Misterio en la calle la Hilandera
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
Esta historia participa en el Reto #46: "De criaturas mágicas, seres no vivientes y otros monstruos".
I.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando llegaron a la nueva casa.
Se trataba de una edificación de humildes ladrillos que se alzaba en un pueblo apagado. Las casas contiguas también eran bloques rojizos y en la calle había una hilera de farolas desgastadas. El río que se encontraba al oeste del pueblo, estaba seco como los huesos de un muerto, pero los animales se acercaban buscando un atisbo de vida. El nombre de la calle se había perdido décadas atrás, pues todos la llamaban «Hilandera» en honor a todos los obreros de la industria textil.
La puerta era de una madera vieja y ennegrecida, que chirrió cuando su madre la abrió. «El sistema de electricidad no es el mejor», les había advertido el anterior dueño, por lo que no se extrañaron cuando el interruptor no funcionó. Durante el día usarían la luz que se filtraba a través de las ventanas; en la noche, encenderían tantas velas como fuera necesario.
Les tomaría tiempo alejar a las polillas y termitas que se anidaban en los muebles y en desempolvar los rincones, pero con un poco de esfuerzo la casa parecería menos lúgubre. Su madre escrutó el alrededor como si pensara igual que ella.
—Pondremos flores y cuadros —dijo, sonando esperanzadora—. Lo volveremos nuestro hogar.
Petunia frunció los labios, pero tuvo la decencia de permanecer en silencio. Ella era la que más extrañaba la antigua casa, con los setos recortados y los amplios ventanales que inundaban de luz la sala de estar. «No podemos irnos. ¿Qué hay de mi habitación? ¿Y mis amigas?», era lo que decía cuando le daban sus rabietas. Su hermana a veces era tan egoísta, incluso cuando veía que su madre lloraba por eso.
«Es difícil para las tres, pero tenemos que adaptarnos —pensó Lily—. Es la única opción que tenemos.»
Sus padres se estaban divorciando y habían decidido que él se quedaría con la casa familiar y su madre buscaría un nuevo lugar para vivir. Pero Lily sospechaba que algo más se escondía detrás de la mudanza. ¿Cómo era posible que su propio padre las hubiera expulsado de su hogar, sabiendo que sus recursos económicos eran inferiores a los suyos? Su madre había invertido los ahorros de toda su vida para poder comprar aquella casa en Cokeworth, mientras él disfrutaba de las comodidades en el centro de Londres. «Y ni siquiera se ha molestado en saber a dónde íbamos.»
Petunia culpaba a su madre de su desgracia. Decía que, si hubiera sido mejor esposa, no se estarían divorciando. Lily quería pensar que sus palabras envenenadas eran fruto del cambio. Su hermana era una persona que disfrutaba de las constantes de la vida y colapsaba ante la más mínima variación. Pero eso tampoco justificaba su actitud hiriente cuando su madre se esforzaba tanto.
Para Lily también era difícil mudarse al otro lado de la ciudad, a un pueblo donde no conocía a nadie. También pensaba mucho en su padre y en su indiferencia. «Es como si de repente le estorbáramos.»
Alguien llamó a la puerta súbitamente, provocando que las tres se sobresaltaran.
Se trataba de la mujer que vivía en la casa contigua. Tenía el pelo tan negro como el ala de un cuervo y una nariz ganchuda. Sonrió con amabilidad cuando su madre la recibió, aunque Lily se fijó más en las marcas de sus manos que en la tarta que sostenía en ellas.
—Mi nombre es Eileen. Herbert me dijo que se mudarían hoy —dijo a modo de saludo—. ¿Quieren que las ayude a desempacar?
Su madre sonrió apenada.
—No trajimos mucho, en realidad. Confío en que podamos ir comprando todo de a poco.
—Comprendo. Empezar de cero siempre cuesta —respondió. Dejó la tarta sobre la mesa raída. Un olor dulzón a arándanos emanaba de ella. El estómago de Lily rugió—. Pero qué niñas tan adorables. Deben tener la misma edad que mi Severus.
—Es bueno saber que hay otro niño en el barrio.
Ellas permanecieron en la sala mientras Eileen cortaba la tarta para todas.
Era bueno que su madre tuviera con quien hablar. Quizás a Eileen le contaría todo lo que se guardaba para sí misma. Lily se dirigió al automóvil a terminar de bajar sus valijas. Lo que más abultaba eran los libros que estaban cuidadosamente envueltos en papel de diario. Arrastrando el equipaje, se encaminó nuevamente a la propiedad.
Junto a la ventana de la casa de Eileen había un niño observándola fijamente.
II.
La primera vez que sintieron la presencia fue en la noche.
Petunia estaba arrebujada entre las mantas, con una vela encendida sobre la mesita de luz. Ella temía a la oscuridad más que cualquier otra cosa, y aún más cuando su madre no se encontraba en la casa. Por eso siempre dormía con una vela a su lado. A Lily no le daba miedo la ausencia de luz sino las sombras esquivas que se formaban sobre las paredes.
«Eileen nos arreglará pronto el sistema de electricidad», se refugió en ese pensamiento.
Ella las había ido a ver dos veces. La primera vez cuando el sol se puso en el horizonte; la segunda, a la hora de la cena. «Cualquier cosa que necesiten, estoy al lado», les dijo antes de irse.
A Lily le agradaba Eileen, con su sonrisa ancha y su voz gentil. Su esposo, en cambio, era un hombre desagradable, falto de modales y dado a la bebida. Sospechaba que él golpeaba a Eileen. Más de una vez los había escuchado pelear hasta que la discusión desembocaba en objetos estrellándose y llantos intensos. Petunia decía que no debía inmiscuirse en «cuestiones matrimoniales», pero Lily no podía mantenerse ajena cuando la violencia tenía lugar junto a su casa.
Terminó pensando en sus padres y en su inminente separación. Su progenitora estaba tomando turnos dobles para tener más dinero. Ella ya estaba pensando en la Navidad y su cumpleaños número once; lo que Lily más deseaba era que su madre volviera a ser feliz.
—Mamá nos está mintiendo —dijo su hermana—. Ella no debe querer que veamos a papá.
—¿Y por qué no querría eso?
—Porque tiene miedo de que, si escuchamos su versión, no queramos vivir más en esta casa vieja y maloliente.
Lily rodó los ojos y volvió su atención al libro que sostenía entre las manos. Si su padre hubiese tenido esa intención, se lo hubiera dicho cuando les habló del divorcio. Petunia aún conservaba la esperanza de que él se apareciera en el umbral de la puerta, dispuesto a llevarlas a la antigua casa; Lily sabia que aquel ya no era más su hogar.
Cuando sintió que los párpados le caían pesados como plomo, Petunia la despertó.
—¿Escuchaste eso?
Adormilada, Lily se incorporó en la cama. Primero fue todo silencio; luego escuchó el sonido. Un objeto se había caído en la habitación contigua a la suya. Su madre usaba ese cuarto como trastero, allí apilaba las pertenencias que el antiguo dueño no se había querido llevar. Aguardó un instante, creyendo que podía tratarse de una ráfaga de viento. Quizás su madre había dejado la ventana abierta.
Pero volvieron a escuchar otro sonido. Esta vez mucho más nítido. «Son pasos», comprendió. «¿Eileen habrá vuelto?» Era extraño que no hubiera llamado a la puerta. Y a su madre aún le faltaba una hora para acabar el segundo turno.
Con toda la valentía que una niña de diez años podía tener, Lily se puso de pie y caminó hasta el pasillo. Estaba armada con una vela que se ahogaba en un charco de cera y un cuchillo para mermelada.
—No conseguirás matar a nadie con eso.
—¡Cállate, Tuney!
Con sus novelas policiales había aprendido que lo importante no era matar sino hacer el daño suficiente como para correr. «Si lo clavo por el extremo puntiagudo, ganaré tiempo.»
Era extraño que un ladrón se aventurara a entrar en una casa como aquella, donde ni siquiera había electricidad. Mucho menos, objetos de valor.
La puerta del trastero estaba entreabierta. Lily aferró más el cuchillo entre sus dedos y, con la vela dorada iluminando la estancia, entró. Allí no había más que un baúl y algunos objetos antiguos como: cartas viejas, una máquina de tejer y fotografías añejadas. Un espejo ovalado y plateado estaba hecho añicos en el suelo, pero la ventana no se encontraba abierta. De hecho, el aire a su alrededor parecía haberse congelado. Sintió un escalofrío lamiéndole la nuca. Al voltearse, la vela se apagó súbitamente, dejándola sumida en la oscuridad.
La puerta se cerró con un golpe seco. Lily hendió el cuchillo a ciegas, pero lo único que escuchó fue una risa que le heló la sangre. Una fuerza oscura y sobrenatural la arrojó por los aires. Su espalda crujió cuando aterrizó sobre el pesado baúl de madera. Sintió algo viscoso corriéndole por el brazo.
Entonces Lily gritó.
III.
A Severus Snape lo conoció una tarde fría de diciembre.
A Lily le dolía el corte en el brazo y el golpe en la espalda, pero más la lastimaba la mirada preocupada de su madre. Ella lucía agotada por el trabajo y por el nuevo problema que se acababa de gestar. Al llegar a la casa, se había encontrado con una Petunia gritando y temblando en medio de la calle y a Lily sangrando en el trastero. Su hermana no había podido explicarle lo sucedido. «Escuchamos algo rompiéndose y Lily fue a ver.»
Y ahora su madre quería conocer la verdad de sus propios labios.
—Sé que no ha sido fácil mudarnos, cambiar rotundamente de barrio, pero esperaba que te pudieras adaptar más rápido que Petunia —dijo. Sus ojos verdes brillaban y un bucle rojizo escapaba de su cuidado moño—. ¿Qué sucedió anoche?
Lily se mordió el labio inferior.
En realidad, ¿qué había sucedido? La vela se había pagado y el aire se había vuelto frío de repente. «¿Y si todo fue producto de mi imaginación? Quizás yo misma me tropecé y me hice daño. —Después de todo, no era la primera vez que sucedían eventos extraños a su alrededor: objetos que cambiaban de lugar, sueños que se hacían realidad y flores que volvían a la vida cuando ya estaban marchitas—. ¿Y si le digo la verdad y se preocupa por mí?»
Tomó la decisión de mentirle.
—La ventana estaba abierta, por lo que el viento debe haber tirado el espejo y apagado mi vela —narró, tratando de sonar convincente—. Me asusté y me caí sobre el viejo baúl. No quiere causar todo este mal entendido.
El alivio se reflejó en el rostro de su madre, quien la besó y la abrazó.
—Arreglaré ese trastero en cuanto tenga un día libre. Prometo que haré turnos dobles hasta tu cumpleaños. Luego de que pueda comprarte el regalo que te mereces, pasaré todas las noches en casa.
«Me gustaría creerte», pensó. Era muy consciente de su situación económica.
En el exterior el mundo era blanco y gélido. La nieve tapizaba las calles estrechas, las farolas y las aspas del viejo molino. Estaban en pleno diciembre y el frío no daba tregua. Lily se acomodó la bufanda y caminó hasta el río cristalizado. Al oeste se alzaba una colina y en ella había un árbol con el tronco ahuecado.
Al hijo de Eileen le gustaba pasar la tarde sentado allí. Ella lo había observado, siempre solitario y apartado. Pasaba más tiempo en ese árbol que en su propia casa. Si alguien la podía ayudar a desentrañar el misterio del trastero era él.
Lily pensó sus palabras antes de llegar a su encuentro. Su hermana era buena para labrar amistades; ella, en cambio, era la niña que permanecía sola en el patio de la escuela. Así que optó por ser sincera.
—Mi nombre es Lily Evans, vivo en la casa de al lado.
—Sé quien eres —respondió sin mirarla—. Tu hermana me despertó a medianoche con sus gritos.
—Fue mi culpa, la hice poner nerviosa —dijo y sintió el rubor cubriendo sus mejillas—. ¿Te puedo hacer algunas preguntas sobre la casa? Como nos hemos mudado hace poco, me gustaría conocer más sobre sus antiguos dueños.
—No quiero ayudarte.
Aquello la hizo enfadar.
—¿Por qué no? —interrogó—. Te he observado. No vas a la escuela, no tienes amigos, te la pasas aquí sin hacer nada.
Él frunció el ceño.
—Ya iré a la escuela cuando tenga once años, tú tampoco tienes amigos y no debería espiar a las personas. —Se puso de pie y comenzó a caminar colina abajo. Lily rodó los ojos y lo siguió—. ¿Me perseguirás hasta que acepte ayudarte?
—Al menos, ¿puedes decirme dónde hay una biblioteca?
—Si hubiera una biblioteca en este pueblo, no pasaría todo el día sentado en el árbol. —Con sus palabras desvaneció sus últimas esperanzas.
Rendida, Lily no volvió a insistirle más. Caminó de vuelta a su casa, con la nieve cayendo sobre su cabeza. Tenía que cambiarse el vendaje del brazo antes que la herida sangrara de nuevo. Por el rabillo del ojo vio a Severus Snape perderse tras una gran puerta de madera. Eileen estaba ocultando el rostro entre las manos y su esposo estaba aferrado a una botella de alcohol. No escuchó gritos y tampoco llanto.
Al volver la vista hacia la ventana del trastero, vio un rostro sepulcral reflejado en ella.
IV.
Amaneció con la noticia de que Eileen estaba en el hospital.
Su madre las había despertado cuando sol clareaba por el este. Según les dijo, se había caído por las escaleras en medio de la noche. Ella la iría a ver en su descanso entre el primer y segundo turno del trabajo. «Sé que prometí venir a almorzar con ustedes, pero Eileen ha sido tan buena con nosotras», dijo antes de partir. «Inviten a Severus a jugar con ustedes.»
A Petunia no le agradaba el niño. Decía que tenía nariz de águila y el cabello grasiento, y que no le gustaba su forma de mirar a las personas. Ella, a pesar de que no había obtenido su ayuda, era incapaz de sentir rechazo. Tenía puestas todas sus esperanzas en que él pudiera conocer más sobre esa casa. Según Eileen, toda la vida habían vivido en la calle la Hilandera. Y no podía preguntarle directamente porque su madre se preocuparía por el accidente en el trastero.
Y si no había una biblioteca en el pueblo, entonces debería buscar las respuestas en el origen del misterio: el trastero.
La espalda ya no le dolía y el corte estaba cerrando, pero aún así el recuerdo de la risa la seguía paralizando. «Con la luz del sol bañando la habitación, no sentiré tanto miedo», se dijo.
Abrió la puerta lentamente. Las paredes estaban cubiertas de un papel desvaído y el suelo crujía bajo sus pies. Su madre había retirado los fragmentos del espejo, pero el baúl aún seguía allí. Lily deslizó los dedos por la antigua máquina de tejer, levantando una fina capa de polvo a su paso. «No creo que haya pertenecido a Herbert.» Era una pieza costosa, bien conservada a pesar del tiempo, con unas iniciales grabadas en ella.
«B. B»
La máquina comenzó a moverse en cuanto Lily se alejó, tejiendo un hilo invisible. Aquello la sobresaltó y perturbó a partes iguales.
—¡Lily! —escuchó la voz de Petunia. Corrió hacia las escaleras tan rápido como pudo. Su hermana estaba de pie al final, con Severus Snape a su lado—. Dice que quiere hablar contigo.
Eso hizo que esbozara una sonrisa.
—¿Cambiaste de opinión?
—No tengo nada mejor que hacer. Y ahora mismo no quiero estar en casa.
Sus ojos desviándose hacia la ventana la hicieron comprender el motivo. Su padre estaba allí. «¿Por qué no se encuentra en el hospital con Eileen? —se preguntó—. ¿Estará bebiendo de nuevo?» Tobias Snape no salía de su casa más que para comprar alcohol. No trabajaba y tampoco pretendía hacerlo. Si a ella le asqueaba siendo solamente su vecina, no quería imaginar lo que era para su hijo.
Salieron de la casa bajo la atenta mirada de Petunia. «¿Ahora te juntas con él?», preguntó con los labios apretados, pero no le impidió irse.
Las ramas de los árboles estaban vestidas de nieve y soplaba un viento gélido que hizo ondear el cabello de Lily. Bajo la capa de hielo y aguanieve el pueblo resplandecía.
—Y bien, ¿qué es lo que quieres saber?
«¿Qué estoy buscando en realidad?»
—¿Qué sabes sobre Herbert Burke?
—Lo vi pocas veces. Nunca le gustó vivir allí. Decía que le traía malos recuerdos. La casa era una herencia de su padre; al parecer, ninguno de sus hermanos quería hacerse cargo de la propiedad. La última vez que que habló con mi madre le dijo que la vendería y se mudaría a Islington. «Algo más tranquilo y familiar.»
—¿Más tranquilo que Cokeworth?
—Mi madre era una niña cuando Herbert ya era un joven adulto, pero una vez me contó que su padre, también llamado Herbert Burke, era un mal bicho. Todas las noches llegaba con una mujer diferente a la casa, sin importarle que su esposa llevaba años postrada en una cama.
»Ella nunca salía de la casa. De hecho, mi madre se enteró de su existencia el día que se llevaron el cuerpo. Lo retiraron en un carruaje funerario, pero no la enterraron en el cementerio de la ciudad. Luego, el señor Burke dijo que «una enfermedad se la había llevado». Lo extraño es que nadie la trató por su padecimiento.
»Herbert debe haber crecido viendo a una madre enferma y a un padre perder su fortuna en mujeres de baja reputación. Quizás esos son los malos recuerdos que le impiden vivir ahí. Al tratarse de una herencia, no pensé que fuera a vender la casa.
—Mi madre dijo que la vendió a mitad de su valor real. Tenía prisa por deshacerse de ella —comentó. Fue asimilando toda la información que Severus le acababa de brindar—. Así que Herbert no volvió a vivir en la casa después de heredarla.
—Nunca lo vi durmiendo allí —reveló—. Sin embargo, a veces parecía que si. Durante la noche se escuchaban sonidos extraños, provenientes del segundo piso. Eran sonidos aislados, casi imperceptibles, pero sonidos al fin y al cabo, como de alguien deslizándose en la oscuridad. Mi madre decía que podía tratarse de algún roedor, pero no creo que un animal pequeño provocara ese sonido.
Se mordió el labio inferior. Si le contaba a Severus lo que había sucedido en el trastero, ¿él le creería? ¿Podía confiar en él? Lily decidió arriesgarse y le narró la historia.
—¿Crees que estoy loca?
—Si estás segura de que hay algo en el trastero, lo averiguaremos. Dijiste que encontraste unas cartas y unas fotografías, ¿por qué no empezamos por allí? Debe haber algún nombre, algún indicio sobre Herbert Burke, su esposa y su hijo.
—¿Piensas que puede tratarse de ellos?
—Es la pista más firme que tenemos de momento.
Acordaron que Lily entraría en el trastero una vez más, antes de que el crepúsculo sangrara sobre el pueblo, y tomaría todas las evidencias que allí se encontraban. Analizarían cada una de ellas y luego harían hipótesis entre los dos. Por un momento, se sintió como dentro de un libro de misterio, de esos que tanto le gustaba leer, siendo la protagonista de su propia historia.
—¿Por qué se mudaron aquí?
—Mis padres se están divorciando. Y mi padre no nos quiere en su vida. —Lily se sorprendió al descubrirse hablando con tanta sinceridad. Pensarlo no era tan doloroso como decirlo en voz alta—. Y mi madre ha tenido que comprar la casa de apuro para tener donde vivir.
—Es mejor que tus padres estén separados a que finjan que sigue habiendo amor entre ellos.
—¿Lo dices por experiencia propia? —interrogó Lily. Enseguida se arrepintió—: Lo lamento, no quise entrometerme.
—Mi madre es la mejor persona que conozco; mi padre no sirve para nada. Es la realidad. Mi madre está sesgada, piensa que sin él no es nadie, que no será capaz de enfrentarse a la vida. Pero yo sé la verdad: no lo necesitamos para nada. De hecho nuestra vida sería más fácil sin él.
—¿Y él la mandó al hospital? —Severus asintió sin mirarla—. Tenemos que buscar ayuda.
—Es difícil ayudar a una persona que no quiere ser ayudada. Él le ha roto los huesos y también el alma, hasta el punto de que mi madre reniega de su verdadera naturaleza y me pide a mí que la oculte.
Lily se sintió confundida por sus palabras. «¿A qué se referirá?», se preguntó. «¿Será una forma más abstracta de referirse a la personalidad?» Cuando la conversación murió, Lily no volvió a insistirle. Era el primer amigo que hacía en mucho tiempo y no quería perderlo antes que la aventura comenzara.
—Gracias por confiar en mí.
—Prométeme que no le dirás a nadie. Solo estropearía las cosas.
Y ella así lo hizo, aunque seguía creyendo que la historia de Eileen debía ser contada.
Petunia estaba merendando cuando regresó a su casa. Ni se molestó en mirarla. De seguro estaba molesta porque había pasado toda la tarde en el árbol con Severus. «Y debe estar aún más molesta porque he conseguido hacer un amigo, mientras que ella no.» Petunia no era nadie sin sus amistades, sin el poder que ejercía en los demás, eso la hacía sentir indefensa.
Después del incidente en el trastero, Petunia se sentía más intranquila en la nueva casa. Durante la noche permanecía en la sala de estar, junto a la mesa, esperando ver a su madre atravesar la puerta; después intentaba cerrar los ojos, pero siempre terminaba desvelada y dormía gran parte del día. Su madre decía que era una suerte que estuvieran en vacaciones de invierno, ya que de lo contrario resentiría más el trasnochar.
Empezar una nueva escuela, en una ciudad nueva, también era otro problema. Pero Lily no quería pensar en eso todavía. Aún le quedaban unos días de libertad antes de tener que lidiar con cambiarse a mitad de año electivo.
Primero tenía que resolver el misterio del trastero.
Estornudó al entrar en la habitación. Era como si, desde su última visita aquella mañana, la suciedad se hubiera duplicado. Una nube grisácea se elevó cuando abrió el baúl lleno de viejos recuerdos. Tuvo manipular las cartas con suma delicadeza, ya que el papel era fino y la tinta estaba desapareciendo. La mayoría de cartas pertenecían al principio del siglo, muchas décadas antes de que Lily naciera. «Nuestro amor es más fuerte que cualquier distancia» y «tú siempre fuiste la estrella más brillante, yo nunca encontré mi propia constelación». Y la que más le llamó la atención: «los tres son de Burke, pero deberían ser tuyos.»
Tomó una de las fotografías en blanco y negro y la examinó. En ella se veía a un hombre alto, de porte aristocrático y bigote poblado. Junto a él se encontraban de pie cuatro muchachos, con rasgos muy similares y una muchacha de rostro redondo y atractivo. «Donde todo comenzó. 1900», tenía escrito con tinta en el reverso.
Los dedos le temblaron cuando la fotografía se movió y los ojos de la muchacha se encontraron con los suyos.
V.
La noche siguiente a encontrar las cartas fue la peor de todas.
El cielo era un manto oscuro que caía sobre los tejados en punta y la chimenea de la fábrica abandonada, y el viento creaba ventiscas de nieve en la entrada de la casa. A través de la ventana, observó a Tobias Snape llegar dando tumbos. «Se suponía que pasaría la noche en el hospital», pensó Lily. «Quizás vino a buscar algo de ropa. O, simplemente, está borracho de nuevo.»
La luz resplandeciente de la sala de estar le reveló que él no volvería a salir. «¿Cómo puede echarse a mirar televisión cuando su esposa está herida?» Entonces recordó la conversación que había tenido con Severus. Si Tobias Snape la golpeaba habitualmente sin el menor de los remordimientos, ¿por qué le importaría si ella estaba en el hospital? Aquel pensamiento la llenó de furia e impotencia.
Caminó hasta la casa contigua, atravesando los ventisqueros, y llamó a la puerta. Lo tuvo que hacer tres veces hasta que una voz, rasposa y grosera, gritó: «¡ve a ver quién es!»
La puerta se abrió, revelando la figura menuda y oscura de Severus. Los ojos del niño la miraron desorbitadamente, como con preocupación. Al echar un vistazo por encima de su hombro, vio al hombre sentado en el sofá, destapando una cerveza con los dientes.
—Tu madre se quedará esta noche en el hospital —dijo Severus—. ¿Estarán bien solas?
—Eso creo —respondió Lily—. Tampoco es que tengamos otra opción. ¿Te importaría si uso el teléfono? Solo será un minuto.
Desde que habían llegado a la nueva casa, su padre no se había molestado en tener alguna clase de contacto con ellas. Pero la realidad era que tampoco tenían una teléfono al cual comunicarse. Quería llamarlo, saber de él. Pero, ¿le gustaría lo que encontraría al otro lado del audífono? ¿Su padre se mostraría preocupado o sería nuevamente indiferente? «Nunca lo sabré si no lo intento.»
Severus la guió por un pasillo estrecho que llevaba a la cocina. En el suelo había botellas de vidrio y envoltorios de comida; en la mesa, platos con restos del día anterior. El aire espeso olía a podredumbre. Aquella casa sumida en suciedad no concordaba con la imagen afable y pulcra de Eileen. «Esto es una pocilga. En cualquier momento tendrán cucarachas y ratas.»
Se colocó el auricular en el oído y marcó al número de su antigua casa. Aguardó. Y aguardó. Hasta que alguien atendió.
—¿Hola? —Era la voz de una mujer. Una voz que ella no reconocía—. ¿Quién habla?
De la sorpresa, Lily solo atinó a cortar la llamada. Sintió que el pulso se le aceleró. «¿Quién era?», se preguntó. No era la voz de su abuela y tampoco la de su tía. Era una voz diferente. Más armoniosa y singular. No tardó mucho en comprender la razón por la cual sus padres se estaban divorciando. No quería imaginar la reacción de Petunia cuando supiera la verdad.
—¿Quién atendió?
—Alguien que no esperaba —respondió Lily—. Tenemos un plato extra de comida, ¿quieres venir a cenar con nosotras? Y te puedo mostrar lo que descubrí en el trastero.
—Tu hermana no me agrada y yo no le agrado, será mejor si lo dejamos para otro día. Pero, ¿qué has descubierto?
—Leí unas cartas viejas y el dorso de una fotografía. Al parecer, la esposa del señor Burke estaba enamorada de otro hombre. Decía que sus tres hijos deberían ser de él y no de Burke, que lo amaba, a pesar de la distancia. Y también había una inscripción al dorso de una fotografía. «Donde todo comenzó. 1900», decía —relató—. ¿Qué crees que significa?
—¿Quiénes aparecen en esa fotografía? Quizás allí este su otro amor, el que no es el señor Burke.
—No hay ningún nombre escrito. Aparece un hombre, unos muchachos y una chica. Tienen rasgos similares, quizás sean familia.
—Si son familia hay que descartar la posibilidad de que uno sea el enamorado. Pero, ¿qué tiene que ver la madre de Herbert Burke con el misterio del trastero?
—Es lo que intento averiguar —contestó Lily—. Lo más extraño es que cuando estaba viendo la fotografía, podría jurar que se movió. Los ojos de la muchacha se encontraron con los míos y me sonrió.
El rostro de Severus palideció aún más.
—Debes haberlo imaginado. Las fotografías no se mueven.
Sus palabras hicieron sentir tonta a Lily. Ocultó su rostro en el cabello rojizo y comenzó a caminar hacia la salida. «Quizás hice mal en confiarle a Severus mis sospechas. Me tomará por una lunática.» De momento, seguiría trabajando sobre las pistas que ya tenía. Releería las cartas una y otra vez hasta encontrar nuevos indicios, y revisaría la pila de fotografías que aún le quedaban.
Petunia estaba calentando la cena cuando llegó a la casa. Continuaba molesta por la reciente amistad entre ella y Severus, pero Lily no estaba dispuesta a dejar que se entrometiera en la primera amistad que labraba por sí misma. A veces extrañaba el lado amable de Petunia, ese que afloraba cuando estaba de buen humor o emocionada por algo. Su hermana se había vuelto más tosca y grosera desde que se habían mudado, resentía a su madre por el cambio brusco y a Lily por querer adaptarse. «El incidente en el trastero fue planeado por ti —le dijo para lastimarla—. Después de todo, no es la primera vez que pasan cosas extrañas cuando tú estás cerca.»
Permanecieron en silencio hasta que Lily lo rompió.
—Llamé a papá.
—Yo también —reveló Petunia. Eso le hizo sentirse apartada, traicionada. Su hermana nunca había confiado en ella como en Hannah Baker, su mejor amiga, pero pensó que le contaría algo de tal envergadura—. Pasaré con él el próximo fin de semana. No me dijo nada sobre ti.
«¿Por qué la verá a ella y no a mí?»
Petunia subió las escaleras con una sonrisa triunfal en el rostro. Había conseguido hacerle daño, lo sabía y estaba satisfecha por eso. Lily se mordió la lengua con fuerza para no lanzarle un improperio. Respiró profundamente una y otra vez hasta que la rabia se extinguió de su ser.
Su vela no tardaría en morir, por lo que encendió dos más para que espantaran al demonio de la oscuridad. Colocó sobre la mesa las cartas y las fotografías que había encontrado en el trastero. Y, una vez más, empezó a leer y observar cada una.
Había una que tenía el borde quemado y apenas se podían distinguir los rostros de quienes aparecían en ella. Se trataba de la misma muchacha y de uno de los chicos que acompañaba al hombre, era el más alto y sonriente. La tinta de la inscripción era demasiado clara, pero se podía leer: «Belvina y Sirius». Él tenía cruzado un brazo alrededor de su cuello y ella parecía feliz.
Ahora ya conocía el nombre de la madre de Herbert Burke. «Ella debe ser la propietaria de la máquina de tejer. —La inicial grabada coincidía con el nombre escrito en la fotografía—. Pero aún me faltan piezas en este puzzle. ¿Qué sucedió con Belvina? ¿Y qué tiene que ver el señor Burke en todo esto?»
La primera hipótesis que se le ocurrió es que él podría haberla alejado de su familia. «Quizás se trató de un matrimonio concertado. Ella estaba enamorada de otra persona que, no la correspondía o no podía casarse con ella, y por eso terminó viviendo aquí con Burke —reflexionó—. Y, al morir, su espíritu quedó atrapado en este mundo.»
Lily no había pensado mucho en los fantasmas hasta mudarse a la Hilandera. En su antigua escuela a veces contaban historias de terror, de merodeadores de otros mundos que caminaban por la tierra durante la noche de Halloween o de bestias malditas que solamente causaban desgracias. Pero ella sospechaba que el ser que habitaba en el trastero era algo diferente. Era un fantasma, un espíritu, un espectro, que podía atemorizarla y también hacerle daño. Pero ella no sabía cómo enfrentarse a un fantasma, y la respuesta no se encontraba en sus libros policiales. Estaba expuesta e indefensa, y la única esperanza era descubrir algo con lo cual escudarse.
Sintió el ruido de la puerta cerrándose bruscamente, seguido de el grito desgarrador de Petunia.
Subió las escaleras de dos en dos, con el corazón latiéndole desbocadamente y el miedo vibrando en su piel. El pasillo era una negrura espesa que la engulló en cuanto avanzó. Petunia nunca apagaba la vela. Jamás. Le daba demasiado miedo estar en la oscuridad. El aire volvía a estar gélido, sepulcral. El vello de los brazos se le erizó.
—¡Tuney! —gritó—. ¿Dónde estás?
No tuvo que aguardar la respuesta para saberlo. La puerta del trastero estaba abierta de par en par. Lily se detuvo en el umbral y tuvo que sujetarse del marco para no caer al suelo.
La imagen frente a ella la paralizó.
Su hermana se encontraba pataleando en el aire, siendo sujetada por una mano invisible que le impedía respirar. Petunia luchaba para liberarse, pero no conseguía soltarse y las palabras se le atragantaban. Corrió hasta ella, pero había una fuerza que le impedía poder alcanzarla. Lily luchó, peleando a ciegas. Una fuerza descomunal arrojó a Petunia contra la pared, del mismo modo que la había lanzado a ella contra el baúl.
Entonces fue que la vio.
Era una figura femenina, opalescente, que se movía sin ataduras. Parecía estar envuelta en un velo delicado y largo. Lo que más le dio miedo fueron sus ojos. Eran negros, profundos y vacíos. Y tenía el rostro surcado por marcas de uñas. Cuando abrió la boca, ésta se transformó en un pozo sin fondo, y Lily sintió el mayor miedo de toda su vida.
«Devuélvemelas», le dijo. La palabra estalló en su mente, pero no en los oídos.
—¡Te devolveré las cartas y también las fotografías! —respondió—. ¡No le hagas daño a mi hermana, por favor!
«Son mías. ¡Mías!», estalló en su cabeza.
—Belvina. ¿Te llamas Belvina, verdad? —habló, intentando protegerse de la furia que emanaba de ella—. Tu hijo nos vendió esta casa...
El fantasma se deslizó en dirección a Petunia, quien permanecía inmóvil en el suelo. Las lágrimas le caían por las mejillas, a pesar que tenía los ojos cerrados. Lily se movió rápidamente, pero el fantasma volvió a tomar a su hermana por el cuello. Eso la desesperó aún más. «No le hagas más daño», pensó. Quizás así la escucharía.
Belvina Burke levantó la mano y los huesos de Petunia crujieron. Lily lloró hasta que las lágrimas le ardieron en las mejillas. El suplicar tampoco aminoró al espíritu. «Por favor. Por favor. No le hagas daño.»
Entonces sintió una extraña electricidad recorriéndole el cuerpo. Le ardían los brazos y las manos. Algo estaba formándose en el centro de su pecho. Era una sensación extraña, desconocida. Nunca se había sentido tan abrumada y poderosa al mismo tiempo.
El baúl y la ventana explotaron al mismo tiempo; después, todo se volvió negro a su alrededor.
VI.
La nueva casa de Herbert Burke se encontraba en el condado de Islington. La calle se llamaba Grimmauld Place, era grisácea y estaba desierta. El sol blanco se reflejaba sobre las ventanas en hileras de las casas. Severus tenía anotado el número de puerta en un trozo de papel, pero no se lo dejó ver en ningún momento. Odiaba el misticismo que rodeaba al niño, pero tampoco podía olvidarse de que él la estaba ayudando.
Severus era bueno con ella. Había permanecido a su lado hasta que despertó de su inconsciencia y había hablado con su madre, explicándole la serie de eventos desafortunados —e inventados— que habían llevado a Lily a terminar herida una vez más, con su hermana conmocionada por los hechos. Y también le había pedido autorización para arrastrarla hasta Grimmauld Place a visitar a sus abuelos. «Sabrá que es una mentira cuando hable con mi madre, pero tendremos unas horas antes que vayan a buscarnos.»
Se detuvieron entre el número once y el número trece. «Que extraño», pensó Lily. «¿Dónde está el número doce de Grimmauld Place?»
—Tienes que cerrar los ojos.
—¿Por qué? —preguntó Lily, enfurruñada.
—Es la única forma que el señor Burke nos recibas. ¿Quieres saber la verdad o no?
A regañadientes, Lily cerró los ojos. La mano de Severus se cerró sobre la suya y la arrastró. Sintió los pies chocándose contra el primer escalón de una entrada. Él la ayudó a no tropezarse. Escuchó un sonido extraño, como de algo deslizándose, hasta que Severus llamó a la puerta.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontraba al principio de un largo pasillo. La alfombra estaba desgastada y el papel de las paredes era similar al del trastero, desvaído y a punto de caerse. Del techo colgaba una araña de cristal con velas encendidas.
En un sofá de cuero negro se encontraba Herbert Burke.
—¿Por qué la has traído?
—Puede verla —respondió Severus.
—Eso es imposible. Ningún muggle puede ver fantasmas.
—Ella es como nosotros, pero no le ha llegado la carta todavía.
—Por eso la he traído.
Lily se sintió confundida. «¿De qué están hablando? ¿Qué significa ser muggle?» Nunca había escuchado la palabra.
—¡Las estafaste! —gritó el chico, sobresaltándola—. Vendiste una casa con un fantasma a una familia muggle.
—¿Qué iba a saber que había una bruja entre ellas? Los muggles no pueden verla.
El hombre tenía la mirada turbada. Junto al sofá había una mesita y, sobre ella, un vaso lleno de un líquido ambarino. «Tobias Snape se emborracha con cervezas baratas; Herbert Burke con el whisky más caro de la ciudad.» Tenía el rostro poblado de arrugas y la papada le temblaba.
—Casi mata a la hermana de Lily y a ella la atacó dos veces. Merecemos conocer la historia.
Las paredes de la sala estaban cubiertas de retratos que la observaban con repudio. Ninguno de ellos hablaba, pero sus ojos eran suficiente para hacerla sentir incómoda. También vio unas cabezas disecadas de criaturas que no reconocía. «Esta casa parece haberse congelado el 31 de octubre.»
Herbert Burke se empinó el vaso de whisky y se acomodó en el sofá, y les empezó a contar la trágica historia de su madre.
—Mi madre era una Black de nacimiento, una familia aristocrática y pura desde tiempos ancestrales. Creció aquí mismo, junto a sus cuatro hermanos: Sirius, Phineas, Arcturus y Cygnus. —«Nombres de estrellas», pensó Lily, recordando las cartas—. Mi abuelo, Phineas Nigellus, era un hombre respetado en el mundo y muy conservador. Quería que todos sus hijos tuvieran buenos matrimonios que elevaran aún más la posición de la familia. Pero circulaba el rumor que dos de sus hijos se tenían un especial cariño. Él, con una reputación que cuidar, no podía permitir que se siguieran propagando.
»Los Black se han casado entre primos durante generaciones, a fin de mantener la estirpe pura. Pero el incesto entre hermanos no es algo bien visto, ni siquiera para una familia que quiere conservarse sin mezclarse. Por lo que Phineas le concertó un matrimonio a Belvina con mi padre, Herbert Burke. Pero, al mismo tiempo, le advirtió del amor que Belvina sentía por su hermano y lo instó a que se la llevara lejos.
»Phineas Nigellius estaba tan deseoso de separar a sus hijos para siempre que ni le importo conocerlo. Mis padres se unieron en matrimonio cuando ambos tenían dieciséis años. Sirius planeaba fugarse con Belvina, antes que el matrimonio se consumara, pero mi padre los descubrió y se llevó a Belvina tan lejos como pudo: a un pueblo muggle, a un lugar donde sabría que Sirius nunca la encontraría.
»Tuvieron tres hijos, pero ninguno fue por voluntad propia. Mi padre la mantenía encerrada en la habitación del segundo piso. Y, no contento con el sufrimiento que le causaba, la tenía confinada con los únicos recuerdos que ella se había llevado de Grimmauld Place: las fotografías familiares. Cuando estaba de buen humor, le dejaba escribirle cartas a su hermano, solo para arrojárselas a los pies y reírse de ella.
»En la habitación estaban las cartas que nunca fueron enviadas, las fotografías y una vieja máquina de tejer que mi mismo padre le regaló. En esa máquina encontró todo el consuelo que la soledad no era capaz de darle. Empezó a tejer todo tipo de prendas. Muy similares a las que solía usar Sirius Black II. Mi padre le quitaba todo su trabajo y lo vendía tanto en el mundo muggle como en nuestro mundo. Incrementó su fortuna en base a la tragedia de su esposa.
—¿Y por qué nunca hiciste nada para ayudarla?
—¡Era un niño! No podía hacer nada para evitarlo. Si mi padre le hacía eso a su propia esposa, ¿qué me haría a mí por desobedecerlo?
—¡Eso es cobardía! —gritó Severus—. ¡Era tu propia madre!
Lily no pudo evitar sentir lástima por él. ¿Se sentiría así con Eileen?
—¿Murió en la habitación del segundo piso, verdad? Solamente la he visto allí —dijo ella.
—Murió de soledad, de tristeza, de abandono. Mis hermanos menores prefirieron volar en otras direcciones antes que volver a aquella casa; yo, en cambio, tuve que quedarme y mirar la decepción todos los días en el rostro de mi madre. ¡Yo era su hijo y no hice nada! —Estrelló el vaso de whisky contra la pared—. Cuando mi padre murió, me dejó esa casa en herencia, pensando que había construido el hijo que él tanto quería. Pero yo no era fuerte y tampoco lo soy ahora. Y, cuando la vi, comprendí todo el daño que él le había hecho con su maltrato y yo con mi indiferencia.
»Intenté hablar con ella, pero no quiso escucharme. Mis palabras no la ayudaron a seguir hacia el más allá, y ahora está atrapada entre dos mundos, sin pertenecer a ninguno.
—¿Cómo la detenemos? Ha atacado a Lily y a su hermana. La señora Evans no tardará en darse cuenta que algo sucede y el Ministerio tendrá que intervenir. Tendrás problemas.
Herbert se puso de pie y recorrió la habitación como un gato enjaulado.
—No puedo darles la respuesta que buscan. Si yo supiera cómo detenerla, no habría vendido la casa.
Lily se puso de pie y caminó por el pasillo. Los ojos de las pinturas seguían clavados en ella. En uno de los retratos estaba el hombre aristocrático de la fotografía; junto a él, el muchacho sonriente, el gran amor de Belvina. Era Sirius Black, el segundo con el nombre, y su fecha de fallecimiento delataba su juventud. «¿Habrá muerto de tristeza y soledad como ella? Si solo hubiera podido encontrarla y liberarla de Burke...»
—Tú correspondías su amor, ¿verdad? Es la historia más bonita y más trágica que he conocido —susurró Lily—. Quiero ayudarla... Pero no sé cómo hacerlo. ¿Cómo se enmienda un corazón muerto en vida? —Podría jurar que los ojos del muchacho se humedecieron—. Si ella pudiera verte de la forma que yo te estoy viendo ahora.
Se le ocurrió una idea.
VII.
En el trastero aún permanecía en pie la vieja máquina de tejer; la ventana y el baúl eran solo un recuerdo. Su madre había colocado papel de diario para impedir que el viento y la nieve se colaran en la habitación. En el suelo se encontraban las cartas y fotografías que habían sobrevivido a la explosión. Estaban colocadas de cierta forma que simulaban una constelación.
Lily recordó los nombres de la familia Black. Sirius era el nombre de la estrella más brillante del cielo nocturno. «Por eso Belvina escribió que él era una estrella, pero ella no tenía su constelación. Es la única que tiene un nombre diferente.»
El fantasma se apareció ante ella en cuanto cerró la puerta. La miró con la cabeza ladeada, abrió la boca, pero ningún sonido emanó de ella. Lily cerró los ojos instintivamente. Luego, los volvió a abrir y tomó coraje para lo que iba a decir.
—Ahora conozco tu historia —dijo, mirándola directamente, sin temor latiendo en su interior—. No puedo hacer nada para borrar el sufrimiento de tu vida pasada, pero tengo algo que puede darte consuelo en el limbo en el que vives ahora. —El fantasma se aproximó a ella. Un vaho pesado, húmedo, la envolvió—. Fui hasta Grimmauld Place. Tu hijo, Herbert Burke, nos dijo que aquella casa fue tu hogar. Encontré un retrato de tu hermano, de Sirius.
»Y no solo eso. En el revés del retrato, entre el marco y el lienzo, habían escondidas varias cartas que él escribió para ti. Puedo leértelas si quieres. —Ella hizo una especie de asentimiento—. «Mi querida Belvina, hoy he visto un traje que me recordó a ti. Tenía tres estrellas bordadas... tú querías tanto tu propia estrella». Está la escribió en el verano anterior a su fallecimiento. Esta otra dice: «estoy en mi lecho de muerte. Tengo la esperanza de que en el más allá podamos estar juntos». Él te amaba y no había día que no pensará en ti.
«¿Por qué haces todo esto?», preguntó el fantasma en su consciencia.
—Porque tú perdiste a tu familia, pero yo necesito conservar la mía. No tenemos otro lugar a donde ir y por eso mismo tiene que funcionar el vivir aquí. Y no puedes intentar matarme cada vez que entro al trastero. —Una sonrisa se formó en sus labios infantiles—. En vida no pudieron estar juntos de la forma que querían. Pero, ¿y si no es demasiado tarde? Traje el retrato de Sirius de Grimmauld Place. Sé que no es lo mismo pero, si estás atrapada entre el mundo de los vivos y los muertos, al menos lo tendrás a tu lado.
El fantasma se precipitó sobre el retrato en cuanto lo vio. De repente, ya no veía al fantasma vengativo que había querido lastimarla sino a la mujer frágil y maltratada por su esposo y la vida. Belvina se transformó en la chica de la fotografía, sonriente y feliz, en cuanto volvió a verlo. «Ahora está en paz.»
Lily le dio su espacio; en la sala la aguardaban su madre y hermana.
—¿Qué sucedió allí arriba?
—No volveremos a preocuparnos por el trastero —respondió Lily—. ¿Por qué no nos dijiste que papá tiene otra mujer? —Su madre la miró con expresión desencajada—. El otro día llamé desde la casa de Severus y ella atendió.
—No quería que salieran lastimadas. Su padre tuvo una familia en paralelo y yo nunca lo supe hasta principios de este año, y ahí fue cuando tomé la decisión de divorciarnos.
—Y ahora vive con ella en nuestra antigua casa —completó Lily.
Los ojos de Petunia se cristalizaron. Su hermana bajó la cabeza, ruborizada y avergonzada.
—Me parece que ya no quiero pasar el fin de semana con él —dijo. Abrazó a su madre tan fuerte como pudo—. Lo siento, mamá. Todo este tiempo te culpé sin saber la verdad.
Las tres se fundieron en otro abrazo aún más grande y estrecho. Lily sintió que el peso de sus hombros acababa de desaparecer. «Ahora sí todo irá bien. Estamos juntas y eso es lo que importa», pensó.
Al otro día, se encontró con Severus en el árbol ahuecado. Le contó su nuevo encuentro con Belvina Black —se negaba a llamarla Burke— y la reconciliación con su madre y hermana. Luego se tumbó en la nieve, formando ángeles con los brazos; él se rio de su actitud infantil, pero después la imitó. Los dos rodaron entre la nieve y la hierba congelada, y rieron hasta que les dolió entre las costillas.
—No creas que me he olvidado de ti —dijo Lily—. Aún me debes respuestas. ¿Qué es «muggle»? ¿Y a qué te referías con «no le ha llegado la carta todavía»?
—Te prometo que todo tiene una explicación, pero no es el momento todavía. Luego de que cumplas los once años, hablaremos de ello. No habría emoción alguna en que lo descubrieras antes —aseguró él—. Lo único que puedo adelantarte es que el año que viene estudiaremos juntos.
Ella se quedó profundamente intrigada por sus palabras, pero no volvió a insistirle. Aguardó impacientemente el día de su próximo cumpleaños. Le llenaba de curiosidad saber a qué se refería Severus.
Cuando el 30 de enero llegó, una mujer apareció en su puerta luciendo un sombrero llamativo y le dijo que le traía su carta para ir al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Nota de la autora: Esta historia surgió cuando recordé lo mucho que me gusta Belvina/Sirius II, una pareja que me inventé hace unos años para un reto. Y también tenía ganas de escribir un poco de Lily y Petunia cuando eran niñas. He aquí el resultado. También tengo la teoría que los fantasmas mágicos no pueden ser vistos por los muggles, sino que sienten como su presencia solamente, pero no los ven. Por eso la clave es que Lily pueda ver a Belvina y también es un guiño a que ella es una bruja. En cuanto a Eileen y Tobias Snape: Rowling dijo que tenían una relación complicada, así es como la imagino. Y sobre Herbert Burke: ya aceptaré su demanda por convertirlo en el villano de esta historia.
