—¿peeta?
—¿Sí, señor Jonas?
Me había llamado a su oficina.
—¿Está usted familiarizado con el asunto Beck? —preguntó.
Claro que lo estaba. Robert L. Beck, fotógrafo de la revista Life, a quien la policía de Chicago lo infló a patadas mientras trataba de fotografiar un disturbio. Jonas
consideraba que éste era uno de los casos clave para la firma.
—Sé que lo sacaron a puñetazos, señor —dije a Jonas festivamente (¡bah!).
—Me gustaría que lo manejara usted, peeta —dijo.
—¿Yo? —pregunté.
—Puede llevar a algunos de los hombres más jóvenes —contestó.
¿Más jóvenes? Yo era el tipo más joven de la oficina. Pero entendí el mensaje:
a pesar de su edad cronológica, usted es ya uno de los más viejos de esta casa.
Uno de nosotros, peeta
—Gracias, señor —dije.
—¿Cuánto tiempo precisa para salir para Chicago? —preguntó.
Yo había resuelto no decírselo a nadie, cargar con todo el fardo yo mismo. Así que le contesté alguna bola al viejo Jonas, no recuerdo siquiera exactamente qué, acerca de por qué no me parecía posible dejar Nueva York por el momento, señor. Y esperé que hubiera entendido. Pero sé que se fastidió con mi reacción ante lo que era obviamente un gesto muy significativo. ¡Oh, Dios, señor Jonas, cuando se entere de la verdadera razón!
Paradoja: peeta mellark dejando la oficina más temprano, y sin embargo caminando de vuelta a casa más despacio. ¿Cómo se explica eso?
Yo había tomado el hábito de hacer compras imaginarias mirando las vidrieras de la Fifth Avenue, mirando las cosas maravillosa y locamente extravagantes que hubiera comprado a katniss, si no hubiera querido mantener la ficción de normalidad.
Seguro, tenía miedo de volver a casa. Porque ahora, varios días después de enterarme de los verdaderos hechos, ella estaba adelgazando. Quiero decir, muy poco, y posiblemente ella ni siquiera lo notaba. Pero yo, que sabía, sí lo notaba.
Miraría las vidrieras de las compañías aéreas. Brasil, el Caribe, Hawai (¡Deje todo atrás: vuele hacia el sol!), y demás. En esta tarde particular TWA quería promover europa fuera de la estación: Londres para compradores, París para enamorados…
«¿Y qué hago con mi beca? ¿Y con París, el que no he visto en mi vida?».
«¿Y nuestro casamiento?».
«¿Quién dijo algo de casamiento?».
«Yo. Lo estoy diciendo ahora».
«¿Quieres casarte conmigo?».
«Sí».
«¿Por qué?».
Tenía acordado un monto de crédito tan fantástico, que ya era dueño de una tarjeta del Diners Club. ¡Zip! Mi firma en la línea de puntos y ya era el feliz poseedor
de dos pasajes (Primera Clase, no menos) a la Ciudad de los Enamorados.
Katniss estaba pálida y gris cuando llegué a casa, pero esperaba que mi fantástica idea pusiera algún color en esas mejillas.
—¿Sabes una cosa, señora mellark? —dije.
—¿Te echaron? —conjeturó mi optimista esposa…
—No. Me hicieron volar —contesté, sacando los pasajes.
—Arriba, arriba… y lejos —dije—. Mañana por la noche a París.
—Mentiras, —dijo. Pero serenamente, sin nada de su habitual fingida agresividad. Tal como lo repitió después, tenía hasta una especie de ternura—:Mentiras, peeta
—Eh, ¿puedes definir «mentiras» más específicamente, por favor?
—peeta, ésta no era la manera en que lo íbamos a hacer.
—¿Hacer qué? —pregunté.
—No quiero París. No necesito París. Sólo te necesito a ti…
—¡Pero a mí ya me tienes! —interrumpí, y mi voz sonó falsamente alegre.
—Y necesito tiempo —continuó—, que tú no puedes darme.
Ahora la miré a los ojos. Estaban inefablemente tristes. Pero tristes en un sentido que solamente yo comprendí. Estaban diciendo que ella estaba triste, es decir… triste por mí.
Estábamos de pie, estrechándonos en silencio uno al otro. Por favor, sí uno de ambos llora, permítasenos llorar a los dos. Pero preferiblemente a ninguno.
Y entonces katniss explicó cómo se había estado sintiendo, «Absolutamente como una boba», y cómo había vuelto a lo del doctor Sheppard no para consultar sino para confrontar. Dígame lo que anda mal en mí, caramba. Y él se lo había dicho.
Me sentí extrañamente culpable de no haber sido yo quien se lo anunciara. Ella se dio cuenta e hizo una acotación calculadamente estúpida.
—Él es de Yale, peet.
—¿Quién, kat?
—Ackerman, el especialista. Totalmente de Yale. College y Facultad de medicina.
—Oh —dije, sabiendo que ella estaba tratando de inyectar una dosis de ligereza en aquel tremendo trámite.
—¿Sabe al menos leer y escribir? —pregunté.
—Eso está por verse —sonrió la señora de peeta mellark, Radcliffe 1964—. Pero sí que sabe hablar. Y yo también quería hablar.
—Okay, entonces… por el doctor de Yale —dije.
—Okay —dijo ella.
Ahora al menos no tenía miedo de volver a casa, no me asustaba el tener que «actuar normalmente». Estábamos una vez más compartiéndolo todo, aunque fuera la horrible certeza de que cada uno de nuestros días juntos estaba numerado.
Había cosas que teníamos que discutir, cosas no tratadas generalmente por parejas de veinticuatro años.
—Cuento con que serás fuerte, tú, atleta de hockey —dijo.
—Lo seré, lo seré —le contesté, preguntándome si la gran conocedora katniss podía decir que el gran jugador de hockey tenía miedo.
—Quiero decir, por mi padre —continuó—. Va a ser más duro para él. Tú, después de todo, serás el viudo alegre.
—No estaré alegre —la interrumpí.
—Estarás alegre, carajo. Quiero que estés alegre. ¿Okay?
—Okay.
—Okay.
Fue cerca de un mes más tarde, después de su tratamiento, justo después de cenar. Ella todavía cocinaba, insistía en hacerlo en cuanto se sentía un poco mejor., pudo convencerla ese día de dejarme todo a mi , Yo estaba secando los platos mientras ella tocaba a Chopin en el piano. La escuché pararse en la mitad del Preludio y entré inmediatamente al living. Ella estaba simplemente sentada allí.
—¿Estás bien, kat? —pregunté, queriendo decírselo en un sentido relativo. Me contestó con otra pregunta:
—¿Eres lo bastante rico como para pagar un taxi?
—Seguro —respondí—. ¿A dónde quieres ir?
—Algo así como… al hospital —dijo., No me siento bien , o lo correcto sería decir me siento más mal que de costumbre.
Yo sabía —en el veloz barullo de movimientos que siguió— que aquello había llegado. Katniss estaba por salir de nuestro apartamento y no se si volvería, Sentada allí, mientras yo juntaba unas pocas cosas suyas, me preguntaba qué estaría cruzando por
su mente acerca del apartamento. Quiero decir, ¿qué querría mirar para acordarse?
Nada. Estaba simplemente sentada, inmóvil, sin fijar sus ojos en nada.
—Eh —dije—. ¿No quieres llevar algo en especial?
—Mmm, mmm… —Ella dijo «no», y después agregó como con retardo—: Tú., A ti
Abajo era difícil conseguir un taxi, por ser la hora de los teatros y demás.
El portero hacía sonar su silbato y movía los brazos como un desesperado árbitro de hockey. Katniss sólo se apoyaba en mí. Y yo secretamente deseaba que no hubiera taxis, que ella siguiera apoyándose en mí. Pero finalmente conseguimos uno.
Y el chofer era —por suerte— un tipo divertido. Cuando escuchó «Hospital Mount Sinaí,rápido», se lanzó a una total rutina.
—No se preocupen, chicos, están en manos experimentadas. La cigüeña y yo hemos trabajado juntos por años.
En el asiento trasero, katniss estaba abrazada a mí. Yo besaba sus cabellos.
—¿Es el primero? —preguntó el alegre conductor.
Creo que katniss se dio cuenta de que estaba por perder la Paciencia con el tipo, porque me susurró:
—Sé bueno, peeta. Él está tratando de serlo con nosotros.
—Sí, señor —le dije—. Es el primero y mi mujer no se siente muy bien, así que… ¿podríamos pasar algunas semáforos, por favor? Nos llevó al Mount Sinaí a todo lo que daba.
Fue muy amable, bajándose para abrirnos la puerta y todo. Antes de irse nos deseó toda clase de buena suerte y se lo agradeció.
Ella parecía poco segura de sus pies, y quise levantarla en mis brazos pero insistió:
—No este umbral, harvard —Así que entramos caminando y sufrimos a través del doloroso proceso de entrada.
«¿Tienen Tarjeta Azul u otro plan médico?».
«No».
(¿Quién iba a pensar en esa trivialidad? Nosotros estuvimos muy ocupados comprando la vajilla).
Por supuesto, la llegada de katniss fue inesperada. Había sido anticipada anteriormente, y ahora estaba siendo supervisada por el doctor Bernard Ackerman, M. D., que era, como katniss lo predijo, un buen tipo a pesar de ser un completo Yale.
—Se le están dando glóbulos blancos y plaquetas —me dijo el doctor Ackerman
—. Es lo que más necesita por el momento. Ella no quiere antimetabolismo para nada.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Es un tratamiento que demora el proceso —explicó—, pero, como katniss sabe, puede haber efectos secundarios desagradables.
—Oiga, doctor (sabía que lo estaba sermoneando en vano), katniss es el jefe. Todo lo que ella diga se hará. Sólo le pido que hagan todo lo posible para que no le duela.
—Puede estar seguro de ello —dijo.
—No me importa lo que cueste, doctor. —Pienso que estaba alzando la voz.
—Puede durar semanas o meses —dijo pero me temo q no más, el tratamiento no Funcionó en ella y es muy tarde para lo de más, sin embargo su hermana la Srta Prim me ha convencido de un nuevo método ha estado investigando Sobre algo nuevo y experimental que inicia extrayendo en operación y además después necesita continuar después de la operación con tratamiento pero es muy caro y su esposa está muy débil ya
—A la mierda con el costo — eso es lo de menos, dije. Él era muy paciente conmigo. Quiero decir, en realidad yo le estaba discutiendo.
—Sólo estaba tratando de decir —explicó Ackerman— no es seguro que la admitan , no en esta etapa y no hemos podido lograr contactar con el médico además del costo y qué hacepte hacer la cirugía en esta etapa, no se haga ilusiones
—se que Prim lo está intentando todo por su lado, y que talvez no se consiga nada Pero recuerde, doctor yo tengo dinero —y además ordené— mientras tanto tengamos esa opción o no, recuerde que quiero que ella tenga la mejor
habitación privada. Enfermeras especiales. De todo. Por favor. Ya he conseguido dinero, yo… provengo de una familia de dinero , el dinero no es el obstáculo aquí, usted y Prim sigan intentando localizar a ese médico.
Es imposible ir conduciendo desde la calle 63 Este, en Manhattan, a Boston,
Massachusetts, en menos de tres horas y veinte minutos. Créame, he probado los límites máximos en esta ruta, y estoy convencido de que ningún automóvil, extranjero o doméstico, aun con algún tipo Graham Hill al volante, puede hacerlo más rápido. Yo llevaba al MG a 170 km por hora en la autopista principal.
Tengo esta afeitadora eléctrica sin cable y puede estar seguro de que me afeité cuidadosamente y cambié mi camisa en el auto, antes de entrar en las benditas oficinas de State Street.
Aunque eran las 8 de la mañana había varios tipos de distinguido aspecto bostoniano esperando para ver a Oliver mellark III. Su secretaria
—que me reconoció— ni siquiera pestañeó cuando dijo mi nombre por el intercomunicador.
Mi padre no dijo «hágalo pasar».
En lugar de eso abrió la puerta y apareció en persona. Dijo:
—Petta
Preocupado como yo estaba por la apariencia física, noté que parecía un poco pálido, que su cabello se había vuelto grisáceo (y quizás más ralo) en estos tres años.
—Entra, hijo —dijo. No pude adivinar nada por el tono. Sólo caminé hasta su oficina.
Me senté en el «sillón de los clientes».
Nos miramos el uno al otro, después dejamos que nuestras miradas se dirigieran a otros objetos de la habitación. Dejé que la mía cayera entre los útiles de su escritorio:
tijeras en un estuche de cuero, un cortapapeles con mango de cuero, una foto de mi madre tomada años atrás. Una foto mía (graduación en Exeter).
—¿Cómo van tus cosas, hijo? —preguntó.
—Bien, señor, —contesté.
—¿Y cómo está katniss? —preguntó.
En vez de mentirle me escapé del tema —aunque era el tema— saltando bruscamente a la razón de mi brusca reaparición.
—Padre, necesito que me prestes , que me prestes 300 mil dólares. Por una buena razón.
Me miró. Con una especie de asentimiento, pienso.
—¿Bien? —dijo.
—¿Señor? —pregunté.
—¿Puedo saber la razón?
—No puedo decírtela, padre. Sólo te pido que me prestes ese dinero.
Yo tenía la sensación —si es que en realidad se pueden recibir sensaciones de Oliver mellark III— de que él se proponía darme el dinero. También me di cuenta de que no quería ponerme problemas. Lo que quería era hablar.
—¿No te pagan en Jonas y Marsh? —preguntó.
—Sí, señor.
—¿Y ella no enseña también? —preguntó.
Bueno, no lo sabía todo.
—No la llames «ella» —dije.
No fue de mala manera hijo, ¿No da clases katniss? —preguntó cortésmente.
—Por favor, déjala fuera de esto, padre. Es una cuestión personal. Una importantísima cuestión personal.
—¿Has metido en líos a alguna chica? —preguntó, pero sin ninguna desaprobación en su voz.
—Sí —dije—. Sí, señor, es eso. Dame el dinero. Por favor.
Ni por un momento pensé que creyera en esa razón. Pienso que tal vez realmente no deseaba saber. Simplemente me preguntaba, como lo dije antes, para que pudiéramos hablar.
Buscó en el cajón del escritorio y sacó una chequera del mismo cuero del mango de su cortapapeles y la caja de sus tijeras. La abrió lentamente. No para torturarme, no creo, sino para demorar más tiempo. Para encontrar cosas que decir. Cosas no chocantes.
Terminó de escribir el cheque, lo arrancó del talonario y luego me lo extendió.
Yo fui posiblemente un poco lento en darme cuenta de que podía levantar mi mano para encontrar la suya. Entonces él se sintió avergonzado (creo), retiró la mano y ubicó el cheque en el borde de su escritorio. Me miró ahora moviendo la cabeza. Su expresión
parecía decir: «Ahí está, hijo».
Pero todo lo que hizo fue mover la cabeza.
No era que yo quisiera salir de allí. Era sólo que no podía pensar por mí mismo en algo para decir. Y era imposible quedarnos sentados en ese lugar, los dos queriendo hablar y sin embargo incapaces hasta de mirarnos mutuamente, derecho a la cara.
Me adelanté y tomé el cheque. Sí, decía la cantidad que le requeri, firmado Mellark IV. Y estaba solucionado. Lo doblé cuidadosamente y lo puse en el bolsillo de
la camisa, mientras me levantaba y me arrastraba hasta la puerta. Podría haber dicho algo que sonara como que a mi criterio muy importantes funcionarios de Boston (tal vez aun de Washington) estaban esperando frente a su oficina, y sin embargo si tuviéramos más que decirnos uno al otro yo podría hacer tiempo en tu oficina, padre, y tú cancelarías tus planes de almuerzo… y todo eso.
Pero me paré allí, con la puerta entreabierta, y reuní el coraje para mirarlo y decirle:
—Gracias, padre.
La tarea de dar la noticia al Sr. everdeen cayó sobre mí. ¿Sobre quién si no? No se deshizo en pedazos como pensé que lo haría, sino que con toda calma cerró la casa de Cranston y vino a vivir a nuestro apartamento. Cada uno de nosotros tiene su propia idiosincrásica manera de luchar contra el dolor. La delSr. Everdeen l era la limpieza. Lavar, fregar, lustrar. Yo no entiendo realmente sus procesos mentales, pero, por Dios, déjenlo trabajar y Prim ha pedido permiso en el hospital donde labora y se ha enfrascado en la tarea de localizar al médico que pueda salvar a katniss , al parecer lo vio alguna vez en una conferencia y lo saludo , algún maestro suyo tenía contactos, está enfrascada en localizarlo y en sus tiempos libres se la pasa en el hospital donde está internada su hermana junto con migo
¿Acarician el sueño de que katniss vuelva a casa?
¿Sí o no? El pobre viejo. Es por eso por lo que limpia. Simplemente, no acepta las cosas como no las termino de aceptar yo , pero katniss se enfoca en que lo hagamos, que seamos realistas Por supuesto, no me admitiría esto, pero sé que está en su mente, sé que cree que ya todo es en vano.
Una vez que katniss entro internada, llamé al viejo Jonas y le hice saber por qué no podía ir a trabajar. Pretendí que tenía que desocupar rápidamente el teléfono
porque sabía que él se sentía dolorido y querría decirme cosas que posiblemente no podría expresar. De allí en adelante, los días se dividieron simplemente en horas de visitas y todo lo demás. Por supuesto, todo lo demás era nada. Comer sin hambre,
mirar al Sr. Everdeen limpiando el apartamento (¡otra vez!), y no dormir ni siquiera con las pastillas que me dio el doctor Ackerman.
Una vez oí al Sr. Everdeen musitar para sí mismo: «No podré soportarlo mucho más tiempo». Estaba en la habitación de al lado lavando los platos de la casa (a mano).
No le contesté, pero pensé para mí, yo puedo. Quien fuere que esté Allá Arriba,
dirigiendo el show, Señor Ser Supremo, señor, que siga así. Puedo soportarlo al infinitum. Porque katniss es katniss solo no te la lleves , no aún .
Esa tarde ella me echó de la habitación. Quería hablar con su padre «de hombre a hombre».
—Esta reunión está permitida sólo a norteamericanos de ascendencia italiana —
dijo, tan blanca como sus sábanas—, de modo que afuera, Mellark.
—Okay —dije.
—Pero no muy lejos —dijo cuando llegué a la puerta.
Me senté en la sala de espera. Luego apareció el Sr. Everdeen
—Dice que vayas para adentro, —susurró roncamente con el tono sepulcral de toda su interioridad—. Yo voy a comprar cigarrillos., Dejé de fumar por orden de las chicas ase años pero ya q importa, no es un mundo justo, no es justo que deba ver partir a mi hija primero en lugar de partir yo, ojalá pudiese tomar su lugar, ella está… está despidiéndose peeta , no se siente fuerte creo que piensa que no aguantará mucho más (dijo con lágrimas en los ojos)
No pude responderle nada, mis ojos también se llenaron de lágrimas , respire profundo , mejore mi semblante un poco aunque sea superficialmente, x dentro estaba echo un desastre y camine ha verla
—Cierra esa maldita puerta, —ordenó ella mientras yo entraba en la habitación.
Obedecí, cerrando la puerta suavemente, y cuando me volví para sentarme en el borde de la cama, pude verla mejor. Quiero decir, con los tubos que iban a su brazo derecho, que ella mantenía oculto debajo de las mantas.
Siempre me gustó sentarme muy cerca y simplemente mirarle la cara en la que, aunque pálida, los ojos siempre brillaban. De modo que rápidamente me senté muy cerca.
—No duele, peeta , realmente —dijo—. Es como caerse de un acantilado en cámara lenta
Sabes?
Algo se revolvió en el fondo de mis tripas. Alguna cosa sin forma que iba a subir a mi garganta y me haría llorar. Pero no lo haría. Soy un cretino hijo de puta
¿ve? No voy a llorar.
Pero si no voy a llorar, entonces no puedo abrir la boca. Tendré simplemente que asentir con la cabeza. Así lo hice.
—Mentiras —dijo ella.
—¿Eh? —fue más un gruñido que una palabra—. Tú no sabes lo que es caerse de
un acantilado, Preppie —dijo—. Nunca te caíste en tu vida.
—Sí —dije recuperando el don de la palabra—. Cuando te conocí.
—Sí —dijo, y una sonrisa cruzó su rostro—. ¡Oh, qué caída hubo allí! ¿Quién dijo esto?
—No sé —repliqué—. Shakespeare.
—Sí ¿pero quién? —dijo como quejosamente—. No puedo recordar en qué obra,
sin embargo. Yo fui a Radcliffe, tendría que recordar cosas. Una vez supe todo Mozart.
—Gran cantidad —dije.
—Puedes apostar que sí —dijo, y entonces frunció su frente preguntando—: ¿Qué número es el concierto para piano en C Menor?
—Me voy a fijar —dije.
Sabía justo dónde fijarme. En el apartamento, en un estante al lado del piano. Lo buscaría y sería la primera cosa que le diría a la mañana siguiente.
—Yo lo sabía, —dijo katniss—. Sí, antes lo sabía.
—Escucha —dije en estilo Bogart— ¿quieres hablar de música?
—¿Preferirías hablar de funerales? —preguntó.
—No —dije, sintiendo haberla interrumpido.
—Ya discutí eso con mi padre ¿Estás escuchando, peeta?
Yo empecé a mirar hacia el otro lado.
—Sí, estoy escuchando
—Le dije que podría tener un servicio católico; tú dirás que sí, ¿okay?
—Okay —dije.
—Okay —replicó.
Y entonces me sentí un poco más aliviado, porque después de todo, cualquier cosa de que habláramos ahora sería un desahogo.
Estaba equivocado.
—Oye, peeta —dijo katniss, y lo hizo con su voz enojada, aunque suave—.tienes que dejar de sentirte mal.
—¿Yo?
—Ese aire culpable en tu cara, peeta, es enfermizo.
Honestamente, traté de cambiar mi expresión, pero mis músculos faciales estaban congelados.
—No es culpa de nadie, harvard desgraciado—estaba diciendo ella—. ¡Por favor termina de culparte!
Quería seguir mirándola porque no quería quitarle nunca los ojos de encima, pero aun así tuve que bajarlos. Estaba muy avergonzado de que aún ahora Jenny leyera en mi mente a la perfección.
—Escucha, es la única maldita cosa que te pido, peet. Por otra parte, sé que estarás okay.
Esa cosa en mis tripas se estaba revolviendo otra vez, de modo que tuve miedo de decir la palabra «okay». Sólo miré a katniss en absoluto silencio.
—A la mierda con París —dijo repentinamente.
—¿Eh?
No me importa París y la música y todas las cosas que tú piensas que me robaste. No me importa, cretino. ¿Lo puedes creer?
—No —le contesté verazmente.
—Entonces puedes irte al mismísimo diablo, —dijo—. No te quiero en mi maldito lecho de muerte.
Lo decía en serio. Yo podía asegurar cuando katniss decía algo en serio. De modo que obtuve el permiso para quedarme con una mentira.
—Te creo —dije.
—Así está mejor —dijo—. Ahora ¿me harías un favor?
Desde algún lugar de mi interior vino este devastador asalto para hacerme llorar.
Pero me resistí. No lloraría. Simplemente le indicaría a katniss con un movimiento afirmativo de mi cabeza— que me haría muy feliz hacerle un favor, fuera el que fuere.
Prim no tardará quiere que le envíes algunas cosas, papelería que necesita sobre mi , tendrás que ir a casa pero antes ¿Podrías abrazarme muy fuerte? Estoy muy cansada , quiero dormir y necesito que me abraces peeta para dormir tranquila.
Puse una mano en su antebrazo —Dios, tan fino— y le di un apretón.
—No, peeta —dijo—. Abrázame, realmente. Bien cerca de mí.
Tuve mucho, muchísimo cuidado —con los tubos y esas cosas— mientras me metía en la cama con ella y la rodeaba con mis brazos.
—Gracias, peeta .
Eso fue lo último que me dijo, después de eso Prim me envió por ropa y algunas cosas ha casa
Aunque no quería dejarla ella insistió así que acsedi, al salir el Sr Everdeen estaba afuera.
El Sr. Everdeen estaba en el solárium, fumando su enésimo cigarrillo, cuando aparecí.
—¿Phil? —dije suavemente.
—¿Sí? —Alzó los ojos y pienso que ya lo sabía.
Obviamente, necesitaba alguna clase de consuelo físico. Caminé hacia él y puse mi mano en su hombro. Tenía miedo de que llorara. Estaba casi seguro de que yo lo haría. Es decir, no podía, no debia. Ya había pasado por todo eso.
Él puso su mano en la mía.
—Desearía —murmuró—, desearía no haber… —Hizo una pausa y esperó. ¿Qué prisa había, después de todo?
—Desearía no haber prometido a katniss ser fuerte por ti.
Y, para honrar su plegaria, acarició mi mano muy suavemente.
Pero yo necesitaba ir y regresar lo más rápido posible lo cierto todos los sabíamos pero no queríamos admitirlo, katniss se estaba despidiendo, se estaba dejando ir poco a poco a poco, quedaba en realidad poco tiempo y no quería dejarla pero debía por esta última vez, traería lo q necesitaban pero después no me le despegaría , tengo un horrible presentimiento.
Camine al frío fuera del hospital, tome un taxi le pedí que se diera prisa, llegue , entre al departamento , tome lo que necesitaba y salí de ahí , no me tomo ni 5 minutos , tome otro taxi y fue cuando paso… Prim me llamo
Primm – peeta… peeta katniss…(djo llorando) está muy mal yo.. ella se se puso mal, cada vez queda menos tiempo quiere que la deje ir, no puedo, no puedo peeta… ella no puede morir
Peeta: dios mío Prim que estás diciendo (dje gritando) está muy mal, se ha puesto peor
Primm: muy débil peet, ven rápido talvez contigo aquí… ella tiene que aguantar.
el doctor ,lo localicé viene para acá , no se puede rendir ahora , ven , ven rápido … djo llorando y sollozando desesperada .
Le urgía al taxista que acelerará…salí corriendo del taxi al frío de la calle y hasta dentro del edificio del hospital… llegue casi sin aliento pues no espere el ascensor no había tiempo subí piso por piso hasta donde estaba katniss llegue y abrí la puerta pero no había nadie ,ni katniss..
No,no,no dios… no pude llegar tarde, no llegue tarde ella está bien, su cama estaba vacía , vacía , ni primm, ni el Sr Everdeen… estaba paralizado viendo la habitación sin atreverme ha moverme, sin atreverme ha preguntar , Llorando, las lágrimas empapaban mi rostro, por favor nooo dios todavía noooo, ella no puede estar … ella no está
Sr. Mellark…Sr Mellark
Era el doctor Akerman
katniss, mi esposa dónde está?, Ella está…?
Doctor: no, cálmese, estuvo muy mal, por un momento creímos que la perdíamos pero logramos estabilizarla, su hermana se la llevó, estuvo aquí el especialista, acepto verla , tratarla, es quien se la llevo , no quiso esperar un solo minuto dada la situación, decidió llevarla, prepararla para para el tratamiento y la intervención, llamo un helicóptero peeta, se la llevaron en helicóptero.
A donde doctor, a donde la trasladaron ha que hospital
No se, me dijeron que se comunicarían contigo para darte noticias, toda la situación fue en unos momentos, todo fue muy rapido.
Peeta: gracias…dije aturdido sin saber que pensar de todo esto, tratare de buscarlos
Doctor: espere a que le llamen Sr. Mellark, estoy seguro que su suegro o la Srta. Prim le llamarán, baya a casa ha esperar
Peeta: si, si, talvez deben estar llamando ahora mismo, tratando de comunicarse con migo… debo irme
Empecé ha descender, no sé cómo sentirme, no sé cómo está katniss , si está mejor, si ella dejo de sufrir y murió, la desesperación en este momento me está volviendo loco, no debí dejarla sola, no debí moverme de su lado , mientras desciendo de nuevo por las escaleras pues no tengo ganas de esperar el elevador, ni ganas de toparme con nadie notó que abajo, el pasillo del hospital estaba absolutamente callado. Todo lo que podía oír era el click de mis propios zapatos en el linóleo.
—peeta
Me detuve.
Era mi padre. Excepto la mujer en el escritorio de la recepción, estábamos solos allí. De hecho, nos contábamos entre las pocas personas de Nueva York despiertas a esa hora.
No pude hacerle frente. Fui derecho hacia la puerta giratoria. Pero en un instante él estaba allí afuera, parado cerca de mí.
—peeta —dijo— debiste contármelo.
Hacía mucho frío, lo que en cierto sentido era bueno porque yo estaba embotado y quería sentir algo. Mi padre continuó dirigiéndose a mí, y yo continué parado en silencio, dejando que el viento frío golpeara en mi cara.
—Tan pronto como me enteré, salté al coche.
Había olvidado mi abrigo; el fresco estaba empezando a hacerme mal. Bueno.
Bueno. —dijo mi padre urgentemente—, quiero ayudar.
—katniss no está, no se dónde está, se la llevaron, talvez ya está muerta —le dije.
—Lo siento —dijo en un atontado murmullo.- lo siento hijo estoy aquí para ayudarte , te ayudaré , no estás solo hijo, tu madre le hable en cuanto me entere y ya viene también para acá, perdóname si no he sabido protegerte antes, perdóname peeta pero estoy aquí , perdona a tu madre también está muy arrepentida yo he tenido la culpa de todo.
No sabía exactamente de qué pedía perdón x lo de cuando éramos niños, por negarse a mi matrimonio o por todo.
Sin saber por qué, repetí lo que había aprendido mucho antes de la linda chica de carácter fuerte a quien amo tanto y que no se dónde está, no se si aún está con vida, no sabía nada solo que la necesito y ahora la entiendo más que nunca , la vida es muy corta y nadie sabe cuánto tiempo tiene con sus seres queridos .
-amar significa perdonar el pasado , no tienes que decirlo padre, ya está olvidado .
Y entonces hice lo que nunca había hecho en su presencia, lo abracé y Lloré, llore y lloré
Tranquilo hijo, vamos a encontrarla, yo te ayudare, te ayudaré en todo.
