Queenie
Disclaimer: El universo pertenece a Suzanne Collins, pero los personajes son míos.
Esta historia participa en el reto Multifandom del foro Alas negras, palabras negras con la lista técnica. Mi propmt era personaje original y tanto Queenie como Luster lo son.
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Nació en el distrito 1, rodeada de joyas, lujo y cosas brillantes. La llamaron Queenie y desde luego siempre la trataron como a una pequeña reina. Era la hija menor, la niña mimada de sus padres y sus hermanos. Le concedieron todos sus caprichos. Le regalaron todo lo que deseaba: joyas, juguetes, ropa, libros. Solo tenía que pedir lo que quisiera y siempre habría alguien dispuesto a traérselo.
Cuando cumplió ocho años le compraron una espada. Nunca la había pedido, pero sus padres le aseguraron que le gustaría y ellos nunca le habían dado nada que no le gustara, así que Queenie les creyó.
Contrataron a una profesora particular que le enseñaba a manejarla después del colegio. Ella le hablaba de la fuerza y del valor. Le explicaba lo poderosa que Queenie podría ser si aprendía a usar un arma y a Queenie le gustaba esa sensación.
Al año siguiente la apuntaron a la academia del distrito. Destacó desde el principio. Sabía usar la espada mejor que el resto de niñas y niños de su edad. A Queenie le encantaba destacar y si alguna vez se regodeaba, bueno ¿quién odría culparla? Sus maestros desde luego no. En la academia se fomentaba la competitividad entre los alumnos. Al fin y al cabo, todo el mundo sabía para qué los estaban preparando y no había nada más competitivo que eso.
Queenie siempre había sabido lo que eran los juegos del hambre, pero no entendió desde el principio que todo el mundo a su alrededor esperaba que ella participara en ellos. La espada y el resto de armas que aprendió a manejar en la academia eran para ella un simple divertimento, algo que le gustaba y que a la vez la hacía destacar. No obstante, cuando lo entendió aprobó la idea. Al fin y al cabo, los vencedores eran los más ricos del distrito, los más poderosos y prestigiosos.
A partir de ese día soñó con el flash de las cámaras apuntándola y los lujos del Capitolio a su disposición. Se esforzó más que nunca y su esfuerzo se vio recompensado cuando una semana antes de su última cosecha Luster Daniels la mandó llamar a su despacho.
Luster era el fundador de la academia. Ya no daba clases ni mentoreaba, pero siempre ayudaba a planear estrategias y a contactar con patrocinadores en El Capitolio. A veces incluso daba clases privadas a algún estudiante al que considerara particularmente prometedor. Todo el mundo sabía que a la hora de la verdad era su opinión la que importaba a la hora de elegir quién saldría como voluntario y Queenie se presentó en su despacho dispuesta a causarle la mejor impresión posible.
Él no pareció excesivamente impresionado, incluso a Queenie le dio la sensación de que no estaba muy contento, pero dio el visto bueno a su voluntariado.
Las cámaras la enfocaron mientras subía al escenario el día de la cosecha. Su familia y amigos la despidieron con alegría, seguros de que la volverían a ver. Así era como se hacían las cosas en el distrito 1. Los llantos quedaban para los distritos periféricos.
Las cámaras volvieron para acompañarla hasta la estación. Todo era como en sus sueños: el tren, la comida, su maravilloso vestido en el desfile. Los entrenamientos fueron como un juego. A diferencia de la mayoría de los tributos, ella y sus aliados no tenían nada más que aprender. Se limitaron a demostrar lo que sabían, en parte para ver cómo funcionaba la alianza y en parte para intimidar a los demás.
Sacó un diez en las puntuaciones y estuvo deslumbrante en la entrevista. Todo iba según sus planes hasta que el gong sonó y empezó el horror.
Su primera víctima fue un chico grandote del distrito siete. Ella acababa de coger su espada. Él había cogido un cuchillo, pero no tenía del todo claro cómo usarlo. No fue una pelea limpia. Acabaron los dos en el suelo. Él había conseguido quitarle la espada y mandarla lejos de una patada mientras que ella había hecho que él perdiera el cuchillo. Rodaron por la cornucopia dándose puñetazos. Aquello no tenía nada que ver con lo que había practicado en la academia. No había movimientos elegantes ni reverencias antes de empezar. Cuando consiguió coger el cuchillo del suelo y clavárselo al chico en el cuello comprendió que tampoco habría un apretón de manos al acabar el combate, que ese chico no volvería a darle la mano a nadie nunca más.
Por un momento ese descubrimiento la hizo quedarse parada, de rodillas al lado del chico cuyo nombre ni siquiera sabía. Por primera vez se preguntó dónde se había metido, qué había debajo de todo ese glamour en que los juegos parecían estar envueltos para la gente de su distrito. También por primera vez sintió miedo a morir y fue ese miedo lo que la hizo levantarse y volver a coger su espada.
Después del baño de sangre vinieron más muertes. No le gustaba matar. Le habían dicho que sería como combatir en la academia, pero la habían engañado. Le había gustado la academia. Luchar contra sus compañeros era divertido, sí, pero no tenía nada que ver con hacerlo en los juegos del hambre. No tenía ganas de celebrar sus victorias como hacía en su distrito porque sabía que si fuera derrotada allí no podría irse a casa a lamerse las heridas, ni a casa ni a ningún otro lugar.
Se sintió engañada y utilizada por todos los que conocía: por sus padres, que la habían encaminado a convertirse en tributo desde los ocho años, por sus profesores en la academia, que la habían adiestrado para ello, y por los vencedores de su distrito, que le habían ocultado lo que los juegos en verdad eran. Sobre todo se sintió decepcionada consigo misma por no haber sido capaz de comprender la realidad.
No obstante, siguió adelante. Que no le gustaran los juegos no implicaba que quisiera morir. Intentó hacer como si nada le afectara y debió de hacerlo bien porque los patrocinadores no dejaron de lloverle igual que al resto de su alianza. Su escolta ya le había dicho que en El Capitolio la adoraban y ella había sonreído, pero ahora también se sentía furiosa con ellos. De todos modos eso también lo ocultó
Su alianza acabó disolviéndose cuando solo eran cuatro. La chica del cuatro se largó primero, dejándola a ella sola con los del dos. Su compañero de distrito y el chico del cuatro habían muerto en una trampa de la propia Arena esa misma mañana. Queenie no tardó mucho en irse. Estaba claro que los del dos irían a por ella. No volvió a ver a ninguno de los tres y lo agradeció. Eran buenos. No sabría decir si eran mejores que ella, pero no quería descubrirlo.
En la final quedaron la chica del siete y ella. Le pareció irónico. Se habría reído si no le pareciera todo tan triste. La pelea fue dura, pero al final consiguió ganar. La anunciaron como vencedora y no sintió la alegría con la que había soñado en su distrito, solo un alivio inmenso e indescriptible.
Los días en El Capitolio fueron una tortura diferente. Allí estaban los flashes, los lujos y las multitudes que la adoraban, pero ella solo quería volver a casa, aunque no sabía qué sería lo que haría una vez estuviera allí.
Sintió casi tanto alivio al subir al tren que la llevaría de vuelta como el que sintió al salir de la Arena. Se quedó un buen rato en el vagón de cristal, mirando el paisaje, hasta que Luster se le unió.
–No pensaste que ganaría ¿verdad?
Era una tontería después de todo lo que había pasado, pero seguía teniendo esa espinita clavada. Quería saber por qué Luster no parecía contento con ella cuando la escogió.
–Si hubiera pensado que perderías no te habría elegido. He mandado a muchos tributos ahí que pensaba que podrían ganar para ver luego como morían, pero nunca he enviado a los juegos a alguien que estuviera convencido de que iba a morir.
–No parecías contento conmigo cuando me elegiste.
Su tono sonó infantil, pero le dio igual. Necesitaba saberlo. Era estúpido, pero lo necesitaba.
–Nunca estoy contento cuando selecciono a alguien para su posible muerte. Fundé la academia para aumentar las posibilidades de que nuestros niños no murieran en los juegos, pero eso no significa que disfrute con ellos. No me arrepiento de lo que hago porque sé que es lo más racional, pero tampoco soy un sádico aunque algunos lo crean.
–Me hicieron creer que yo sí que disfrutaría de los juegos.
–Cada uno tiene su manera de enseñar. Yo prefiero ser sincero y mostrar la dureza de los juegos a quienes escojo personalmente como mis alumnos o alumnas, pero otros piensan que todo es más fácil si se centran en las partes menos crueles, aunque yo creo que eso es cruel en sí mismo. Tú tendrás que decidir cómo lo enfocarás. Yo hace tiempo que pude permitirme dejar de enseñar salvo en contadas excepciones, es más fácil así, pero tú tendrás que hacerlo por ahora. Tú decides cómo.
La idea la hizo sentir enferma. No se veía capaz de ponerse delante de una niña llena de ilusión como lo había sido ella y hablarle de los juegos, de convencerla para que se uniera a ellos. Comprendía lo que Luster decía sobre que ese era el modo más racional, pero también le parecía demasiado cruel.
Aun así lo hizo. Cada año enseñó a un puñado de niños y niñas. Les vendió el cuento de hadas que le vendieron a ella. Solo a unos pocos, los que iban a presentarse voluntarios, les habló de la verdad. Algunos lo dejaron. La mayoría siguió adelante. De vez en cuando alguno volvió de los juegos, aunque fueron más los que no volvieron nunca. Ella escogió a muchos voluntarios para su distrito, pero Luster tenía razón, nunca estaba contenta cuando elegía a qué niños iba a mandar a posiblemente morir.
