Para él, existía un límite de palabras, qué tanto puedes decir sobre algún objeto o persona y estaba seguro que no le alcanzaba ese tope para poder decirlo.

Y aunque lo tenía en frente, no sabía qué hacer exactamente. Su mirada estaba perdida entre los objetos de alrededor, e incluso en su propia suciedad, pero era algo en lo que no se podía meter; se preguntaba en qué cosas pensaba realmente.

Takezo le daba muchas vueltas a un solo tema, o eso creía. Se había perdido de los últimos treinta minutos, recostado en donde su mejor amigo.

Mejor amigo. Casi tan doloroso de decir como de admitirlo, porque eran eso y nada más.

—Su boda es el domingo —le dijo —. Pidió que te invitara.
—No quiero ir.

Después de un rato, por fin cruzaron miradas, el corazón del azabache se agitó al observar lo apagados que eran sus ojos en ese momento. Si sus sentimientos fueran correspondidos, ya hubiera hecho cualquier cosa por devolverle la alegría.

La mirada café de su acompañante se clavaba en él como pequeñas agujas que recaían sobre su corazón, acelerando todo su organismo, casi atontándolo más. Parecía estar más concentrado en él que en su propia tristeza.

—¿Estás bien? antes estabas con expresión molesta —preguntó con delicadeza, como si temiera alterarlo.

¿Siquiera estaba calmado? Era muy complejo; si él no se entendía, menos lo iba a hacer otra persona.

—Sí —contestó de forma automática, a lo que Chika reaccionó girándose para después sonreírle a centímetros de su rostro —. ¿Y tú? —cuestionó intentando separarse un poco —. Hasta hace unos minutos parecías más que devastado.
—Estoy bien, no me afecta.
—Ajá.

Se quedaron en silencio, no uno verdaderamente cómodo pero no había nada que decir. Sólo mirarse, como si nada de lo que estaba ahí importara, como si estuvieran intentando refugiarse de la realidad bajo los ojos del contrario y estuvieran bien en ese lugar.

Y sí estaban bien, hasta tranquilos, porque su amistad estaba inundada de confianza junto al cariño que se tenían por la música, desde niños fue así. Sólo que ahora faltaba algo, una pieza en el corazón del rubio estaba fuera de su lugar y necesitaba volver a incorporarse.

Hozuki, Kudo y él eran amigos desde la niñez, todos iban en la misma academia musical y se llevaron bien por alguna extraña razón. Tenían personalidades tan diferentes pero suponía que al ser de esa forma, se compensaban y complementaban entre los tres.

Takezo siempre estuvo detrás de los dos una vez avanzó más su lazo amistoso, estaba fuera de la maravillosa burbuja que ambos habían formado para sí mismos, y le dolía; ser el extra, el tercero, nunca le agradó pero no le quedó de otra más que aceptar su destino como el mal tercio o la segunda opción.

Fue cuestión de algunos días para que los sentimientos que tenía el rubio hacia su amiga fueran externados a la vez que rechazados. Ahora ella iba a casarse con otra persona y a él le había tocado dar la noticia.

Sabía desde un principio que eso iba a terminar mal pero no es como si se hubiera preocupado; no quería darse cuenta.

—¿Sólo viniste a eso? —habló Kudo volviendo su vista al techo —. Fue horrible, pero gracias.
—Vine a verte. Y no sé si ya lo dije pero en verdad eres un asco —se medio levantó recargado en su codo—. ¿Ya viste en qué condiciones está este departamento?
—No me vengas a sermonear, cuatro ojos —dijo bromeando mientras ocultaba su rostro en la almohada.
—No es sermón.
—Ajá.

Se voltearon a ver, uno con molestia y el otro con gracia. Y se dio cuenta que esa era la única emoción que le mostraba a su amigo frecuentemente; desde que dejaron de ser niños, Takezo no volvió a mostrar tristeza realmente, no podía dejar que vieran esa parte de él, una deteriorada y horrible llena de soledad, entonces usaba una máscara. Un señuelo alegre para poder mirar a sus amigos directamente.

De otra forma no iba a poder. El enojo fue el único que pudo sustituir esa emoción faltante para terminar su imagen idealizada.

Siempre le costó tomar decisiones, dudaba demasiado, como en ese momento porque la mirada curiosa de Kudo lo martirizaba. No servía de nada intentar razonar con él, tampoco intentar hacerlo cambiar, y mucho menos hacer que ese amor no correspondido se desvíe en su dirección para poder complementarlo.

Alguien como Kudo jamás se fijaría en alguien como él, ni siquiera después de tantos años conociéndose mutuamente.

—¿Crees que se verá bonita en su vestido de novia? —soltó el rubio de forma espontánea.
—No lo sé —desvió la mirada hacia la ventana abierta, entraba un poco de viento que agitaba las cortinas haciendo parecer que estuvieran bailando. Sonrió —. ¿Por qué no vas y lo averiguas?
—Si voy, arruinaré la boda —contestó —, probablemente me oponga y no quiero verme tan estúpido y sin dignidad.
—¿Al menos tienes dignidad?
—Qué cruel.
—Aislarte por completo ya te hizo parecer un bruto, ahora ir a oponerte te hará ver peor.

La grave y burlona risa de Chika se escuchó como un eco resonando por toda la pared, envolviéndolos casi en su totalidad, lo único que cortaba el silencio después de eso fueron las ramas de un cerezo que estaba fuera del edificio y golpeaba ligeramente el marco de la ventana.

—Fue instinto —habló —, mi lógica me lo pidió.
—Tu lógica es muy estúpida.
—¿Tienes algo en contra de mí, cuatro ojos?
—Sí, te odio.

Te odio por hacerme sentir mareado y nervioso cada vez que sonríes, tonto.

—¿No puedes ser más lindo? Estoy en crisis, imbécil.
—A mí no me puedes ordenar nada y no te haré ningún favor, idiota.

Ambos rieron. Takezo se levantó de la cama haciendo que el colchón haga ruido, tenía que irse o no alcanzaría el último tren a su hogar.

—¿Te vas? —se incorporó empezando a desaparecer la sonrisa que tenía.
—Sí.

Asintió desanimado, caminando con el azabache hacia la puerta. Ahora el eco resonaba con cada paso y hacía vibrar las huecas paredes húmedas. Parecía una casa abandonada, de no ser porque había una persona habitando ahí.

En el pequeño trayecto, iba pateando envolturas de alimentos poco sanos y alguna botellas ya llenas de lama por el tiempo que habían pasado ahí. El olor a mugre y polvo era casi penetrante, no lo había notado durante todo el tiempo que estuvo ahí.

—Eres un asco, Kudo —se quejó una vez llegaron a la entrada.
—Lo sé —contestó automáticamente sin mirarlo.

El chico se puso los zapatos y abrió la puerta lentamente.

—Takezo.
—¿Sí?
—¿Crees que aún pueda conquistarla?

Hubo unos segundos de silencio hasta que el azabache sonrió y dijo:
—Algún día.

Si esa era la última oportunidad de decirle todo lo que sentía, la perdería sin dudarlo. Porque no tenía caso, simplemente estaba en un amor no correspondido y lo aceptaba.

Era feliz con sólo mirarlo, darse cuenta de lo inalcanzable que se había vuelto para él le dolía, pero más le afectaba aferrarse a lo imposible; lo debía soltar ahora o nunca lo lograría. Y estaba bien con eso. Estaba conforme con su amistad, con el rato que pasó junto a él y siendo testigo de la sonrisa estúpida que ahora adornaba el rostro del rubio.

—Limpia esta pocilga.
—No me digas qué hacer.

Cerró la puerta y se fue.