Capítulo 42


—Eres el ángel más hermoso que existe en esta parte del Edén.

Temari dejó el atizador con firmeza, no quería que su pulso la delatara.

La habitación se hallaba débilmente iluminada y tan solo el chasquido de las maderas al arder rompía el silencio.

—Sé que me has oído, Ángel —la llamó el hombre que se hallaba postrado en la ancha cama endoselada.

Ella fingió ignorarlo y caminó hacia la cómoda donde descansaba una bandeja de plata con un cuenco de comida y una copa.

—Pensaba que en el cielo me tratarían bien, pero me confundí.

Temari se volvió hacia él con la copa en la mano.

—Será porque no moriste —le contestó con frialdad.

—¿Y por qué estás enfadada? ¿Deseabas que muriera?

—¡Deseaba que despertaras antes! Me has estado haciendo perder el tiempo, como si me sobrara.

—No tenías por qué haberte quedado tú —respondió, recorriéndola con un brillo divertido en sus ojos azules.

Temari caminó hacia él con prisa. Furiosa.

—¡Vinimos juntos y me sentí obligada! Ahora estamos en paz.

Naruto parpadeó varias veces.

—¿En paz? —repitió, arqueando las cejas.

—En el hogar de Surrey me salvaste de ese hombre —le recordó.

Naruto suspiró.

—Si se hubieran tenido que quedar conmigo todas las personas a las que he ayudado, posiblemente no entraran en la fortaleza.

—¡Ja! No cabrían en el corredor, pero en casa... ¿No los oyes? He tenido que cerrar la puerta. —Era mentira, en el pasillo no había nadie, pero era cierto que el primer día que todos pensaron que moriría, el corredor se había convertido en un aterrador túnel plagado de gente. Incluso Uchiha había pasado mucho tiempo tras la puerta. Cuando el curandero les dijo que la hoja no había profundizado, deteniéndose en una costilla, las personas se fueron marchando.

Según las palabras del sanador, solo era cuestión de horas o un par de días que se despertara. Aquellos días se habían convertido en dos semanas, y Temari había desesperado pensando que no fuera a despertar nunca. Y ahora que lo hacía, bromeaba.

Cosas como esas son las que recordaba y había echado tanto de menos en él, pero no podía evitar sentirse enfadada.

—¿Por qué no despertaste antes? —Le entregó la copa para que bebiera un poco de agua.

Naruto la miró con una sonrisa imperceptible que ella no pasó por alto.

—Pues ahora ya estás despierto y perfecto. —¿Era cierto que su voz sonó tan remilgada o solo lo creyó? Carraspeó, suavizando la garganta—. Yo me despido aquí de ti. —Ignoró el hecho de que Naruto bizqueara—. Me marcho con mi primo y regreso a mi casa.

—Pero, ¿por qué? Me refiero... Creo que deberías esperar.

—¿Esperar? ¿El qué?

Naruto trataba de pensar, se veía a la legua que no tenía un plan concreto. Temari se cubrió la boca con la mano, evitando que viera su sonrisa.

—Debo agradecerte lo que has hecho —respondió finalmente.

—¿Qué se supone que he hecho?

—Quedarte aquí... conmigo.

—No te confundas. Yo acabo de llegar —le dijo, sacudiéndose las faldas de algo imaginario.

—¿Por qué eres tan mentirosa? —Cuando se sentó sobre el colchón, Temari vio la mueca de dolor que atravesó su hermosa boca.

—¡No estás muerto, guerrero, pero ha faltado poco! No deberías moverte así, ¿no será que quieres que se te abra la herida?

—Sí, ya me he dado cuenta —dijo, dejándose caer de nuevo hacia atrás. Temari corrió hasta él y le colocó un par de almohadones bajo la cabeza.

Era consciente de que los ojos de Naruto la seguían por toda la habitación. La ponían nerviosa.

Durante esos días lo había visto quieto, dormido.

Había ayudado a lavarle, le había mojado los labios con agua y lo había hecho tragar sopas a las que ella llamaba agua sucia. Mientras había estado inconsciente, lo había observado, lo había estudiado hasta el infinito. Sus rasgos, la firmeza de la piel de su frente, su rostro cubierto con una barba rubia. Conocía su cuerpo, sus músculos, hasta una extraña tobillera pintada sobre la piel de uno de sus pies y, sin embargo, lo veía despierto y su corazón amenazaba con escapar de su garganta.

—Te voy a confesar algo, Temari. —Ella se acercó porque Naruto había bajado la voz de repente—. Desperté hace un rato. Escuché como lady Uchiha te hablaba.

Temari no supo qué pensar ni cómo reaccionar. No recordaba en ese momento la conversación sostenida con Sakura, pero posiblemente ella intentara convencerla para que saliera de ese cuarto. Al menos, aquella semana había abandonado más veces la recámara de Naruto que la anterior. Deseaba ser ella la primera persona que viese el hombre cuando abriera los ojos.

Por lo menos, tampoco estaba tan angustiada como cuando le dijeron que había caído. Fue una sorpresa comprobar que Naruto vivía, y Temari se había dedicado en cuerpo y alma a cuidarlo.

Naruto podía haberse librado de todo esto. Ella estaba feliz por la decisión que él había tomado. Orgullosa por el coraje que demostró al enfrentarse a su propio tío por honor.

—¿Y por qué no lo dijiste antes? ¿Esta última hora has fingido dormir? ¿Por qué?

—Porque tenía ante mí un exquisito ángel que me miraba amorosamente.

—¿Amorosamente? —Temari soltó una carcajada y acabó sentándose en la silla que había junto a la cama—. No sé por qué dices eso.

—Mejor eso que decirte que me das miedo cuando gritas. —Otra carcajada—. Me gustas cuando ríes. Deberías hacerlo más a menudo. —Temari se prometió que lo haría, ¿o ya lo había hecho en otra ocasión? Naruto suspiró y buscó sus ojos con preocupación—. ¿Qué pasó con Uzumaki?

La joven tragó con dificultad.

—Murió.

—¿Fue Sasuke?

—¿Importa eso? —le preguntó, nerviosa. Uchiha había dicho que si Naruto no preguntaba quién había sido el ejecutor, que nadie le dijera nada.

—No lo sé —respondió con voz apenada. Temari lo vio como un adolescente a punto de llorar, e incluso trató de leer en sus ojos azules. Se sentó en el borde de la cama y le apoyó las manos en los hombros. No lloraba, pero el dolor que reflejaba era tan profundo que ella sí sollozó. Fue lo único que le hizo falta a Naruto para que rodeara el cuerpo de Temari y desahogara su llanto en ella.

¡Quién habría pensado que el único hombro en el que querría llorar estaba dispuesto para él!

Los minutos corrieron en silencio, excepto por los gimoteos de la muchacha. Sabía lo horrible que debía de ser para Naruto.

—Me hirió él, ¿verdad?

Temari levantó la cabeza, perdiéndose en aquella mirada lacrimosa. Solo el brillo de la humedad bajo uno de sus ojos lo delataba.

Ella asintió.

—Estaba completamente loco si pensaba que algo de eso le iba a salir bien. —Temari se echó hacia atrás cuando Naruto quiso acariciarle el rostro con su mano. No la tocó—. ¿Quién acabó con él?

Ella se mordió el labio inferior, dudando.

—Fue mi primo Deidara. Cuando Nagato te hirió, nadie reaccionó.

—No lo esperaban, Temari. Desde que Namikaze me confesó la verdad, se me cruzaron mil ideas por la mente. Busqué excusas que explicaran por qué haría eso, pero la única conclusión fue que se volvió loco.

—Y su locura causó la muerte de otros.

—Y no lo justifico, y nunca lo haré, pero entiéndeme... No puedo dejar de olvidar que fue un padre para mí. No quiero que me juzgues...

—Nadie va hacerlo, Naruto. Ni yo, ni ninguna persona de esta casa. Nadie te culpa a ti de lo ocurrido. —Ella le acarició la mejilla.

Ambos estaban muy cerca, uno frente al otro. Temari podía sentir el calor de aquel cuerpo masculino bajo su pecho, las cosquillas de la barba en la palma de su mano, la calidez de sus ojos azules que habían descendido hasta posarse en sus labios.

—¿Me dejarás que te bese? —le preguntó en un ronco murmullo.

Temari no contestó. Lo miró entre absorta y sorprendida. La sangre corría con velocidad por sus venas mientras su pulso se elevaba con locura. ¿De verdad quería besarla? ¿Y si le dejaba?

Ella negó con la cabeza. Un movimiento que Naruto no advirtió... o fingió no hacerlo.

—Yo no haré nada, te lo prometo. —La instó a que bajara sus labios hasta los suyos.

Temari le rozó con lentitud, al principio fue una caricia suave con su propia boca. Él no se movió, tan solo la miraba con ojos apasionados. Incluso sus manos en la cintura de Temari no presionaban.

Ruborizada, deslizó su lengua por la boca de Naruto y suspiró cuando su lengua fue acariciada por la de él.

Le besó, y cuando él la acompañó con los labios, se sintió enloquecer. Lo besó tanto que sus mejillas se escocieron con la barba.

Con piernas temblorosas se apartó de él, finalizando el contacto.

—Ahora sí. —Trató de sonreírle, pero no hizo más que una mueca. Le tendió una mano que él recogió todavía con la vista perdida en ella—. Esta es la despedida.

Naruto asintió sin ninguna expresión en el rostro.

—Si alguna vez quieres... No sé, que te enseñe a usar el cuchillito que tienes, o cualquier otra cosa... —Temari apartó su mirada. Si seguía allí delante, rompería a llorar como una tonta—. Me encontrarás aquí.

—De acuerdo —contestó ella con la voz rota—. Te digo lo mismo. —Con lentitud apartaron las manos—. Si alguna vez te apetece ir por tierras Haruno... —Sorbió por la nariz y, con disimulo, se apartó una lagrima con el pulgar. No hacía falta disimular. El momento era duro, aunque Temari nunca imaginó tan triste—. Ya sabes dónde encontrarme. Te deseo mucha felicidad, Naruto. —Las cuerdas vocales temblaron, desgarradas—. Y gracias.

Ni siquiera esperó a que se despidiera. Abandonó la recámara llorando como una boba y maldiciendo no haberse quedado cerca de él.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Sakura, levantándose del diván donde se hallaba descansando.

—¡Nada! —Se sacó un pequeño pañuelo que escondía bajo el estrecho puño y se limpió las lágrimas—. Naruto ya ha despertado.

El rostro de Sakura no mostró mucho interés.

—¿Y qué te ha dicho?

Temari se encogió de hombros y agitó la cabeza.

—Nada. Nos hemos despedido.

—¿Y no le has dicho que lo amas?

Agitó la cabeza con dolor, y tomó las manos de Sakura con fuerza.

—No quiero que se lo digas. —Sollozó—. Sé que jamás me aceptaría después de lo que me ocurrió.

—¿Cómo puedes saberlo? Nunca habéis hablado nada de esto.

—Es que no hace falta. —Soltó un suspiró cansado y trató de reír—. Naruto lo pasa bien con las mujeres, pero no tiene intenciones de nada serio.

Sakura le colocó las manos en las mejillas. El embarazo le sentaba fenomenal, al menos ella la veía preciosa con la piel más lustrosa y sonrosada.

—Tienes razón, hermana. Quizá Naruto se dé cuenta de que le gusta estar contigo y vaya a buscarte.

—¿Crees que haría eso?

—Con toda seguridad —asintió Sakura, riéndose.

Y se rio porque, a partir de ese día, Sakura se convirtió en la nueva cuidadora de Naruto.

Logró aburrirle hablándole sobre su hermana, contándole anécdotas, cualidades y arrebatos. Finalmente, Sasuke había tenido que apartarla de su lado cuando quedó bien claro que Naruto estaba completamente sano y no necesitaba a nadie.

Estaban una noche cenando en las cámaras privadas del segundo piso, cuando Naruto se presentó ante ellos.

—¿Qué vas a... qué? —le preguntó Sasuke con los ojos entrecerrados.

Sakura ocultó la sonrisa tras la servilleta.

—Sé que aquí tenemos mucho trabajo. Pero creo que estos meses hemos levantado la aldea en casi su totalidad, y Deidara puede que necesite ayuda...

Sakura carraspeó.

—Mi primo tiene bastantes hombres, Naruto. Creo que hasta los Yamanaka están con él. ¿Verdad, Sasuke?

—Creo que sí.

—¿Ves? —Dijo Sakura—. No hace falta que vayas a ayudarlos. —La joven se ganó una dura mirada por parte de Naruto.

—Siempre les vendrá bien un brazo más —insistió.

Sasuke se encogió de hombros.

—Si deseas ir, no puedo detenerte. —Miró a Sakura, disimulando una sonrisa.

—Solo voy a ver qué tal van las cosas.

—Pero Kabuto regresó hace dos días y todo iba bien —apuntó Sakura, llenando de agua su cuenco.

—Si quiere ir —repitió Sasuke—, que vaya.

—No entiendo para qué. —Ella se encogió de hombros y observó a Naruto por encima del borde del vaso mientras bebía.

—Sí —aceptó Naruto—, voy a pedir la mano de Temari a Deidara. ¿Contenta?

Sakura dejó el cuenco sobre la mesa, sin importar que buena parte se derramara en el mantel, y saltó del sitio palmeando como una niña.

—¡Entonces, ve corriendo! —Lo empujó, echándole de la cámara bajo la extrañada mirada de su esposo—. ¡Corre!