Sin duda aquello era sorprendente, con todas las letras. Bonnibel vivía en la casa más grande del pueblo pero no tenía nada que ver con el tamaño de la gigantesca mansión. Al entrar había un recibidor enorme que daba paso a una gran escalera que se dividía en dos tramos a partir de un espacioso descansillo. Sobre este había una cristalera de colores. En el centro había una A escarlata que dejaba que la luz se filtrara teñida. A los lados había dos puertas. Bonnie quiso seguir curioseando para empaparse de cada detalle, pero Marceline tiró de la manga de su rebeca y la hizo pasar por una de las puertas a un salón grandísimo cuyas paredes estaban forradas con estanterías llenas de libros. Abrió las cortinas para iluminar la habitación que estaba en penumbra. La decoración era clásica pero de un gusto correcto, nada demasiado recargado. Varios cuadros adornaban una de las paredes. En el centro de la sala había un sofá y dos butacones rojos situados alrededor de una mesita con algunos portarretratos.

Bonnie paseó lentamente por la habitación bajo la atenta y curiosa mirada de la morena. Una fotografía llamó su atención. En ella una pequeña versión de Marceline, quizás de unos 6 años, aparecía disfrazada de zombi por Halloween. La acompañaba un perrito blanco de pelo rizado al que había liado en papel higiénico, como si fuera una momia. Aunque su intención fuera parecer aterradora, su sonrisa traviesa la hacía ver adorable. Bonnie se sobresaltó al sentir a alguien muy cerca de ella y no pudo evitar sonrojarse un poco.

-Ese es Schwabel, mi perro. ¿Te gustan los animales, princesa?

-Deberían llamarte a ti princesa, desde luego esta casa parece un castillo.

-Yo creo que te pega más a ti. Además, yo no soy una princesa, soy una reina.

Sonrió triunfante, satisfecha con su respuesta, lo que hizo que la rubia volviera los ojos sin remedio.

-Sí que me gustan los animales, pero nunca me han dejado tener mascotas en casa.

Antes de que pudiera darle otra respuesta para provocarla señaló otra foto. Era el retrato de una mujer de unos 30 años. Tenía el pelo negro, la piel pálida y unos labios rojos que sonreían débilmente. Era casi exactamente igual que Marceline, pero tenía los rasgos menos angulosos y finos y sus ojos mostraban amabilidad y dulzura.

-Es muy guapa. ¿Es tu madre?

-Más bien lo era. Murió hace unos años.

La repuesta la congeló.

-Lo siento, no era mi intención

-No tiene importancia – la interrumpió con una medio sonrisa que no supo leer bien. ¿Era de tristeza tal vez? – Dime, princesa, ¿qué es eso que te tenía tan enfadada antes?

-No creo que te interese, son solo bobadas y preocupaciones tontas. Debería irme ya, no quiero molestar.

-No me molestas, ya te he dicho que no tengo nada que hacer y ando bastante aburrida.

La miró casi con ojitos de cordero, acentuando el gesto al levantar levemente la comisura de la boca.

-Si no quieres contármelo – prosiguió – no tienes por qué hacerlo, no te voy a obligar.

Y ahora se mostraba comprensible y amable. Su actitud desconcertaba a Bonnibel. Quizás este cambio se debía a que había tocado sin querer un tema delicado. Inevitablemente se sintió responsable y pensó en darle el gusto quedándose un rato más.

-No eres de aquí, ¿verdad?

-Bueno esta casa pertenece a mi familia desde hace varios años, pero no, yo vivo en la ciudad. Ahora sirve como lugar de veraneo, sólo venimos en vacaciones y situaciones puntuales.

-Pero yo nunca te he visto antes por aquí.

-Eso es porque nunca vengo, al menos desde que tenía 8 años. Pero este verano me han obligado a quedarme aquí. Mi padre cree que con aislarme de mis amigos me castiga para que reflexione sobre mi futuro.

-Así que has sacado malas notas, ¿eh?

-Más o menos.

-¿Y te dejan aquí completamente sola?

-No, mi padre se pasa de vez en cuando. Además está Simon, que cuida de la casa, al menos lo mejor que puede.

Se sentó y dio unas palmaditas sobre el sofá, invitándola a que se pusiera a su lado. En cambio, Bonnie se dejó caer en uno de los butacones. Esto provocó que Marceline se contuviera la risa. Cualquier intento que hacía para acercarse a ella era rechazado de forma tajante. Por un momento Bonnibel se dio el lujo de mirarla a los ojos con atención y quedó fascinada. Ambas tenían los ojos claros pero los de Marceline eran únicos. Cerca de la pupila tenía pequeñas pigmentaciones de color miel y el resto era de un azul verdoso. Dependiendo de la luz resaltaba más un celeste cristalino o un verde apagado.

-¿Y tú, princesa? ¿También estás aquí castigada?

-Se puede decir que llevo 7 años castigada.

-¡Pues qué aguante tienes! ¿De dónde eres? ¿Qué se les pasó a tus padres por la cabeza para mudarse a este agujero?

-Nací en Alemania. Cuando mi padre se hizo cargo de la empresa familiar decidió expandirla a este país. No puedo contestarte la otra pregunta, yo aún sigo planteándomela.

-Mi padre también es empresario así que puedo hacerme una idea de que sus motivos también tienen que ser igual de retorcidos.

A Bonnie no le hizo gracia que insinuara algo tan feo de su padre. Sí, es cierto que era severo pero a sus ojos detrás de todo eso se escondía una buena persona. Iba a rebatirle pero el tono de llamada de su teléfono la sobresaltó. En la pantalla parpadeaba el nombre de Pep. Se quedó un momento mirándola, sin saber bien qué hacer.

-¿No vas a responder?

-No, no hace falta. Tengo que irme ya. Adiós.

Se levantó rápidamente y salió del salón sin darle tiempo a la otra chica a reaccionar. Estaba ya alcanzando el picaporte de la puerta principal cuando sintió de nuevo como le agarraban de la manga de la rebeca. Al girarse vio que Marceline lucía el mismo gesto suplicante e inocente que llevaba hacía unos momentos, sonriendo a medias.

-Me caes bien, Bonnie. Puedes venir cuando quieras, no hace falta que llames. Prométeme que volverás, aquí estoy muy sola.

Se quedó un momento reflexionando. No sabía cómo manejar la situación. No le importaba volver, su conversación con Marceline le había hecho olvidar sus preocupaciones por un momento, pero por otro lado había algo en ella que no le acababa de convencer. Decidió tomar por el camino de en medio.

-Tengo algo de prisa. Si no estoy muy ocupada vendré a hacerte una visita.

La respuesta pareció satisfacer, al menos de momento, a Marceline que la soltó asintiendo alegremente. Bonnie se despidió con una sonrisa y salió de la mansión. Bajó rápidamente por la carretera que conducía al pueblo. Por algún motivo que no llegaba a comprender estaba bastante agitada y cuanto más rememoraba la mañana que había pasado en aquel sitio más nerviosa se encontraba.