostro había perdido momentáneamente el color y los labios no eran más que una línea difusa en su boca.

Esa joven había sufrido mucho desde que asediaran sus tierras, pero no le extrañaba nada que su lengua viperina fuera la causante de todo. Se maldijo por tener aquellos pensamientos. Deseaba culparla como ella lo había hecho con su tío.

La sonrisa con que Ken Namikaze recibió a sus invitados desapareció de su rostro al darse cuenta de la clase de escolta que había elegido su hermana. Hombres experimentados, enviados por Balliol para proceder a su detención.

Namikaze no podía creer que estuviera siendo traicionado por su propia familia, sin embargo creyó ver una oportunidad cuando descubrió a Naruto Uchiha Uzumaki.

Su gozo se fue a un pozo cuando lo encerraron en sus propias mazmorras.

Estaba decidido a confesar. No iba a cargar con nada que no fuera suyo. Temía a Sir Nagato, cierto. Pero después de esto, adivinó que el hombre sería ejecutado.

Él no iba a morir. Aún le quedaban muchos años por delante. ¿De qué lo acusarían, de haber ordenado la muerte de Uchiha? Él no lo había hecho con sus manos. Testificaría y ni siquiera Balliol podría hacer nada. Y con los Haruno, los Akimichi y los Nara. No tenía nada que ver. Por lo menos en las muertes, él sólo recibía órdenes.

Se acercó a la estrecha puerta de madera, recubierta con varias cintas de hierro macizo y oxidado. Había creído escuchar ruidos.

Dio un salto hacia atrás cuando Naruto plantó la cara contra las sucias rejas superiores.

Tragó con dificultad y sus piernas temblaron, nerviosas. Ese hombre, con seguridad había ido a vengar a Uchiha y lo iba a matar.

La puerta se abrió y Namikaze reculó hacia atrás hasta que la pared lo detuvo. O lo mataba por el Guardián de Escocia... o lo hacía para que no pudiera culpar a su tío. Namikaze ni siquiera sabía que sus hombres habían fallado y Sasuke y Sakura continuaban con vida.

Su única solución era confesar, abandonar Escocia para apoyar a Eduardo e instalarse finalmente en Inglaterra.

Los ojos verdes barrieron una vez más los mares de pradera floreada que se extendían desde los muros hacia los páramos.

Sasuke le había asegurado que era imposible que nadie cruzara los límites sin su permiso y debía creer en él. Pero era tan complicado pensar que alguien pudiera estar preparándose para atacarlos que la angustia le latía constante en la boca del estómago.

Sakura no quería ni pensarlo. Tantas gentes inocentes... Niños, jóvenes, hombres y mujeres.

Se acercó hasta la cama para sostenerse en un poste.

¡Que no tuviera miedo!, le habían dicho los Uchiha ¿Y cómo se hacía eso? Respiró con velocidad y creyó marearse. Sus manos temblaron y un sudor frío envolvió su nuca, descendiendo por la espina dorsal. Terror. Miedo, tanto o más que aquel que había sentido hacía años.

Sus recuerdos revivieron los gritos, el humo, el crujido de la madera siendo devorada por el monstruo de fuego que los cubría. Sintió piedras cayendo a su alrededor, el choque de los claymors... y más gritos. Unos pidiendo ayuda, y otros pidiendo guerra; unos liberando el miedo, y otros espirando su último aliento.

Sasuke la encontró hecha un ovillo sobre el suelo. Cubriéndose los oídos con las manos y con los ojos fuertemente cerrados. Jadeando.

—Sakura, Sakura. —La cogió entre sus brazos, susurrando contra su frente—. Estoy contigo —musitó. La colocó con delicadeza sobre la cama y se echó sobre ella, tratando de calmarla—. No pasa nada. Todo va bien. Ya sabemos quiénes son. —Le acarició el cabello con paciencia.

Ella lo miró, desorientada por unos segundos, sin entender qué había ocurrido.

—¿Qué ha pasado, mujer? ¿Te has mareado? —Sasuke seguía susurrando para no alterar la paz del dormitorio. La preocupación se reflejaba en el fuerte rostro.

Sakura asintió y se aferró a su cuello con fuerza, aplastándolo contra ella. Su corazón todavía latía acelerado. Aún sentía el frío sudor de su cuerpo, y tragó varias veces para no vomitar.

—¿Sabes quién es? —preguntó ella, un poco más aliviada, intentando respirar con normalidad.

—Sí. Ha enviado al emisario, es un amigo de la casa. Viene a conocerte. Lo raro es que nunca había venido tan preparado. —La besó en la frente—. No debes preocuparte, mujer. Te he dicho que, aunque vinieran por las malas, no tendrían nada que hacer.

—Sé lo que me has dicho. —Se incorporó, quedando sentada en el colchón—. Mi padre también decía lo mismo; claro que se suponía que no debían atacarnos porque no teníamos enemigos.

Sasuke se levantó y caminó despacio hacia el arco de la ventana, pensando cómo decir las cosas sin ofender a Sakura ni a su familia.

—Tu padre no estaba tan entrenado ni preparado como yo.

Sakura no pudo responder a eso porque seguramente Sasuke tuviera razón. Haruno no era tan grande como Noun Untouchable, ni había poseído nunca tantos hombres. Si hasta en las casas de la aldea Uchiha las triplicaba, eso sin contar los numerosos edificios y almacenes.

Recordó incluso el día en que le dijo a Sasuke que los Haruno poseían pocos caballos. En Noun Untouchable cada caballero tenía el suyo, y ella misma poseía su propio corcel, cosa que en Haruno jamás se le hubiera pasado por la imaginación.

—Pero yo no puedo evitar sentir miedo —le dijo con voz temblorosa. Sasuke se giró para mirarla desde la ventana. El sol bañó sus largos cabellos rosas—. Cuando pienso en lo que sucedió. —Hizo una pausa y su mente regresó de nuevo a aquella noche—. Me asustaron las voces fuertes, mi padre gritaba en el salón, y la mayoría nos levantamos de la cama para ver qué ocurría. —Tragó con dificultad y lágrimas de dolor anegaron sus ojos—. Mis primas, Temari y yo, nos quedamos en un rincón esperando a que mi madre saliera del cuarto. «Esperad aquí», nos dijo. Lo siguiente que recuerdo fue a mi padre gritándonos: «corred a la despensa». «Todas juntas corred a la despensa.» Me miró. —Sakura sollozó y Sasuke se acercó hasta los pies de la cama—. Me dijo: «Sakura, no desobedezcas ahora.» —Agitó la cabeza, ya sin tener ningún control sobre sus lágrimas, que rodaban pos sus mejillas—. No quise desobedecerlo, pero lo hice. Perdí a... iba tras Temari... —Sasuke se sentó a su lado y la arropó entre la calidez de sus brazos.

—Ya no importa, Sakura. —La obligó a mirarlo, poniendo un dedo bajo la barbilla.

—Si Deidara no me hubiera sacado de allí... No sé qué habría...

—Ni lo sabes ni lo sabrás nunca. Yo aprendí hace mucho tiempo a ver las cosas buenas y positivas que nos hacen bien. —Se encogió de hombros—. Quizá por eso siento debilidad por comprar todos estos artefactos, como tú los llamas, que tanto nos divierten. Porque tenemos que dejar paso al futuro. No podemos seguir reteniendo los años por mucho que queramos. Debemos olvidar.

Sakura lo miró con una media sonrisa. ¡Y lo decía él, que le había prohibido ir al acantilado! No dijo nada. No quería herirlo y hacerle recordar cosas malas cuando ella estaba deseando olvidar las suyas.

—Intentaré no volver a tener miedo. —Mientras él hablaba, ella había dejado de llorar y se estaba retirando las lágrimas con el puño de su vestido.

—Sé que eso es difícil, Sakura. Pero debes confiar en mí cuando te digo que a mi lado estás segura.

—Sí, mi señor —carraspeó—, ¿y bien? ¿Quiénes son los visitantes?

—Es un antiguo amigo de la familia. El tío de Naruto. Te va a encantar, es un hombre muy agradable. —Le tendió la mano y Sakura se levantó de la cama, dejando atrás el susto y el miedo.

—Le diré a Matsuri que prepare sus habitaciones.

Sasuke asintió.

—Te ves muy pálida, mujer. Deberías descansar un poco. —De improviso, el hombre capturó su boca con un beso húmedo antes de marcharse del dormitorio.