Loluque: jajajaja creo que nunca me había reído tanto con un cometario.
Espero que os guste el capítulo chicos! Dejad reviews y esas cosas si no os come la pereza como a mí :P me gustaría saber qué os parece el rumbo que está tomando :)
No recordaba con exactitud cómo fue que se le resbaló el vaso. Agitada por los nervios del momento y cohibida por ser objeto de todas las miradas, en ese momento no pensó que sería una estupidez recoger los pedazos de vidrio con las manos. Así que el resultado fue un corte, afortunadamente no profundo, en su mano izquierda. Hubo todo tipo de reacciones por parte de sus amigos, desde la preocupación hasta las nauseas que algunos sentían al ver la sangre. Rápidamente Marceline presionó su herida con un trapo y se ofreció a curarla, diciendo que era la más capaz ya que era la que menos había bebido. En ese momento agradeció haber recibido esas clases de primeros auxilios en el instituto, por muy pesadas que se les hubieran hecho. Así que ahora, sin saber bien cómo, pues todo había pasado muy rápido, Bonnie se encontraba en el baño con Marceline, que empezó a sacar todo lo que necesitaba de un pequeño botiquín.
-¿Te duele?
-No – contestó de forma seca.
Marceline presionó con la gasa en el corte provocando que Bonnibel soltara un quejido. Intentó ahogarlo pero falló. Realmente le escocía mucho.
-¿No decías que no te dolía? – dijo mirándola sonriendo a medias.
-Acaba de una vez, no lleva tanto tiempo limpiar una herida.
-¿Estás enfadada, princesa?
-No, pero voy a estarlo pronto si no terminas. De hecho puedes irte, puedo curarme yo sola.
Hizo ademán de apartar la mano pero Marceline la agarró de la muñeca con más fuerza, dejando así claro que no tenía la más mínima intención de irse. Roció más líquido para desinfectar el corte. El dolor era punzante y la quemazón que sentía en la piel hacía que Bonnie contrajera el gesto para reprimir más quejas. Marceline sopló suavemente en la herida para aliviar el escozor. Con igual delicadeza comenzó a vendarle la mano.
-¿Sabes? Yo sí estoy algo enfadada. La botella te señalaba a ti. Han hecho trampas.
Bonnibel se contuvo lo más que pudo o al menos eso intentó pero las palabras se le agolpaban y comenzaban a saturarla.
-Pues no se te veía muy disgustada cuando tenías que besarlo.
Se sintió traicionada por sus propias palabras. Ya se había prometido a sí misma contenerse comentarios así. Ni siquiera sabía por qué lo había hecho ni por qué le molestaba tanto, pero era un alivio que Marceline no se percatara o al menos que hiciera como la que no se enteraba de nada. Siguió concentrada en su tarea, vendando lentamente hasta finalizar haciendo un nudo rasgando la tela. Bonnibel retiró la mano despacio y musitó un "Gracias". Se quedó ahí apoyada contra la pared sin saber bien qué hacer, mirando como la otra dejaba los botes y vendas que habían sobrado junto al lavabo. El silencio de Marceline la llenaba de curiosidad pero también de inseguridad. Sin saber porqué la vio voltearse hacia ella, apoyando las manos en sus hombros. Bonnie se quedó petrificada ante la repentina cercanía, sintiendo de nuevo la misma atmósfera que las rodeó hacía unos días en la piscina. Ninguna de las dos dijo nada. Marceline se inclinó hacia ella y Bonnibel pudo sentir el olor del alcohol golpearle en la nariz. La morena continuó en su avance, despacio y sin pausa, hasta detenerse cuando rozó con sus labios el filo de la boca de Bonnie. Marceline sonrió y dejó que sus labios acariciaran muy suavemente los de ella para luego abandonarlos y depositar un beso en su cuello. Volvió a sonreír, esta vez contra su piel, y susurró algo que Bonnibel no pudo descifrar. Se apartó y salió del baño cerrando la puerta tras de sí.
Bonnie se incorporó de su cama improvisada y al apoyarse en la mano sintió un pinchazo de dolor. Se agarró la mano y la atrajo hacia su pecho, como si así pudiera aliviarlo. Miró un tanto confusa el "campamento" que tenían montado en el gran salón de la casa. Todo estaba completamente desordenado y se veían por aquí y por allá botellas vacías tiradas, manchas pegajosas en el suelo, restos de comida en platos y paquetes vacíos. En un colchón Lady descansaba agarrada al brazo de Jake, que estaba tirado a todo lo ancho con la boca abierta. No muy lejos de ellos estaba Finn metido en su saco de dormir. Lo había cerrado tanto que lo único que asomaba era su carita redonda. Miró a su izquierda sin esperar encontrarse con tremenda escena: Ricardio abrazado a la cintura de Marceline, que se encontraba al borde del colchón, con casi medio cuerpo en el suelo. Bonnibel frunció el ceño y se desplomó sobre las sábanas de nuevo mientras miraba su reloj con desesperación. Era ya casi medio día y no se oía en toda la casa nada más que los ronquidos de Jake y todo indicaba que iba a seguir siendo así durante un tiempo.
No podía conciliar el sueño aunque era lo que más deseaba ya que así la espera se le haría más corta. Apenas había dormido esa noche, había tenido la mente muy ocupada. Ahora, paradójicamente, era el propio cansancio lo que le impedía dormir. Pensó en todo lo que había pasado hasta entonces. El viaje había sido casi desde el principio una irritación tras otra, al menos para ella, y lo peor es que no podía evitarlo por más que lo intentaba. La gota que colmó el vaso fue lo de la noche anterior. Pensó en lo que pasó en el baño y se llevó los dedos a los labios. Fue un acto reflejo, tanto el gesto como el pensamiento. El solo hecho de recordarlo le aceleraba el pulso y hacía que los oídos se le taponaran, sordos por la presión de la sangre. Tras estar toda la noche dándole vueltas seguía igual de perdida, sin haber decidido aún si encarar a Marceline o si dejarlo pasar.
Soltó el aire lentamente y de forma sonora por la nariz. Giró la cabeza hacia su izquierda y se encontró de lleno con la mirada de Marceline. Se quedó petrificada. La morena la observó fijamente un momento y le sonrió levemente. Luego, con mucho cuidado cogió por la muñeca a Ricardio y se deshizo de su agarre. Lentamente, y poniendo mucho cuidado par ano despertarlo, se levantó, se estiró para desentumecerse y una vez hecho esto se encaminó hacia Bonnibel.
-Hazme sitio, Bonnie – le susurró.
La rubia se hizo a un lado de forma automática, tenía la cabeza demasiado llena para poder negarse o hablarle siquiera. Marceline se acomodó a su lado lo mejor que pudo, la estrechez del colchón no permitía muchos "lujos".
-Gracias – le sonrió – No sabes lo que me ha alegrado ver que estabas despierta. ¡No lo aguantaba más! Cuando me he dado cuenta se había colado en mi cama hasta que me ha echado.
Bonnie permaneció callada, mirando al techo. Notó entonces un codazo en el costado. Al mirar a Marceline vio a esta con cara de no entender su silencio. Señaló su mano vendada.
-¿Estás bien?
-Sí – levantó la mano de forma distraída – Duele un poco, pero no es nada del otro mundo.
Bonnibel la miró detenidamente, entreteniéndose en cada detalle del rostro de Marceline, que estaba a unos pocos centímetros de distancia. Su mirada pasó por sus largas pestañas que proyectaban una tenue sombra sobre sus peculiares ojos y los hacía ver serenos y más oscuros de lo normal, como el fondo de un lago. Vagó por su afilada nariz hasta detenerse en sus labios. En ese momento Marceline levantó la comisura de la boca y sonrió a medias. Bonnie se fijó en que tenía un diente un poco montado sobre otro y por poco sonrió satisfecha al haber encontrado una pequeña tara en su físico. Aún con eso y aún sabiendo que probablemente tuviera más fallos – al fin y al cabo también era humana – no dejaba de fascinarla. Y era eso: la fascinaba, simple y llanamente. Le vino esto a la mente como lo más obvio del mundo y lo admitió, tal y como los adictos reconocen su adicción como primer paso para superarla. Sintió como se quitaba un pequeño peso de encima pero que fue sustituido por otro aún peor. Llegados a este punto decidió impulsivamente que lo mejor sería preguntarle y salir de dudas de una vez. Pero su nuevo estado de seguridad y decisión se vio quebrado cuando la morena la abrazó y hundió su cara en el cuello de Bonnibel mientras susurraba un confuso "Buenas noches, Bonnie".
El silencio de las siguientes horas se vio interrumpido por bostezos y quejas de quienes sufrían ahora las consecuencias de la fiesta. Poco a poco todos fueron levantándose y posteriormente preparándose para la nueva jornada que les esperaba.
De camino a Lumpshire, Bonnibel siguió igual de distraída, consciente de que Lady la observaba y sabía que algo no iba demasiado bien. Como pudo consiguió esquivar sus preguntas. Y es que la mañana no había ayudado en nada a su estado de confusión que había crecido más después de ver que Marceline apenas le había dirigido la palabra tras despertarse. Así, tan repentinamente, había vuelto al estado del día anterior y se dedicaba a chinchar a los demás y a divertirse, sin siquiera reparar en que ella también estaba allí.
Una vez que llegaron a la ciudad decidieron aparcar el coche a las afueras, cerca de una boca de metro.
-Lo mejor será que cada conductor no beba hoy, me gustaría que volviéramos de una pieza esta noche – dijo Lady. Jake se quejó como un niño pequeño y es que él tampoco quería privarse de nada de lo que los nuevos sitios tan "lujosos" a los que LSP iba a llevarlos le ofrecían.
Bajaron al metro y sacaron los bonos de viaje. El tren que se acercaba los conducía directamente al centro de la ciudad y cuando llegó al andén y abrió sus puertas una marabunta de personas colapsó las entradas. Era una escena caótica y estresante. Bonnie vio que sus amigos ejercían presión con sus cuerpos y finalmente entraron. Cuando se disponía a hacer lo mismo una mano la agarró del codo y tiró de ella. Observó con desesperación como las puertas se cerraban en sus narices. Se giró confusa y vio a Marceline agarrándola.
-¡¿Qué haces?! Hemos perdido el tren por tu culpa.
-Bonnie, se estaba cerrando, no nos iba a dar tiempo de todas formas.
Bonnibel empezó a lanzarle reproches a una velocidad vertiginosa.
-¡Cálmate! No es para tanto. Cogeremos el próximo tren.
-¡No sabemos donde tenemos que bajarnos!
Marceline puso los ojos en blancos.
-Tan lista para unas cosas y tan torpe para otras. Coge tu móvil y localiza a Lady, no es tan difícil.
Poco a poco, Bonnie entró en razón y se tranquilizó. Se sentó y miró el cartel iluminado que informaba de los minutos que tardaría en llegar el próximo tren. Suspiró. No era bueno estar en ese estado de ánimo todo el tiempo. Sabía que ella no era así. Marceline sacaba todo lo malo de ella o lo que era peor: le mostraba facetas de ella que desconocía.
Finalmente llegó el tren y esta vez estuvieron rápidas para conseguir entrar. El espacio interior era agobiante. Todos los asientos estaban cogidos y apenas se podía estar de pie. Era como estar enlatado y tenía que estar en continuo contacto con desconocidos. Marceline la tomó de la muñeca y se abrió paso a un pequeño rincón donde al menos podían respirar. Bonnibel lo agradeció, ese ambiente le creaba tanta ansiedad que ya le estaba costando trabajo respirar.
-¿Sabes? En el fondo me alegro de que haya pasado esto, así podemos hablar más y estar algo de tiempo juntas, llevamos unos cuantos días sin poder hacerlo.
Si en ese momento Bonnibel se hubiera mordido la lengua literalmente para evitar decirle lo que se le pasó por la cabeza, estaba segura de que se la habría cortado con sus propios dientes. Agachó la cabeza y se concentró en mantenerse de pie, cosa que el vaivén del vagón se empeñaba en evitar. Resulta que ahora le soltaba eso de sopetón, cuando había sido ella la que la había estado ignorando todo este tiempo.
-Oye – llamó su atención – ¿Y si nos escapamos? – dijo mirándola de forma traviesa como queriendo tentarla.
-¿Otra vez? Creo que ya quedó demostrado que la última vez que me propusiste algo así te salió el tiro por la culata.
-La princesa chicle amargada ataca de nuevo – canturreó – Venga, Bonnie, quiero pasar tiempo contigo. Tus amigos están bien pero hay algunos que son muy… intensos – rió.
-¿Y qué pasa con Lady y los demás? Seguro que están preocupados.
-Pues llámalos, diles que vas a dar un paseo. No sé, invéntate algo. Que te digan a qué hora y dónde van a estar esta noche y nos reuniremos con ellos. Fácil.
Bonnibel lo sopesó un momento rápidamente. Si se quedaba con ella podía preguntarle eso que no pudo hacer esa misma mañana. Además, para ser sincera consigo misma estaba deseando pasar tiempo con Marceline, así que finalmente accedió como casi siempre hacía ante sus peticiones.
Decidieron bajarse en la próxima estación y una vez en la calle respiraron profundamente, dejando atrás el ambiente viciado y asfixiante del metro. Bonnie cogió su móvil y escribió a Lady, tal y como le había propuesto Marceline. Tras un pequeño tira y afloja quedaron en una hora y un sitio por la noche y prometió que se reunirían con ellos.
-Vale, ¿y ahora qué?
-Pues vamos a ver qué hay por aquí. ¿No te alegras de haberte quedado fuera del tren conmigo? Imagínate si te hubieras quedado con Ricardio – hizo un gesto de asco y Bonnie no pudo evitar reírse, al igual que tampoco pudo evitar recordar los labios rechonchos de Ricardio presionando con ansia los de Marceline.
Vagaron sin rumbo fijo, deteniéndose en tiendas de todo tipo donde Marceline aprovechaba la más mínima ocasión para hacer el payaso. Así, poco a poco, todo el mal humor y las preocupaciones que ocupaban la mente de la rubia se fueron volviendo en algo que apenas recordaba. Se dio cuenta de que cuando estaban a solas Marceline podía ser muy amable y divertida, de hecho demostraba que se preocupaba por ella y la trataba muy bien. Hablaron de todo lo que pudieron sin entrar en temas trascendentales, solo cosas banales que las acercaban y las dejaban conocerse más. Fue así como Bonnie se enteró de que, pese a su aspecto, Marceline leía mucho, llegando a devorar decenas de libros al año, que tenía una extraña obsesión con la comida de color rojo y que era muy traviesa de pequeña, cosa que a ojos de Bonnibel no había corregido mucho.
Por su parte, Marceline escuchó con toda la paciencia que pudo las explicaciones de Bonnie sobre temas de ciencia y descubrió que también era capaz de sentir el mismo grado de pasión que ella por algo, aunque en el caso de la rubia aquello que la apasionaba era algo aburrido a ojos de Marceline. Bonnibel le habló de sus manías, - corroborando las sospechas de la morena sobre lo cuadriculada que parecía - y se sorprendió ante el nivel de curiosidad que podía sentir Bonnie, quien desde hacía años no se acostaba sin haber leído antes un artículo de investigación o incluso un artículo elegido al azar de la wikipedia – dejando aparte el grado de credibilidad de la página.
-En realidad, eres rara, Bonnie – la rubia le contestó frunciendo el ceño, entre molesta y sorprendida por el comentario – No te ofendas, no te lo digo como algo malo. Me gusta eso.
Ambas se quedaron calladas y siguieron avanzando sin rumbo fijo.
-Marceline, ¿por qué me besaste anoche? – lo dijo muy segura, como si fuera otra pregunta trivial, pero tan pronto como salió de su boca sintió que el cuerpo le dio un bajón y deseó más que nunca desaparecer.
-Ya te lo dije.
Marceline sonó un poco incómoda, la pregunta la había pillado con las defensas bajas.
-No… – contestó arrugando el entrecejo – No dijiste nada, simplemente lo hiciste y te fuiste.
-¿Ah, sí? Bueno, quizás lo pensé y no lo hice… No iba muy bien, ya lo viste. De todas formas fue por "justicia". La botella te señalaba a ti, simplemente seguí el juego.
"Simplemente seguí el juego" repitió Bonnibel en su mente. Así que era eso, un simple juego. "De haberlo sabido no le habría dado tantas vueltas. Si esto fue así lo de la piscina está claro que también fue algo parecido…" Y aunque todo le encajaba más o menos, no entendía por qué le molestaba. ¿Quizás es que esperaba otro motivo?
-Lo siento si te molestó. No era mi intención – dijo cada vez más incómoda Marceline.
-No te preocupes, no me molestó nada – le intentó sonreír al decir esto.
-Oye, vamos a entrar aquí.
Bonnie se dejó arrastrar y para su sorpresa Marceline la había conducido a una galería de arte. El arte era algo que se escapaba un poco a su entendimiento. No había leyes ni fórmulas como en las matemáticas y la física para comprenderlo y racionalizarlo. No, para Bonnibel el arte era algo que existía pero a lo que no le prestaba mucha atención. Si se alegró de haber entrado fue al ver la fuente de agua. Tanta caminata y tanto hablar le habían dado una sed tremenda.
-Siempre he tenido una duda sobre estas fuentes de agua – dijo Marceline mientras se acercaban.
-¿Sí? ¿Cuál?
-¿El agua que cae y que no bebes se recicla y vuelve a salir más tarde para que otra persona la beba?
-¿Qué tipo de pregunta es esta? – rió Bonnibel ante la ocurrencia – Claro que no. ¡Vaya asco si fuera así! El agua que cae por el desagüe se va, igual que cuando abres un grifo normal y corriente.
Dicho esto se agachó y comenzó a beber.
-Pues vaya desperdicio de agua – continuó Marceline – Hay que ser más consciente con el medio ambiente.
En ese instante, y aún sabiendo que la morena solo estaba soltando una tontería tras otra, Bonnibel estalló en risas mientras bebía.
-¡¿Qué haces, Bonnie?! Ahora la siguiente persona que beba se va a tragar todas tus babas.
-¡Shh! Calla ya. ¿Quieres que nos echen? – dijo mientras le daba con el puño en el brazo.
-No soy yo la que está formando el espectáculo.
-Vaya cosas tienes… Mira que traerme a este sitio tan estirado. No sabía que te gustara el arte, creía que lo único que te interesaba era la música.
-Bueno, me encanta la música, pero también me interesa el arte en todos sus ámbitos.
Caminaron lentamente entre aquellos cuadros que para la rubia eran indescifrables – tanto o más que la mente de Marceline. Se detuvieron en uno con trazos nerviosos y difusos que dibujaban de forma casi abstracta a una pareja abrazándose.
-Es curioso como el arte te habla, te ayuda y te comprende – comenzó a reflexionar en voz alta – A veces es como si te diera alas y otras en cambio parece que te agarra de los tobillos y no te suelta.
Calló un momento, observando embobada el cuadro. Bonnie se esforzaba en encontrar eso mismo en la pintura pero acabó mirando fijamente a Marceline.
-Lo siento, estoy diciendo cosas muy raras – dijo sonrojándose cuando se dio cuenta de cómo la estaba mirando.
Bonnibel volvió a girarse hacia el cuadro y se preguntó por un momento si esa sensación de libertad o de sentirte amarrada de repente a algo podía sentirse también por alguien.
