Si una sola palabra puede describir nuestra vida diaria durante esos tres primeros años, la palabra es «rascarse el bolsillo». Estando despiertos, no pasábamos un momento sin concentrarnos en qué hacer para conseguir suficiente dinero como para cualquier cosa que necesitáramos. Generalmente vivíamos a nivel de quiebra. No hay nada romántico en eso, al contrario.
La vida cambia. Aún la más simple decisión debe ser escudriñada por el siempre vigilante comité de presupuesto de tu mente.
—Eh, peeta, vamos a ver «Becket» esta noche.
—Tengo tres roñosos dólares.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir un roñoso dólar y medio para ti y otro roñoso dólar y medio para mí.
—¿Eso es sí o no?
—Ni una ni otra cosa. Sólo significa tres roñosos dólares.
Nuestra luna de miel trascurrió en un yate y con veintiún chicos. En efecto. Yo guiaba un Rhodes de treinta y seis pies desde las siete de la mañana, hasta que mis pasajeros se cansaran, y kat se dedicaba a cuidar los chicos. Era un lugar llamado Club Náutico Pequod, en Dennis Port (no lejos de Haynnis), establecimiento que
incluía un gran hotel, una marina y varias docenas de casas en alquiler. En uno de los bungalows más pequeños, yo había clavado una placa imaginaria: « katniss y peeta durmieron aquí —cuando no estaban haciendo el amor—». Creo que fue un tributo para ambos que después de un largo día de ser atentos con nuestros clientes, porque en buena medida dependíamos de sus propinas para nuestros ingresos, katniss y yo no fuéramos nada atentos el uno con el otro. Digo simplemente «atentos», porque me faltan vocablos para describir cómo es amar a katniss Everdeen y ser amado por katnis Everdeen. Perdón, quiero decir katnis Mellark antes de partir hacia ese lugar, encontramos un apartamento barato en Cambridge norte, aunque la dirección correspondía técnicamente a la ciudad de Somerville y la casa estaba, según katnis la describía, «en estado de ruina». Originalmente había sido
una estructura para dos familias, convertida ahora en cuatro departamentos sobrevaluados, aún para su «barato» alquiler.
—Eh, peet ¿por qué piensas que los bomberos no han clausurado este lugar? — pregunto katnis
—Probablemente han tenido miedo de entrar —dije.
—Yo también.
—No lo tuviste en junio —dije.
(Este diálogo tenía lugar después de nuestro regreso, en septiembre).
—Entonces no estaba casada. Hablando como una mujer casada, considero que este lugar es peligroso a cualquier velocidad.
—¿Y qué piensas hacer?
—Hablar con mi marido —dijo—. Él se ocupará.
—Eh, tu marido soy yo —dije.
—¿De veras? Pruébalo.
—¿Cómo? —pregunté, pensando en mi interior: ¡oh, no, en la calle no!
—Álzame para cruzar el umbral —dijo.
—No creerás esas pavadas ¿no?
—Álzame, y después decidiré.
Okay. La tomé en mis brazos y la llevé a través de los cinco escalones hasta el porche.
—¿Por qué te paras? —preguntó.
—¿No es éste el umbral?
—Frío, frío, frío… —dijo.
—Veo nuestro nombre sobre el timbre.
—Éste no es nuestro maldito condenado umbral. ¡Arriba, tonto!
Fueron veinticuatro escalones arriba hasta nuestro hogar «oficial», y tuve que detenerme en la mitad para recuperar el aliento.
—¿Por qué eres tan pesada? —le pregunté.
—¿Pensaste alguna vez que podía estar embarazada? —contestó.
Eso hizo que recuperase más fácilmente el aliento.
—¿Estás?
—¡Te asusté! ¿Eh?
—No.
—No mientas, harvard.
—Sí. Por un segundo talvez.
La llevé alzada el resto del camino.
Éste se encuentra entre los escasos-preciosos momentos que puedo recordar, entre los cuales el verbo «ahorrar» no tuvo absolutamente ninguna importancia.
Mi ilustre nombre nos permitió establecer una cuenta en el almacén, que de otra manera negaba crédito a los alumnos. Pero ese nombre también trabajó en nuestra desventaja, y en el lugar en que menos lo hubiera esperado: la escuela Shady Lane, donde Katnis iba a enseñar.
—Por supuesto, Shady Lane no puede igualar los salarios de las escuelas públicas
—dijo a mi mujer la directora, la señorita Anne Miller Whitman, agregando algo así como que a los mellark de todos modos no les importaría ese aspecto.
Katnis trató de disipar sus ilusiones, pero todo lo que pudo obtener sobre los ya ofrecidos tres mil quinientos al año fueron dos minutos de ja ja já. La señorita Whitman pensó que katniss era muy chistosa en sus observaciones acerca de que los mellark tenían que pagar el alquiler como cualquier hijo de vecino.
Cuando katniss me contó todo esto, hice unas poco imaginativas sugestiones acerca de lo que la señorita Whitman podía hacer —ja ja já— con sus tres mil quinientos.
Pero entonces katniss preguntó si me gustaría dejar derecho y mantenerla mientras ella se quedaba con el salario que daban por enseñar en una escuela pública.
Le dediqué a toda la situación un gran pensamiento durante dos segundos, para llegar a una correcta y sucinta conclusión:
—Mierda.
—Eso es muy elocuente —dijo mi mujer.
—¿Qué debería decir, katniss? ¿Ja ja já?
—No. Sólo hay un camino: que aprendas a apreciar los spaghetti.
Lo hice. Aprendí a apreciar los spaghetti, y katniss aprendió a su vez toda receta concebible para hacer que las pastas parecieran otra cosa. Con nuestras ganancias del verano, su sueldo, las entibadas anticipadas de mi planeado trabajo nocturno en el correo durante Navidad, estábamos okay. Es decir, hubo miles de películas que no vimos (y conciertos a los que ella no fue), pero nos arreglábamos con lo que teníamos. Por supuesto, sobre todo nos arreglábamos con lo que teníamos. Es decir, socialmente nuestras vidas cambiaron drásticamente. Estábamos aún en Cambridge, y en teoría katniss podía haber permanecido con su grupo de música. Pero no había tiempo. Volvía a casa de la escuela exhausta, y tenía que preparar la cena (comer afuera estaba por debajo de nuestra máxima posibilidad). Mientras tanto, mis propios amigos eran suficientemente considerados como para dejarnos solos. Es decir: no nos invitaban para que no tuviéramos que invitarlos, usted comprende.
Hasta pasábamos por alto los partidos de fútbol.
Como miembro del Varsity Club, yo tenía derecho a un asiento en su bárbara elección de la línea media. Pero costaba seis dólares la entrada, lo que sumaba doce dólares.
—No —argumentaba katniss—. Son seis dólares. Puedes ir sin mí. Yo no sé un comino de fútbol, salvo que la gente grita «mátenlo», y eso es lo que tú adoras. Por lo cual quiero que vayas, carajo.
—El caso está cerrado —respondería yo, siendo después de todo el marido y cabeza de familia—. Además, puedo usar el tiempo para estudiar. —No obstante, pasaría la tarde del sábado con una radio de transistores en la oreja, escuchando el bramido de los hinchas, quienes aunque estaban geográficamente muy cerca pertenecían ahora a otro mundo.
Usé mis privilegios del Varsity Club para conseguir asientos para Robbie Wald, un compañero de derecho, en el partido con Yale. Cuando Robbie dejó nuestro apartamento, efusivamente agradecido, Jenny preguntó si le podía decir una vez más quiénes tenían derecho a sentarse en la sección del V. Club, y una vez más le expliqué que podían hacerlo todos aquellos que, indiferentemente de su edad, tamaño o posición social, han servido noblemente a Harvard en los campos de deporte.
—¿En el agua también? —preguntó ella.
—Atletas son atletas —contesté—. Secos o mojados.
—Excepto tú, peeta —dijo—. Tú estás congelado.
Dejé caer el tema, asumiendo su respuesta simplemente como una agudeza usual y repentina de katniss, por no pensar que podía haber algo más en su pregunta referente a las tradiciones atléticas de la Universidad de Harvard. Tal como quizás la sutil sugerencia de que si en el Soldiers Field entran 45 000 personas, todos los
atletas anteriores deben estar sentados en esa terrible sección. Todos. Viejos y jóvenes.
Mojados, secos… y aún congelados. ¿Y eran solamente seis dólares los que me habían alejado del estadio esos sábados por la tarde?
No; si ella tenía algo más en mente, mejor sería no discutirlo.
Por fin conocí a hamitch y Effie amigos y familia a la vez de los Everdeen pues bautizaron a Prim y al parecer en la tradición católica eso los vuelve técnicamente familia, ambos muy divertidos , de vez en cuando nos invitaban a comer y nos ayudaban mucho solo con eso, Effie nos rellanaba de comida incluso uno de los trabajos míos y de Kat temporales era meserear en el bar restaurant de hamitch y ahí aveces ella se atrevía a cantar y le llegaban buenas propinas, la mesereada solo lo hacíamos de vez en cuando , cuando nos necesitaban, pero definitivamente ayudaba el día pagado más propinas era un extra y nos ayudaba para poder sobrevivir.
El señor Oliver mellark III y señora
tendrán el honor de recibir a usted
en la cena que para celebrar el 60.º aniversario
del señor mellark
tendrá lugar al sábado 6 de marzo
a las 19 horas. Yo
Dover House, Ipswich, Massachusetts
R. s. v. p.
—¿Y bien? —preguntó katniss.
—¿Todavía me lo preguntas? —repliqué. Estaba en medio de la abstracción de El Estado contra Percival, un crucial precedente en Derecho Penal. Katnis agitaba ante mí la invitación.
—Creo que ya es tiempo, peeta —dijo.
—¿Para qué?
—Para lo que tú sabes muy bien —contestó—. ¿Acaso tiene él que arrastrarse hasta aquí sobre sus manos y rodillas?
Seguí trabajando mientras ella trataba de convencerme.
_ peet, él te está buscando.
—Tonterías,madre escribió el sobre
—¡Pensé que dijiste que ni lo habías mirado! —dijo casi gritando.
Okay, reconozco que le había echado un vistazo. Tal vez se me había borrado de la mente. Yo estaba, después de todo, en medio de la abstracción de El Estado contra percival, y bajo la virtual sombra de los exámenes. La cosa era que terminara con esto.
Peet piensa —dijo en un tono casi de súplica—. ¡Sesenta malditos años! Nada afirma que él esté aquí cuando tú estés finalmente dispuesto para la reconciliación.
Informé a katniss en los términos más simples que nunca habría reconciliación, y que por favor me dejara continuar estudiando. Se sentó silenciosamente, encogiéndose en un rincón de la banqueta donde yo tenía puestos mis pies.
Aunque no hacía ningún ruido, enseguida me di cuenta de que me estaba mirando con mucha intensidad. Levanté la vista.
—Algún día —dijo—, cuando tu hijo peeta te moleste a ti…
—¡No se llamará como yo, de eso puedes estar segura! —le largué. Ella no alzó la voz, aunque generalmente lo hacía cuando yo lo hacía.
—Escucha, aunque lo llamemos Bozo el Payaso, ese chico va a estar resentido porque tú fuiste un gran atleta de Harvard. ¡Y para la época en que esté en su primer año, tú habrás llegado probablemente a la Corte Suprema!
Le dije que nuestro hijo nunca se resentiría conmigo. Ella me preguntó cómo podía estar tan seguro. Yo no pude demostrárselo. Es decir: simplemente sabía que mi hijo no se resentiría conmigo, pero no podía decirle precisamente por qué. Por qué lo amare y protegeré siempre dije al fin .En unabsoluto non sequitur, katnisd hizo notar después:
—Tu padre también te quiere, De la misma manera que tú vas a querer a Bozo. Pero los mellark son tan asquerosamente orgullosos y competitivos, que irán por la vida pensando que se odian mutuamente.
—Si no fuera por ti —dije irónicamente.
—Sí —dijo ella.
—El caso está cerrado —dije, siendo después de todo, el marido y cabeza de familia. Mis ojos retornaron a El Estado contra Percival, y katnisd se levantó. Pero entonces recordó.
—Todavía queda el asunto del RSVP.
Desconté que una graduada en música de Radcliffe, probablemente sería capaz de componer una pequeña negativa al RSVP sin una guía profesional especializada.
—Escucha, —dijo—. Yo probablemente he mentido y hecho trampas en mi vida. Pero nunca he herido deliberadamente a nadie. No creo que pueda.
Realmente, en ese momento ella sólo me estaba hiriendo a mí, de modo que le pedí educadamente que manejara el rsvp de la manera que quisiera, siempre y cuando la esencia del mensaje fuera que nosotros no apareceríamos aunque se congelara el infierno. Retomé una vez más El Estado contra Percival.
—¿Cuál es el número? —la escuché decir muy suavemente. Estaba junto al teléfono.
—¿No puedes mandar una notita?
—Dentro de un minuto mis nervios explotan. ¿Cuál es el número?
Se lo dije e inmediatamente me sumergí en la apelación de Percival a la Suprema corte. No estaba escuchando a Kat. Es decir, trataba de hacerlo. Ella estaba en la misma habitación, después de todo.
—Oh… Buenas noches, señor —la escuché decir—. ¿el contestaba el teléfono? ¿No estaba en Washington durante la semana? Eso decía una nota reciente en The New York Times. El maldito periodismo se estaba yendo a la ruina en nuestros días.
¿Cuánto llevaría decir que no?
De alguna manera katniss había empleado más tiempo del que uno consideraría necesario para pronunciar esa simple sílaba.
—¿peet?
Ella cubría el auricular con su mano.
Peeta ¿tiene que ser una negativa?
El movimiento de mi cabeza indicó que tenía que serlo, y el movimiento de mi mano indicó que se diera prisa.
—Lo siento muchísimo —dijo ella en el teléfono—. Quiero decir, lo sentimos muchísimo, señor…
¡Lo sentimos! ¿Tenía que mezclarme en esto? ¿Y por qué demoraba tanto en colgar?
—¡peeta!
Había puesto la mano nuevamente en el auricular y estaba hablando muy fuerte.
—¡Está ofendido, peeta! ¿Puedes quedarte ahí sentado y dejar que tu padre se desangre?
Si ella no hubiera estado en semejante momento emocional, podría haberle explicado una vez más que las piedras no sangran, y pedirle que no proyectara su equivocado concepto ítalo-mediterráneo acerca de los padres hacia las escarpadas alturas del Mount Rushmore. Pero estaba muy trastornada. Y me estaba trastornando a mí también.
—peeta —suplicó—. ¿No podrías decirle sólo una palabra?
¿A él? Katniss estaría volviéndose loca.
—Quiero decir… ¿aunque sea «hola»?
Me estaba ofreciendo el teléfono. Y tratando de no llorar.
—Nunca le hablaré. Jamás —dije con perfecta calma.
Y ahora ella lloraba. No perceptiblemente, pero con lágrimas cayendo por su cara. Y después ella… ella suplicó.
—Por mí, Nunca te he pedido nada. Por favor…
Tres de nosotros. Tres de nosotros de pie (de alguna manera imaginaba a mi padre presente allí también), y esperando algo. ¿Qué? ¿A mí? Yo no podía hacerlo.
¿No entendía que me estaba pidiendo lo imposible? ¿Que yo haría absolutamente cualquier otra cosa? Mientras miraba el piso, sacudiendo la cabeza en una dura negativa y una extrema incomodidad. Katniss se dirigió a mí con una especie de furia acallada que nunca le había oído:
—Eres un hijo de puta sin corazón —dijo, y entonces terminó su conversación con mi padre diciendo:
—Señor mellark, peeta, desea que usted sepa que, a su manera muy especial…
Hizo una pausa para respirar. Había estado sollozando, de modo que no era fácil.
Yo estaba tan asombrado que no podía hacer nada más que esperar el final de mi pretendido «mensaje»…
Peeta lo quiere mucho —dijo y colgó rápidamente.
No hay una explicación racional para mis acciones en el siguiente pequeño segundo. Alego locura temporal. Corrijo: no alego nada. Que nunca me perdonen por lo que hice.
Arranqué el teléfono de su mano, luego del enchufe, y lo arrojé a través de la habitación.
—¡Maldita seas, katniss! ¿Quién mierda te mandó meterte en mi vida?
Me quedé parado como el animal en el que me había convertido.
¡Cristo! ¿Qué diablos me había pasado? Me di vuelta para mirar a Kat pero ella se había ido.
Quiero decir, se había ido absolutamente, porque ni siquiera oí sus pasos en la escalera. ¡Cristo! Debía haberse zambullido en el instante en que agarré el teléfono.
Su abrigo y su pañuelo aún estaban allí. El dolor de no saber qué hacer sólo fue excedido por el de saber lo que había hecho.
Busqué por todas partes.
En la Biblioteca de la Escuela de Derecho, aceché entre las filas de estudiantes tragones, mirando y mirando. Ida y vuelta, al menos media docena de veces. Aunque no pronunciaba palabra, sabía que mi mirada era tan intensa y mi cara tan feroz, que estaba perturbando todo aquel puto lugar. ¿Y a quién le importa?
Pero no estaba allí.
Después a través de Harkness Commons, la sala de estar, la cafetería. Luego una carrera salvaje para mirar los alrededores del Agassiz Hall en Radcliffe. Tampoco
allí. Corría por cualquier lado ahora, mis piernas tratando de ponerse de acuerdo con los latidos de mi corazón.
Abajo están las habitaciones para practicar piano. La conozco a katniss : cuando está enojada machaca como loca el puto teclado. ¿Correcto? ¿Pero qué pasa cuando está asustada a muerte?
Es cosa de locos caminar por el corredor, entre los cuartos para práctica de cada lado. Los sonidos de Mozart y Bartok, Bach y Brahms se filtraban a través de las puertas mezclándose en este extraño sonido infernal.
¡katnis tenía que estar aquí!
El instinto hizo que me detuviera ante la puerta donde escuché el machacante sonido de un preludio de Chopin. Esperé un segundo. La interpretación era pésima —
paradas y arrancadas y muchos errores—. En una pausa pude escuchar una voz de chica que murmuraba: ¡mierda! Tenía que ser katniss. Abrí la puerta de repente.
Una chica de Radcliffe estaba sentada al piano. Levantó la vista. Una horrible chica hippie de Radcliffe, fastidiada por mi invasión.
—¿Qué escena es ésta, hombre? —preguntó.
—Nada, nada —contesté, cerrando la puerta otra vez.
Después recorrí Harvard Square. El Café Pamplona, Tommy's Arcade, incluso Hayes Bick —pilas de tipos artistas van allí—. Nada.
¿Dónde podía haber ido katnis?
A esa hora el metro ya estaba cerrado, pero de haber ido directamente al Square hubiera podido tomar el tren hacia Boston. A la terminal de ómnibus.
Era casi la una de la madrugada, cuando deposité cuarenta y cinco centavos de dólar en la ranura. Estaba en una cabina telefónica, al lado de los quioscos de Harvard square.
—Hola. Sr. Mellark
—¿Eh? —dijo medio dormido—. ¿Quién habla?
—Soy yo, peeta
—¡peeta! —Parecía asustado—. ¿Le pasa algo a katniss? —preguntó rápidamente. Si me lo preguntaba a mí, ¿no quería eso decir que ella no estaba con el?
—Oh… no, no le pasa nada.
—Gracias a Dios. ¿Cómo estás, peeta?
Una vez asegurado de la salud de su hija, se volvía casual y amistoso. Como si no
hubiera sido despertado de las profundidades del sueño.
—Bien, Phil, he.. sr. Mellark estoy estupendamente. Bien. Oye, ¿has tenido noticias de katniss?
—No suficientes, carajo —contestó con una voz extrañamente serena.
—¿Qué quieres decir?
—Cristo, ella debería llamar más a menudo, qué tanto. No soy un extraño, ¿sabes?
Si uno puede sentirse aliviado y con pánico al mismo tiempo, así me sentía yo.
—¿Está ella ahí contigo? —me preguntó.
—¿Eh?
—Llámala al teléfono, voy a gritarle directamente a ella.
—No puedo.
—Oh… ¿está dormida? Si está dormida, no la molestes.
—Sí —dije.
—Escucha, tonto —dijo.
—¡Sí, señor!
—¿Tan asquerosamente lejos está Cranston que no podéis venir el domingo a la tarde? ¿Eh? Si no voy yo, peeta.
—Mmmm… No, Sr. Mellark Iremos nosotros.
—¿Cuándo?
—Algún domingo.
—No me vengas con esa porquería de «algún». Un buen hijo no dice «algún», dice «éste». Este domingo.
—Sí, señor. Este domingo.
—A las cuatro en punto. Pero conduce con cuidado. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Y la próxima vez llama para que cobren aquí, Cortó.
Yo estaba parado allí, perdido en esa isla en la oscuridad que es Harvard Square, sin saber adónde ir o qué hacer de inmediato. Un chico de color se aproximó y mepreguntó si necesitaba droga. Le contesté como ausente: «No, gracias, señor».
Ahora no corría. Quiero decir: ¿qué apuro en volver a una casa vacía? Era muy tarde y estaba entumecido, más de miedo que de frío (aunque no hacía nada de calor, créame). Desde una distancia de varios metros me pareció ver a alguien sentado en lo alto de los escalones. Tenía que ser un engaño de mis ojos, porque la figura estaba inmóvil.
Pero era katniss.
Estaba sentada en el escalón más alto.
Yo estaba demasiado cansado para el pánico, demasiado aliviado para hablar.
Interiormente esperé que ella tuviera algún instrumento contundente con que golpearme.
—¿kat?
—¿peeta?
Ambos hablábamos tan suavemente que era imposible un estudio emocional por el tono de las voces.
—Olvidé la llave —dijo katniss
Yo me paré allí, al pie de los escalones, temeroso de preguntar por cuánto tiempo había estado sentada allí, sabiendo tan sólo que yo le había hecho un daño terrible.
— lo siento…
—¡Para! —Ella cortó bruscamente mi apología, y luego dijo muy serenamente—: te amo no necesitas decir «Lo siento».
Trepé las escaleras hasta donde ella estaba sentada.
—Me gustaría ir a dormir. ¿Okay?
—Okay.
Subimos a nuestro apartamento. Mientras nos desvestíamos, me miró para tranquilizarme.
—Realmente quise decir lo que dije, Peeta.
Lo sé cariño, pero ahí cosas que no te he dicho
Que cosas?
Y le conté, por fin le conté como madre nos golpeaba de niños y como padre nunca hizo nada al respecto y como por alguna razón estoy más enojado con el por no defendernos que con ella , como ella me pidió perdón en el funeral de Ray y aunq aún fría y distante parecía arrepentida por unos momentos la vi arrepentida pero padre , el sigue ignorando los hechos, es mejor no saber nada, no actuar, no darse cuenta de las cosas.
Ahora entiendo más peeta, aún así creo q debes intentar dejar todo atrás, talvez hablar con el de esto pero también se que debe ser cuando tú quieras, cuando estés listo amor y a tu tiempo . (Dijo abrazándome)
Fue en julio cuando llegó la carta.
Había sido enviada desde Cambridge hasta Dennis Port, de modo que creo que tuve la noticia un día o dos más tarde.
Salí corriendo hacia donde Katnis supervisaba a sus chicos, en un partido de kickball (o algo así), y al llegar dije en mi mejor tono estilo Bogart.
—Salgamos de aquí volando.
—¿Eh?
—Salgamos de aquí volando —repetí, y con tal obvia autoridad que ella empezó a seguirme mientras yo caminaba hacia el agua.
—¿Qué pasa, peeta? ¿Me lo dices, por el amor de Dios?
Yo continué dando grandes zancadas hacia el embarcadero.
—Dentro del bote, —ordené, señalándolo con la misma mano en que llevaba la carta, que ella ni siquiera había notado.
—peeta, tengo chicos para cuidar —protestó, mientras subía obedientemente a bordo.
—peeta, cretino, ¿me vas a explicar qué pasa? Ahora estábamos a unos pocos centenares de metros de la playa.
—Tengo algo que contarte —dije.
—¿No podías decírmelo en tierra firme? —gritó.
—¡No, carajo! —le grité a mi vez (ninguno de los dos estaba enojado, pero había mucho viento y teníamos que gritar para oírnos).
—Quería estar solo contigo. Mira lo que tengo aquí.
Agité el sobre delante de ella. Inmediatamente reconoció el membrete.
—¡Ah! ¡De la Escuela de Derecho! ¿Te echaron a patadas?
—Prueba de nuevo, bruja optimista.
—¡Fuiste el primero de la clase! —conjeturó.
—No tanto. Tercero.
—Oh —dijo—. ¿Sólo tercero?
—Epa, escucha… ¡Eso aún significa que puedo hacer la condenada revista La ley! —grité.
Ella se sentó con una expresión absolutamente sin-expresión.
—¡Cristo, kat! —gemí—. ¡Di algo!
—No hasta que sepa quiénes fueron uno y dos —dijo.
La miré, esperando que estallara en la sonrisa que yo sabía estaba conteniendo.
—Vamos, kat —le rogué.
—Me voy. Adiós —dijo, y se tiró inmediatamente al agua. Me zambullí justo detrás de ella y la próxima cosa que supe fue que estábamos los dos colgados del costado del bote, muertos de risa.
—Eh —dije en una de mis más ingeniosas observaciones—, te fuiste al agua por mí.
—No seas tan idiota —contestó—. Tercero es, a pesar de todo… solamente tercero.
—Escucha, desgraciada —dije.
—Qué quieres que escuche
—Te lo debo un montón a ti —dije sinceramente.
—No es cierto, no es cierto —respondió.
—¿No es cierto? —inquirí, en cierto modo sorprendido.
—Me lo debes todo —dijo.
Esa noche nos gastamos veintitrés dólares en una cena con langosta, en un lugar extravagante de Yarmouth. ía se reservaba su juicio, hasta que pudiera examinar a los dos caballeros que me habían, según ella declaraba, «derrotado».
Estúpido como suena, yo estaba tan enamorado de ella que en el momento en que volvimos a Cambridge, volé a averiguar quiénes eran los dos primeros. Me sentí aliviado al descubrir que el acreedor al puesto más alto, Edwin Blasband, City
College 1964, era un tragalibros, con gafas, nada atlético y en absoluto el tipo de katnisd; y en cuanto al hombre número dos… era una chica, Bella Landau, Bryn Mawr
1964. Todo resultaba de perlas, especialmente en lo que respecta a Bella Landau, que era más bien mona (como ocurre con los estudiantes de derecho), y puesto que yo no podía contar detalladamente a katniss lo que pasaba a altas horas de la noche en Gannet House, el edificio de la Revista La Ley. ¡Y por Dios que hubo noches larguísimas! No era raro que yo volviera a casa a las dos o tres de la madrugada.
Quiero decir; seis cursos, más editar la Revista La Ley, más el hecho de ser actualmente el autor de uno de los números («Asistencia Legal para el pobre urbano: un estudio del distrito Roxbury de Boston», por mellark IV, HLR, marzo 1966,págs. 861-908).
«Un excelente ensayo. Realmente un excelente ensayo».
Eso era todo lo que Joel Fleishman, el editor senior, podía repetir una y otra vez. Francamente, había esperado un cumplido más coherente del tipo que al año siguiente se postularía para un cargo en la justicia, pero eso era todo lo que seguía diciendo mientras examinaba mi esquema final. Cristo,Kat me había dicho que era
«incisivo, inteligente y realmente bien escrito». ¿Podría Fleishman igualar eso?
—Fleishman dijo que era un excelente ensayo.
—¡Jesús! ¿Te esperé despierta hasta tan tarde para oír sólo eso? —dijo—. ¿No comentó tu investigación, o tu estilo, o algo?
—No, kat. Sólo lo llamo «excelente».
—¿Entonces por qué te llevó tanto tiempo?
Le hice un pequeño guiño.
—Tenía algún material que revisar con Bella Landau —dije.
—¿Oh? —dijo ella.
No pude darme cuenta del tono.
—¿Estás celosa? —le pregunté directamente.
—No; mis piernas son mucho mejores —dijo.
—¿Puedes hacer una demanda?
—Y ella: ¿puede hacer lasañas?
—Sí —contesté—. En realidad, trajo algunas esta noche a Gannet House. Todo el mundo dijo que estaban tan buenas como tus piernas.
Katniss meneó la cabeza.
—Le apostaría.
—¿Qué dices a eso? —pregunté.
—¿Paga Bella Landau tu alquiler?
—tu ganas —repliqué—. ¿Por qué no puedo ganar alguna vez, cuando tengo la delantera?
—Porque, Harvard —dijo mi adorable esposa—, nunca la tienes.
