Capítulo 44


—¡Vamos! ¡Empujad con fuerza! —gritó Temari.

Ella misma trataba de hacer girar la vieja rueda del molino presionando con el hombro.

Los tres hombres que la ayudaban lo intentaron de nuevo. Estaban todos muy cansados y a los bueyes los tenían acarreando las maderas que pondrían en los suelos de la casa.

Iban a necesitar Dios y ayuda para conseguir mover aquella mole, y puesto que Dios no aparecía por allí, no tendrían más remedio que ir a buscar a alguien.

—Una última vez —insistió haciendo palanca, pensando que así podría levantarla.

Esta vez todos pusieron lo máximo de cada uno, estaban a punto de conseguirlo.

—¡Un poco más! —chilló para que la escucharan.

Temari agradeció mentalmente a la persona que repentinamente se les había unido en su empresa. No podía verlo, se hallaba al otro lado de la rueda y tan solo la enorme mano, cerca de la suya, fue lo que la advirtió de su compañía.

El armatoste se movió un poco deslizándose en el barro. Los hombres se animaron y sin parar ni un segundo continuaron pujando. La rueda lentamente fue atravesando el pequeño lago cubierto de lodo.

Temari maldijo al cuarto paso. La última vez que levantó el pie su zapatilla de esparto se quedó enterrada y ahora había perdido la segunda. No por eso dejó de empujar como los demás, clavando los pies en el suelo con fuerza. El barro ya había alcanzado el bajo de sus faldas y le costaba moverse.

La rueda se puso en movimiento con tanta velocidad que Temari y otro de los peones cayeron de plancha salpicando lodo.

No le importó tener la cara llena de barro, lo sentía pegajoso en las mejillas pero no se atrevía a quitarlo de allí porque sus brazos estaban peor. Tampoco se preocupó mucho, sus ojos seguían alegres la marcha de la rueda que ahora se movía con agilidad.

Se incorporó a dura penas, su ropa pesaba varios kilos más pegándose a su cuerpo con indecencia. El fango resbalaba de ella cayendo sobre sus pies. El olor de agua estancada se adhirió a sus cabellos que lucían enredados tras su espalda.

Celebraron entre gritos y risas de felicidad que la pieza encajara en su sitio a la perfección.

—¡Lo conseguimos! —rio la muchacha dejando que alguien la llevara a la orilla del lago sacándola de esa mezcla de barro y que aun debían limpiar. Ya ese día no acabarían, pero al siguiente deberían hacer que el río retomara su antiguo cauce.

Ya en la orilla abrazó al peón con una carcajada, los demás se acercaron a festejarlo.

—¿Me abrazarías a mí?

Temari sintió como su corazón se desbocaba. Hubiera sido capaz de reconocer esa voz en cualquier sitio. Había esperado escucharla todos los días desde que llegó a Haruno.

Sakura ya le había dicho que estaba totalmente recuperado y ella creyó... que tal vez... pero las semanas se convirtieron en meses y el sueño de aquel beso se fue perdiendo en la lejanía sin posibilidad de retornar, la esperanza de volver a verle cada vez se había alejado más y llegó a pensar que todo había sido un sueño.

Intentó borrarlo de sus pensamientos, sin embargo, todas las noches al meterse en la cama, después de decirse varias veces lo cansada que estaba y que dormiría como un lirón, descubría que solo era capaz de pensar en Naruto, en sus ojos, en su sonrisa. ¡Naruto estaba allí! ¡Tras ella! ¡Había llegado!

Cerró los ojos con fuerza tratando de calmar sus nervios y se giró con una sonrisa demasiado perfecta para ser natural.

—¿Qué se te ha perdido por aquí, Naruto? —Él se encogió de hombros.

Temari le tendió la mano y él se la estrechó con afecto.

—Sabía que te habías empeñado en colocar la rueda del molino y Sasuke me envió.

Ella sonrió con una pequeña mueca. ¡Cuánto lo había echado de menos!

—¿Señora Haruno? ¿Nos necesitáis o podemos marcharnos? —preguntó uno de los hombres.

—¡Oh! ¡Lo habéis hecho muy bien! —Les sonrió. Estaba nerviosa, Naruto siempre lograba ese efecto y era imposible no sentir tras ella el calor de ese magnífico cuerpo—. Mañana a primera hora limpiaremos esto.

—De acuerdo —asintió el peón sacudiéndose barro de los pies para luego mirar a Naruto—, de no haber sido por vuestra ayuda nunca lo hubiéramos sacado de allí nosotros solos.

—Para eso estamos —respondió Naruto con un divertido guiñó—, para ayudarnos.

—¿De verdad te ha enviado mi cuñado? —le preguntó recelosa cuando se quedaron solos. De ser así... ¿Sakura?

Naruto negó con una sonrisa.

—Hace tiempo que nadie me discute. Me aburro un poco, ¿sabes? Creo que me acostumbré a tus desplantes y mal genio.

—¡No lo puedo creer! —La muchacha se cruzó de brazos mirándole—. ¿Y qué quieres decirme con eso?

Un brillo de burla cruzó por la azulada mirada del hombre.

—¿Señora? —preguntó Naruto recordando cómo el hombre se había dirigido a ella—. ¿Os habéis casado?

—¡No! No. —Sonrió nerviosa—. ¿Cómo crees? ¿Con quién?

El hombre la miró intensamente y arrugó el entrecejo.

—Desde luego, con ese aspecto...

Temari tardó un poco en comprender. Sus mejillas ardieron bajo el barro que poco a poco se había ido secando. Se miró horrorizada y con velocidad se giró para ir hacia la casa.

—Tampoco estáis tan mal —dijo Naruto soltando una estruendosa carcajada.

Ella en cambio no sabía si llorar o reír cuando descubrió con sorpresa el caballo de Naruto que jugueteaba con un arbusto.

—¡Eh! —Cuando Naruto quiso reaccionar, echó a correr. ¡No podía ser que le volvieran a robar el caballo! Nunca nadie se había atrevido hacerlo excepto la esposa de Carrick cuando Lady Uchiha desapareció, y ahora la belleza embarrada que galopaba con la enredada melena al viento, hacia la residencia.

¿Qué les pasaba últimamente a las mujeres? Se suponía que era el hombre quien llevaba las riendas y no ellas.

Naruto sonrió en silencio y después de patear una piedra que había cerca emprendió el camino en busca de su caballo y la amazona.

Nada más llegar había ido a buscar a Deidara, pero le habían informado de que llevaba varios días fuera, de modo que aún no había tenido oportunidad de pedirle a su prima en matrimonio.

Quería no estar nervioso, que ella no lo notara, y no sabía por qué. Puede que fuera el miedo a que Temari lo rechazara, a su posible reacción cuando ella le dijera que no pensaba casarse. De ser, así no podía culparla. Pero ¿sería capaz de aceptar su decisión?

Se moría por suplicarle que le amara, por demostrarla cuánto la quería y había echado de menos. Por confesarle que la soñaba de día y de noche.

Había luchado contra sus propios sentimientos intentando convencer a su corazón que aquello no era amor. Había acudido a las rameras de la aldea en un intento de olvidarla, mas no lo consiguió. Solo descubrió que no deseaba a cualquier mujer si no a la beldad de mirada furiosa y cabello rubio a la que hizo caer en unas cocinas.

¿Era maligno el destino o sabio? Naruto no lo sabía, no podía saberlo, ni siquiera tenía conciencia de si aquello saldría bien, pero debía intentarlo.

Su tío había acabado con la familia de la mujer que amaba. ¿Sería posible que ella no se fijara en eso durante el resto de sus días? ¿Sería capaz de soportarlo si alguna vez le acusaba? ¿De fingir que todo estaba bien cuando Temari le mirara con desdén después de rechazarlo? Y aun pensando todo esto, estaba decidió a proponerla matrimonio.

No la obligaría a ir a Uzumaki, ni siquiera él tenía porque hacerlo. Una preciosa mansión en Noun Untouchable estaría muy bien e infundiría... No, mentira. Una casa allí solo sería para convencerla de casarse con él, porque que estuviera cerca su hermana tenía mucho que ver, claro. Pero si Temari quería quedarse en Haruno tampoco le importaba, en cualquier lugar del mundo estaría bien.

Llegó al edificio que seguía inacabado y pasó por la inexistente puerta de la entrada.

El arco, así como las piedras que aún se sostenían, se habían limpiado de tal manera que ahora que se había levantado el ala derecha de la residencia era difícil distinguir las piedras viejas de las nuevas.

En el salón había siervos trajinando de un lado a otro, todo el mundo parecía ocupado.

—Has tardado mucho, Naruto, pensé que te habías perdido.

Se giró para observarla bajar por la escalera. La joven estaba preciosa, se había puesto una túnica color berenjena con bordados castaños en forma de espigas, las mangas se ampliaban mostrando las delgadas muñecas agarrarse al pasamanos. Llevaba el cabello rozando sus caderas y un pequeño velo volaba tras ella.

—No me gusta que me roben el caballo. Ahora me debes algo.

—Y no pararás hasta que no estemos en paz, ¿verdad?

Él asintió con una sonrisa.

—Bueno, también me debes lo de la rueda del molino.

—¡Yo no pedí que ayudaras!

—¡Tampoco pediste a Sultán y te lo llevaste!

Se acercó a ella cuando terminó de bajar las escaleras y le cogió una mano.

—Nunca te había visto tan hermosa —le confesó aturdido. Ella se ruborizó y trató de apartarse—, o quizá sí —prosiguió Naruto sin soltarla. Tenía la pequeña mano entre la suya y la sentía cálida y tierna—, aquella noche en Brodick.

Temari arqueó las cejas con una mueca extrañada.

—¿Cuándo?

Naruto tiró de su mano para acercarla a él. Temari mantenía la mirada baja por lo que él solo podía ver su coronilla.

—Aquella noche que te bañaste desnuda en la playa. —Sonrió cuando la vio abrir sus enormes ojos verdes con sorpresa—. Sí, fue aquella noche —terminó de decir convencido.

—¿Y Sasuke lo sabe? Creo recordar que mi hermana también...

—En cuanto la reconocí me marche, ¡lo juro! —Se puso la mano libre en el corazón—. De todas formas, no se lo digas por si acaso —bromeó.

Ella sonrió y le clavó la vista con firmeza.

—¿Qué haces aquí, Naruto?

¿Y si le rechazaba? Tragó con dificultad y la soltó como si de repente su mano se hubiera puesto a sudar, se frotó los dedos unos contra otros y abrió la boca varias veces. ¡Por Dios, qué nervioso estaba!

—He venido a verte —le dijo por fin. Ella seguía mirándolo con insistencia—. Quería saber cómo estabas... cómo te iban las cosas por aquí. —Barrió con la vista el interior del salón sin ver nada—. ¿Cómo estás?

—Bien, hemos tenido mucho trabajo, bueno ya lo habrás visto.

—Sí, claro. —¿Cómo decirle que no era capaz de imaginar la vida sin ella?

—¿Te quedarás hasta que regrese Deidara? No creo que tarde más de un par de días.

—Si a ti no te importa... —¿Qué le pasaba? ¿Por qué no era capaz de decirle nada? El camino ya estaba recorrido y se moría por abrazarla, por sentirla contra su pecho.

—No claro, estás en tu casa. —Ella sonrió. Estaba distinta. Su vida había vuelto a cambiar desde que Nagato muriera y eso era bueno, se la veía radiante, hermosa.

La joven mandó llamar a una sirvienta ordenándole que le preparara alguna habitación.

—Por lo menos tenemos varias recamaras listas —le dijo ella tomándolo del brazo—. Déjame que te muestre esto un poco, ¿o estás muy cansado?

—Es una casa muy bonita —mintió, no se había fijado ni en la casa, ni en las paredes ni en nada que no fuera el hermoso rostro de ojos verdes y aquella deliciosa boca que lo excitaba hasta la locura—. ¿Siempre fue así tu hogar?

—Deidara no quiere cambiar nada aunque hará algunas reformas, pero quiere que esté igual que siempre. —Le señaló la chimenea—. Por la noche todos nos reuníamos aquí y... —Su voz tembló ligeramente y se giró hacia él—. Yo... tenía un prometido.

—Lo sé, Temari. —Sentía la boca completamente seca—. ¿Aún le sigues amando?

Ella jadeó y perdió la vista en las llamas del hogar encogiéndose de hombros.

—No lo sé —dijo en un susurro—. Yo pensaba que sí, quiero creer que sí, iba a convertirse en mi esposo. —Agitó la cabeza con pena y cuando le miró sus ojos estaban húmedos —Ahora no lo sé.

—¿Por qué? —El corazón de Naruto aleteó con velocidad en su interior.

Temari no contestó, se cubrió los labios temblorosos con una mano y bajó la mirada de nuevo.

—¿Por qué? —Le tomó la barbilla con delicadeza obligándola a mirarle—. ¡Dímelo! Fue desde que me besaste, ¿verdad? —Ella asintió y Naruto creyó enloquecer de dicha. Se envalentonó, esperaba no confundirse—. He venido a pedirle a tu primo el permiso para hacerte mi esposa. —Ella le miró entre asustada y emocionada, los mismos sentimientos que reflejaba él—. ¿Querrías convertirte en mi señora?

Naruto esperó impaciente, leyendo la incertidumbre que atravesó los ojos verdes y que se esfumó como un relámpago cuando ella le colocó un mechón de su cabello tras la oreja con una tímida sonrisa.

—¿Estás seguro, Naruto? ¿Lo has pensado bien?

—No tengo nada que pensar. Temari, ¿podrías olvidar que soy el sobrino de...? —Ella le tapó la boca con sus manos, sus manos fueron sustituidas por sus labios.

—Solo sé que quiero pasar contigo el resto de mi vida, ver tu rostro cada día y saber que estás bien. Solo sé eso.

Naruto la besó sin importar que hubiera más gente en el salón. Aquel día en que se despidieron solo había sido un beso y desde aquel mismo momento había estado esperando volver a sentir su aliento, su dulzura.

Deidara carraspeó y súbitamente todo quedó en completo silencio. Con paciencia observó a la pareja que se besaba en su salón ajenos a todo cuanto les rodeaba.

Se extrañó de encontrar de esa guisa a su prima y se sorprendió a más no poder cuando descubrió que quien la apretaba entre sus brazos no era otro que Naruto Uzumaki.