PRÓLOGO
Grant Park, Chicago, 1860
Se sentía tan feliz, que el tiempo volaba en esa ciudad que le parecía sobrecogedora. Asistía a bailes, al teatro, visitaba monumentos, y no estaba cansada de toda esa actividad sino encantada, salvo por una extraña sensación que la incomodaba, sobre todo en ese momento pues tenía la sensación de que la observaban. No estaba segura, pero el cosquilleo en la nuca se había vuelto incesante durante esos días. Miró detenidamente a los paseantes que conversaban de forma entretenida en Grant Park que le pareció enorme. En un banco cercano se encontraban dos muchachas que reían y conversaban de forma animada. Enfrente de ella, una mujer esperaba a alguien: tamborileaba con los dedos sobre un libro de forma impaciente. El resto de las personas no le parecieron lo suficientemente interesantes como para seguir con su escrutinio. Miró de nuevo el cuadernillo que tenía en las manos, y siguió dibujando todo lo que veía.
Cuando regresara a Inglaterra, al menos se llevaría un hermoso recuerdo. Miró hacia el sol, y comprobó que quedaban todavía horas para que se ocultara. Lady Warren y lord Philips, sus amigos, habían decidido comprar algunas bagatelas en una de las callecitas del parque, pero ya tardaban más de la cuenta, aunque no se arrepentía de haberse dado una escapada en soledad para dibujar el hermoso jardín pues era mucho más interesante de lo que había esperado. La visita al zoológico le había parecido demasiado estresante porque disponían de poco tiempo. Le quedaban solo cuatro días para que concluyera ese viaje a la ciudad, y ya había agotado tres, aunque los había aprovechado al máximo.
Candice White, Candy como dulcemente le decían sus mas cercanos, única hija del marqués de Dartmoor, se sentía muy feliz de que sus padres la hubieran llevado consigo en su viaje a las colonias. El noble lo había decidido en el último momento y contra la opinión de la esposa, pero a él no le apetecía estar tantos meses sin la compañía de su hija. El marqués iba a comprar una extensa propiedad en el este, y la parada en Chicago había sido obligatoria para disfrutar de los paisajes e interactuar con la sociedad de la ciudad. Para convencer a su esposa de lo apropiado que era llevarse a la hija en el viaje, había puesto como excusa la necesidad de que la joven adquiriera un apropiado guardarropa para su presentación en sociedad en la próxima temporada, y su esposa se indignó por la sugerencia pues ella creía que las mejores modistas estaban en Londres. Pero Robert White se había salido con la suya, y la hija terminó acompañando a los padres en ese viaje tan largo, pero del que estaba encantada.
Volvió a alzar su vista de las hojas del cuadernillo y miró los dibujos que ya había terminado. La verdad es que se le daba bastante bien manejar el carboncillo a mano alzada. Candy había dibujado elegantes plazas, algunos establecimientos que le parecieron curiosos, y las interminables avenidas de la ciudad. Chicago le parecía fascinante.
Lanzó un suspiro largo porque la sensación molesta de que la observaban seguía presente.
Candy volvió a mirar en derredor suyo esperando encontrar los ojos que perturbaban su tranquilidad, pero no los encontró. Hizo un encogimiento de hombros, y se dedicó a buscar su pequeño bolsito de mano donde guardaba la llave de la habitación del hotel, dinero, y algunos objetos femeninos, pero no lo encontraba, y se preocupó.
Candy maldijo su costumbre de centrarse tanto en dibujar que se le olvidaba todo lo demás. Tanteó con el pie bajo el banco por si se le había caído, pero tampoco estaba. Dejó el cuadernillo y bajó la mano hasta el suelo, pero, por más que tanteaba, no lograba encontrarlo. Cuando se aseguró de que ninguno de los paseantes le prestaba la más mínima atención, bajó la cabeza con la suficiente rapidez para buscarlo, pero no lo vio por ningún sitio.
—¿Ha perdido esto? —la voz profunda le hizo alzar la cabeza de golpe, el sol le dio de lleno en el rostro y la deslumbró. Tuvo que parpadear varias veces porque no distinguía nada. El desconocido dejó el bolsito en el banco, ella quiso mirarlo de nuevo y se volvió a deslumbrar. Parecía que el hombre estaba envuelto en rayos de luz. A la falta de visión se unió la preocupación porque el hombre se había acercado demasiado a ella, y no lo había percibido de tan ensimismada que estaba admirando el paisaje y dibujando.
—¡Gracias! Se me ha debido de caer sin darme cuenta. —La explicación había sonado algo tonta porque era obvio, pero el timbre de voz del extraño la había inquietado más de lo que quería admitir pues parecía que estaba muy ebrio.
—¿Me permite invitarla a una limonada? —ella negó rápidamente con la cabeza.
No solía aceptar invitaciones de desconocidos, y menos de uno al que no podía verle el rostro. Ella se dijo que al menos podría cambiar de ángulo, pero seguía plantado frente a ella sin importarle que el sol la molestara.
—Gracias por su amabilidad, pero tengo que irme. —Candy sujetó el cuaderno, los carboncillos, el bolso, y, sin mirar al extraño porque no quería volver a deslumbrarse, corrió en dirección al hotel sin volver la vista atrás, afortunadamente el hotel estaba justo enfrente del parque.
El caballero observó perplejo la huida apresurada de la muchacha. Desde que la había descubierto en el parque, no había podido quitarle la vista de encima. Se había sentido poderosamente atraído por ella pues poseía unas largas y tupidas pestañas bajo unas cejas bien delineadas que realzaban las brillantes esmeraldas que iluminaban su perfecto y delicado rostro. Lástima que la muchacha se mostrase tan desconfiada pues solo pretendía mantener una ligera charla. Sabía que era inglesa como él, y la necesidad de escuchar un acento que extrañaba, le habían impulsado a conversar con ella, pero la mujer no le había obsequiado ni una palabra amistosa.
«De verdad que es hermosa», se dijo mientras regresaba al hotel para seguir emborrachándose, necesitaba no estar sobrio nunca más. Maldijo a su padre, maldijo a su destino, y a todas las mujeres de Inglaterra, pero especialmente a una, la culpable de su desgracia.
….
A Candy le costaba entender la explicación que le estaba ofreciendo el recepcionista. Sus padres seguían disfrutando de la velada en la embajada inglesa, y regresarían tarde, por ese motivo ella había decidido volver al hotel porque se sentía muy cansada. Como no estaba acostumbrada a beber alcohol, el champán que había tomado se le habían subido rápidamente a la cabeza. Su madre se había enfadado con ella al verla, pero sus palabras habían llegado demasiado tarde, y ahora estaba mareada. ¿Por qué las muchachas de Chicago bebían sin que sus madres se escandalizaran?, se preguntó. Por ese motivo se había sentido a animada a hacerlo, y ahora pagaba su impulsividad.
—¿Ha entendido, Lady White? —Candy asintió con la cabeza—. Dado que ha sido un error del hotel, la hemos ubicado en la planta tercera.
—¿Mis padres seguirán alojados en la planta primera? —preguntó.
Ahora debía alojarse dos plantas más arriba de sus padres. La visita imprevista de un senador, con el correspondiente séquito de seguridad, lo había cambiado todo.
El recepcionista siguió informándole.
—Hemos cambiado sus pertenencias a la suite número trescientos cinco. «Un bonito número», pensó ella.
—¡Muchacha afortunada! —la voz fuerte de Michael le hizo dar un respingo—. Toda una suite para ti solita.
—¡Qué envidia! —suspiró Annie—. Dormirás lejos del control de tus padres —Candy le dio un codazo cariñoso.
—La verdad que dormir en la misma estancia que mis progenitores me da cierta seguridad —confesó Candy—. Nunca antes he dormido sola fuera de casa.
Michael la miró con ojos brillantes, pues Candy llevaba en su cuerpo bastante más de dos copas de champán.
—¿De verdad que no te vienes al teatro? —le preguntó.
El recepcionista ya le daba la llave de su habitación.
—Lamento no acompañaros, pero no me encuentro muy bien.
Annie la miró con las cejas alzadas. Visitar los teatros de Chicago era una oportunidad única. En Sheffield no había teatros ni atracciones. Lo sentía por Candy porque la normas sociales indicaban que no debían dejarla sola hasta que regresaran sus padres de la embajada, pero la habían acompañado al hotel donde no podía ocurrirle nada malo. Michael y ella habían aceptado cuidarla, pero ahora no querían quedarse ni sufrir una velada aburrida porque estaba claro que Candy iba a quedarse dormida enseguida.
—¿De verdad que no te importa que vayamos al teatro? —insistió la mujer—. Ya sabes que muero por ver El mercader de Venecia.
Candy sonrió.
—Disfrutad, y mañana me contáis —los animó ella.
Michael y Annie eran sus mejores amigos. El padre de ambos había sido amigo y socio del suyo, hasta su muerte, muerte que los había dejado en la bancarrota, por ese motivo se encontraban en Chicago, porque Annie iba a conocer a su futuro esposo: un rico hacendado que los salvaría de la ruina. Era costumbre entre los nobles ingleses con maltrechas fortunas buscarse herederas que salvaran el patrimonio, y, en el caso de los americanos, sus fortunas les servían para entrar en la aristocracia.
Las tres semanas de travesía no la habían mareado tanto como el champán que había ingerido en la embajada inglesa.
—Bien, gracias, Candy, mañana te contaremos —le dijo Annie mientras se despedía de ella con la mano.
Candy se giró a la vez que suspiraba pues estaba deseando meterse en la cama.
….
Los empleados no habían encendido las lámparas de gas, y ella no pensaba hacerlo. Se quedó parada en el oscuro y pequeño vestíbulo apoyada en la pared. Si lograba llegar a la cama antes de caer al suelo y vomitar, sería un milagro. El malestar aumentaba, y la cabeza le dolía una barbaridad. Se fue quitando la ropa con movimientos torpes pues no estaba acostumbrada a desvestirse sin doncella, pero durante el viaje, ella había ayudado a su madre, y su madre a ella, y tras varios intentos, al fin había podido desabrochar el ajustado corpiño. No le importó en absoluto dejarlo tirado en la alfombra junto con la falda, la enagua y las medias. Tenía un solo propósito en ese momento: llegar a la cama como fuese. Se había dejado solamente la camisola pues no podía ni buscar el camisón de dormir. Se sentó en el mullido colchón de plumas y echó la colcha hacia atrás. Una vez que se hubo introducido en el suave y fresco lecho, cerró los ojos a las sensaciones desagradables de su estómago.
Si se quedaba completamente quieta, la habitación dejaba de girar.
Lamentó que su última noche en Chicago no hubiese sido como ella había esperado pues por la mañana tenían que emprender el viaje al este para que su padre cerrara el acuerdo de la compra sobre la extensa propiedad.
Cerró los ojos consciente de que le iba a resultar muy difícil conciliar el sueño, pero se durmió más rápido de lo que esperaba, y Candy tuvo un sueño de lo más erótico. Sintió que le acariciaban, y que le provocaban escalofríos de placer. Una boca recorría la base de su garganta en repetidos besos que le producían miles de cosquillas en todo el cuerpo. Se detuvo en el pezón y lo chupó como si quisiera sacar de su interior leche templada. La boca caliente le provocaba un calor que la abrasaba. La mano seguía el recorrido de su piel hasta el vértice entre sus muslos que se abrieron a la exploración. Un gemido salió de la garganta de Candy que se abandonó a las sensaciones que el sueño le estaba provocando.
Arqueó la espalda cuando un dedo grueso se introdujo en su interior produciéndole una convulsión inesperada: la acariciaba de forma atrevida y las sensaciones le llegaban como en oleadas. La boca, con el sabor más embriagador que había probado en su vida, la reclamó con una necesidad que no había sentido nunca. La lengua fue trazando un círculo con la suya en una caricia que la provocó a devolvérselo. Nunca le habían dado un beso, y menos uno tan profundo y largo como el que le estaba dando su amante en el sueño. Un sueño muy placentero: casi parecía real, y ella deseaba disfrutarlo por completo.
Estaba ebria, mareada, ¿o eran los besos de su amante imaginario quien le provocaba ese estado embriagador?
Levantó sus manos y las guió hacia la cabeza de él. Enredó sus dedos largos en la espesa melena, y lo atrajo aún más a su boca. Anhelaba fundirse con él, que sus cuerpos fuesen uno. El dedo seguía creando magia en su interior, y en segundos, pudo sentir que le introducía otro. Algo se estaba enroscando en su vientre que se tensaba anhelando algo que desconocía, y, de pronto, un placer como jamás había sentido comenzó a recorrerla de pies a cabeza, entonces, él se posicionó encima de ella, y de una embestida se enterró en su interior. Candy sintió junto con el orgasmo un dolor agudo, se quejó y quiso gritar, pero la molestia pasó tan rápido como había llegado.
Llegados a ese punto del sueño, se despertó, y comprobó que en modo alguno no era una fantasía lo que se movía encima de ella. Trató de empujarlo, pero parecía que pesaba una tonelada. El hombre aceleró el ritmo, y el placer que sintió momentos antes, se convirtió en una dura prueba que la lastimaba porque sentía arder las entrañas, deseaba que todo terminara ya. La estaban forzando, aunque ella había participado de buen grado al comienzo porque había creído que vivía un sueño.
Candy quería gritar, pero la boca de él aplastaba la suya. La dominaba, lo escuchaba gemir sobre su boca, le apretaba las nalgas con la mano mientras la embestía con fuerza. El cuerpo del hombre se tensó, y un líquido caliente la inundó por dentro.
Cerró los ojos, y rezó pues no sabía qué esperar, además, todo estaba oscuro. De repente, el peso sobre ella se aligeró, pero Candy era incapaz de moverse. Ya no le dolía la cabeza sino todo el cuerpo que se había convertido en un martirio. Algunos minutos después, lo escuchó roncar, y pudo exhalar el suspiro largo que contenía.
Debía levantarse y marcharse. También podía ponerse a gritar como una loca, pero temía por su vida. Al volverse para reincorporarse, su mano rozo el cuerpo duro y caliente. Contuvo la respiración. A pesar de la oscuridad de la habitación, distinguió con claridad la enorme silueta recostada en la cama junto a ella. La escasa luz de la habitación no le permitía ver la cara del desconocido. Por su estatura, debía de ser un hombre muy corpulento. Él, se removió inquieto, pero siguió profundamente dormido.
Candy cerró los ojos consumida por la vergüenza, y por la culpa.
Tras varios minutos que le parecieron siglos, se levantó con todo el cuidado que pudo. Sin apenas hacer ruido, fue recogiendo sus prendas caídas en el suelo una a una, y se las puso a toda velocidad. Sin volver la cabeza, abrió la puerta que daba al largo pasillo. Salió, y la cerró con cuidado tras de sí. Miró el número de la habitación: la trescientos cinco. Algo que subió desde su estómago se asentó en el comienzo de su garganta: le habían dado la llave de la habitación de otro huésped.
¡Se habían equivocado!
Candy se recostó contra la pared intentando recobrar el aliento. De nuevo, inspiró para tratar de organizar sus pensamientos, y lo que debía hacer a continuación. Dio un paso, después otro, tenía que decírselo a sus padres, pero la vergüenza la cubrió por entero. ¿Qué iba a decirles? ¿Qué los del hotel se habían equivocado al darle una habitación que ya estaba ocupada? ¿Qué estaba tan mareada que no se había dado cuenta de que en el lecho dormía un extraño?
Finalmente estalló en sollozos. Le había entregado su virginidad a un completo desconocido. No se la había entregado, rectificó, él la había tomado sin permiso. Tenía que denunciarlo, pero entonces se conocería su vergüenza. Candy no sabía qué hacer, o cómo actuar. Sin decidirse, bajó hasta la primera planta, y buscó la habitación de sus padres. Dio gracias a San Jorge porque no tenía echada la llave. Llorando todavía, y sintiendo un profundo escozor entre las piernas, decidió limpiar su deshonra.
Muchas horas después, y agotada de tanto llorar, se metió en la cama de sus padres, y se cubrió con la colcha hasta la cabeza. Más tarde les daría una explicación plausible, pero en ese momento solo quería abandonarse a su desdicha.
Candy no podía llegar a imaginar, que ya no volvería a ver a sus padres con vida.
...
Hola mis chicas bellas! Estoy feliz de volver con otra historia. La verdad me había demorado porque no conseguía encontrar una que me inspirara a adaptar (y si es una adaptación), pero esta me atrapo. Es un poco diferente, no es de mis hermosos Highlanders, pero espero que les guste mucho.
Quiero decirles que como siempre, leo todos sus comentarios que me dejan, y les agradezco enormemente por el cariño y el apoyo. Creanme que ustedes me inspiran a volver. Un abrazo a todas.
Y con relación a la historia, que tal el prólogo? Se que empezó un poco amargo, pero creanme que nuestra protagonista es una mujer fuerte y logra sobrellevar todo. Que opinan de esta noche donde nuestra bella Candy fue "violada"? Creen que realmente fue una violacion? en fin.. veamos que mas pasa.
