Esta historia participa en el reto Tropos, tropos everywhere del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Tropo: Star Crossed Lovers

Es un WI


Hasta el último suspiro

Never thought that I'd be leaving you today
So alone and wondering why I feel this way
So wide the world
Can love remember how to get me home to you
Someday

Together again ~ Evanescence

Sirius observaba desde el sillón a su madre ir de un lado a otro histérica gritando órdenes a Kreacher y a los otros elfos domésticos que su tío Cygnus había prestado para la ocasión. Agradecía esos momentos cuando su madre estaba de mal humor y no dirigía todo su enojo contra él.

Esa noche era importantísima para la familia, pues el Señor Tenebroso había escogido Grimmauld Place como la base de sus operaciones. Los jefes de las familias de sangre pura —aquellos que no eran traidores amantes de los muggles— estaban invitados. Y esa noche haría una gran cena para invitarlos a unirse a él en su cruzada por erradicar a los impuros.

Por más temible y poderoso que fuera Lord Voldemort, a Sirius le era intrascendente, pero como futuro jefe de la familia Black y como hijo de la anfitriona debía estar presente. Envidiaba la suerte de Regulus, que tendría que estar únicamente durante la cena, pero que después podría irse por ahí con su prima Narcisa en lugar de asistir a las negociaciones, de las cuales no tenía el menor interés.

A diferencia del resto de su familia no sentía ningún desprecio por los muggles, le daban lo mismo, e incluso no encontraba gran diferencia entre los hijos de muggles que iban a Hogwarts con los hijos de familias sangre pura en cuanto a habilidad mágica. Prueba de ello era que la mitad de sus compañeros en Slytherin eran idiotas sin talento mientras que esa chica Evans de Gryffindor —la que se pasaba el tiempo con Snape— era la mejor del curso.

Pero no había forma de escaparse de ello y ni siquiera podía alegrarse de que estaría Bella. Desde que Andrómeda había sido borrada del tapiz familiar, su prima se había vuelto la más amargada.

Sobre su cama estaba la túnica de gala negra que Walburga había encargado especialmente para la ocasión. Sirius se la puso con desgana. Estaba seguro de que esa noche sería aburridísima.


Remus sabía que no tenía forma de evitar la cena. Greyback lo había elegido a él de toda la manada para acompañarlo. Y cuando él líder decía algo, se hacía. Así había sido siempre, desde que tenía cuatro años y el hombre lobo lo había convertido. Apenas y recordaba cosas antes de eso. Lo único que sabía, es que había nacido en una familia de magos, pues podía usar magia. Pero al no haber recibido una educación adecuada para usarla, era mejor pelear con sus garras y colmillos.

—Voldemort nos ofrece algo que no podemos rechazar, cachorrito. —Remus detestaba que le dijera así, ya no era un niño—. Además, será la primera vez que un hombre lobo sea invitado a la casa de un mago. —Soltó una carcajada—. Disfrutaré ver la cara de horror de los asistentes. ¿Te imaginas? Apestosos y salvajes hombres lobo comiendo en la misma mesa que las refinadas familias de sangre pura.

No se lo imaginaba, así como tampoco veía que el resultado de esa cena fuera a ser algo bueno para Remus. Sabía la clase de cosas que quería Greyback y pensarlo le revolvía el estómago. Alguien que estuviera dispuesto a cumplir esa petición y aliarse con hombres lobo, no podía ser alguien agradable.

Se desnudó y se lanzó al río para lavarse. Sumergiéndose por completo, contempló la posibilidad de dejarse llevar por la corriente, si se ahogaba, podría alejarse de Greyback. Pero decidió no hacerlo. Probablemente, pensó, cuando estuviera en la cena se arrepentiría.


La cena apenas empezaba y Sirius ya estaba harto. Se había ido a una esquina del salón, cansado de saludar y actuar como el perfecto anfitrión por insistencia de sus padres. Había platicado un rato con algunos de sus compañeros de Hogwarts, pero no estaba de humor realmente y prefería estar solo.

Sirius había dejado de prestar atención a quién llegaba. Pero cuando el murmullo interrumpido por la llegada de alguien nuevo dio paso a exclamaciones de indignación e insultos le picó la curiosidad y se asomó para ver. El recién llegado era un hombre enorme con ropa sucia y rasgada, cabello negro desordenado y una cicatriz enorme en el rostro, sus uñas eran largas y afiladas, igual que los colmillos que mostró al sonreír despectivo.

—Tranquilos, tranquilos, no me los voy a comer —dijo con voz grave al tiempo que sonreía aún más—, Lord Voldemort me invitó, así que tengo tanto derecho a estar aquí como ustedes.

Sirius arrugó la nariz con desagrado, reconociéndolo como un hombre lobo. Su padre algo había mencionado sobre las ideas curiosas del Señor Tenebroso respecto a aliados, pero no pensó que alguno tuvieran el descaro de mostrarse frente a magos.

Detrás del hombre entró un chico delgado y alto, de rizos castaños y ropa raída, aunque en mejor estado. Lo único que lo delataba respecto a su naturaleza lupina eran las cicatrices que surcaban su rostro —de otra manera atractivo— y las garras afiladas. Al sentirse observado el chico alzó la mirada y sus ojos almendrados se clavaron en Sirius.

Una sensación extraña recorrió a Sirius que retiró la vista sintiéndose turbado.


Remus podía casi saborear el odio que emitían todos los presentes ante su llegada. No era agradable, le revolvía el estómago e incomodaba.

Al menos se mantenían alejados. No quería ni pensar qué ocurriría si alguien provocaba a Greyback, que seguro estaría fascinado de empezar una carnicería ahí mismo. No tenía la menor intención de pelear contra tantos magos que, a diferencia del jefe de manada y él, sabían usar la magia a la perfección.

Aunque la gente se alejaba, manteniendo su distancia por donde pasaba, no podía soportar la sensación de claustrofobia que un lugar tan lleno de gente le provocaba. Sofocado, decidió buscar una puerta para salir del salón para estar en un lugar más tranquilo. Rechazó salir por la principal, porque en el vestíbulo todos los que fueran llegando lo verían así que salió por una de las puertas laterales del salón.

—¿Qué haces aquí?

Remus dio un brinco y se giró gruñendo por instinto, pero se obligó a dominarse para evitar que la otra persona reaccionara lanzándole un hechizo o algo. El mago que le había hecho la pregunta era un joven, parecía tener más o menos su edad, cabello negro brillante y penetrantes ojos grises. Para su sorpresa, no sostenía su varita, sólo estaba con los brazos cruzados y cara de aburrimiento mientras que lo miraba de arriba abajo.

—¿Qué haces aquí? —volvió a preguntar haciendo que Remus se diera cuenta de que estaba mirando sin haber contestado nada.

—La fiesta apesta —dijo alzándose de hombros, disimulando su incomodidad.

El chico bufó divertido y lo miró con una sonrisa arrogante.

—En eso tienes razón. Pero no puedes estar aquí.

—Tú estás aquí.

—Es mi casa, puedo estar dónde quiera.

La respuesta sarcástica murió en los labios de Remus cuando se escuchó la ovación en el salón.

—Creo que debemos regresar —dijo con desgana el mago y pasó a un lado de Remus para abrir la puerta de vuelta al salón. Remus lo siguió resignado.


Sirius no podía dejar de observar al hombre lobo al otro lado de la mesa. Le intrigaba. En contraste con el otro lobo parecía delicado y completamente humano, pero cuando lo había asustado, minutos antes, había reaccionado como un animal salvaje, como lo que era. Sus ojos se habían tornado amarillos y sus colmillos habían relucido afilados, listos para atacar. En ese momento Sirius había sentido miedo.

—Es desagradable —susurró Rosier a su lado.

—¿Qué cosa?

—Tener que compartir mesa con esos seres —señaló con la cabeza a donde Sirius había estado mirando—, asqueroso.

—Ajá —dijo sin sentirlo realmente. Una sensación amarga se instaló en la boca de su estómago cuando lo dijo.

El resto de la noche la pasó aburrido escuchando a Lord Voldemort dar su discurso y esforzándose por no mirar al chico lobo, aunque descubrió —y no supo cómo se sentía al respecto—al otro mirándolo. En una ocasión intentó sostenerle la mirada, pero no soportó la intensidad y tuvo que girar la cabeza.

Cuando se fueron todos y por fin pudo retirarse a su habitación se dio cuenta de que le hubiera gustado preguntarle su nombre, y quizás, hablar con él, satisfacer su curiosidad respecto a los hombres lobo.


Remus pensó que pasaría mucho más tiempo antes de tener que volver ahí. Pero apenas unas semanas después de esa cena, Greyback le ordenó volver porque aparentemente Lord Voldemort necesitaba gente para un ataque.

El elfo doméstico de la familia lo recibió con —evidente— fingida amabilidad. Lo guío unos pisos arriba, en lugar de al salón donde había sido la cena y lo hizo pasar a una sala.

—Espere aquí —le indicó y desapareció.

Remus caminó hacia los sillones para sentarse mientras tanto. Descubrió que en uno de ellos estaba acostado el mismo chico con el que había hablado en la cena, leyendo una revista.

—Hola.

El chico alzó la vista de la revista que leía con desinterés, pero cuando vio a Remus abrió los ojos sorprendido. Bajó los pies para sentarse con normalidad y dejó la revista a un lado.

—¡Chico lobo! —dijo con una sonrisa que desconcertó a Remus—. ¿Vas a unirte a la misión? Yo no tenía muchas ganas, la verdad, pero ya sabes que a Voldy… no le digas a nadie que le dije así... no se le puede decir que no. Pero qué bien que vienes con nosotros.

Remus asintió incomodo ante la familiaridad del chico.

—¡Grandioso! Soy Sirius Black—le dijo extendiéndole la mano.

—Eh… Remus —dijo saludándolo de vuelta, impresionado porque nunca pensó que un mago le daría la mano voluntariamente.

—Remus, ¿eh? Curioso nombre para un hombre lobo.

—¿Por qué?

—Bueno, tú sabes, Rómulo y Remo —Remus alzó la ceja sin entender— ¡¿no sabes quiénes son?!

Remus negó con la cabeza y Sirius procedió a explicarle toda la historia de la fundación de Roma.


Sirius detestaba las misiones. No podía arrancarse de sus pesadillas los gritos de sufrimiento de las víctimas y le pesaba saber que tenía sangre inocente en las manos. Detestaba la voz y la risa de Lord Voldemort y cómo sus padres parecían completamente fascinados con sus ideales.

Pero no había mucho que pudiera hacer. Ni decir algo, pues todos sus amigos y todos a su alrededor eran parte de ello. Al menos cuando estaba en Hogwarts podía evitarlas.

Lo único malo: echaba de menos a Remus. Y el condenado nunca contestaba las lechuzas.

«¿Se las comerá?»

Se descubría a momentos pensando en él. Le había tocado compartir dos misiones más con el chico. Y le había impresionado su manera de pelear, pero más la cara de tristeza que ponía al ver a la gente con la que acababan. No lo disfrutaba, en eso era igual que él. Se había empeñado a intentar enseñarle algunos hechizos. Le sorprendió lo rápido que aprendía, y descubrió que tenía un sentido del humor ácido, justo como el suyo. Se reía poco, pero cuando lo hacía su rostro se iluminaba de manera especial.

Sirius había leído suficientes novelas como para entender que eso que empezaba a sentir por el hombre lobo era más que curiosidad, más que un deseo de amistad. Pero no iba a decir nada.


Sirius sonrió cuando lo vio, con los ojos brillantes de emoción. El corazón de Remus dio un brinco y tuvo que respirar profundo para calmarse un poco. Sin poder contener una sonrisa se acercó a él.

—¡Remus! —Sirius rodeó sus hombros con su brazo en un gesto amistoso— ¿me extrañaste?

Remus bufó. Claro que lo había extrañado, más de lo que le gustaría reconocer. Sirius había sido el protagonista de cada sueño y pensamiento desde… desde que se habían conocido, en realidad.

—Un poquito —mintió.

Sirius soltó una carcajada y lo apretó más antes de soltarlo. Remus resintió la falta de contacto.

—Pues yo sí que te extrañé, muchísimo —dijo Sirius sin dejar de sonreír. Haciendo que su de por sí acelerado corazón latiera más rápido—. Apenas y podía creerlo cuando me dijeron que la misión sería contigo, y además ¡sólo tú y yo! Qué suerte, ¿no?

Remus sonrió nervioso.

—Sí. Y a todo esto, ¿cuál es la misión?

Sirius hizo una mueca y sacó el pergamino. Con un hechizo removió el sello, la desdobló y la leyó en silencio, poniéndose cada vez más y más serio. Apenas terminó de leer la carta ardió, haciéndose cenizas.

—¿Qué dice? —preguntó Remus después de un rato en silencio.

—Tenemos que… no, no puedo hacerlo, me niego —se cubrió la cabeza con los brazos y se agachó para ponerse en cuclillas.

—¿Qué decía, Sirius? ¿Cuál es la maldita misión?

—Exterminar una maldita familia completa, no dejar a nadie vivo, ni a los niños.

Remus se quedó callado. Había ido a varias misiones de ese tipo, las odiaba cada vez. Pero creciendo con Greyback y la manada, no era nada nuevo.

—No pienso hacerlo —remarcó Sirius—, ¿tú sí?

Remus tragó salivo y negó con la cabeza.

—Podemos encontrar alguna opción, pero sabes que no podemos incumplir la misión.

—Lo sé.

—¿Y si hablamos con la familia? —sugirió Remus sin estar seguro—, no creo que les haga gracia, pero les advertimos que la gente va tras ellos y que deben huir, desaparecer. Destruimos la casa hasta dejarla en cenizas, y así no habrá evidencia de que fallamos.

—Tiene mil hoyos eso, pero no se me ocurre nada mejor.

Sirius se puso de pie al fin y se acercó a Remus que sintió que el aire se le iba de los pulmones ante la extrema cercanía del chico. Sirius extendió la mano y acarició la mejilla de Remus, recorriendo con el pulgar la cicatriz que atravesaba sus labios. Remus se estremeció.

—Tenía razón —susurró Sirius—, no eres malo, aunque seas un hombre lobo.

Remus sonrió, mareado por la falta de aire y abrumado por lo rápido que latía su corazón.

—Puedes decir que no —dijo Sirius—, pero quizás no funcione tu plan y no quiero que me maten antes de hacerlo así que… —tragó saliva y se lamió los labios—, ¿puedo besarte?

Remus asintió, cerrando los ojos cuando vio a Sirius acercar su rostro.


Sirius miró a los lados y luego volvió a revisar la hora, el tic de su pierna haciéndose más marcado cada vez. Cada que escuchaba pasos se tensaba, mitad asustado mitad expectante, pero nadie entraba al callejón. Finalmente vio a Remus entrar y se lanzó contra él, apretándolo contra el muro. Remus le gruñó enseñando los colmillos.

—No hagas eso, si no supiera que me esperabas te hubiera atacado.

—Necesito tu ayuda —dijo Sirius, ignorando el regaño.

Remus rodeó a Sirius por la cintura y sintió como el otro se relajaba contra él.

—Regulus está desaparecido.

—¿Quieres que te ayude a buscarlo?

Sirius asintió, luego negó y luego volvió a asentir.

—No sé. Tengo miedo Remus.

—Va a estar bien. ¿Por qué no habría de estarlo?

—Sólo puedo confiar en ti —dijo pegándose más a él para susurrarle al oído—. Creo que pensaba traicionar a Lord Voldemort, no me quiso decir cómo. Quiero creer que está vivo, pero no sé. Y el maldito Kreacher no quiere decir nada, él sabe algo…

Remus acariciaba la cabeza de Sirius para tranquilizarlo, entrelazando sus dedos en su cabello.

—Seguro que está bien. Debe estarse ocultándose.

—Eso espero… ¿Remus?

—¿Hum?

—Quiero desertar —susurró Sirius escondiendo la cabeza en el hueco entre el cuello y el hombro de Remus—, aunque tengo miedo. De por sí estamos en la cuerda floja desde aquella misión, sé que no nos terminan de creer. Y si Regulus desapareció porque lo mataron… eso dicen, ¿sabes? No quiero que nos pase lo mismo ¿vendrías conmigo?

Remus exhaló despacio.

—Sé de alguien que podría ayudarnos —susurró.

Sirius alzó la cabeza y se separó un poco del abrazo para mirar a la cara a Remus.

—¿A qué te refieres?

—¿Conoces a Albus Dumbledore?

—¿El director? —Sirius frunció el ceño confundido.

—Se puso en contacto conmigo, y otros hombres lobo, al parecer él es el líder de la Orden del Fénix.

—¿De esos tontos?

—Me ofreció protección a cambio de trabajar para él, podría pedirle que se extienda a ti.

Sirius guardó silencio un rato, y finalmente asintió, aún con demasiadas dudas.

—Podría funcionar.


Remus se apresuró a sacar la charola del horno, quemándose un poco por no usar los protectores sino un trapo en vez. Se metió el dedo a la boca para mitigar el dolor. Sonrió al pensar que Sirius lo regañaría cuando volviera, y que seguro insistiría en curarle el dedo con besos.

—Te he dicho que uses los guantes —diría girando los ojos y luego jalaría a Remus sobre su regazo y besaría su dedo, luego su palma, su muñeca y subiría por el brazo hasta llegar a su hombro y a su cuello, su mandíbula y sus labios.

El olor era magnífico. Después de muchas fallas ya le quedaba perfecto el pastel de calabaza, el favorito de Sirius. Lo acomodó sobre la mesa, a un lado del resto de la comida. Sirius no tardaría en llegar y Remus no podía dejar de sonreír.

Además del cumpleaños de Sirius, pensaban celebrar la caída de Lord Voldemort. La noticia la habían leído en El Profeta unos días antes. Aunque ambos lo lamentaban mucho por los Potter, más Sirius que los conoció un poco en Hogwarts, ¡ahora eran libres! No tenían que preocuparse más de ser encontrados por Voldemort y sus seguidores.

Pasó una hora y Remus se empezó a impacientar. No debería de haber tardado tanto Sirius, sólo había salido a comprar cerveza, y la tienda estaba unas cuadras abajo.

—Quizás se desvío a comprar algo más —dijo en voz alta para acallar la angustia que empezaba a sentir—no va a tardar.

Pero pasó una hora más. El olor a calabaza y canela se había disipado y toda la comida estaba fría. Exactamente como el corazón de Remus, que lo sentía en la garganta. Algo no estaba bien.

Recorrió el camino hacia la tienda completamente alerta, mirando a los lados y aguzando la mirada para tratar de ver a Sirius. El hombre de la tienda le dijo que había estado ahí casi tres horas antes, había comprado cerveza, condones y un paquete de cigarros. Aún más angustiado empezó a buscarlo por todas las calles aledañas, gritando su nombre cada vez con más intensidad, hasta desgarrarse la garganta. Nunca se había sentido tan asustado, tan impotente y con una certeza tan amarga. Algo le había pasado a Sirius. Volvió corriendo al diminuto departamento que compartían tratando de convencerse que cuando llegara ahí, estaría su novio, con alguna escusa por su tardanza, lo abrazaría y lo besaría hasta calmarlo y después cenarían y luego tendrían sexo hasta el amanecer, o algo.

Pero Sirius no estaba ahí.

A la mañana siguiente Remus encontró la horrible respuesta en El Profeta. Entre las fotos de los mortífagos capturados y encarcelados estaba la de Sirius, que se resistía y gritaba.


Lo habían emboscado sin darle tiempo siquiera de defenderse o responder. La estúpida varita la había dejado en el departamento, creyendo ilusamente que no la necesitaría, así que no había forma de hacerlo, de cualquier forma.

Por varias horas Sirius se convenció a si mismo que no le ocurriría nada. Que Dumbledore declararía a su favor, que volvería a casa pronto. Se imaginaba que Remus estaba igual de angustiado que él… ¿y si lo habían capturado?

«Por favor que no lo hayan capturado a él también».

A un mago lo podrían absolver, pero Remus era, según todo el mundo mágico, una criatura salvaje, poco más que una bestia. Quizás lo matarían o algo así. El corazón le retumbaba en los oídos y le daban ganas de vomitar.

En cuanto lo liberaran, pensó, intentando apartar ese temor, iría a buscarlo y juntos olvidarían el mal trago.

Sin embargo, a las pocas horas de eso, lo arrastraron a Azkaban, sin darle juicio si quiera. Sin dar oportunidad de que alguien declarar a su favor. Sin compasión.

Se destrozó los puños de golpear las paredes de la pequeña celda donde lo habían recluido, gritó hasta desangrarse la garganta y lloró, suplicó y maldijo hasta hartarse. Pero nada cambió.

Cada día era peor en esa fría celda y si logró mantenerse con vida durante quince años fue gracias al recuerdo de su Remus. Y a la quizás absurda esperanza de volverlo a ver algún día.

La explosión hizo vibrar toda la torre. Sirius se cubrió con los brazos encogiéndose en si mismo. Escuchó los gritos y las risas, reconoció algunas. La luz que entraba era demasiado intensa y le lastimaba los ojos acostumbrados a las penumbras de la cárcel. En cuanto se acostumbraron, notó que en el muro de toda esa ala de Azkaban había un agujero causado por la explosión.

Era el momento de escapar. Por fin vería a Remus, si es que seguía vivo


—Greyback dijo que no te podíamos decir —dijo Ylva en voz baja— pero no me pude resistir. Black era tu amante, ¿verdad?

Remus alzó la cabeza con esfuerzo y miró a la mujer lobo que sonreía a unos centímetros de su rostro.

—Se escapó —soltó una risa aguda—, hubo una fuga masiva en Azkaban anoche, y tu adorado humano está en la lista de quienes huyeron. Qué lastima que no puedas ir a correr a sus brazos, ¿no crees? —volvió a reír.

Remus gruñó y se abalanzó contra ella. Las pesadas cadenas que lo retenían se agitaron cuando él se impulsó hacia el frente, clavándose en sus muñecas y obligándolo a retroceder de nuevo. Gruñó furioso arrancando una carcajada cruel de Ylva.

—Pobrecito Remus. Cuando volviste como el hijo pródigo a los brazos de nuestro padre, creíste que no habría consecuencias. Mírate ahora. ¿Cuántos años llevas así? ¿Cinco? ¿Seis? Eras su favorito, y ahora no eres más que una bestia encadenada. Debería darte las gracias, si no te hubieras ido, yo no sería su favorita. ¡Yo no pienso desaprovecharlo!

Dicho eso Ylva dio un giro, como una bailarina torpe, y empezó a alejarse riendo como una loca.

Remus dejó caer la cabeza derrotado, una lágrima recorrió su mejilla, pero, oculta por el cabello largo una sonrisa se extendió por el rostro de Remus. Sirius estaba vivo, y ahora era libre.

Se preguntó si lo buscaría. Una parte de él deseaba con desesperación que así fuera, pero otra parte rogaba porque no lo intentara. La manada había crecido, y ni siquiera varios magos podrían contra ellos, mucho menos uno sin varita.

Lo que necesitaba hacer era escapar él. Antes no tenía tanta motivación para hacerlo. Poco a poco un plan se fue formando en su cabeza. Lo único que necesitaba era esperar a la luna llena, pronto estaría junto a Sirius.


Nunca pensó que le tomaría tanto tiempo encontrar la localización de la manada de Fenrir. Tratar de evitar tanto mortífagos como al Ministerio lo había hecho más complicado. Pero finalmente, después de muchos meses de investigar sobre lo que había ocurrido después de su encarcelamiento había descubierto que Remus había vuelto a su manada.

Se apareció a unos kilómetros de ahí, la noche de luna nueva, para encontrarlos lo más debilitados posible. Sabía que eso era prácticamente una misión suicida, pero si tenía suerte y encontraba a Remus antes de que lo destrozaran… primero tenía que encontrarlo, claro.

Embarrado de lodo para tratar de ocultar su olor se acercó con un encantamiento desilusionador, apretando con fuerza la varita robada. Finalmente identificó el campamento de los lobos. No sabía qué se iba a encontrar, porque Remus casi no hablaba de ellos, así que le sorprendió encontrarlo bastante parecido a un campamento común y corriente, con tiendas de lona acomodadas en círculo en torno a una hoguera. Desde su escondite buscó con la mirada, tratando de adivinar en cuál podría estar Remus, pero todas eran similares. Vio salir a algunos hombres y mujeres, pero ninguno era quien esperaba. El frío se estaba colando en sus huesos y la posición incómoda había hecho que se durmieran sus piernas, pero temía moverse. Quería observar hasta que encontrara a Remus.

—Mira lo que encontré —una voz grave detrás de él le provocó un escalofrío.

Unas gruesas manos se aferraron de sus hombros y lo obligaron a levantarse. Las garras se le clavaron en la piel, sin herirlo, pero causándole dolor. El hombre lo arrastró hasta el centro del campamento.

—¡Greyback! —gritó—. ¡Tengo una sorpresa!

De una de las tiendas salió Greyback, mucho más lleno de cicatrices y horrible de lo que Sirius lo recordaba. Una sonrisa hambrienta se dibujó en su rostro.

—Sirius Black, ¿a qué debemos tu visita?

El resto de la manada iba acercándose y Sirius quería mirarlos para ver si veía a Remus, pero temía dejar de observar al líder.

—Busco a Remus.

Todos se rieron. Sirius apretó los puños y los dientes.

—Remus no está —dijo Greyback cuando dejó de reír.

—¿Cuándo vuelve? —preguntó Sirius.

—Nunca —la sonrisa de Greyback le heló la sangre—, verás, tu adorado Remus quiso huir, creemos que fue para buscarte a ti, pero en la manada no nos caen bien los que abandonan, mucho menos dos veces.

—¿Qué le hicieron?

—Lo maté yo mismo.

—¡MALDITO!

Sirius alzó la varita y comenzó a lanzar hechizos. Los lobos se lanzaron contra él. No tenía forma de vencer, pero no le importaba. La razón de seguir vivo era Remus, y si él ya no estaba, entonces no tenía razones para seguir en ese mundo. En el otro, al menos, volvería a encontrarse con su amado. Pero no se iría sin luchar.

El sol lo obligó a abrir los ojos, intentó incorporarse y notó que encima de él había alguien, con esfuerzo lo movió a un lado y se sentó, la varita cayó al piso y rodó. Le dolía hasta la punta del cabello, se sentía débil y sediento. Miró a su alrededor, cuerpos tirados en todas partes, se miró él mismo, tenía varias heridas desagradables, pero casi no sangraban ya. Entre los jirones de su ropa pudo ver que lo habían mordido, arañado y golpeado. Y aún así, había sobrevivido.

Se dejó caer nuevamente al piso y cerró los ojos. Quizás acabara por morirse si esperaba. Pero no pasó, y el hambre y la sed lo obligaron a pararse de nuevo. Cojeó entre los cuerpos. Contó trece, pero ninguno de ellos era Greyback, el maldito había huido.

«Tengo que encontrarlo, y vengar a Remus. Si no morí, es por eso, tengo que terminar el trabajo, se lo debo».


Remus corrió entre explosiones y hechizos cruzados. Tenía una varita, arrancada de las manos de un mortífago al que no reconoció, nunca había estado tan agradecido por las enseñanzas de Sirius. Igual no era tan hábil en duelo y a ratos tenía que atacar con sus garras y su fuerza.

Su misión principal, autoimpuesta, era proteger a todos los niños que pudiera. Por el estado de algunos cuerpos que había encontrado, y gracias a otros de la Orden, sabía que Greyback estaba ahí.

Finalmente lo vio, inclinado sobre el cuerpo de una niña. Lanzó un hechizo para empujarlo lejos de ella. El hombre le gruñó, pero en cuanto vio quién era se enderezó.

—Remus, ¿vienes a suplicarme volver? Porque no creo que acepte esta vez.

—Vengo a matarte —afirmó.

—¿Por lo que le hice a tu novio?

Remus se detuvo a medio conjuro, y empezó a respirar con dificultad.

—¿Qué le hiciste a Sirius? —gruñó.

—Oh, no sabes —sonrió.

Esa sonrisa asquerosa que siempre le revolvía el estómago a Remus. Que cuando era un niño le provocaba pesadillas y después sólo le daba asco y lo hacía detestarlo día a día. Sin tener posibilidad de hacer nada, sin poder escapar de sus garras y el yugo que significaba el que lo hubiera convertido. Se decía su padre, pero no era más que un maldito monstruo, y no por su licantropía, sino por todo lo demás.

—El idiota pensó que podía acabar con toda la manada. Y aunque hizo muchos estragos, acabó muerto, por supuesto. ¿Qué esperaba? Éramos catorce contra uno, y él no era más que un débil humano, por muy mago que fuera.

Remus se olvidó de la varita, enloquecido se lanzó contra Greyback en una batalla de dientes, garras y fuerza bruta. El delgado cuerpo de Remus parecía en desventaja respecto a Greyback, pero el odio de Remus le daba fuerza. Convirtiéndolo en el vencedor.

Agotado y cubierto de sangre se desembarazó del cuerpo de Greyback, que cayó con un golpe seco al piso. Se limpió la boca con el brazo, solo logrando embadurnar más la sangre en su rostro. Se giró para acercarse a la niña, pero se detuvo en seco.

Frente a él, mirándolo con sorpresa estaba Sirius Black. Remus sonrió, con lágrimas en los ojos. Tambaleante se acercó a él, extendiendo las manos para tocarlo antes. Estaba seguro de que era un fantasma o una alucinación, pero no le importaba, estaba ahí. Podía verlo otra vez.

La sonrisa de Sirius se hizo más grande y empezó a caminar hacia él también. Parecía demasiado corpóreo y a Remus se le ocurrió que Greyback podría haber mentido.

—Siri…

—¡REMUS, CUIDADO!

Sirius apuntó la varita y lanzó un hechizo que le pasó rozando a un lado. Remus se giró para ver a quién debía darle apenas para ver la luz verde acercarse a él y golpearlo de lleno en el pecho. El grito de Sirius resonándole en la cabeza unos segundos más antes de exhalar por última vez.


Sirius vio impotente como el cuerpo de su amado caía unos segundos antes que el de su asesino. Vuelto loco de dolor gritó y corrió a su lado, agitándolo y suplicándole que despertara. Pero sabía que era en vano. Lanzó un aullido que heló la sangre de todos los que lo oyeron, pues estaba cargado de todo su dolor, frustración y tristeza.

—Me dijeron que estabas muerto —le dijo al cuerpo de Remus, abrazando su cabeza contra su pecho—, y yo les creí por estúpido.

Se inclinó para besarlo. Aún estaba caliente, y eso sólo le dolió más a Sirius. Las lágrimas empaparon el rostro inerte de Remus mientras que Sirius seguía besándolo, como si pudiera pasarle parte de su vida, parte de su aliento vital, para que volviera a él, aunque sabía que eso no ocurriría.

No lo vio venir, y aunque lo hubiera hecho, no le hubiera importado. Cuando el hechizo asesino que lanzó Bellatrix le dio en la espalda, Sirius ya estaba muerto en vida, pues había perdido lo único que le importaba.


Tonks miró con tristeza los cuerpos de los dos hombres abrazados en medio del patio. Reconoció a uno de ellos, Sirius Black, su tío, el mortífago.

Por la manera en la que Sirius sostenía contra si el cuerpo del otro hombre supo que era alguien importante para él y no pudo evitar sentir muchísima lástima por ellos. Incluso antes de levitar sus cuerpos para llevarlos a donde estaban reuniéndolos decidió que los enterraría juntos. No conocía su historia, pero no le cabía duda, ellos dos se habían amado mucho, si incluso en la muerte se abrazaban.