CAPÍTULO 2

—Lady Warren, qué sorpresa verla en Aberdale Hill.

¿Sorpresa?, se preguntó Candy, se lo encontraba en todas las fiestas a las que asistía. Al principio lo achacó a la casualidad, pero esa forma de mirarla, además de ponerla nerviosa, la molestaba.

Ella se giró con una sonrisa en la boca.

—La sorpresa es mía —le contestó, pero sin tenderle la mano para que se la besara.

La última vez se la había retenido más tiempo del necesario, y le había provocado un ciclón emocional.

—Conozco a lady Cowbridge —respondió ella.

Las tupidas cejas rubias se alzaron con un interrogante. Lady Cowbridge era la anfitriona en Aberdale Hill, y por eso la justificación de ella le pareció absurda.

—Entonces presumo que son buenas amigas…

Candy miró en derredor suyo, y, como siempre le ocurría, el resto de invitadas la ignoraban. Por ese motivo no pudo deshacerse de la compañía molesta de lord Andrew. En ese momento lamentaba el viaje sorpresivo que había hecho Anthony a Liverpool. Llevaba ya dos semanas fuera, y su hermano mayor se había convertido en una pesada molestia.

—Mi primogénito es amigo de Peter, el hijo de lady Cowbridge.

Albert ya sabía que Candy tenía dos hijos fruto de su matrimonio con Michael Warren. Sabía que había perdido a sus padres en un atraco en Chicago. El matrimonio regresaba de disfrutar de una velada en la embajada inglesa cuando fueron sorprendidos por una banda de forajidos. Y por si el destino no se había cebado suficiente con lady Warren, perdió a su joven esposo en el naufragio del Solomon Cotton: el buque que los traía de regreso a Inglaterra desde New York. También conocía la razón para que la llamaran lady escándalo. Cuanto más sabía de ella, más le interesaba como mujer, sin embargo, que su hermano Anthony también estuviese atraído por ella, le suponía un gran inconveniente, porque no era lo mismo tratar de seducir a una viuda que derrochaba sensualidad por cada poro de su cuerpo, que a una dama que podría ser su futura cuñada.

—¿Le apetece beber algo? —le preguntó él.

Candy se preguntó cómo podría quitárselo de encima.

—No, gracias, pero se lo agradezco.

Ella ya se giraba para marcharse. Lo último que le apetecía era seguir manteniendo una conversación intrascendental con el hombre más impertinente de todos, también el más atrayente. ¿Acaso no se daba cuenta que manipulando su conversación podría disparar las murmuraciones sobre ella? Generalmente no le importaba, pero esa noche estaba en Aberdale Hill, y no quería que la madre de Wendy se sintiera agraviada. Su hija Marian no iba a sufrir como ella en el pasado, ni iba a permitir ni una sola murmuración que diera al traste la amistad que compartía con Wendy.

—Espere…

Que la sujetara del brazo para impedirle la marcha, no solo era grosero, sino temerario. —¡Lord Andrew! —exclamó escandalizada.

—No conozco a casi nadie en esta fiesta, y pensé que podríamos hacernos mutua compañía.

Ella parpadeó incrédula.

—Hacernos mutua compañía es lo último que deseo —la voz se había vuelto fría como la nieve.

—Le prometí a mi hermano, antes de que se marchara a Liverpool, que la cuidaría.

Él le sonreía, ella no.

—¿Le parece que necesito cuidados?

A la vista estaba de que lo había malinterpretado.

—No quise decir…

—Si me disculpa… —ella hizo un gesto brusco con el brazo para soltarse de la sujeción que Albert mantenía sobre ella.

La vio alejarse con la espalda tensa. No giró la vista ni un momento. Y durante las siguientes dos horas se mantuvo en la otra esquina del salón de recepciones. Lady Warren conversaba animadamente con lady Cowbridge y con su esposo. La observó reír, moverse con gracia… ignorarlo. Pero todo cambió para él cuando llegó la hora de la cena y tuvieron que pasar al comedor. Él, había sido asignado compañero de mesa de ella, y estaba deseando ver su reacción cuando lo supiera.

….

Los astros debían de estar alineados en su contra porque tenía como compañero de cena precisamente a él. Lord Andrew le apartó la silla con una sonrisa de oreja a oreja, evidentemente se estaba divirtiendo con todo eso, Candy tomó asiento, y cruzó una mano sobre la otra visiblemente molesta.

La cena iba a ser la más larga de su vida.

—¿Ha pasado una buena semana, lady Warren? —le preguntó con cortesía al mismo tiempo que extendía la servilleta de ella y se la colocaba en el regazo.

Candy no se había dado cuenta hasta ese momento de lo íntimo que podía parecer ese gesto cortés. Cada vez que lo había hecho Anthony, ella no se había sentido tan incómoda, ni tan expectante.

—La carne ha incrementado su precio en medio penique —respondió para hacerle entender que no quería mantener una conversación con él.

Él, asintió sereno.

—¿Qué quiere que le cuente? —le dijo él—. Hoy voy a ser un libro abierto para usted. Candy miró su pelo rubio que hacía una armonía muy seductora con los ojos azul cielo. Distinguió unas canas alrededor de las sienes que le daban una apariencia más atractiva. ¿Estaban allí la semana anterior?

—Pero es que no siento ningún interés en conocer nada sobre su vida.

Lo había dicho muy bajito, para que solo él pudiera escucharlo.

—Le aseguro que no tendrá ninguna otra oportunidad de conocerme.

Candy soltó un suspiro largo y cansado. Había aceptado la invitación de lady Cowbridge con gusto porque era de las pocas personas que toleraba, pero si hubiera imaginado que estaría sentada al lado del más arrogante, atrevido, y descarado de los Andrew, habría dado media vuelta y regresado a Battlefield.

—Es usted insufrible —le espetó sin mirarlo

Él le ofreció una sonrisa arrogante.

—Lady Warren, ¿qué tiempo tiene ya su heredero?

La pregunta se la había formulado el comensal que tenía enfrente: un militar retirado y viudo amigo de su padre. Dave era más alto que su hermana melliza Mary, también era más tranquilo y tímido. Por el contrario, Mary era como un torbellino que lo arrasa todo.

—Catorce años —contestó sonriente.

Albert no despegaba sus ojos de la silueta femenina que trataba de ignorarlo, pero él sabía que no lo lograba. La percibía tensa, incómoda, y le gustaba provocarle todos y cada uno de esos sentimientos.

—Parece que fue ayer cuando los vi por última vez —dijo el militar pensativo—. Ahora mismo comenzarán a crearle problemas, yo le aconsejaría que lo ingresara en el ejército de Su Majestad.

Candy sonrió.

—¿A Mary también?

El anciano ya no le contestó.

—Ahhh, los hermosos hijos —dijo Albert.

A ella le pareció cuanto menos graciosa esa afirmación. Giró el rostro y lo miró a los ojos.

—¿Cuántos hijos tiene? —le preguntó en un impulso.

Él sopesó si responderle podría ser útil para atrapar su atención.

—Ninguno —Candy entrecerró los ojos escéptica. Debía de rondar los treinta y siete años, e imaginó que la falta de hijos podría ser voluntaria, o tal vez no—. Para su información no estoy casado.

—No se lo he preguntado —contestó rápida.

—He leído la pregunta en sus ojos.

Candy se dijo que lord Andrew la desconcertaba.

—Ha quedado claro que cada uno ve lo que quiere —contestó ella.

Y le sonrió de tal forma que le hizo bajar el estómago a los pies. Albert pensó que no era humano que una mujer tuviese ese poder en la sonrisa. Si además se le iluminaban las esmeraldas que tenía por ojos, podría caer al suelo de la impresión.

—Yo solo la veo a usted —se lo susurró tan bajo, que le provocó un escalofrío que la recorrió de la cabeza a los pies.

La mujer tragó con fuerza.

—A este juego pueden jugar dos —respondió ella, él, sabía perfectamente a lo que se refería.

Quería provocarla, que le respondiera. La quería entre sus piernas, devorarla a besos desde la punta de la nariz cubierta por esas adorables pecas al último de sus dedos. Nada le gustaría más que ella quisiera jugar con él.

—¿Comenzamos? —la incitó él.

Candy terminó resoplando. Ese hombre no tenía remedio, y decidió ignorarlo el resto de la velada. Se enzarzó en una discusión con el señor mayor que parecía que la conocía muy bien. Hablaron sobre el padre de ella, sobre su propiedad de Battlefield. La escuchó reír, y la vio jugar con la comida de su plato.

—Pero no es un error actuar como se espera de uno, y no como se quiere realmente —decía el hombre mayor.

Albert había estado tan pendiente del cuerpo seductor que tenía al lado, que no había escuchado el comienzo de la discusión que mantenían lady Warren y el anciano militar.

—Todos estamos obligados a actuar como se espera de nosotros, son las normas —respondió una mujer que estaba a la izquierda del militar.

Candy termino rebelándose.

—¡Esa es la palabra maldita: obligación! —dijo muy seria—. Los padres nos indican cómo debemos actuar y cómo debemos proceder. Luego le pasan el relevo al esposo, y, después, cuando creemos que al fin podremos ser nosotras mismas, los hijos se encargan de tomar otra vez las riendas sobre nuestra vida.

—¿Siente rabia por ese control que tratan de ejercer sobre usted, lady Warren? —preguntó Albert.

Ella miró fijamente el iris del hombre con cierta sorpresa ante la pregunta inesperada. ¿Qué buscaba al hacerla?

—Nadie ejerce control sobre mí —respondió crítica—. Mis padres murieron, mi esposo murió...

Albert la vio tragar con fuerza.

—Y nunca se ha salido de lo correctamente establecido, ¿verdad?

Candy parpadeó confusa. ¿Se burlaba de ella?

—Una sola vez en mi vida hice lo contrario a lo que me enseñaron.

—¿Y el resultado? —quiso saber él.

—Una vida de viuda, dos preciosos hijos de catorce años a los que amo con locura, y un apodo que imagino que ya conoce.

William Albert Andrew intentó ocultar un destello en sus pupilas que ella no supo interpretar.

—Lady escándalo… —volvió a susurrar él—. Tiene unos hijos algo mayores para ser una viuda tan joven.

Candy apretó los labios.

—Me casé muy joven, bueno, como se casan la mayoría de muchachas del reino —ella hizo una pausa intencionada—. No como los hombres, que pueden elegir la soltería, o las amantes que calentarán su lecho sin que su conducta libidinosa les pase factura moral.

—Percibo en sus palabras un cierto resquemor —la atizó él.

Candy no pensaba contestarle.

—Sus hijos son muy inteligentes —dijo el militar tras el silencio que se había instalado entre los comensales.

Albert se encontró desviando la vista de Candy al hombre que parecía que la conocía muy bien.

—Si se parecen a la madre… —no terminó la frase, pero no hizo falta porque Candy se ruborizó.

Parecía que en la mesa solo estaban ellos tres.

—¿Podemos cambiar de tema? —sugirió ella.

—Por supuesto —respondieron ambos hombres a la vez.

—Hábleme de ellos —Candy no había comprendido la pregunta de lord Andrew—. Hábleme sobre sus hijos.

Pero fue lady Cowbridge quien respondió.

—Ohhh, lord Dave es muy callado, y muy alto para su edad —relató la mujer. Candy se sentía muy orgullosa—. Es un excelente jinete, controla los caballos mucho mejor que muchos hombres más diestros. Lady Warren dice que no sabe de dónde le viene el talento, pero es indudable que si se lo propusiera podría ser el mejor criador de sementales de Inglaterra —Candy le mostró una sonrisa tierna a la mujer por esa descripción—. Y Mary es una excelente estudiante y muy guapa, y vaticino que será la próxima beldad del reino.

—Los Andrew son los mejores jinetes de esta parte del reino —apuntó el militar pensativo—. Y un heredero no puede dedicarse a la cría de caballos.

—Imagino que será una habilidad que ha heredado de lord Warren —dijo Albert como de pasada.

Candy abrió los ojos perpleja.

—¿Conoció a mi esposo?

Albert hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Llevo demasiados años fuera de Inglaterra.

De nuevo el silencio se instaló entre ambos.

—Confío que todo se haya solucionado ya con su padre el duque —dijo el militar al mismo tiempo que dejaba el tenedor y el cuchillo sobre el plato—. No es bueno que los hijos anden de gresca con sus progenitores.

Esas palabras despertaron la curiosidad de Candy por lord Andrew por primera vez desde que lo conocía.

—Es hora de que olvide el pasado, se busque una buena esposa, y que engendre varios hijos que puedan continuar el legado de los Andrew.

—¿Por qué no se ha casado en las colonias con una joven de allí? Muchas de esas fortunas han salvado grandes títulos nobiliarios aquí —dijo lady Cowbridge.

—Porque el futuro duque de Letterston debe casarse con una mujer noble e inglesa —aseveró el militar con voz aguda—. Además, el ducado de Letterston no necesita ser rescatado por una de esas herencias porque los Andrew poseen una de las mayores riquezas del reino.

—Tan cierto como todo lo que se ha mencionado, es un hecho que no tengo intención de casarme —reveló Albert muy serio.

—Pero, ¿qué sucederá con el título y el ducado? —insistió el hombre mayor.

—Mi hermano George es perfectamente capaz de ocuparse de todo.

—¡Pero usted es el primogénito! —exclamó el militar que no podía entender la postura del noble.

—Mi padre tiene tres hijos varones —dijo sin humor—. El título está asegurado.

—¿No quiere hijos, lord Andrew? —preguntó lady Cowbridge espantada.

La mirada de Albert se había vuelto oscura. Parecía que lo tenían acorralado. Candy disfrutaba mucho viendo su incomodidad, como él había disfrutado viendo la suya.

—Casi tuve uno, pero se malogró…

Albert se arrepintió enseguida de haber dicho eso porque era demasiado. El escándalo había sido monumental porque el heredero del ducado de Letterston había dejado embarazada a una joven plebeya, pero de la que se creía muy enamorado. Nadie conocía realmente por qué motivo se rompió el compromiso, y por qué el heredero se marchó a las colonias renunciando a todo.

Candy sintió compasión por él, y se reflejó en su mirada.

—Veo que no soy la única que alimenta los escándalos…

La cena transcurrió con normalidad para el resto de invitados, salvo para lord Andrew que se sumió en un silencio sepulcral, y Candy, que intentaba descifrar el enigma en el que se había convertido el hermano de Anthony.