Apenas acabó de decir esto Marceline se levantó del asiento y salió del tren. Bonnie la siguió rápidamente y al situarse a su lado observó la sonrisa satisfecha que mostraba. Miró a su alrededor. El sitio le resultaba familiar, claro que tampoco podía explicar el por qué con tan sólo ver la estación. Entonces buscó en el andén el cartel que informaba del nombre de la parada. En ese momento Bonnibel no pudo evitar reírse ante la mirada desconcertada de Marceline.

-¿Qué pasa?

-Nada, es sólo que ya conozco este sitio y créeme no es nada interesante.

-¿Ya has venido aquí antes?

Bonnibel sonrió, en parte disfrutando porque el plan de Marceline se hubiera chafado un poco.

-De hecho vengo casi todos los días. Verás, en el pueblo sólo hay un colegio de primaria, los estudiantes de instituto tenemos que venir hasta aquí para empezar la secundaria y el bachiller.

Marceline la miró un instante un poco sorprendida.

-Suena todo tan… retrógrado. Yo no tengo que hacer tantos kilómetros para ir al instituto.

-Ventajas de vivir en la "gran ciudad" – dijo encogiéndose de hombros – ¿Nos vamos o piensas acampar en el andén lo que queda de día?

-Siempre podemos volver a subir y perdernos un poco más – le guiñó.

-Ni de broma. Vamos a comprar eso ya.

Bonnie la agarró del brazo y tiró de ella hasta sacarla de la estación. Aquel sitio era más grande y estaba más concurrido, cosa que la morena agradeció, la tranquilidad que respiraba en la mansión y en todo el pueblo era algo que ya la estaba desquiciando. Aquí sin embargo se veía a muchas personas paseando y de compras. Incluso pudo reconocer algunas tiendas de renombre. No era comparable a lo que estaba acostumbrada pero al menos era algo. Se dejó guiar por Bonnibel hasta el centro del pueblo, donde preguntaron por la tienda de música más cercana. Mientras seguían las indicaciones, Marceline decidió volver a la carga con la tanda de preguntas que tenía en mente.

-¿Cómo es tu instituto?

-¿Que cómo es? Pues normal. No tiene nada de especial.

-¿Llevas uniforme?

-Sólo en las clases de educación física. Ya puedes imaginarte un chándal horrible que no le sienta bien a nadie.

-La próxima vez tienes que enseñármelo, quiero ver cómo te queda – se rió – Además no te imagino haciendo ejercicio, sería gracioso que dieras unas vueltas corriendo con él puesto.

-No sé dónde le ves tú la gracia – dijo mirándola fastidiada.

-Pues en que no tienes pinta de ser muy deportista. Esto me recuerda algo. ¿Estabas estudiando cuando llegué a tu casa?

-Sí.

-¿También has suspendido el curso? – dijo casi ilusionada al creer haber encontrado algo que compartieran.

-A diferencia de ti yo apruebo todas las asignaturas con sobresalientes, así que no es por eso.

-No me vas a contar el motivo, ¿verdad?

-No, no voy a darte una excusa para que te rías de mí. ¿Y tu instituto cómo es?

-Pues uno de estos muy pijos con uniformes aburridos y llenos de normas que no tienen mucho sentido.

-¿Me enseñarás tu uniforme?

-Sólo si tú corres con ese precioso chándal del que me has hablado.

Dicho esto sintió que Bonnibel le pegaba un pellizco de la camiseta para que se parara, indicándole así que habían llegado a la tienda. Al abrir la puerta una pequeña campana sonó. No había nadie dentro. Ambas empezaron a curiosear en la pequeña tienda. No parecía que ofertaran un amplio catálogo de instrumentos, lo que más abundaban eran guitarras de diferentes tipos. Marceline se apoyó en el mostrador esperando impacientemente. Bonnibel se giró hacia ella para hacerle una broma pero lo que iba a decir se le olvidó cuando vio salir de la trastienda al dependiente. Era un chico joven, de unos veintipocos, alto y rubio con el pelo despeinado. Sus orejas y su nariz lucían varios piercings. Nada más salir su atención se centró en la muchacha morena. Esto no pasó desapercibido para Bonnie ya que la cara del chico pasó de mostrar el hastío más grande a una enorme sonrisa que derrochaba simpatía, todo esto seguido de una mirada que escaneó a Marceline de arriba a abajo. Y al igual que notó esto también vio el cambio de actitud en ella que parecía muy halagada y dispuesta a seguirle el juego al chico.

-¡Hola! ¿En qué te puedo ayudar?

Marceline puso su mejor sonrisa y se inclinó más en el mostrador.

-Hola, quería unas cuerdas de guitarra.

-¿Tienes alguna preferencia o alguna en mente? Te puedo ayudar si quieres.

-Bueno, a ver qué me sugieres.

Inmediatamente el chico se giró y comenzó a sacar packs de cuerdas, dando todo tipo de información conforme las mostraba. En poco tiempo se vieron envueltos en una discusión sobre marcas, calibres y detalles que Bonnibel no alcanzaba a comprender y justo en ese momento deseó con todas sus fuerzas saber algo de música o entender mínimamente de qué hablaban. Sintió impotencia al verse tan ignorante y más en algo que tanto apasionaba a la morena. Veía como Marceline y el dependiente se aproximaran cada vez más y esto la irritaba de una manera que nunca se habría imaginado.

Por fin, Marceline pareció recordar que iba acompañada y nada más echar un vistazo a Bonnie percibió su enfado, viendo la ocasión perfecta de fastidiarla un poco más.

-Pues me llevo estas.

-Pero esas no son las que te he recomendado.

-Por eso mismo – le sonrió burlona y el dependiente, al principio un poco desconcertado, rió con cara de bobo motivado ante la especie de "reto" que tenía delante.

-Como me has caído bien, y ya que me has comentado que tocas otros instrumentos, te regalo estas cuerdas para tu ukelele.

-Vaya, muchas gracias.

-Pero tienes que darme tu número de teléfono.

-Has dicho que me las regalas.

-Es un regalo con intereses – le guiñó.

Bonnie observó como apuntaba su número en un papel y al entregárselo el muchacho la tomó de la mano. En ese momento decidió que ya había visto suficiente y salió de la tienda pero Marceline no tardó en seguirla, mostrándole una expresión entre contenta y desafiante. Apenas la vio Bonnibel puso rumbo a la estación.

-¿Ya nos vamos? Yo esperaba que diéramos un paseo.

-Ve a darlo con tu amigo. Ya veo que has tenido una compra productiva.

-Vamos, Bonnie, quiero darlo contigo. Y sí, la verdad es que no me esperaba que pudiera sacarle un juego de cuerdas para el ukelele – se rió, disgustando más a la rubia con su actitud – Venga te invito a lo que quieras.

-Quiero irme a casa, estoy cansada.

-No, no estás cansada, a mí me parece que lo que estás es

-¡Ssshhh! – la cortó tajantemente. Seguidamente se giró hacia Marceline y la empujó para que se diera la vuelta y continuaran andando por donde habían venido.

-¿Qué haces?

-Calla y sigue andando.

-De verdad que no te entiendo Bonnie – dijo casi gritando desesperada.

Al instante se oyó una voz chillona decir "¿Bonnibel?" haciendo que la rubia se detuviera en seco tensando todo su cuerpo