—¿peeta, tu quieres casarte conmigo?

—Sí.

Ella inclinó la cabeza, no sonrió, pero preguntó simplemente:

—¿Por qué?

La miré fijamente en las pupilas.

—Porque sí —dije.

—Oh —dijo ella—. Ésa es una muy buena razón.

Se agarró de mi brazo (no de mi manga esta vez)

- Por qué te amo y no quiero perderte , no quiero que solo me dejes y ya .

- estás seguro?

- si

- está bien, yo… si peeta, nos casaremos si eso quieres, yo tampoco quiero dejarte en realidad dijo sonriendo.

(Yo le correspondí igual con una sonrisa y la abrase)


Días después

Ipswich, Massachusetts, queda a unos cuarenta minutos del puente sobre el río mystic, todo depende del tiempo y de la manera de conducir. Actualmente he recorrido el camino, en ocasiones, en veintinueve minutos.

—Estás conduciendo como un loco —dijo katniss.

—Esto es Boston —contesté—. Aquí todos conducen como locos. —Nos habíamos detenido ante una luz roja, en la Ruta 1, hacía un instante.

—Nos mataremos antes de que tus padres puedan asesinarnos.

—Escucha, kat, mis padres son una gente encantadora.

La luz cambió. El MG alcanzó una velocidad de cien kilómetros en menos de diez segundos.

—¿También el hijo de…? —preguntó.

—¿Quién?

—Oliver Mellark III.

—Ah, es un buen muchacho. Te gustará realmente.

—¿Cómo lo sabes?

—A todo el mundo le gusta —repliqué.

—Entonces: ¿por qué no a ti?

—Porque a todo el mundo le gusta —dije.

¿Por qué la llevaba a conocer a mis padres, con todo? Quiero decir: ¿realmente necesitaba la bendición del viejo Cara de Piedra o algo por el estilo? En parte lo hacía porque ella lo deseaba («Es la manera correcta de hacerlo, peeta»), y en parte por el simple hecho de que Oliver III era mi banquero en el más craso sentido: él pagaba mi maldita educación.

¿Tenía que ser el domingo a comer, no? Quiero decir, eso es comme il faut, ¿eh domingo, cuando los cretinos automovilistas se agolpaban en la Ruta 1 poniéndose en mi camino? Logré salir de la Ruta y tomar Groton Street, un camino cuyas curvas había estado aprendiendo a altísimas velocidades desde que tenía trece años.

—No hay casas aquí —dijo katniss—. Sólo árboles.

—Las casas están detrás de los árboles.

Yendo por Groton Street hay que ser muy cuidadoso para no pasarnos la entrada anuestra residencia. Y en efecto, yo mismo me descuidé y la pasé. Me había pasado unos trescientos metros cuando grité parándome.

—¿Dónde estamos? —preguntó ella.

—Nos pasamos —refunfuñé

Hay por lo menos ochocientos metros desde Groton street hasta la propia Dover House, En la ruta se pasa frente a otros… bueno, digamos edificios. Pero me imagino que Dover House causa una impresión muy grande cuando se la ve por primera vez.

—¡Oh por dios! —dijo katniss.

—¿Qué pasa, kat?

—Frena, peeta. No bromeo. Para el coche.

Frené.

—Eh… Nunca pensé que fuera como esto.

—¿Cómo qué?

—Tan lujoso. Quiero decir, apuesto a que tienes esclavos viviendo allí.

Quise estirarme hasta ella y tocarla, pero mis palmas no estaban secas (cosa rara), de modo que tuve que tranquilizarla verbalmente.

—Por favor, kat. Todo será muy fácil.

—Sí, sí… ¿Pero por qué, de pronto, deseo que mi nombre sea Abigail Adams o wendy WASP? Tener un apellido importante.

Recorrimos el resto del camino en silencio. Estacioné y caminamos hacia la puerta principal. Mientras esperábamos que nos atendieran, Jenny sucumbió a un pánico de último momento.

—Salgamos corriendo —dijo.

—Quedémonos y luchemos —dije.

¿Cuál de los dos estaba bromeando?

La puerta fue abierta por Florencia, una devota y antigua sirvienta de la familia mellark

—Ah, niño peeta —saludó.

¡Dios, cómo odio que me llamen así! Detesto esa implícita distinción derogatoria entre el Viejo y yo.

Florencia nos informó que mis padres estaban esperando en la biblioteca. Katniss se quedó perpleja frente a algunos de los retratos junto a los que pasamos.

No justamente porque varios estuvieran firmados por John Singer Sargent (en especial el

de Oliver mellark II, ocasionalmente expuesto en el Museo de Boston), sino porque se dio cuenta de que no todos mis antepasados primates se llaman mellark. Había sólidas muje res mellark bien casadas que engendraron criaturas tales como mellark Winthrop, richhard mellark Sewall y hasta Abbott Lawrence Lyman, quien tuvo la osadía de atravesar la vida (y Harvard, su implícita analogía), llegando a ser un químico laureado sin ni siquiera un mellark en medio de su apellido.

—¡Jesús! —dijo katniss—. ¡Veo la mitad de los edificios de Harvard colgada aquí!

—Puro camelo —contesté.

—No sabía que estabas emparentado también con la Sewall Boat House —dijo

—Ajá. Desciendo de una larga línea de madera y de piedra.

Al final de la larga hilera de retratos, y justo antes de doblar hacia la biblioteca, hay una vitrina. En la vitrina hay trofeos. Trofeos deportivos.

—Son bestiales —dijo katniss—. Nunca he visto ninguna que parezca verdaderamente de oro y plata.

—Es que son de oro y plata.

—¡Jesús! ¿Tuyos?

—No. De él.

Es una indiscutible realidad que Oliver mellark III no se clasificó en las olimpíadas de Amsterdam. Sin embargo, también es una gran verdad que obtuvo importantísimos victorias en remo, en otras ocasiones. Varias. Muchas. La bien ilustrada prueba de ello estaba ahora frente a los deslumbrados ojos de Jennifer.

—No dan baratijas como éstas en las ligas de bolos de Granston.

Entonces pensé que me estaba echando una mano.

—¿Y tú no tienes trofeos, peeta?

—Sí.

—¿En una vitrina?

—Arriba, en mi habitación. Debajo de la cama.

Ella me dirigió una de sus típicas miradas y susurró:

—¿Iremos a verlos más tarde, eh?

Antes de que pudiera contestar, o siquiera adivinar las verdaderas motivaciones de katniss y para sugerir un viajecito a mi dormitorio, fuimos interrumpidos.

—Hola, ustedes…

¡hijo de…! Era el hijo de...

—Hola, señor. Ésta es katniss.

—Hola.

Antes que terminara de presentársela ya estaba él sacudiéndole la mano. Noté que no tenía puesto ninguno de sus trajes de ejecutivo. De verdad que no: Oliver Mellark III llevaba una alegre chaqueta sport de cachemir. Y había una insidiosa

sonrisa en su habitual continencia pétrea.

—Entren a saludar a la señora mellark.

Otra emoción estremecedora, tipo «una-sola-vez-en-la-vida», de las que parecía haber cualquier cantidad esperando a katniss y: conocer a Alison Forbes mellark

—Mi mujer, Alison. Ésta es katniss.

Él había usurpado ya la Función de presentarla.

—Everde —agregué, puesto que el Viejo no sabía su apellido.

—Everdeen —añadió cortésmente, puesto que yo lo había pronunciado mal por primera y única vez en mi vida.

—¿Cómo en Everdeen Rusticana? —preguntó mi madre, probablemente para probar que a pesar de sus fallidos estudios en la juventud era bastante culta.

—Correcto —katniss y sonrió—, pero nada que ver.

—Ah —dijo mi madre.

—Ah —dijo mi padre.

A lo cual, pensando todo el tiempo si habrían captado el humor de kay, no pude menos que agregar:

—¿Ah?

Mi madre y katniss se dieron la mano, y después del usual intercambio de banalidades del que nunca se puede salir en mi casa, nos sentamos. Todos estaban silenciosos. Traté de olfatear lo que estaba pasando. Sin lugar a dudas, mi madre estaba haciendo un análisis de katniss comprobando su vestimenta (nada bohemia esa

tarde), su postura, su conducta, su acento. El ambiente de Cranston estaba allí, haciéndole frente, aun en el más cordial de los momentos.

Y quizás katniss, a su vez, estaba analizando a mi madre. Las chicas suelen proceder así, me han contado. Se supone que eso revela cosas acerca de los tipos con quienes se van a casar. Tal vez estaba haciendo también un análisis de Oliver

Mellark III. ¿Notó que era más alto que yo? ¿Le gustó su chaqueta de cachemir?

Oliver III, por supuesto, concentraba sus baterías en mí, como de costumbre.

—¿Cómo van tus cosas, hijo?

Para ser un maldito alumno de Harvard y Oxford, era un estupendo conversador.

—Bien, señor. Bien.

Como no queriendo ser menos, mi madre dio su bienvenida a katniss.

—¿Tuvieron un buen viaje?

—Sí —contestó katniss—. Bueno y rápido.

—peeta conduce muy rápido —interpuso el Viejo Fósil.

—No tanto —repliqué., No tendré un accidente como Ray, yo no tomo cuando conduzco , no te preocupes.

No quise decir eso hijo, pero es bueno tener precaución

Mi madre, que siempre estaba de su parte, cualesquiera fueran las circunstancias, cambió el tema por uno de interés más universal arte, creo—. No estaba escuchando muy atentamente. Luego, una taza de té aterrizaba en mis manos.

—Gracias —dije. Y agregué—: Tendremos que irnos pronto.

—¿Eh? —preguntó katniss. Parece que habían estado discutiendo sobre Puccini o algo así, y mi acotación fue considerada como algo al margen. Mi madre me miró con algo de extrañeza y tristeza

(cosa rara).

—¿Pero no habías venido a comer?

—Mmmm… no podremos —dije.

—Por supuesto —dijo katniss casi simultáneamente.

—Yo tengo que volver —dije.

Katniss me miró como preguntando: «¿De qué estás hablando?». Entonces el Viejo dictaminó:

Ustedes se quedan a comer. Es una orden.

La falsa sonrisa de su cara no hizo que sonara menos a una orden. Y yo no admito esa clase de trampas, aunque provengan de un finalista olímpico.

—No podemos, señor —repliqué.

—Tendremos que quedarnos, peeta —dijo katniss.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque tengo hambre —dijo ella.

Nos sentamos a la mesa obedeciendo los deseos de mellark III. Él inclinó su cabeza. Mamá y katniss siguieron el ejemplo. Yo apenas bajé los ojos.

«Oh, Dios, bendice esta comida que vamos a recibir, e ilumínanos para tener conciencia de las necesidades y deseos de nuestro prójimo. Te lo pedimos en nombre de tu Hijo Jesucristo. Amén».

¡Jesucristo! ¡Cómo me sentí mortificado! ¿No podían haber omitido esto justo esta vez? ¿Qué pensaría katniss?

—Amén —dijo mi madre katniss también, muy despacito.

Terminaron con las hipocresías de buenos samaritanos (dije de broma o eso intente )

Nadie pareció divertido. Y katniss menos que los demás. Desvió la vista. me miró de soslayo.

No comimos en un silencio total gracias a la capacidad de mi madre para la charla banal de temas de sociedad que ha nadie nos interesa pero después de un rato preguntar …

—¿Así que tu familia es de Cranston, katniss ?

—Casi toda. Mi madre era de Falls River.

—Los mellark tienen molinos en Falls Rivers —hizo notar Oliver mellark III.

—Donde explotaron a los pobres durante generaciones —agrege

—En el siglo diecinueve —agregó Oliver III.

Mi madre sonrió ante esto, aparentemente satisfecha de que «su» Oliver hubiera atajado esa jugada. Pero no tanto.

—¿Y qué pasó con esos planes de automatizar los molinos? —le tiré de rebote.

Hubo una pausa breve. Esperé una inmediata réplica mordaz.

—¿Qué tal un café? —dijo Alison forbes mellark

Nos retirarnos a la biblioteca para lo que definitivamente sería el último round.

Katniss y yo teníamos clases al día siguiente, mi padre tenía que ir al Banco y esas cosas, y seguramente madre tendría a su vez una de sus tareas de beneficencia esperándola.

—¿Azúcar, peeta?—preguntó mi madre. - peeta siempre lo toma con azúcar, querida —dijo mi padre.

—Esta noche no, gracias —dije yo—. Café solo, madre.

Bien, todos teníamos nuestras tazas, todos estábamos sentados allí cómodamente, sin nada pero nada que decirnos. De modo que introduje el tema.

—Dime, katniss —dije—, ¿qué piensas del Cuerpo de Paz?

Ella frunció la cara, negándose a cooperar.

—¡Oh! ¿Ya les has contado, Olliver? —dijo mi madre dirigiéndose a mi padre.

—No es el momento, querida —dijo Oliver mellark III con una especie de falsa humildad que estaba clamando: «¡Pregúntenme, pregúntenme!». No tuve más remedio que hacerlo:

—¿De qué se trata, padre?

—Nada importante, hijo.

—No veo cómo puedes decir eso —dijo mi madre volviéndose hacia mí para pasarme el mensaje con todas sus ganas (ya dije que ella estaba de su parte):

—Tu padre va a ser director de el Cuerpo de Paz.

—Oh.

Katniss también dijo «oh» pero con un tono diferente, más feliz. Mi padre fingió sentirse confundido, y mi madre parecía esperar que yo me cayera al suelo de la sorpresa o algo por el estilo. ¡No se trataba de una Secretaría de Estado, con todo!

felicitaciones, señor mellark – dijo katniss y tomó la iniciativa.

—Sí. Felicitaciones, señor.

Mi madre estaba tan ansiosa por hablar del asunto.

—Pienso que va a ser una maravillosa experiencia educativa —dijo.

—Lo será —agregó katniss.

—Sí —dije sin mucha convicción—. Oh… ¿me pasarías el azúcar, por favor