Cuando Bonnibel estaba terminando de recogerse el pelo en una coleta oyó el timbre.
-¡Ya abro yo! – gritó a Pep. Lo último que quería ahora era empezar la noche con Marceline y él lanzándose miradas y comentarios sarcásticos.
Se acomodó la blusa blanca tan rápido como pudo y se echó un último vistazo ante el espejo. "No debería haberme puesto los vaqueros… ¿Voy demasiado sencilla?" No sabía exactamente por qué estaba tan preocupada con su imagen esa noche, no iban a ir a ningún lugar especial ni iban a hacer algo nuevo. La única novedad era la compañía de Marceline. "Bueno, ya es demasiado tarde para cambiar". Bajó las escaleras apresuradamente y se abalanzó hacia la puerta.
Al abrir se encontró a Marceline, con las manos metidas en los bolsillos de una bomber blanca y burdeos. Sobre ésta había una gran M bordada. A pesar de ir tan abrigada por la parte superior, unos shorts vaqueros dejaban sus largas piernas desnudas. Bonnie la miró detenidamente y sintió una sensación muy extraña que no supo identificar bien. No pudo evitar pensar lo guapa que se veía a pesar de llevar unas prendas que en otra persona la harían ver simple.
-¿Nos vamos? – dijo Marceline ladeando la cabeza ligeramente, haciendo que su larga melena cayera en cascada hacia un lado.
-Sí, claro.
Cerró la puerta y comenzó a caminar con Marceline a la zaga. Durante toda la tarde había intentado dejar de lado lo que había pasado hacía unas horas pero ahora, al verla de nuevo, le fue imposible contener más las preguntas. ¿Qué fue aquello? La había besado en el cuello. Quizás no tenía ningún significado en particular. "¿Qué pasa si le pregunto directamente? Mejor no… a lo mejor no significa nada y sólo hago el ridículo. Aunque, no es algo muy normal, ¿no? Desde luego nunca me había pasado antes con nadie, pero tampoco es que tenga mucha experiencia en estos temas…"
-¡Eooo! Bonnie, te estoy hablando.
-¿Perdona? – sonrió un poco avergonzada por haberse evadido sin darse cuenta.
-¿En qué pensabas?
-En nada importante. ¿Qué me decías?
-Te preguntaba que adónde vamos.
-Vamos al café de Tessa. Allí es donde me reúno siempre con mis amigos.
-Creo que mejor no hago comentarios sobre que vamos a salir de noche a un café.
-Bueno, tiene ese nombre pero también es una especie de pub. Creo que te gustará.
-Si tú lo dices, Bonbon…
Caminaron cerca del paseo marítimo, pasando justo por al lado de la heladería en la que entró Ricardio un par de semanas atrás. Esto no pasó desapercibido para Marceline que recordó lo que pasó aquella tarde.
-Oye, princesa, ¿también va a estar tu novio?
-Pues verás, Marmar
-No me llames así – la interrumpió – En serio.
Bonnie se quedó un poco cortada ante el tono que casi sonaba amenazante.
-Vale, lo siento.
-No pasa nada – le sonrió levemente mientras le cogía un mechón rosa de su coleta – ¿Qué me ibas a decir?
-Pues verás, Marcy, no va a estar y no es mi novio, como ya te expliqué tantísimas veces.
Marceline rió, ya más relajada que hacía un momento.
-¿Y tú? ¿Tienes novio? – soltó Bonnibel sin pensarlo.
-Nop.
Esto la intrigó más. Se esperaba una respuesta más elaborada o algún comentario de los suyos.
-¿Pero has tenido? – presionó una vez más.
-Sí, sí he tenido – dijo un poco molesta.
A estas alturas Bonnibel decidió no cruzar más la línea y dejó el tema. Quizás otro día, con el tiempo y si la confianza entre las dos crecía, conseguiría escuchar más de la historia.
Continuaron con su paseo hasta llegar a la puerta del local que se encontraba abarrotado. Bonnie reconoció a sus amigos y corrió hacia ellos entusiasmada, saludándolos a cada uno con un abrazo. Marceline no sabía cuál de ellos le pareció más particular, si la chica alta con rasgos asiáticos y la melena rubia, el muchacho moreno y corpulento que no se separaba de ella o el niño rubio que se había pegado a Bonnie y la miraba con ojitos de cachorrito. Sonrió inconscientemente pensando que la noche podía dar mucho de sí o al menos más de lo que se esperaba.
Cuando Marceline estaba casi convencida de que se habían olvidado de ella, – cosa que últimamente parecía que le pasaba muy a menudo y era algo a lo que no estaba acostumbrada – repararon en que estaba allí.
-¡Ah! ¿Esta es la chica de la que nos has hablado, Bonnibel? – dijo Lady mostrando su amplia sonrisa.
-Sí. Chicos, esta es Marceline. Este es Jake – señaló al moreno. Marceline le estrechó la mano y sonrió maliciosamente cuando se percató de la mirada de espanto que había recibido por parte del muchacho – este es Finn, su hermano
-¿No eres muy pequeño para venir a un sitio así? – preguntó Marceline.
-¡Ya tengo casi 14 años! – se quejó mientras hacía aspavientos con las manos. Parecía un niño muy nervioso y lleno de energía.
-Vale, vale – lo calmó de forma dulce Bonnibel – y esta de aquí es Lady.
-¡Hola! – Marceline sintió que la chica irradiaba positividad por los cuatro costados – Así que tú eres quien tiene tan entretenida a Bonnie, ¿eh?
-Yo pensaba que lo que la entretenía era que tenía que estudiar, aunque el motivo sea tan secreto – dijo golpeando con el codo a la rubia.
-¿No te lo ha dicho? Chicle se está preparando para presentarse a unas olimpiadas de ciencias. ¡Todos vamos a ir a animarla en septiembre! – dijo Finn entusiasmado.
-¿Chicle? – preguntó Marceline enarcando una ceja y mirándola confundida.
-Es un apodo estúpido – se sonrojó.
-El padre de Bonnibel es el presidente de la compañía Candy Kingdom, la marca tan famosa de chucherías y dulces, viene de ahí – intervino Jake.
-Oh… – dijo un poco distraída mientras procesaba la información – Bonnie, no me habías dicho que eras la princesa Chicle.
Todos rieron ante el comentario menos Bonnibel que se esforzaba por no ponerse más roja de lo que ya estaba.
-Anda vamos a entrar mejor – dijo intentando distraerlos del comentario.
Una vez dentro, Finn corrió a coger un sitio que acababa de quedarse libre. Pidieron las bebidas y se sentaron en los cómodos sillones. Marceline se removió un poco tensa en su asiento y se consoló pensando que al menos la música que sonaba de fondo era decente. Observó detenidamente a Bonnie y a sus labios asomó una tímida sonrisa al verla tan relajada y cómoda, riendo y haciendo bromas con sus amigos. Por un momento sintió un poco de rabia porque con ella siempre se mostraba en guardia, aunque bien pensado era algo lógico. Jake, a pesar de dar la impresión de un tipo duro, no paraba de soltar risotadas con voz bobalicona. Finn hacía todo lo posible por atraer la atención de Bonnibel y se sonrojaba cada vez que esta le dedicaba alguna sonrisa o le contestaba cariñosamente. Y por su parte Lady hacía alarde de su complicidad con Bonnie y no paraba un momento callada o sin reírse.
-Así que LSP te ha invitado, ¿no, Marceline? ¿Qué te ha parecido ella? – preguntó Lady que se percató de lo aislada que la habían dejado.
-Pues diría que es un poco… ¿peculiar? No sé, yo no invitaría de la nada a una desconocida a un viaje – rió recordando la situación de hacía unos días – Por cierto, ¿adónde vamos?
-Según tengo entendido vamos a la casa de campo de LSP – contestó Bonnie.
-¡Podremos estar solos y sin padres! – alzó la voz Finn, interrumpiendo la explicación.
"Oh… Más aislamiento. Genial" pensó Marceline, que se esforzaba por no lanzar una mirada de hastío.
-Y luego podremos salir por Lumpshire, queda bastante cerca de allí – continuó Jake.
-Lo que significa ¡FIESTAAAAAA! – gritó Finn cada vez más entusiasmado.
-Vaya eso lo hace mejor – soltó aliviada Marceline – pero sigo pensando que tú eres muy pequeño para venir.
Finn empezó a quejarse de nuevo. Su actitud y su naturaleza hiperactiva crispaba un poco a la morena aunque después de haberlo observado un poco sabía con exactitud cómo tratarlo para molestarlo, cosa que la divertía y la ayudaba a matar el tiempo que estuviera allí.
-Así que, Marceline – comenzó Jake con cautela y recelo – qué tal si nos cuentas algo sobre ti.
-Estoy segura de que Bonnie ya os ha puesto al tanto de mí. Yo estoy aquí para conoceros a vosotros.
-¿Ah, sí? Entonces, ¿qué tal si lo hacemos más entretenido?
De repente todos se lanzaron una mirada cómplice excepto Marceline que permanecía sin saber qué pasaba e intrigada por Bonnie que tenía esa expresión como de compasión y diversión mezclada. Se juntaron y cuchichearon un momento, como si se estuvieran poniendo de acuerdo en algo.
-Vale, vamos a hacer un juego – dijo Lady cuando acabaron de hablar entre ellos – Tienes que hacernos preguntas a cada uno y solo podemos contestarte diciendo "sí", "no" y "no lo sé". Vale cualquier tipo de pregunta que quieras, nosotros siempre te contestaremos la verdad aunque no te lo parezca. El objetivo del juego es que descubras así la única regla que hay.
Marceline sonrió maliciosamente. Por fin parecía que iba a poder divertirse de verdad.
-Vale. A ver, Finn… ¿Te gusta Bonnibel?
La pregunta lo dejó fuera de juego y se le encendió tanto la cara que parecía que le iba a estallar.
-¡Esa pregunta no vale! – consiguió decir.
-Pero si Lady ha dicho que puedo preguntar lo que quiera – le contestó con voz inocente.
-No… – musitó resignado y medio enfadado.
-Ahora le toca a Bonnie – hizo una pausa, como si le costara decidir qué preguntar – ¿Te han besado hace poco?
Los ojos de la rubia se abrieron de par en par y sus mejillas se volvieron más rosadas. Su reacción llamó la atención de los chicos y Marceline pudo notar que Finn se removió nervioso. Contestó asintiendo.
-Jake, ¿te doy miedo? – dijo en tono serio y casi aterrador.
-No… - dijo tras tragar saliva de forma sonora provocando que la morena sonriera de oreja a oreja. A este punto, decidió presionar un poco más para acelerar las cosas.
-Lady, ¿te gusta Chicle?
La muchacha miró a Finn que a su vez la miraba con desesperación. Por su parte, Bonnibel observaba la situación con el ceño fruncido.
-No – contestó finalmente.
-¿Seguro que no me mientes? – insistió Marceline que estaba disfrutando ante tal situación.
Lady volvió a mirar a Finn y luego a Jake.
-Sí – dijo en voz baja. En ese momento Finn no sabía dónde meterse y Marceline empezó a pensar que le iba a dar algo al ver lo roja e hinchada que tenía la cara. Aunque a ella también le iba a dar algo de aguantarse la risa. Como vio que el tema podía volverse serio en las dos siguientes rondas comenzó a hacer preguntas sobre el físico, como qué ropa llevaban o si tenían el pelo de tal color.
-Vale, ya sé qué pasa. Contestáis la verdad pero respondéis por quien tenéis sentado a vuestra derecha.
-Muy bien, has acertado – celebró Bonnie.
Después de la confesión forzada de Finn el muchacho estaba cabizbajo. Para dejar el tema atrás las chicas propusieron jugar a algo y al momento ya se le veía más animado. Tras un par de hora se despidieron y Bonnie hizo el camino de regreso junto a Marceline.
-¿Qué te han parecido?
-Están bien – se encogió de hombros – Son simpáticos. Es curioso como cambias cuando estás con ellos.
-¿Cambio? – preguntó confusa.
-Sí. Eres más agradable. No sé, se te ve en tu salsa y se nota que te quieren mucho.
Bonnibel le contestó con una sonrisa. La verdad es que pensaba que tenía mucha suerte en cuanto a sus amigos, no podía llevarse mejor con ellos y se alegraba muchísimo de haberlos conocido.
-Oye, Marceline, ya sabías las normas del juego, ¿verdad?
-Te has dado cuenta, ¿eh? No me esperaba menos de ti – dijo mientras reía – Sólo quería divertirme un poco, no esperaba que ese niño se lo tomara tan mal.
-Se le pasará, hablaré con él si hace falta.
-¡Vaya! Esperaba que me sermonearas – se sorprendió.
-No quita que lo que hayas hecho esté mal, los has incomodado mucho. Supongo que yo ya me voy acostumbrando a tu forma de ser.
-Ajá… Por cierto, Bonnie, ¿por qué no me contaste lo de las olimpiadas? No iba a reírme de ti.
-Ya, seguro que no. Ya sé que tenemos una situación similar, lo hablamos el otro día. Tú tienes tu forma de decirle que no a tu padre, yo he elegido esta para demostrarle qué quiero. Es muy importante para mí.
-Lo sé, por eso no iba a reírme de ti.
Bonnibel se detuvo al llegar a la puerta de su casa. No sabía si creerla o no. En este poco tiempo le había demostrado lo voluble que podía ser y ya había visto antes que igual que se burlaba de ella también le demostraba a veces que podía escucharla y comprenderla. Escuchó un momento el silencio de las calles interrumpido por un perro que ladraba en la lejanía. No había ni un alma, solo ellas dos. La miró con curiosidad sin obtener reciprocidad por parte de la morena, que estaba distraída mirándose los cordones, y volvió a desechar la idea de preguntarle por lo que ocurrió aquella tarde.
-Bueno, yo me quedo aquí. ¿Estás segura de que te quieres ir sola? Puedes quedarte a dormir o puedo dejarte un teléfono para que llames a Simon y te recoja.
-Nah, no hay problema. Ya nos veremos, princesa Chicle – dijo haciendo una reverencia antes de marcharse sin más.
Aquella noche Bonnie soñó que Marceline la miraba.
