JUNTOS Y REVUELTOS

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Esta historia participa en el Reto #47: "Larga vida a tu OTP" del foro Hogwarts a través de los años.

El reto consiste en escribir una historia sobre tu pareja favorita, teniendo en cuenta una condición determinada. Mi OTP es el Percy/Audrey y mi condición es que se mudan juntos y ahí empiezan los problemas de convivencia.


Las cosas no fueron sencillas para Percy Weasley cuando se alejó de su familia, pero al menos aprendió a cocinar. Tuvo que hacerlo para poder sobrevivir y se sentía orgulloso de ello. No era sorprendente en absoluto que se le diera fenomenal. Siempre fue de los mejores en clase de Pociones y, las pociones y la cocina, eran muy parecidas. Y, no era por presumir, pero Percy Weasley solía hacerlo todo bien.

Por ese motivo, era el segundo al mando en la cocina de Molly Weasley. Todos los domingos, la familia al completo se reunía para comer en La Madriguera. Percy se ponía su mandil, agarraba la varita y preparaba los ingredientes con bastante celeridad. Su madre no le permitía hacer mucho más.

—Los fogones son míos.

—Pero si siempre te quejas porque no te ayudamos.

—¡A cortar y a callar!

Percy obedecía su orden y escuchaba todo lo que su progenitora tenía que decir. Le hablaba de Charlie, que era el único que estaba fuera de Inglaterra y nunca iba a las reuniones familiares.

—Sé que no me ha querido decir nada para que no me preocupe, pero seguro que esa quemadura de la mano fue gravísima. ¡Ay, este muchacho! ¡A quién se le ocurre!

Luego, miraba por la ventana y observaba a Bill mientras jugaba con su única hija. A veces, fruncía el ceño cuando veía a Fleur. Otras, sólo agitaba la cabeza y se resignaba ante la realidad.

—Victoire es preciosa. Voy a regalarle una muñeca por Navidad. Y menos mal que tu hermano aceptó ese puesto de oficina en Gringotts. Ya no tiene edad para ser rompedor de maldiciones.

A continuación, acostumbraba a quedarse callada. Percy sabía por qué. Era el turno de hablar sobre George. Y George aún dolía porque Fred no estaba. Percy la observaba con preocupación y esperaba porque, al final, sonreía al mirar a su hijo, el único de los gemelos que quedaba con vida.

—¡Quién me iba a decir que la tienda iba a funcionar tan bien! Menos mal que tiene a Angelina. Es buena chica.

Angelina siempre jugaba al quidditch con sus hijos menores. Molly se encogía cuando pasaban cerca de la ventana o se perdían entre las ramas de los árboles.

—¡Este Ron! ¿Por qué no se casa de una vez, Percy?

—No lo sé, mamá.

—Y ahora dice que no quiere seguir siendo auror, que quiere ayudar a George con la tienda.

Molly agitaba la cabeza y sonreía porque, aunque protestara, le encantaba la idea de que uno de sus hijos huyera del peligro. Percy dudaba mucho que estuviera a salvo. Sortilegios Weasley era un lugar calamitoso que prefería no visitar demasiado a menudo.

—Mira qué bien vuela Ginny. La mejor jugadora que hay en Inglaterra. Vaya que sí. Aunque, si quiere hijos, tendrá que retirarse. ¿No crees, Percy?

—Es muy joven. No me parece que quiera hijos. De momento.

—Ya veremos, ya.

Llegados a ese punto, Molly ponía los brazos en jarra y le miraba a él. Era su turno. Percy seguía troceando las verduras y procuraba pasar desapercibido, en un vano intento por evitar los reproches.

—¿Y qué hay de ti, Percy? ¿Cuándo vas a sentar cabeza?

Sentar cabeza. ¡Él! Si había nacido con más sentido de la responsabilidad que cualquiera de sus hermanos. Percy se encogía de hombros y comenzaba a hablar con su mejor tonillo ministerial.

—Ya estoy asentado, mamá. Tengo un puesto muy importante en el Ministerio y…

—No hablo de eso —Molly siempre le interrumpía agitando los brazos—. ¿Cuándo vas a casarte?

Percy siempre chasqueaba la lengua y ponía los ojos en blanco.

—Aún no es el momento, mamá.

—¿Y tampoco es el momento de que nos presentes a Audrey?

—Es muggle, mamá. No le he hablado de la magia aún.

—¿Por qué no?

—Tampoco es el momento para eso.

Molly entornaba los ojos y se acercaba a él. Pese a ser tan bajita, resultaba amenazante.

—No querrás vivir en pecado, ¿verdad?

—¿Qué?

—Ya me entiendes. Ni se te ocurra vivir con esa chica sin pasar antes por el altar. ¡No señor!

Y dicho eso, Molly se centraba en remover el guiso y freír patatas. Percy se quedaba con ella, aunque lo que más le apeteciera fuera desaparecerse para no tener que enfrentarse a esos reproches. Se sentaba frente a la mesa de la cocina y pensaba en Audrey y en todas las cosas que no le gustarían a su madre de ella.

El hecho de que careciera de magia, era lo menos importante. Los problemas de Audrey eran de otra índole. Para empezar, no le gustaba demasiado el matrimonio.

—Es sólo firmar un papel, Percy. A mí no me hace falta casarme.

Tampoco sabía cocinar.

—Prefiero pedir la comida por teléfono. ¿Qué te apetece?

Y, desde luego, no tenía ni idea de cómo tejer un jersey.

—Esta tarde voy a ir de tiendas. ¿Te vienes?

Percy cometió el error de acompañarla una vez. Nunca más.

Audrey tampoco era una chica discreta. Le gustaba besarle en público y llamaba la atención con su voz chillona y su risa de cabra. Sí. De cabra.

—¡Venga, Percy! ¡No seas así! ¡Un besito!

A Percy sí que le gustó besarla frente al Big Ben. Una y mil veces. Por desgracia, Percy no era el primer chico al que Audrey besaba.

—¿Novios? He tenido tres. ¿Y tú?

—Una.

Conociendo a su madre, bien podría verla como a una femme fatale, aunque Audrey soliera llevar el pelo negro peinado con dos trenzas y usara casi todo el tiempo la ropa que llevaba para trabajar en una guardería muggle. Y es que Audrey le gustaban los niños, pero no sabía si quería ser madre.

—¿Hijos? Pero si sólo llevamos juntos un año. ¿Cómo puedes pensar en eso?

No. Definitivamente, Molly Weasley no aprobaría a Audrey. No si sólo se fijaba en la superficie y desconocía ciertas cosas de la chica. Como que tenía cosquillas hasta en el cielo de la boca. O que le encantaba la tarta de chocolate y todo el chocolate en general. O que tenía dos estanterías gigantes repletas de libros. O que de pequeña aprendió ballet y siempre caminaba con la espalda recta.

No. Molly Weasley nunca sabría que a Percy le encantaba la forma que tenía Audrey de quitarle la corbata y llevarlo a la cama. Ni que poseía una incomprensible cantidad de zapatos de tacón rojos. Ni que casi nunca hablaba de su padre. Ella no podía saber que a Audrey le gustaba sentarse en el parque y jugar a adivinar cómo eran las vidas de los desconocidos. Y tampoco que solía llorar por todo.

—Incluso con los anuncios de papel higiénico, Percy.

Molly Weasley no podría comprender que Audrey era un ser complejo y maravilloso si no se la presentaba, pero le aterraba hacerlo. Menudo Gryffindor estaba hecho. No quería contarle a Audrey que era un brujo y que ella saliera corriendo de su vida para siempre. Prefería vivir en esa realidad paralela que había creado para los dos.

Después de la guerra, Percy regresó a La Madriguera. Sentía la necesidad de mantenerse junto a la familia y, además, le gustaba pensar que le necesitaban. Sin embargo, con el tiempo buscó su propia casa. Un coqueto apartamento en el Callejón Diagon, con un solo dormitorio y una ventana minúscula. Un apartamento que apenas utilizaba porque, si no estaba en el Ministerio, estaba en La Madriguera o con Audrey. Su casa era, básicamente, un lugar en el que dormir y guardar la ropa.

—Esto casi está —Molly tenía un cucharón en la mano y saboreaba apreciativamente su guiso—. Percy, cielo. ¿Puedes poner la mesa?

—Claro, mamá.

El joven brujo procedió. Hechizó platos, vasos y cubiertos y los depositó en sus lugares correspondientes con enfermiza precisión. Se sintió bastante satisfecho hasta que la familia invadió la cocina y acabó con todo el orden establecido. En otro tiempo, a Percy le hubiera molestado. Ese día, sonrió y dejó que Victoire se subiera a sus piernas.

Era genial pasar un día más en La Madriguera.


Percy le dio un beso a Audrey y se sentó en la cama. Extendió los brazos hacia el suelo y localizó la ropa interior, enredada entre las sábanas. Comenzó a vestirse tranquilamente. Tenía el pelo alborotado y marcas de mordiscos en el cuello y de uñas en la espalda. Cuando se levantó, Audrey le dio una cachetada en el trasero.

—¡Oye!

Ella se empezó a reír. Escandalosa y muy poco elegante. Percy bufó y se dio media vuelta. No puedo evitar darle un nuevo beso. Sabía perfectamente que, si las caricias continuaban, llegaría a casa a las tantas. De hecho, ya eran las tantas. Así pues, hizo un gran esfuerzo para separarse de la chica.

—Es tardísimo, Audrey. Tengo que irme ya.

—¿Por qué?

—Mañana tengo que madrugar.

—¿Por qué no te quedas, Percy?

Él se había reído, incrédulo. Pero ella había permanecido imperturbable. Hablaba muy en serio y, aunque Percy buscó alguna razón que le impidiera quedarse allí, no encontró ninguna. Sonriendo, se colocó sobre ella y le sonrió.

—Eso digo yo. ¿Por qué no me quedo?

Y se quedó, aunque ciertamente no durmió mucho. Cuando se despertó, antes del amanecer, Audrey estaba tumbada boca arriba, con la cara cubierta por el pelo y roncando suavemente. Percy la observó durante un buen rato, hasta que la voz de su conciencia le recordó que estaba a punto de llegar tarde al trabajo y que, encima de todo, tendría que usar la túnica del día anterior. Lamentando tener que renunciar a la compañía de la chica, fue al aseo y decidió que se daría un baño.

No fue tarea fácil. Una ducha muggle no era algo con lo que lidiara demasiado a menudo. El agua salía demasiado fría o demasiado caliente y la superficie de porcelana se escurría muchísimo. Al final, Percy se torció un tobillo y salió con la piel roja y los pelos de punta. Prefirió no secarse al modo tradicional (había tenido suficiente por una mañana) y utilizó la varita para eso y para arreglarse el cabello. No estaba perfecto, pero tenía un acepto presentable.

Se vistió en el dormitorio, procurando no hacer nada de ruido, y fue a la cocina para comer algo. Una vez allí, Percy no entendió gran cosa. Casi nunca había estado en esa habitación y no se parecía en nada a la cocina de La Madriguera. Era pequeñita y estaba repleta de muebles blancos hasta el techo. Había un fregadero y, a su lado, una despensa. Percy había visto a Audrey sacar cosas de allí dentro, así que abrió la puerta y se llevó un pequeño sobresalto cuando una lucecita se encendió. "Cosas de muggles", pensó, y analizó los alimentos que Audrey almacenaba.

Fruta con pelusilla, botes de cerveza que Percy había probado en alguna ocasión y que no le gustaban nada de nada, y una botella de cristal con agua. Nada más. Percy puso los ojos en blanco, pensando que su novia necesitaba hacer algo para mejorar su alimentación. ¿Qué se suponía que desayunaba Audrey? ¿Cerveza?

A Percy no le convenció ninguno de los productos que había en el interior de la despensa, así que buscó en los muebles. Encontró una bolsa de patatas fritas que también había probado y que no le gustaban, y una caja de copos de avena. Percy los observó con atención y, puesto que se parecían ligeramente a los cereales que les servían en Hogwarts, cogió un puñado y se lo echó a la boca.

Su primer desayuno en casa de Audrey no fue gran cosa. Volvió al dormitorio y, tras asegurarse de que seguía dormida, se metió en el baño y se desapareció. Pasó buena parte del día pensando en ella. Iba a sugerirle que comprara productos frescos. Él podría ayudarle a cocinarlos sin ningún problema, aunque primero tendría que aprender a usar unos fogones muggles. No había visto ningunos en casa de Audrey. Tan solo un cristal negro sobre la encimera, que se calentaba muchísimo y sobre el que su novia ponía la sartén cuando quería hacer palomitas de maíz.

—Estas me gustan más que las del microondas.

Percy la convenció para llenar la despensa (se llamaba frigorífico, en realidad) de cosas que pudieran cocinarse y, en las sucesivas semanas, se convirtió en el chef oficial de la casa. Cuando terminaba de trabajar, iba al piso de Audrey y se ponía creativo. Incluso había empezado a realizar recetas muggles y casi nunca utilizaba la varita. Imposible con Audrey rondando por ahí.

—Te he dejado el cajón de arriba de la mesita para que guardes los calcetines y los calzoncillos.

Se lo había dicho una noche, mientras Percy hacía una tortilla con setas. Él había asentido, consciente de la falta que le hacía tener un espacio propio. No podía seguir dejando su ropa encima de una silla.

—En la balda de arriba puedes dejar el cepillo de dientes y el champú.

Eso se lo dijo varios días después, cuando Percy tiró al retrete unos tampones de Audrey. Accidentalmente, por supuesto.

—Me he dado cuenta de una cosa, Percy.

Audrey se había sentado frente a la mesa de la cocina. Estaba en pijama y tenía el pelo recogido. Percy, apenas la miró. No quería que se le pasara el punto de la carne. Había comprado unos filetes de ternera riquísimos en un local muggle y aún no podía creerse que pudieran tener cosas tan ricas.

—¿De qué?

—Estamos viviendo juntos.

Percy dio un respingo y estuvo a punto de tirar la sartén al suelo. Recordó lo mucho que le había costado acostumbrarse a cocinar sobre la vitrocerámica (así se llamaban los fogones muggles). Audrey incluso le había mirado de forma rara mientras le enseñaba a utilizar el control digital. ¡Si ella supiera!

Pero eso ya no tenía importancia. Percy era capaz de defenderse en la cocina, aunque no entendiera del todo cómo podía funcionar el microondas y no se fiara ni un pelo de él. Lo que acababa de decir Audrey era demencial. Ellos no estaban viviendo juntos. Él tenía un piso en el Callejón Diagon. Pagaba el alquiler todos los meses y estaba lleno de sus cosas. Claro que, el piso de Audrey también. Tres días antes, le había hecho hueco en el armario y Percy había tenido que poner un hechizo a sus túnicas para que parecieran chaquetas y pantalones vaqueros.

—Tú también te habías dado cuenta, ¿no?

Percy tartamudeó, incapaz de decir algo coherente. Al final, apretó los labios y negó con la cabeza.

—No creo. Tengo mi piso.

—Pero duermes aquí todos los días. Cocinas aquí y lavas tu ropa aquí. Tienes ocupados la mitad de los muebles con tus cosas. Hemos tenido que comprar una estantería nueva para tus libros. Vives aquí, Percy.

Percy echó un vistazo hacia la sala de estar. Desde allí podía ver su estantería, repleta de libros que también tenían puesto su correspondiente hechizo. Pensó en todo lo que Audrey había dicho y tuvo que asentir.

—Es verdad.

Audrey sonrió y se puso en pie.

—La carne, Percy.

—¿Qué?

—La carne. Se te va a quemar.

La apartó del fuego rápidamente. Necesitó un poco más de tiempo para hacerse a la idea de que estaba haciendo realidad uno de los peores temores de su madre: que sus hijos convivieran con sus parejas antes del matrimonio.


Percy no le había dicho a nadie que dejaba el piso del Callejón Diagon, así que le sorprendió muchísimo que George se presentara allí justamente el día que se llevaba sus últimas cosas. Apareció bajo el umbral de la puerta de entrada, sonriente y con ese brillo chispeante que tuvo en los ojos antes de la muerte de Fred. Un brillo que desapareció durante mucho tiempo y que estaba volviendo poco a poco, conforme el dolor de la pérdida se apaciguaba.

—Vaya, vaya. Así que Percy Weasley tiene un secreto.

Percy le miró. Pensó en hacerse el tonto, pero supo que su hermano no pararía hasta sonsacarle la verdad. Masculló una maldición, preguntándose quién le había ido con el chisme.

—Sólo me mudo.

—¿En serio? ¿Y dónde te vas?

Percy optó por no responder. George se acercó un poco a él y echó un vistazo a la casa vacía.

—¿Quién te ha dicho que me voy?

—Soy amigo de tu casero.

—¡Qué discreto!

George sonrió y le pasó un brazo por encima de los hombros.

—Vamos, Perce. No pongas esa cara y dime dónde te vas.

Percy se estremeció al escuchar a George llamarlo por ese nombre. Sólo Fred lo había hecho antes que él. Solo George lo hacía ahora. Suspiró, resignado ante lo inevitable.

—No se lo puedes decir a mamá.

—¿Tan mal te has portado?

—Hablo en serio, George. No se lo digas.

George le soltó, se puso frente a él y cruzó los brazos. Fue solemne cuando habló de nuevo.

—Seré una tumba.

Percy suspiró y dejó escapar la verdad.

—Estoy viviendo con Audrey.

—¿Audrey? ¿Esa chica muggle?

—Mi novia.

—Tu novia.

—Sí.

—¿Esa novia que no has presentado a nadie?

—La misma.

—Pensaba que no existía.

—Pues existe. Y yo insisto, George. No se lo digas a mamá.

George sonrió y comenzó a moverse. Se acercó al ventanuco que daba a un patio interior y frunció el ceño.

—La verdad es que no sé cómo podías vivir aquí. ¡Qué piso más feo!

—Me lo alquiló tu amigo.

—¿Y qué? Eso no lo hace más bonito.

Percy observó a su hermano mientras examinaba todos los rincones. Se preguntó si estaría tramando algo. Con George, nunca se sabía. En un momento dado, volvió a encararse con él.

—¿Se lo has dicho ya?

Percy no entendió a qué se refería y George se lo aclaró antes de que le preguntara.

—¿Le has dicho a Audrey que eres mago?

Percy se quedó pasmado. Eso no se lo esperaba.

—No.

—¿Y te vas a ir a vivir con ella de todas formas?

No sonaba muy responsable ni digno de él. George incluso parecía estar divirtiéndose con la situación.

—Llevo en su casa un par de meses.

—Y no le has dicho nada.

—No.

—¿Cuándo piensas decírselo?

—Cuando esté preparada.

—¿Cuándo estará preparada?

Percy suspiró. No tenía una respuesta para eso. Se encogió de hombros y se apoyó en la pared. Esa charla con George estaba resultando ser agotadora. Lo prefería cuando se metía con él y le gastaba bromas. George Weasley en plan sensato era bastante molesto y le generaba dudas existenciales.

—No lo sé, George. Déjame.

—No quiero pecar de responsable, Percy, pero no puedo dejarte. Es un asunto muy serio.

—Ya lo sé.

—¿Por qué no quieres enfrentarlo?

Porque le daba miedo. Porque no quería perder a Audrey. Apretó los dientes y no respondió. George se acercó a él y le puso una mano en el hombro.

—Piénsalo, Percy. Cuánto más tiempo tardes, peor será.


—Percy, ¿cuánto te queda?

—Cinco minutos.

—¿Por qué has cerrado la puerta?

—Me gusta conservar mi intimidad.

—¿En serio?

Audrey puso los ojos en blanco. No pudo ver cómo Percy bufaba al mismo tiempo que señalaba lo obvio. Una cosa era vivir juntos y otra muy distinta usar el cuarto de baño al mismo tiempo. Cinco minutos más tarde, Percy golpeó la puerta de nuevo.

—Tengo que coger el autobús. Voy a llegar tarde al trabajo. Otra vez.

Empezaba a perder la paciencia, pero Percy escogió ese momento para salir, vestido con un elegante traje gris. Audrey suspiró, aliviada, y se quitó la camiseta incluso antes de que él abandonara por completo la estancia.

Percy pensaba trazar un plan que les permitiera organizarse mejor por las mañanas. Si Molly Weasley pudo hacerlo en La Madriguera con siete hijos y un marido despistado, Audrey y él no debían encontrar ninguna dificultad.

—¿Cómo puedes tardar tanto en asearte, Percy? —le había preguntado Audrey a principio de la convivencia—. ¡Sólo es una ducha!

—Tener un aspecto respetable requiere de tiempo y paciencia.

Audrey no le había contestado entonces, pero al día siguiente se metió primero en el cuarto de baño y le devolvió el favor.

—¿Media hora para hacer una trenza? ¿En serio?

Audrey se había encogido de hombros y prácticamente se rio en su cara. Desde entonces, cada amanecer se veían inmersos en una carrera por acceder a la ducha en primer lugar. Lidiar con esa situación era un incordio, pero no era lo peor que les había ocurrido durante la convivencia.

—Percy, se ha estropeado el equipo de música.

—Percy, la televisión no funciona.

—Percy, ¿no habrás metido papel de aluminio en el microondas?

Era injusto que le hiciera esa pregunta porque sólo lo había hecho una vez. Y sin consecuencias, puesto que Audrey le impidió poner el funcionamiento el aparato.

—Creo que nos ha mirado un tuerto —afirmó Audrey cuando el DVD soltó unas chispitas y olió a quemado.

—¿Qué?

—Que alguien nos ha echado una maldición.

—No creo.

—No puede ser que se estropeen todos los electrodomésticos de casa. Estamos malditos.

Percy se había mordido el labio. Debía dejar de utilizar magia en casa. La magia estropeaba los cachivaches muggles y lo tenía más que comprobado. Le hubiera gustado tranquilizar a Audrey. Estaba bastante convencido de que no hablaba en serio cuando decía lo de la maldición. Por si acaso, hubiera estado bien explicarle cuál era el problema real. Llevaba tanto tiempo aplicando hechizos a sus objetos para ocultar su verdadera naturaleza, que el ambiente del piso estaba cargado de magia.

—No entiendo qué le pasa a mi pelo. Maldita sea. Ni que hubiera metido los dedos en un enchufe.

No importaba que Audrey se lo empapara de agua e intentara sujetarlo con potingues muggles, al final se erizaba y su cabeza parecía un inmenso puffskein de color negro. Menos mal que le gustaban las trenzas.

Percy no podía negar que la mayoría de los inconvenientes que estaban afrontando eran por culpa de la magia, pero Audrey también tenía lo suyo. A veces, se dejaba sobre la mesa las témperas de la guardería y le llenaba los pergaminos ministeriales de motitas multicolores. En general, era bastante desordenada.

—¿Qué hace esto aquí, Audrey?

—Lo he puesto yo. Es su sitio.

—Ni hablar. Está mejor allí.

—Déjalo donde está.

—Tienes que entender las ventajas de dejarlo donde yo te digo.

—Lleva ahí desde que me mudé al piso. Déjalo.

Percy tenía que hacerle caso. Debía reconocer que Audrey se las apañaba bastante bien encontrando objetos en su propio caos. Otra cosa muy distinta era que pretendiera destrozar su orden.

—¿Has tocado el frigorífico?

—He dejado unas cervecitas dentro. Jane vendrá a ver una peli esta noche.

—Pues le has roto las hojas a mis lechugas.

—Mételas en el cajón de las verduras.

—No caben. Y, además, me gusta dejarlas ahí.

—Pues lo siento por tus lechugas, pero las cervezas se quedan dónde están.

Ese día, Jane no fue a casa porque la tele se rompió. Audrey había parecido devastada al perder sus cacharros, uno por uno, y Percy prometió que lo arreglaría. Lo de los electrodomésticos, lo del horario del baño y lo de la organización del piso.

Sabía que la solución a todos sus problemas sería fácil. Si le dijera a Audrey la verdad, no tendría que hechizar sus cosas constantemente, podrían aparecerse con ella en la puerta de la guardería y modificaría la mente de la chica para volverla organizada. Bueno, eso último no. No estaría bien visto.

Sí. Era fácil arreglarlo, pero no estaba seguro de cómo hacerlo. No sabía si Audrey estaba preparada para escucharle decir que era un mago y él seguía sin querer que saliera corriendo.

—¡Oh, no! ¡El frigorífico!

Percy dio un respingo al escucharla gimotear y se horrorizó al ver el panorama.

—¡Mis verduras!

—¡La cerveza!

—Mañana mismo compraremos uno, Audrey. Esto no va a quedar así.

Percy cumplió con su palabra. No fue al día siguiente, pero lo hizo. Y Audrey volvió a preocuparse por el asunto.

—Tal vez no sea una maldición, pero hablaré con el casero.

—¿Por qué?

—Debe haber algún problema con la instalación eléctrica. Le diré que lo arregle o nos buscaremos otro sitio en el que vivir.

A Percy no le hizo gracia. Le gustaba ese piso y odiaba las mudanzas. Además, lo que decía no tenía ningún sentido. No sabía qué era una instalación eléctrica, pero no estaba haciendo nada malo.

Percy carraspeó, indeciso. Era un buen momento para lanzarse a la piscina y decirle la verdad. Bajó los pies del sofá y los puso sobre la alfombra. Se revolvió el pelo y puso la espalda muy recta. Audrey parecía intrigada, sobre todo por la parte del pelo. Percy sólo se despeinaba si estaba nervioso.

—¿Te pasa algo?

No se lo pensó ni un segundo más.

—Tengo que confesarte algo.

Audrey frunció el ceño. A Percy le hubiera gustado saber qué estaba pensando, pero permaneció callada a la espera de que siguiera hablando.

—Yo he roto todos los electrodomésticos.

—¿Tú? —Audrey se movió muy lentamente hasta quedar sentada a su lado—. ¿Por qué?

—No lo he hecho a propósito, pero he sido yo.

—¿Cómo?

—Con magia.

Audrey alzó una ceja y, después, soltó una carcajada.

—¡Venga ya!

—Hablo en serio. La magia interfiere con la electricidad y rompe las cosas.

Era el momento. Audrey salía corriendo y no volvía a verla nunca más. En lugar de eso, le puso una mano en la frente y le tomó el pulso.

—¿Qué haces?

—Creo que tienes fiebre. Voy a por el termómetro.

Hizo ademán de levantarse, pero Percy la sujetó por la muñeca.

—No estoy delirando, Audrey.

—Yo creo que sí.

—No, Audrey.

Discutir sobre ese asunto no les llevaría a ninguna parte. Percy sacó la varita, apuntó al libro que descansaba sobre la mesita auxiliar y pronunció las palabras mágicas.

¡Wingardium Leviosa!

Obtuvo el resultado esperado. El libro flotó en el aire y Percy lo hizo avanzar en dirección a Audrey. Ella tenía la boca abierta y los ojos se le salían de las órbitas. Percy dejó caer el libro sobre sus manos. De inmediato, Audrey se tocó la frente.

—Tú tampoco estás delirando.

—Peroperopero.

—No puede ser. Es imposible. Esto no está pasando. Pero es, Audrey. Es posible y está pasando.

Audrey boqueó como un pez. Ahora sí, saldría corriendo. Miró el libro y lo depositó sobre la mesa, tratándolo como un artificiero trataría una bomba.

—Has hecho magia.

—Sí.

—Y esa magia lo está rompiendo todo.

—Sí.

Audrey lo miró muy fijamente. De pronto, se cruzó de brazos y alzó el mentón.

—Pues ya lo estás arreglando. ¡Faltaría más!

Y dicho eso, se encerró en el dormitorio.

No se lo había tomado tan mal, después de todo.


—Mamá. Esta es Audrey.

Molly Weasley observó a la chica con atención. Bajita, flacucha, paliducha y poquita cosa. Pues vaya.

—Encantada.

Sonrió de tal forma que incluso Percy se creyó que le había causado buena impresión. Audrey sonrió ampliamente, mostrando un par de filas de dientecillos blancos y bonitos, y estrechó la mano de su suegra.

—Me alegro mucho de conocerla, señora Weasley. Percy me ha hablado mucho de usted.

—Percy dice que estáis viviendo juntos.

—Sí, señora.

—¿Y te parece decente?

Percy se quedó tan pasmado que no supo qué decir. Audrey se puso muy roja y Arthur Weasley se carcajeó con tanta fuerza, que todos en Inglaterra se volvieron para mirarle.

—¡Qué cosas tienes, Molly!

Con una soltura asombrosa, Arthur le pasó un brazo por los hombros a Audrey y estrechó su mano.

—Mi esposa es tan bromista. Estamos encantados de tenerte en casa. Percy nos ha dicho que eres muggle.

—Así es, señor Weasley.

—¡No me llames señor Weasley, por Merlín! Soy Arthur.

—Claro, Arthur.

—Cuéntame cosas, Audrey.

—¿Qué clase de cosas?

—Háblame sobre los muggles. Todo lo que sepas.

Percy no pudo seguir escuchando la conversación. Su padre había introducido a Audrey en La Madriguera y no pensaba liberarla en todo el día. Molly no parecía tan contenta con la situación. Tenía el ceño fruncido y los brazos en jarra. Parecía muy enfadada con él.

—No me esperaba esto de ti, Percy.

—Ya lo hemos hablado, mamá. No pasa nada por convivir un poco antes del matrimonio.

—Eso lo dirás tú. A mí me parece una indecencia.

—Vale. Pues enfádate conmigo, pero sé amable con Audrey. Está asustada.

Molly pareció una hidra rabiosa.

—¿Tan mal le has hablado de nosotros que nos tiene miedo?

—No es eso, mamá. Es por la magia. Todo esto es nuevo para ella. Ha flipado cuando ha visto La Madriguera.

—Sólo es una casa.

—Las casas de los muggles no se parecen en nada a las nuestras. Es normal que esté sorprendida.

—Ya.

—Mamá, por favor.

Molly observó a su marido y a su nueva nuera. Arthur parecía realmente dichoso y la chica estaba siendo amable con él. De pronto, se rio. Como una cabra.

—¿Qué es eso? ¡Por Merlín Bendito!

Percy se encogió de hombros. Esa risa no era lo que más le gustaba de Audrey.

—Estoy seguro de que te va a caer bien. Dale una oportunidad.

—¡Cómo si tuviera otro remedio!

Molly decidió que no merecía la pena seguir discutiendo con Percy y se dispuso a pisar terreno seguro: la cocina. Su hijo sólo tardó un segundo en seguirla. Estaba reflexionando sobre su nueva vida. Había unido dos realidades diametralmente opuestas y, contra todo pronóstico, había salido bien. Se sentía feliz, aunque Audrey siguiera siendo un poco desordenara y tuviera una risa horrible. Por el momento, no podía pedirle nada más a la vida.


Retomar a Percy y a Audrey siempre es un placer. Me ha gustado mucho escribir esta historia y espero que la hayáis disfrutado tanto como yo. Besetes y hasta la próxima.