Capítulo 41
La luna llena se veía translucida, rodeada de una intensa aureola. Las nubes, de formas indefinidas, brillaban plateadas atravesadas por los relámpagos.
La aldea estaba cubierta por una humareda oscura provocada por la fuerte lluvia, que caía de forma continua, al apagar el fuego originado. Las llamas se apagaron y por mucho que quisieron prender, solo lograron levantar el vuelo en una profusión de chispas sin destino que barría el viento.
Los daños eran cuantiosos, ni siquiera la taberna al otro lado del pueblo se había salvado. Una de las paredes había caído y el interior estaba irreconocible.
Los hombres de Nagato se habían ensañado con todo lo que encontraron a su paso. Furiosos, ciegos de rabia al descubrir que, sin darse cuenta y ante sus ojos, los habitantes habían abandonado sus hogares. Cuando comenzó la batalla en el interior de la fortaleza, los Uchiha se habían apresurado a cerrar el portón y no les quedó más remedio que, o bien intentar acabar con los arqueros, que parecían una ristra de hormiguitas apostadas en los muros, o destrozar todo para asegurarse de que nadie tuviera un sitio a donde regresar.
Los muebles despedazados se hundían en el barro, las ropas de cama hechas jirones cubrían los suelos, ollas de hierro golpeadas, tapices abrasados... Todo.
La aldea desapareció en cuestión de segundos, pero ninguno de los asaltantes salió con vida de allí. Los aliados esperaban, acechantes.
En la fortaleza, algunos grupillos seguían combatiendo con violencia pero era un número bastante reducido.
Los sujetos que pretendían escapar de la casa eran abatidos por los Yamanaka, que se habían repartido por los muros.
En el amplio vestíbulo, las llamas comenzaron a incendiar los altos estandartes. Las telas se zarandeaban con la fuerte corriente, y retazos envueltos en fuego caían sobre el suelo formando charcos ardientes que los guerreros trataban de esquivar.
Tanto el salón como la galería se hallaban ocupados por hombres que luchaban fieramente. El choque estruendoso de las armas retumbaba en los muros, acompañados por los desgarradores truenos del exterior.
Sasuke, en el centro del salón, agitaba sus afiladas espadas con destreza. Llevaba una en cada mano. La de la derecha atacaba, la otra la usaba como escudo, parando algún golpe para acabar en la estocada final, y aunque no se detenía porque aún quedaban atacantes, sus ávidos ojos buscaban constantemente a Nagato, que por momentos desaparecía de su campo de visión. Sus ansias se veían renovadas en cuanto volvía a encontrarlo.
Comenzó aprovechando la salida de Sakura. Tras ella, las discretas carreras de los sirvientes, marchando del salón, debieron alertar a Nagato y a sus hombres.
Todo había sucedido tan rápido que Sasuke no había podido cruzar ni una sola palabra con el hombre.
Golpeó con el codo el rostro de un sujeto y clavó su frío acero en el pecho de otro que intentaba alcanzarlo con un martillo de hierro macizo.
Con prisa se deslizó hacia el arco del vestíbulo donde Nagato se enfrentaba a Tetsu.
Perdió el aliento cuando el joven Uchiha se derrumbó a sus pies, pero Nagato no le dio tregua, le incitó con su arma.
La batalla pareció detenerse de repente y tan solo quedaron en el centro del vestíbulo el laird y el cruel asesino, Nagato Uzumaki, ambos concentrados mirándose fijamente a los ojos.
—Déjamelo a mí —escuchó decir Sasuke junto a él. No se volvió, no quería ver el rostro de Naruto; si lo miraba a la cara, él también sería incapaz de acabar con su tío.
—No quiero luchar contigo, muchacho —le dijo Nagato a su sobrino—. Ahora es tarde y debo terminar lo que vine a hacer.
—Lo harás después de acabar conmigo tío, o eso o te rendirás a Uchiha. —Con furia lo empujó, interponiéndose entre Sasuke y él—. Ken Namikaze ha confesado todo. Lo has estado chantajeando para tus propios propósitos. Sabías que iríamos a por él, pero confiabas en que no le diera tiempo a abrir la boca para delatarte, ¿verdad?
—¿Qué quieres que te diga, muchacho? ¿Que me arrepiento? —Nagato soltó el arma, que golpeó contra el suelo—. ¡No estoy arrepentido! —gritó—. Y tú, muchacho malcriado y desleal, deberías ponerte de mi parte. Podría convertirte...
—¿En un asesino? No, gracias —le respondió Naruto con los dientes apretados de rabia.
—¡Serías el señor de todo! La mitad de las Highlands me pertenecen. —Ladeó la cabeza y sus ojos quedaron momentáneamente en blanco, al igual que lo hiciera un loco que pierde la noción de la realidad—. Cuando termine de nuevo con los Haruno... claro.
—¡Hijo de puta! —Deidara se lanzó hacia él en un fiero alarido.
Sasuke interceptó al muchacho, atrapándolo por los brazos.
—¡Estás loco, tío! ¡Mira a tu alrededor! ¡Mira! —Naruto tomó la cara de Nagato entre sus manos con fuerza. Deseaba gritar, pegarle o llorar. Quería dejar de amar a esa persona que lo había sido todo para él; debía arrancárselo del corazón sin pensar en cuántas veces había jugado con él, siendo niño. Hubiera dado la vida por retroceder en el tiempo y haberse dado cuenta antes.
—Lo siento, muchacho —susurró Nagato cuando su puñal penetró en el corazón de Naruto.
Los discos azules se abrieron con sorpresa y dolor, incrédulos. Su mano se aferró al cuello del delgado chaquetón de piel, aquella sería la última vez que viera a su tío.
Las primeras luces de la mañana entraron por la boca de la cueva. Todo se hallaba en silencio, interrumpido eventualmente por ligeros murmullos de algunos que aún tenían ganas de charlar.
Sakura y Temari, envueltas en mantas, caminaban por la cala, mirando hacia el cielo y observando, aún a lo lejos, varias columnas de humo. Sai se unió a ellas.
—¿No deberíamos saber algo ya? —volvió a preguntar Sakura por enésima vez. Los nervios se agarraban a la boca de su estómago y tenía un nudo constante que no la dejaba respirar.
Varias veces durante la noche, tanto Temari como ella, habían tratado de regresar a la fortaleza, pero los hombres les dijeron que desde aquella posición era imposible abrir la puerta de hierro que accedía a la casa. La tormenta tampoco había ayudado mucho, pues la humedad se colaba en los huesos con crueldad.
—¿Cuántas veces vas a preguntar lo mismo? —La regañó Temari—. ¿Os encontráis bien, señor? —le preguntó a Sai.
Sakura miró al hombre, apenada por haberse olvidado de su corazón. No, no tenía buen color y unas profundas bolsas se habían formado bajo sus lacrimosos ojos.
—Me encuentro bien —respondió en una mueca que pretendió ser una sonrisa. Extendió el dedo índice hacia los farallones, donde el mar parecía hacer un extraño quiebro—. Aquel es nuestro tesoro.
Sakura y Temari entrecerraron los ojos para ver algo más que no fueran las fuertes olas golpeando en los picachos. A medida que se acercaron, admiraron con la boca abierta el pequeño puerto donde dos goletas de gran tonelaje se balanceaban junto a varias barcas de pescadores.
—¡Un puerto! —Exclamó Sakura—. ¿Tenéis un puerto?
Sai asintió, y se tuvo que apoyar en Sakura cuando las fuerzas comenzaron a fallarle. La joven le rodeó la cintura y Temari corrió a ayudarla.
—Deberías descansar, Sai —le dijo Sakura con preocupación, llegando de nuevo a la cueva.
—¡Ha acabado! —Gritó alguien—. ¡Están aquí!
La alegría les inundó y todos se abrazaron de pura dicha.
—Se ha acabado —repitió Sakura en el oído de Sai, que se acababa de sentar sobre una ronca y sonreía, feliz. Miró a su hermana con ojos brillantes y se apretaron las manos nerviosas.
Cuando todos guardaron silencio, Sakura se volvió con curiosidad. Sasuke atravesaba la cueva en dirección a ella.
La joven no esperó, y aunque sabía que no era correcto lanzarse a los brazos de Sasuke delante de todos, no pudo contenerse. ¡Estaba vivo! ¡Estaba vivo!
Se fundieron en un apasionado beso que levantó suspiros entre las féminas más jóvenes. Sakura se apartó ligeramente sin soltarse de su cuello, y de nuevo lo besó en las mejillas y en los labios. Dio rienda suelta al llanto contenido y dejó que Sasuke la alzara en brazos y la llevara de nuevo a casa. A su hogar.
—Uchiha. —Temari apenas rozó el brazo del hombre para detenerlo y este se giró hacia ella, con Sakura en brazos—. ¿Y Naruto?
Los ojos de Sasuke brillaron afligidos, y tragó el nudo que le impedía hablar. Agitó la cabeza.
—Naruto ha caído.
—¡Qué significa eso! ¿Está muerto? —preguntó, angustiada—. ¡No puede ser! ¡Nooo! ¡Me niego! —gritó Temari, corriendo por los túneles.
—Esperad —gritó Sasuke. Como la joven lo ignoró, varios hombres salieron tras la Haruno.
—¿Ha muerto? —susurró Sakura con lágrimas en los ojos.
—Han caído muchos. Naruto, Tetsu... Nuestros, suyos —soltó un suspiro.
Sakura enterró la cara en el cuello de su esposo.
Durante los días siguientes se dedicaron a limpiar la aldea, reconstruyendo de nuevo el pueblo. Todas las cosechas de los graneros se habían perdido pero pronto recibieron ayudas por todos lados.
Sasuke apenas dormía unas horas para proseguir con la faena, y Sakura por su parte actuaba como anfitriona con toda la gente que había cobijado bajo su techo. Matsuri y Hotaru se desvivían por ella, e incluso se atrevían a regañarla en alguna ocasión cuando trataba de hacer algún esfuerzo indebido.
Con mucha pena, y en un profundo silencio, el laird y su esposa habían observado los funerales tomados de la mano. Todos estaban cansados, exhaustos, agotados, pero la vida continuaba y el otoño se acercaba a pasos agigantados.
La gente se marchó, pero Sasuke siguió allí. Sakura se apretó contra su costado y le pasó la mano por la cintura, apoyando la cabeza en su pecho. Él la besó en la cabeza.
—Imagino que tú te acordarás de todos —susurró Sakura contra el ancho pecho. Su voz llegaba apagada, pero él la escuchaba—. Yo apenas los estaba conociendo —suspiró, sorbiendo por la nariz—. Pero Tetsu... —su voz tembló, sollozante.
Sasuke la cobijó entre sus brazos, incapaz de decirle nada. ¿Cómo aliviar el dolor de su joven esposa cuando él tenía el corazón completamente destrozado?
—¿Y Temari? ¿Cómo se encuentra? —Sasuke quiso cambiar de tema.
Sakura levantó la cara, y él besó sus lágrimas con dulzura.
—No he conseguido sacarle ni una palabra. Come un poco porque la obligo, ni siquiera ha reparado en Deidara con las ganas que tenía de verlo. Mucho me temo que pueda enfermar de continuar así.
—Ella es fuerte. Saldrá adelante. ¿Te ha contado lo que sucedió en Haruno después del asedio?
Sakura asintió, con el dolor reflejado en su rostro, y se abrazó más a él. Caminaron pensativos hasta el caballo de Sasuke y, una vez allí, la depositó sobre él.
—Será difícil olvidar, pero debemos seguir —le contestó, mirándolo con ternura. Sasuke se montó tras ella y, con paso lento, llegaron hasta la fortaleza.
—Estás hecha una dormilona. —Sakura se hallaba recostada sobre la enorme cama y abrió los ojos al escuchar a Sasuke. Era cierto que llevaba una semana en que lo único que deseaba era meterse entre las finas sabanas y evadirse del mundo. Debía sentirse más descansada, y no era así. Matsuri le había advertido que era normal y Sakura ya desesperaba mirando de encontrar el momento oportuno para darle la noticia a Sasuke. Una buena noticia entre todos los dramas que acababan de acontecer.
Deseaba disfrutar de su embarazo, acariciarse el vientre y abarcarlo con sus manos, pero pensaba que sería demasiado egoísta si hacía aquello. Todavía era muy pronto para faltar al respeto a los demás.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó con voz somnolienta—. ¿No ibas con Sai a la mina?
—Fui y regresé —le dijo con un gracioso mohín—, y aprovechando que dormías, Matsuri me llenó la tina. He pensado que me vendría bien que me frotaras la espalda.
Sakura deslizó las piernas hacia el suelo y se estiró graciosamente.
—¿Y no prefieres que comparta el baño contigo, mi señor?
Sasuke no pudo apartar los ojos de los pechos de Sakura. Ella se sonrojó y se cubrió con los brazos, a pesar de vestir un delicado camisón que cubría los diminutos pies.
—Claro que lo prefiero. ¿Por qué te cubres, mujer? —Él se acercó como una pantera al acecho—. ¿Te has dado cuenta de que últimamente comes mucho? Antes eras como un pajarito, un poquito de aquí. —Cuando estiró la mano, ella se la apartó con un suave manotazo—. Otro poquito de...
—Ya vale, mi señor —rio ella, volviendo a retirarle la mano.
Sasuke se echó sobre el colchón y Sakura saltó del impacto.
—No, es verdad, mujer. Tus caderas están más llenas. —Reptó para alcanzar la cintura femenina con su boca, y Sakura dio un respingo, apartándose de él.
Sasuke no le permitió levantarse y luchó contra ella hasta tenerla bajo su cuerpo.
—No me aplastes, Sasuke —le dijo en un jadeo. Realmente, él disfrutaba dejando caer su peso sobre ella. Antes, Sakura también lo había disfrutado, ahora no podía evitar sentir cierto miedo.
—¿Por qué? —Le mordisqueó los labios, y sus manos buscaron los senos redondos y llenos.
—Me haces daño, Sasuke —le dijo, seria.
Él levantó su cuerpo, apoyándose en los codos, y la miró con el ceño fruncido.
—¿Lo dices en serio? Antes no te quejabas.
Sakura se sintió culpable. Sabía algo que él desconocía, y no estaban en igualdad de condiciones. Tomó aliento con fuerza.
—Antes no estaba esperando un hijo... Ahora sí —le respondió, mordiéndose el labio inferior con timidez. Sus mejillas habían adquirido el color del melocotón maduro.
Sasuke Uchiha se apresuró a ponerse de rodillas sobre el colchón, ayudándola a incorporarse, y la miró con una total devoción pintada en sus ojos ónix.
—¿Me vas a dar un hijo? —Sonrió emocionado hasta la médula. Ella asintió. La besó con fuerza y, con un grito de alegría, abandonó la recámara dejándola sola y con la boca abierta.
Poco tiempo después escuchó cómo lo celebraban en el salón.
🍀 Solo nos quedan cuatro capítulos y el epílogo para finalizar esta historia.
