Capítulo 40
Sakura estaba cansada de esperar y el tiempo parecía haberse detenido a propósito. Su esposo seguía en el sillón presidencial charlando con Nagato.
Itachi tonteaba con una de las mozas que servían el vino aunque su mirada volaba una y otra vez hacia Sasuke. ¿Cuándo demonios pensaba dar la señal? En el patio varios de los enemigos habían caído bajo los efectos de la droga y alguna ayuda de los arqueros que se habían situado sobre los muros frontales de la fortaleza.
En la aldea aún quedaban muchos que intentaban aprovechar la confusión de la fiesta para beneficiarse de alguna de las mujeres. Al menos, eso deseaban hacer.
Sakura supuso que tarde o temprano se darían cuenta que las féminas y los niños habían escapado, ya que hacía un buen rato que habían abandonado el poblado por las cuevas.
Se enteraría en cuanto la guarnición de a pie de los Uchiha comenzaran abarrotar las calles. Con un poco de suerte la caballería ni siquiera debía salir del cuartel.
Cruzó los dedos para que así fuera, pero le era imposible creer que todo resultara así de fácil. No podían ser tan tontos como para caer de esa manera.
Se sintió ligeramente mareada, los gritos y el fuego de la enorme chimenea que cubría todo un muro y ardía con furia la agobió de tal manera que decidió salir un poco al vestíbulo. No había dado ni dos pasos cuando Kabuto emergió de las sombras y se apostó frente a ella.
Sakura exclamó con sorpresa y asustada, no lo había visto llegar.
—¡Kabuto! —Sonrió todavía con labios temblorosos. Se sobrepuso con rapidez y abrazó al hombre con cariño. Amaba a ese viejo rastreador de cabello cubierto de largas y finas trenzas—. ¿Cómo estáis? En la aldea me dijeron que os habíais vuelto a marchar.
—Una cosa de poca importancia —sonrió—. ¿No me digáis que me habéis echado de menos?
Sakura asintió divertida.
—La verdad es que sí. Antes compartíamos el carácter de mi señor —rio cuando Kabuto soltó una carcajada.
—Imagino que ahora ya no os dejará salir escasa de ropa.
Sakura asintió recordando aquel día. Parecía haber pasado una eternidad desde que estuvieran en Lareston.
—¿Y qué hacéis escondido, Kabuto? A mi esposo le encantará veros.
—Él ya sabe que estoy aquí, milady. —Sakura arqueó las cejas confundida y Kabuto agitó la cabeza —llevó vigilándoos todo el tiempo, órdenes del laird. Por eso me preguntaba, ¿a dónde ibais?
Sakura parpadeó con rapidez y buscó a Sasuke con la vista. No se había movido de su sillón pero esta vez la miraba con gesto algo sombrío.
Ella se abanicó con la mano y Sasuke asintió observando a Kabuto con fijeza.
—Yo os acompañaré. —Le ofreció un brazo y ella apoyó el suyo encima.
Antes de salir Sakura volvió a mirar hacia Sasuke, pero este estaba escuchando algo que Nagato le decía.
Kabuto y Sakura atravesaron el vestíbulo en dirección a la escalera central. Los peldaños estaban cubiertos por largas alfombras de tonos apagados y silenciaban sus pisadas.
Aun así, el silencio era tal que Sakura se giró en el tercer escalón para observar la sala con atención.
Habían mandado que encendieran todos los candelabros de todos los rincones para evitar las sombras, pero allí había bastantes bocas oscuras y muchas velas apagadas.
No miró a ninguna sombra en concreto por no asustarse. La sensación de que algo ocurría pasó en seguida al observar a más de los hombres de su esposo apostados contra las paredes.
Con el corazón latiendo a mil por hora Sakura se volvió a sujetar al brazo de Kabuto.
—No deberíamos tardar en regresar, milady.
Ella asintió y se detuvieron en lo alto de la escalera, donde empezaba el corredor había dos bancos de madera, uno frente al otro. La joven se sentó en uno y dejó caer la cabeza hacia atrás contra el muro.
Allí corría el aire fresco que ascendía desde la puerta hacia los pisos superiores.
—Creo que se me va a salir el corazón de un momento a otro —le confesó en un murmullo—. ¡Estoy deseando que se acabe el día!
—Ya no queda mucho. Hemos pasado muchas cosas malas para que todo vaya acabar tan de repente, ¿no?
—Me he fijado que los hombres de Sir Nagato no han bebido nada. ¿Pero a qué está esperando Sasuke? No se da cuenta de que muero de la angustia.
—Claro que lo sabe, milady. Todos estamos en ese mismo estado, pero no somos asesinos. No podemos ejecutar a los hombres sin darles una oportunidad.
—¿Qué oportunidad? ¿Sabéis la cantidad de gente que han debido matar?
—No somos Dios para juzgarlos. Además como bien habéis dicho, ellos no han catado la droga. Puede que sospechen.
Sakura había enderezado la cabeza hacía unos segundos y ahora le miraba con una torcida mueca en sus labios.
—¿Queréis decir que después de todo Nagato quedará impune?
Un trueno rugió en el exterior y los muros parecieron temblar.
—No lo creo, milady. ¿Os encontráis mejor?
—Sí. —Se levantó y descendieron de nuevo. Al atravesar el vestíbulo varios hombres salieron de los arcos provenientes del salón con las espadas desenvainadas. Le hicieron señas a Kabuto.
Sakura exclamó dando un paso hacia atrás y enseguida sintió que la tomaban del codo y la arrastraban hacia una de las puertas del patio de armas. Un hombre corpulento los siguió de cerca.
Temerosa no dejó de mirar hacia el salón una y otra vez, el sonido de los claymors así como los gritos y los golpes fueron evidentes. En el salón se había desatado una batalla. El entrechocar de los aceros se confundía con los latidos de su corazón.
El aire frío golpeó de llenó su rostro cuando puso los pies en el exterior pero ya no quiso pasar de allí. No quiso abandonar la fortaleza. No podía soportar que nada malo le pasara a Sasuke y... a su familia.
—¡No puedo ir! —Se giró para regresar. Kabuto la arrastraba tirando de ella fuerte y Sakura lloró y gritó cuando el barullo se hizo generalizado—. No puedo marcharme Kabuto —le suplicó.
El hombre la ignoró y siguió tirando de ella. Le estaba haciendo daño y lo sabía, sin embargo ella no parecía ser consciente de eso.
—Corred a la capilla, milady —la empujó.
El portón de la fortaleza se cerró repentinamente y los arqueros prendieron las puntas de sus flechas disparando objetivos que ellos no podían ver. Llamas anaranjadas y azuladas volaron en todas direcciones.
Kabuto la tomó de la mano y entonces la joven no tuvo más remedio que obedecerle emprendiendo ambos una carrera ciega. Solo observaba los pies de Kabuto y ella le seguía. Escuchaba con pavor como las saetas cortaban el viento. Los aullidos de los heridos que se revolcaban en el suelo y las pisadas del hombre que la escoltaba tras de sí.
—¡Ellos siguen siendo más! —dijo Sakura casi en gritos. No levantaba la cabeza, solo se limitaba a correr sabiendo que estaban a cuerpo descubierto. De momento los arqueros eran de ellos, pero bastantes soldados habían logrado penetrar entre los muros.
Kabuto la hizo pasar a la capilla y la soltó empujándola hacia el pulpito. El reverendo esperaba.
—¿Tú que vas hacer, Kabuto?
—Debo regresar. —Le saludó con la cabeza a la manera de un militar y volvió a salir hacia el exterior.
Sakura corrió hacia la puerta escondida. El párroco le entregó una antorcha y justo cuando se disponía a bajar, la aparición de unos fuertes brazos seguido por un cuerpo grande la sobresaltó.
Naruto también se detuvo sorprendido. La joven había estado llorando y sus ojos aún tenían restos de lágrimas.
—¡Naruto! —le imploró aferrándose a su hombro con la mano libre—. Están en el salón. Protege a mi esposo por favor.
—No os preocupéis, mi señora. —Pasó junto a ella y de camino hacia la puerta sacó el hacha que prendía del cinto cruzado por detrás de la espalda.
—Voy a esperar aquí —le gritó cuando salía. Con esas palabras esperaba que el párroco se hubiera dado por enterado de que tenía su permiso para esperar allí. Se equivocó cuando Naruto reculó, la miró con intensidad y negó con la cabeza.
—Salid de aquí, mi señora.
—¿Y Matsuri y Hotaru? —se lamentó. El hombre de rostro amable que vestía un hábito castaño la empujó por la escalera.
—Obedeced, mujer.
Sakura terminó de bajar la escalera de caracol con angustia en su pecho. Desde la profundidad no llegaba ni un sonido, y los ruidos del exterior se fueron apagando a medida que seguía descendiendo. Al llegar a la galería fue recibida por Matsuri que corrió a rodearle la cintura.
—¿Cómo estáis, mi señora? ¡Dejadme una silla! —exigió con voz autoritaria.
—Estoy bien, Matsuri. ¿Qué hacen todos aquí? Deben seguir el camino hacia las cuevas—. Sakura ni siquiera contó a los sirvientes, doncellas y algunos hombres que debían de ser soldados—. Pero ¿qué hacen aquí?
—Esperamos por si podemos ayudar en algo —dijo alguien.
—Ya os he dicho que os vayáis. Aquí... —se callaron cuando por el pasillo principal llegaron los sonidos de las botas, golpeando el suelo. El que estaba hablando era uno de los hombres armados que corrió a ponerse ante ella para protegerla—. Dejad pasar —volvió a decir el mismo—. Son los hombres del conde de Norfolk, vienen con Naruto.
Los hombres se perdieron en la escalera, y Sakura, armándose de valor, tomó la antorcha que Matsuri le había quitado y los miró a todos.
—Saldremos hacia las cuevas como nos han dicho. —Encabezó la marcha a pesar de que algunos seguían quejándose.
Los Uchiha suspiraron aliviados y cerraron la gruesa puerta de hierro fundido.
Dos de ellos se adelantaron hasta la mujer del laird y la acompañaron en silencio.
El trecho era largo y oscuro. En el piso, el agua, seguramente proveniente de las lluvias de época pasada, se acumulaba llegando hasta los tobillos. De vez en cuando, una rata chillaba o corría endemoniada. Los ojos de los roedores se veían rojos al reflejarse el fuego en ellos.
Comenzaron a ver grandes estalactitas cuando salieron del corredor de piedra y penetraron en las cuevas. El sonido de las gotas al caer sobre los charcos provocaba un eco como de campanillas.
Sakura respiró con fuerza al descubrir varias paredes iluminadas con más antorchas.
Los soldados se adelantaron a Sakura y continuaron andando. Se detuvieron al doblar un corredor.
Sakura se asomó con curiosidad para ver qué habían visto los hombres.
Temari se hallaba en el centro de la habitación, con un sujeto que vestía una cota de malla y pantalones sajones.
—¡Hermana! —Sakura corrió hacia ella, entregando de nuevo su antorcha a Matsuri. Se abrazaron con fuerza.
—¿Qué ha ocurrido? Naruto dijo que quizá no tuvierais que huir.
—Sasuke también dijo lo mismo —jadeó, angustiada, y echó hacia atrás los hombros, tratando de suavizar la tensión que se había acumulado en su cuello—. Salí unos segundos a tomar un poco de aire y cuando regresé, el salón entero estaba patas arriba. —Observó el temor en los ojos de su hermana mayor y le rodeó la cintura con cariño mientras caminaban hacia una de las salidas. Los caballos de los militares de Norfolk se hallaban en el interior de la boca de la cueva. En el exterior había estallado una fuerte tormenta—. Todo pasará enseguida, Temari. No puede pasar nada. Los Yamanaka llegaron hace horas y Sasuke tenía un plan más o menos perfecto.
—¡Gracias al cielo, Sakura! —Se detuvieron para abrazarse de nuevo—. Estaba tan asustada de que volviera a ocurrir lo mismo que llegué a desesperar—. ¿Cómo se inició?
Sakura agitó la cabeza.
—No lo sé. Todo estaba normal y Sir Nagato no parecía que tuviera intenciones de nada. —Agradeció a Hotaru que le echara una fina manta sobre los hombros, la capa era preciosa pero ante ese frío no abrigaba nada—. Supongo que debemos esperar.
Por mucho que aparentara ante Temari no estar asustada, sus ojos la delataban. No podía dejar de pensar en su esposo; la comía la angustia de saber qué estaba sucediendo, sobre todo por saber cómo se encontraba él.
—Esta cueva tiene varias salidas —dijo uno de los hombres Uchiha—. Lo mejor es que sigamos la misma que los demás. Nos esperan allí.
Sakura asintió y, sin soltar a su hermana, siguieron al hombre. Descendieron una altísima escalera que carecía de balaustrada. Los escalones de piedra estaban sucios y el polvo se desprendía al caminar.
Todos bajaban con las espaldas apoyadas contra la pared, en busca de protección para evitar caídas. Las paredes de las cuevas se estrecharon, eran enormes rocas cubiertas de seca salitre del mar.
Llegó hasta ellos el ruido de la tormenta y los fuertes golpes de las olas al chocar contra las rocas.
—¿Dónde estamos? —preguntó Sakura cuando llegaron al fondo.
El suelo estaba cubierto de tierra húmeda. E incluso el ambiente se había tornado denso y pegajoso.
—Debajo del acantilado —le dijo Matsuri.
Todavía sin salir de la cueva comenzaron a ver hogueras encendidas, y las inconfundibles voces de los aldeanos que se cubrían con mantas. Olía a mar, a frío, a telas húmedas...
Sai se cuadró ante los soldados y tomó a Sakura de la mano, apretándola con cariño.
—¿Ha sido muy difícil llegar hasta aquí?
—Todo está despejado —le informó el soldado—. Han llegado más refuerzos.
Sakura observó a su alrededor, emocionada. Todos parecían estar bien, e incluso hablaban animados esperando el momento en que llegaran a informarles que Nagato había caído.
Varios niños se hallaban sentados en el suelo sobre gruesas pieles alrededor de las piernas de Ayame, que les contaba historias. Otros corrían hasta la cala y volvían a entrar empapados, disfrutando con la tormenta.
Le pareció increíble la tranquilidad de todas aquellas personas, y no pudo por menos que agradecer a su esposo que estuviera tan preparado como realmente decía estarlo. Solo quedó orar por él y por el resto de los hombres.
