CAPÍTULO 1
Pembroke House, condado de Yorkshire, Inglaterra, 1875
Si algo detestaba William Albert Andrew, eran las fiestas por sorpresa. Hacía menos de tres días que había llegado a la casa familiar, y para nada esperaba un recibimiento tan pomposo. Había regresado porque según la última carta de su hermano menor Anthony, la duquesa viuda se estaba muriendo, pero Elroy Andrew había mejorado mucho antes de que él arribara al puerto de Devon. Albert se lo había tomado como una encerrona, pero solo podía tragarse su irritación. En Pembroke House estaba la flor y nata del condado de Yorkshire al completo, y él estaba deseando regresar sobre sus pasos y volver de nuevo a Lakewood: la granja que había comprado en Maryland. Llevaba quince años fuera de Inglaterra, y ahora lamentaba haber vuelto, aunque se consoló porque iba a ser por poco tiempo pues tenía previsto embarcar en un par de meses, cuando ultimara la compra de varios caballos para sus cuadras. Los sementales de Basingstoke engendraban a los mejores potrillos, pero no solo de Inglaterra, sino del resto de Europa, y ya que había hecho un viaje tan largo, bien merecía el esfuerzo de llevarse los caballos.
Se tomó de un trago el brandy del interior de la copa que sostenía. En todos esos años se había acostumbrado a beber whiskey de Bourbon, sobre todo de Kentucky, y por eso el resto de bebidas espirituosas le parecían insulsas.
Albert llegó a creer que en todos esos años Pembroke habría cambiado considerablemente, pero todo seguía igual que cuando lo dejó: los mismos sirvientes, la misma familia snob, y los amigos que no eran tan amigos. Esa había sido la parte más dura de su marcha. Todo seguía igual salvo el cuadro del abuelo que no se encontraba sobre la chimenea. El hueco donde antaño había estado colgado, se veía vacío, y se preguntó dónde lo habrían colocado.
La campanilla de la puerta sonó de nuevo, y el mayordomo se apresuró a acudir a la llamada. Albert chasqueó la lengua y decidió batirse en retirada, al menos hasta la cena. Si se quedaba en la biblioteca, no tendría que atender a la llegada de invitados, si lo hacía, terminaría por soltar maldiciones.
….
—Bienvenida, Lady Warren —la mujer se giró hacia la voz femenina que la saludaba: era la nuera del duque de Letterston.
Acababa de darle la capa y los guantes al mayordomo cuando escuchó otra voz.
—Hola, Candy.
Sin percatarse arrugó el entrecejo porque nadie la llamaba por su nombre de pila, mucho menos el diminutivo, salvo Anthony, el hijo menor del duque.
—Lord Andrew, un placer —le sonrió, y le tendió la mano.
—Gracias por aceptar —le dijo mientras tomaba la delicada mano y se la besaba de forma lenta.
Candy sintió la necesidad de apartarla. Anthony era un hombre muy atractivo, y mostraba sus intenciones.
—Suelo rendirme ante la insistencia —a ella le brillaban los ojos, como si no esperara verlo en la fiesta.
—Bienvenida a mi hogar, y me alegra que aceptara mi invitación —le dijo el hombre. Candy se lamió el labio inferior en un gesto que resultó muy provocativo aunque no había sido intencionado.
—Te recuerdo cuñado que fui yo la que envió la invitación a Battlefield.
—Es cierto, recibí la invitación de su cuñada, lady Andrew.
Corroboró ella.
—Por favor, llámeme Margareth.
Candy se lo agradeció.
—Le pedí a Margareth que se la enviara —le informó Anthony Andrew en voz baja—, y que insistiera.
Así había sido. La primera invitación la había rechazado, después llegó una segunda, una tercera, y a la cuarta decidió aceptar porque si no lo hacía, Anthony seguiría insistiendo.
—Pues ya ha llegado el escándalo a Pembroke —dijo ella con humor.
—La dejo a tu cuidado Anthony —dijo la cuñada—, tengo que asegurarme de que los preparativos para la cena siguen su curso.
Anthony le ofreció el brazo para llevarla con el resto de invitados.
El fastuoso salón de Pembroke resultaba espectacular. El clásico mobiliario no ayudaba a equilibrar la sensación ostentosa. Las paredes decoradas con tela de seda azul oscuro y los muebles de caoba le parecieron un poco cargantes.
—Le traeré una copa de champán —se ofreció Anthony, a ella no le dio tiempo a negarse.
Contempló, no sin cierta admiración, el vestuario del resto de invitadas. Había de todo: vestidos clásicos, algunos más conservadores, pero todas las mujeres iban elegantemente ataviadas con satenes, tafetanes, todas salvo ella que vestía de seda roja. Hacía muchos años que Candy despreciaba las rígidas etiquetas y las normas que solo aplicaban a las mujeres. Había aprendido de la forma más dura, que cuando te excluyen de los círculos sociales por considerarte una atrevida, casi era mejor encerrarse en vida.
Desde los veinte años, ella había protagonizado los mayores escándalos de la sociedad de Sheffield, aunque no habían sido premeditados: le disparó a un ladrón que trataba de robar en Battlefield, su puntería había sido certera, y el delincuente había terminado muerto junto a la caja fuerte que pretendía saquear. Había arruinado a dos lores que tenían negocios con su fallecido padre, y que habían estado estafándola desde su muerte. Candy era un prodigio con los números, y había aprendido a valerse por sí misma, por ese motivo contrató los servicios del bufete de abogados más prestigioso de Inglaterra, y logró recuperar todo lo perdido con la venta de las propiedades de los socios. El escándalo había sido monumental pues ella no quiso firmar un acuerdo, sino que pretendía dejarlos en la bancarrota, y lo logró. Para colmo de males, el Príncipe de Gales se había declarado enamorada de ella, y había hecho circular la historia de que eran amantes.
Si el asesinato de un delincuente y la bancarrota de dos lores le habían cerrado todas las puertas de la sociedad, el rumor del príncipe le había abierto otras muchas: nadie rechazaba a la favorita del príncipe, aunque fuera lady escándalo.
Esperando el regreso de Anthony con la bebida, comenzó a enumerar la cantidad de invitaciones que debía rechazar en los próximos días. Candy se negaba a pasarse la temporada de fiesta en fiesta: la aburrían mucho, prefería pasar los meses de verano en el campo y rodeada de todos esos amigos que jamás serían invitados a las ricas mansiones aristocráticas. Cambió el peso de su cuerpo, le parecía que Anthony tardaba demasiado. Se preguntó por qué tenían las mujeres que mantenerse en pie hasta la hora de la cena soportando las soporíferas conversaciones masculinas sobre política, deporte, y un largo etc. Resultaba muy incómodo porque en ocasiones la cena comenzaba demasiado tarde.
—Acompáñeme, quiero que conozca a alguien —Anthony había llegado por fin y le traía una copa de champán frío.
Tampoco le dio opción a negarse. La sujetó del brazo y la llevó a través de los invitados a la biblioteca de Pembroke.
—Cómo le gusta provocar murmuraciones —lo censuró ella que se dejó guiar por él. La verdad es que le divertía la impulsividad del Lord.
—Me conoce muy bien, ya sabe que me encanta levantar cotilleos, y si están protagonizados por nosotros dos, tanto mejor.
Ella detuvo sus pasos, y lo miró entrecerrando los ojos.
—No es una buena idea —dijo ella.
—¿Qué desee que conozca a alguien?
—Que me utilice para escandalizar a sus invitados —respondió seria.
Anthony y ella acababa de cruzar la doble puerta que separaba el vestíbulo de la biblioteca.
—Se lo presentaré y regresaremos con el resto de invitados aburridos, se lo prometo —le dijo.
Candy asintió con la cabeza aunque un poco molesta. Que se hubieran ido los dos del salón podía levantar especulaciones.
Observo la elegante estancia que estaba exquisitamente amueblada, y que era completamente diferente al salón de recepciones. La mesa de escritorio de brillante color cerezo atrajo su atención, parecía que nadie había pasado sus manos por ella en todo el día: como si los papeles que descansaban en su superficie no hubiesen sido examinados ni una sola vez. Miró las enormes librerías que cubrían las cuatro paredes de la biblioteca.
Anthony la llevaba del brazo con cierta urgencia. Un carraspeo la hizo girar la cabeza hacia el sonido. La silueta estaba hábilmente camufla entre los pesados cortinajes.
—Albert, te presento a Lady Warren —la silueta dio un paso hacia adelante, y se situó al lado de la lámpara de gas.
Candy soltó un suspiro ante la visión.
—Un placer, lady Warren…
Ella no esperaba una sonrisa tan franca en casi un metro noventa de estatura. Tardó un tiempo en tenderle la mano con cortesía.
—El placer es mío… —dudó al pronunciar su nombre—. Lord…
Candy no tenía modo de saber si el hombre era familia del Duque de Letterston, o un invitado.
—Andrew —respondió él—. William Albert Andrew.
Candy se quedó prendada de los ojos azul cielo.
—Albert es el hijo díscolo que ha llegado de las colonias —explicó Anthony, la mujer escuchaba atentamente sin poder apartar la mirada del rostro varonil—. La fiesta en Pembroke es en su honor, porque se ha mantenido fuera demasiados años.
—¿Está disfrutando de la velada, lady Warren?
¿Por qué le parecía que le susurraba?, se preguntó ella. Candy negó con la cabeza varias veces, incluso carraspeó hasta que le salió la voz.
—Acabo de llegar a Pembroke —respondió en un tono bajo—. No he tenido tiempo de socializar con el resto de invitados.
El hombre alzó las cejas de manera casi imperceptible.
—Estaré encantado de que no olvide esta noche —ella se puso tiesa como una lanza. El timbre de su voz le hizo sentir un escalofrío en todo el cuerpo que no supo explicarse.
—Has estado demasiado tiempo entre salvajes —le dijo Anthony que había entendido una cosa muy diferente con el último comentario de su hermano—. Se te ha olvidado que no puedes hablarle así a nuestra invitada.
Albert dio un paso hacia la izquierda para acercarse al escritorio. Ella no apartaba la mirada de él. Candy se encontró inspirando de forma profunda al comprobar que él la miraba de forma concienzuda. Su corazón se aceleró, y sus músculos se quedaron paralizados al sentir sobre su piel como esos profundos ojos azul cielo dejaban sus ojos y recorrían su cuerpo de arriba abajo: la hacia sentir como si fuera una yegua que se vende en un mercado de feria. Contuvo el aliento ante su inspección, y no pudo evitar sonrojarse cuando vio que su mirada se centraba en sus pechos. ¡La estaba desnudando con la vista! Percibió el poder que emanaba de su cuerpo y penetraba en el suyo, pero Candy no era una jovencita inexperta al que un semental podía intimidar sin llevarse su merecido. ¿Él la había admirado como mercancía? Ella se encontró haciendo lo mismo. Comenzó un escrutinio con su mismo descaro. Se fijó en el cabello rubio y espeso, a pesar del perfecto corte, terminaba rizándose en la base de la nuca. Después se detuvo en sus pómulos, en su nariz recta. En el ancho pecho que parecía que iba a reventar las costuras de su camisa. Siguió el recorrido por sus fuertes piernas enfundadas en un pantalón negro que se le ajustaba como una segunda piel. —¡Candy! —la voz de Anthony la sacó de su examen.
—¿Sí? —le preguntó.
Albert amplió una sonrisa que la puso nerviosa. Nunca un hombre le había provocado ese maremoto emocional.
—¿Regresamos al salón?
A ella le costó un tiempo responder.
—Sí, lo lamento, estaba pensando en otra cosa —se disculpó con Anthony.
—No tiene por qué estar nerviosa —le dijo el hermano.
Candy no estaba nerviosa, estaba hecha gelatina.
—Encantada de conocerlo —le dijo al fin—. Y deseo que disfrute su estancia de nuevo en Pembroke.
—No tenga ninguna duda de que lo haré, sobre todo ahora que mi hermano ha tenido la brillante idea de presentarnos.
Él, volvió a sonreírle, y la presencia de Anthony quedó en un segundo plano para los dos.
—¿Siempre hace lo mismo? —le preguntó ella tomando de nuevo el control sobre su respiración.
El hombre la miró pausadamente.
—¿Qué es lo que hago? —la instó.
—Sonreír a las damas que no conoce para ponerlas nerviosas y dejarlas en clara desventaja —si la explicación lo extrañó, no dio muestras de ello.
—La sonrisa suele ser el primer intento de acercamiento entre desconocidos.
No, se dijo Candy, la forma en que la miraba no era una muestra de cordialidad, sino de otro sentimiento al que no se atrevía a ponerle nombre.
—Bueno, encantada de saludarlo —concluyó a media voz y girándose hacia Anthony—. ¿Nos vamos?
—No se lo tome en cuenta, Candy —le dijo Anthony—. Albert lleva demasiado tiempo entre salvajes, y ha olvidado la cortesía elemental para tratar con las damas inglesas.
La respuesta la ablandó porque le pareció auténtica.
—No hace falta que lo disculpes… —el otro, no la dejó terminar.
—Sí, discúlpeme, es que al verla he sufrido una alucinación.
Candy se lamió el labio inferior. ¿Eso era un insulto o un halago? No tenía modo de saberlo.
—Te dejamos —le dijo el hermano—. Cuando llegue George te avisaré.
El hombre asintió con un gesto amable mientras los veía caminar hacia la puerta. Anthony llevaba a la dama del brazo, y Albert se encontró enarcando una ceja.
Lady Warren era la misma mujer que él vio en Chicago. La que había perdido el bolso de mano. Era imposible olvidarla con esos rizos rubios, esos ojos del color de los campos en pleno invierno, eran del verde mas bonito que había visto jamas, y esos labios… Dios esos labios! podían hacer pecar hasta el mas santo de los hombres. Los años la habían tratado muy bien, porque de ser una moza espectacular en el pasado, ahora era una mujer que podía volver loco a un hombre. Soltó un suspiro largo, y caminó de nuevo hacia los ventanales. Estaba retrasando el momento de ir con el resto de invitados.
….
—Lamento haberla puesto en esa situación con mi hermano —se disculpó Anthony—. Me pareció importante que la conociera.
Una chispa de diversión acudió a las pupilas de ella.
—Admito que me sorprendió.
Anthony la miró curioso. Que la mujer más bella, ingeniosa, y sensual del reino admitiera que un hombre la sorprendía, era en verdad un milagro, entonces se preocupó.
—¿Albert le ha parecido demasiado sorpresivo? —quiso saber.
Ella negó con la cabeza.
—No —admitió con franqueza—. Le gusta parecer intimidante, aunque creo que es una forma de defensa.
Ahora, el sorprendido fue él.
—¿Tengo que ponerme celoso? —inquirió.
—¡Esa sí es una pregunta tonta! —contestó rápida—. Los celos están fuera de lugar entre ambos.
—Es que se ha quedado sin habla cuando se lo he presentado —le recordó él con cierta brusquedad—, y, a lady escándalo, no la enmudece nadie.
Candy, al escucharlo, lo miró de forma reprobadora.
—No me llame así, por favor —pidió seria.
Ella detestaba el apodo que le habían puesto algunas matronas de los círculos más cerrados de la aristocracia. Le parecía injusto, y también ofensivo.
—Me voy a pasar la noche disculpándome —le dijo el hombre.
El silencio volvió a instalarse entre ellos de nuevo. Anthony cogió otra copa de champán y se la puso en la mano. Al sujetarla, un recuerdo del pasado la azotó como un vendaval. El rostro de la mujer se puso pálido.
—Anthony —le dijo. Él, la instó con un gesto a que continuase—. No coja otra copa para mí, por favor.
Anthony tuvo el atino de sonrojarse. Él, no pretendía emborracharla, que ella lo hubiera pensado, lo ofendió.
—La noto preocupada —su voz seguía siendo suave.
—Es que estoy un poco agobiada.
Fue escucharla, y su natural galantería se impuso en Anthony.
—La acompañaré al jardín para que se refresque un poco.
Candy aceptó el brazo que le ofrecía. Estaba incómoda, y no sabía bien el motivo. Percibía que la observaban, y aunque hacía tiempo que las habladurías y los chismes no la afectaban, esa sensación sí, porque recordó algo parecido mucho tiempo atrás, y que le había cambiado la vida por completo.
Anthony la llevó hacia un banco y la ayudó a tomar asiento. El olor de las flores de su cabello le penetró por las fosas nasales.
—Me gusta su peinado, las rosas frescas la hacen parecer todavía más hermosa.
Candy bajó los ojos hasta el vuelo de su vestido de noche. Alisó unas arrugas inexistentes.
—Normalmente no suelo mostrarme tan quisquillosa por uno de sus cumplidos, pero hoy los encuentro sumamente empalagosos.
—Acaba de herir mi amor propio —Anthony tomó asiento al lado de ella que se colocó un mechón de cabello detrás de la oreja, trató de que sus rizos se mantuviesen en su sitio—. ¿Por qué se siente nerviosa?
Candy entrecerró los ojos. El hermano de Anthony la había perturbado mucho, pero no quería admitirlo.
—Porque temo herir a un hombre que es demasiado atractivo, y que está empeñado en tener conmigo algo más que amistad.
—Ya conoce mis sentimientos —sí, los conocía—, y sigo esperando una respuesta.
—Es la misma de hace un año, es la misma de hace seis meses, es la misma de la semana pasada...
Anthony terminó inclinándose hacia adelante para mirar el estanque. La respuesta de ella no era la esperada. Enamorarse de ella no había sido premeditado, pero es que miraba esos ojos, y se perdía en los campos verdes de Inglaterra. Lady Warren era atrevida, divertida, pero sobre todo sincera. ¿Cómo no iba a enamorarse?
—Nunca he conocido una mujer como usted —comenzó él—. Es bella hasta el delirio, inteligente de una forma que me admira. No le importa los chismes, ni se deja llevar por la tiranía de las normas sociales.
Candy terminó suspirando.
—No me dejo llevar porque en el pasado me hicieron muy vulnerable, y me prometí que jamás lo permitiría de nuevo.
Él, lo sabía. Ninguna mujer en todo el reino había soportado tantas vejaciones, insultos, y desprecios. Si no hubiera sido por el interés que la corona había puesto sobre ella, seguiría el estigma que la sociedad inglesa le había impuesto. Pero Candy había soportado todo con una tenacidad y entereza como nunca había conocido en otra. Al principio, Anthony quiso seducirla, porque según las habladurías, era una mujer que tras la muerte de su esposo había decidido disfrutar al máximo su viudez. Iba de fiesta en fiesta, de lecho en lecho, y de un amante a otro. Pero pronto Anthony se dio cuenta de su gran error. La mujer a la que llamaban de forma insultante lady escándalo, era toda una dama. Diferente, pero auténtica.
—Y ahora es usted la que vuelve locas a todas esas matronas —Candy terminó por sonreír—. Le gusta escandalizar con su vestuario, y con sus extravagancias, a todas esas damas que siempre la han censurado.
—Lo admito, soy una mala persona porque me encanta sacarlas de quicio, incluso disfruto aumentando la mala opinión que tienen sobre mí.
—¿Cree que esas matronas cambiarán alguna vez la opinión adversa que tienen sobre usted? —le preguntó. Candy negó con la cabeza—. ¿Y no le molesta ese continuo ataque a su forma de vivir y de comportarse?
Ella meditó en sus palabras un momento largo.
—Realmente, no —hizo una breve pausa—, hace tiempo que no permito que la opinión de nadie cuestione mi vida.
—¡Anthony! —los dos escucharon la voz.
—Estamos junto a la fuente —respondió Anthony.
William Albert Andrew caminó directamente hacia ellos hasta quedar plantado frente a los dos.
—Quería avisarte de que me marcho —Anthony lo miró extrañado.
—¿Cómo que te marchas? —preguntó sorprendido.
—Ha llegado un mensajero de las cuadras de Basingstoke, si no realizo la compra ahora, lord Stuart rechazará la oferta que le hice por los potrillos.
Anthony lo miró con duda. Era una hora inusual para mantener una reunión de negocios.
—No puedes irte de Pembroke, la fiesta es en tu honor.
—Discúlpame con George, lo veré otro día.
Candy seguía la sucesión de palabras entre hermanos completamente en silencio. A ella comenzaba a gustarle el sonido de su voz: grave, profunda, hasta podría decir que sensual.
—Iré en tu lugar —se ofreció Anthony.
Esa respuesta sí que pilló al hermano mayor desprevenido. Las cuadras de Basingstoke estaban a treinta millas de distancia.
—Los potrillos son para mí.
—Pero no puedes irte de tu propia fiesta.
A él le importaba bien poco la fiesta, la familia, pero comenzaban a importarle los brillantes ojos verdes de la invitada que seguía atenta sus movimientos.
—Regresaré a la casa y pediré mi carruaje —dijo la mujer al mismo tiempo que se levantaba.
Anthony pensaba a toda velocidad.
—Puedo dejarla en Battlefield de camino a Basingstoke.
—Gracias Anthony, pero no será necesario —respondió ella.
Para Albert quedó claro la intimidad que compartían su hermano pequeño y la mujer sensacional.
—Yo puedo ser su acompañante si Anthony decide ir a Basingstoke en mi lugar.
A Candy no le apetecía en absoluto tenerlo como compañero de mesa durante la cena. Si Anthony tenía que irse, ella prefería marcharse.
—Gracias, pero no será necesario.
Se giró hacia la casa y comenzó a caminar. Anthony iba a ir tras ella, pero el brazo de Albert se lo impidió.
—¿De verdad irás a Basingstoke en mi nombre?
Anthony soltó un suspiro largo. Lamentaba enormemente el cambio de planes pues él pensaba disfrutar al máximo de la compañía de lady Warren, pero Albert no podía ausentarse de su propia fiesta, sobre todo porque el padre de ambos no se lo perdonaría.
—Sí —respondió Anthony sin dejar de mirar el balanceo de las caderas de Candy.
El vaporoso vestido de seda rojo, tenía un escote en la espalda muy atrevido porque mostraba que no llevaba corsé. Soltó sin percatarse un largo suspiro.
—¡Esa mujer es un auténtico peligro para un hombre! —dijo Albert, y se fijó en los ojos de su hermano para comprobar el efecto que tenía en él sus palabras, pero no advirtió ni un parpadeo de sorpresa.
—¿Es así como la ves? ¿Cómo un peligro? —preguntó Anthony, y Albert asintió—. ¿Te gustaría decirme por qué?
Albert no quería decir nada más. Había dicho un pensamiento en voz alta, y ahora se arrepentía.
—¿Es viuda? —le preguntó a Anthony.
—Sí, perdió a su marido en un naufragio —Albert miró a su hermano perplejo.
—No parece una viuda sufrida.
A Anthony le pareció injusto ese comentario.
—Candy… lady Warren es la mujer más sincera y honesta que he conocido nunca. La más hermosa y divertida.
—Veo que te tiene comiendo de su mano —dijo el hermano mayor pensativo.
—Le he pedido que se case conmigo.
Entre los dos hermanos se suscitó un largo silencio.
—Pienso que no es la mujer adecuada para ti.
Anthony lo miró atónito. Su hermano mayor llevaba quince años fuera de Inglaterra. Había huido como un cobarde para no enfrentar al padre de ambos. ¿Con qué derecho se atrevía a pronunciar una opinión sobre la mujer que él había escogido?
—Es mayor que tú —continuó diciéndole Albert—. Y deberías de haber aprendido de mi experiencia.
—Yo no soy tú —le espetó Anthony dolido—, ni Candy es Susana…
Albert terminó soltando un suspiro largo.
—Tienes razón, no soy tú, pero ya sabes cómo se las gasta padre cuando no le gusta una mujer que le interesa a alguno de sus hijos.
—Padre ha cambiado mucho —lo justificó el menor.
Albert no lo creía. Él, se había marchado a Chicago por la terrible situación que se había suscitado entre el duque de Letterston y él. Padre e hijo no habían llegado a las armas gracias a George: su hermano mellizo. George había nacido solo 12 minutos después que Albert, y eso le otorgo a este ultimo el titulo de hermano mayor y por ende, también la herencia del titulo de su padre, quien había decidido que Albert seria el futuro duque de Letterston. George y Albert era fisicamente diferentes, aunque los tres hermanos incluyendo Anthony, poseían la fama de los hombres mas atractivos del reino, George siempre fue el mas conservador de los tres, y Albert a parte de su atractivo y belleza física, de la que parecía no ser consciente, era el que tenia el carácter mas fuerte y el líder de los tres. Razón poderosamente adicional por la que el duque de Letterston, lo había elegido a el como su sucesor y portador del titulo.
—¿Por eso has querido presentármela? ¿Para que te diera el visto bueno?
Así había sido. Anthony quería muchísimo a su hermano mayor, lo había echado de menos, y se alegraba enormemente de que hubiera regresado al fin a Pembroke House. Necesitaba saber si le gustaba lady Warren porque él tenía en mente convertirla en lady Andrew.
—Es muy importante para mí…
Ya no se dijeron nada más.
